Santo Tomás de Aquino


El más grande Teólogo, filósofo, sabio del Cristianismo

Santo Tomás de Aquino es mundialmente reconocido como el más grande teólogo de todos los tiempos. Doctor en Teología, maestro en la Universidad de París y autor de cientos de libros -entre los que se encuentran monumentos apologéticos e intelectuales tan portentosos como la Suma Teológica o la Suma Contra Gentiles-, Santo Tomás siempre quiso permanecer como un pequeño fraile que sirviera y amara a Dios en pobreza, humildad y castidad. Tomás de Aquino nació en Italia a fines de 1224 o inicios de 1225. Hijo del conde Landelino de Aquino y de Teodora de Teate, fue el menor de los doce hijos del matrimonio. Tranquilo y callado, cuando a la edad de 5 años sus padres lo enviaron a la Abadía de Montecasino, lo primero que hizo fue preguntarle al abad de modo explosivo e inesperado “¿Qué es Dios?”. La respuesta no ha quedado registrada pero es más que seguro que ese niñito preguntón siguió buscando respuestas por sí mismo. Quería conocer más profundamente a Dios para amarle más.

Un buen día, a la edad de 18 años, Tomás se apareció en el castillo de su padre y muy tranquilamente anunció que se había convertido en uno de los frailes mendicantes de la nueva Orden fundada por Santo Domingo de Guzmán. Una verdadera bomba para la familia. “Fue como si el hijo mayor de un gran terrateniente apareciese de pronto por su casa y le anunciase a la familia muy suelto de cuerpo que acababa de casarse con una gitana; o como si el heredero de un duque tory afirmase que mañana se unirá a la Marcha del Hambre organizada por supuestos comunistas”. Y no era para menos. Toda la familia esperaba que se convirtiera en el gran Abad de Montecasino y no en un “pobre fraile mendigo”. Pero Tomás quería ser fraile. No abate, ni monje, ni prior… solo quería ser fraile. “Es como si Napoleón hubiera insistido en seguir siendo un simple soldado durante toda su vida”, escribiría Chesterton. Consciente de que la oposición de su familia no cejaría, huyó presuroso hacia Roma con otros frailes. Pero es atrapado (secuestrado) por tres de sus hermanos en Aquapendente.

Encerrado en la fortaleza familiar de Rocaseca, sus hermanos deciden tenderle una trampa al buen Tomás para que abandone su propósito de ser fraile dominico. Introdujeron en su habitación a una cortesana notoriamente sensual y pintarrajeada con la idea de sorprenderlo con una súbita tentación o, al menos, involucrarlo en un escándalo. “Por primera y última vez, Tomás de Aquino estuvo realmente fuera de sí capeando una tormenta fuera de esa torre de intelectualidad y contemplación en la que normalmente vivía. (…) Saltó de su silla, tomó un tizón del fuego y se paró blandiéndolo como una espada llameante. Por supuesto, la mujer pegó un grito y huyó, que era todo lo que él quería”. Inmediatamente cierra la puerta y hace una cruz en la pared con el tizón negro que tenía y se postra pidiendo a Dios que le libre de toda impureza. A partir de aquel momento, se siente seguro y lleno de paz. En el sueño que tuvo esa noche, dos ángeles iluminan su cuarto y le ciñen fuertemente el cinturón que se le entrega en prenda perfecta y vitalicia de castidad. Nunca más sintió tentaciones contra la pureza.

Logrando escapar de su cautiverio (dícese que gracias a la ayuda de sus hermanas) Tomás toma el hábito dominico en 1244. Luego, en el año 1248, se traslada a Colonia (Alemania) para seguir estudios con uno de los más grandes sabios de la época: San Alberto Magno. Sus compañeros, al verlo robusto y siempre silencioso, lo apodaron “el buey mudo Sicilia”. En una ocasión le tocó repetir la lección que San Alberto había explicado con una larga serie de complicados argumentos. Lo hizo con tal acierto que repitió todos los argumentos y, además, los esclareció con nuevas luces, ante el asombro de todos, lo que hizo pronunciar a fray Alberto la siguiente profecía: “Fray Tomás, no parece usted un estudiante que contesta, sino un maestro que define. Vosotros llamáis a este el buey mudo; pero yo os aseguro que este buey dará tales mugidos con su ciencia, que resonarán en el mundo entero”. Alumno y maestro eran plenamente conscientes de que uno de los más grandes problemas de la época era la ruptura entre fe y razón y del hecho de que la mayor parte de las herejías surgían de las interpretaciones teológicas -precedidas de comentarios de autores árabes o judíos- de la antigua filosofía griega, en especial la de Aristóteles. Por ello acometieron la titánica tarea de “bautizar a Aristóteles”, es decir, de armonizar la filosofía aristotélica con la doctrina cristiana. A este respecto Tomás de Aquino superó ampliamente a su maestro, creando la más perfecta síntesis entre fe y razón hasta ahora conocida. Muestra de ello fueron sus dos famosas “sumas”: la Suma Teológica -cuya elaboración le fue encargada por el papa Urbano IV en 1263 con el fin de “cristianizar” la filosofía pagana, corrigiéndola y depurándola para que pudiera servir eficazmente a la teología- y la Suma Contra Gentiles -en la que explica y fundamenta las verdades esenciales de la fe cristiana únicamente por medio de la razón y sin apelar a la Escritura o la Tradición, ya que estas serían inmediatamente rechazadas por los paganos que eran justamente a quienes interesaba convertir. Pronto el alumno se convirtió en maestro. Ya en 1252 dictaba cátedra en la Universidad de París. En 1259 es llamado por el papa Alejandro IV para servir como consejero y profesor en la curia papal. Luego, en 1269, y en contra de los usos de la época (un profesor no podía enseñar más de una vez en París), retomó su cátedra en la Universidad de París por petición explícita del Papa, que estaba preocupado por el avance e influencia de la herejía averroísta entre profesores y estudiantes. Y es que Santo Tomás de Aquino, como buen filósofo y teólogo que era, fue el soldado más avezado del que disponía la Iglesia en su “Cruzada” contra las herejías. Y justamente esto nos lleva a una de las características más interesantes de la filosofía tomista: su carácter combativo. En efecto, el “buey mudo de Sicilia” era todo un guerrero intelectual. Cual Napoleón en la ópera, Santo Tomás pensaba en su estrategia de guerra y en las armas que usaría hasta en los momentos más “inconvenientes”. Así, cuando en 1270 fue invitado por el rey Luis IX de Francia (luego San Luis) para una cena, al llegar al majestuoso palacio, cuando alguien exclamó “¡ Qué estupendo debe ser poseer todo esto!”, Tomás murmuró: “Yo preferiría tener el manuscrito de San Crisóstomo que no consigo”. Luego, durante la cena, mientras todos comían, bebían y conversaban, Tomás permanecía absorto. De repente, y para sorpresa de todos los presentes, dio un golpe en la mesa y gritó: “¡ Y eso refutará a los maniqueos!”. Complacido el rey ordenó a su secretario que anotara todo lo que el fraile dijera.

Esa anécdota nos lleva a apreciar en su justa dimensión divina y humana esta otra. Estando un día recogido en oración en la capilla de San Nicolás de Nápoles, oyó la voz de Jesús que le decía desde el Crucifijo: “Has escrito muy bien de Mí, Tomás. ¿Qué recompensa quieres de Mí por tu trabajo?”. Santo Tomás de seguro podría haber pedido muchas cosas… no ciertamente mujeres, honores o riquezas, pero sí cosas en las cuales pensar: la refutación a los maniqueos, el manuscrito de Crisóstomo que no conseguía, la respuesta a los averroístas, las obras perdidas de Aristóteles… Pero en lugar de eso, con la inocencia (y santa insolencia) de un niño dijo: “¡ Te elijo a Ti!”.

En el mismo lugar, en la fiesta del santo titular de la capilla, San Nicolás, el día 6 de diciembre del año 1273, mientras celebraba la Santa Misa, Santo Tomás tuvo una visión. A partir de aquel día no volvió a escribir ni a enseñar, dejando inconclusa su obra cumbre: la Suma Teológica. Interrogado sobre el motivo de ello por su secretario y amigo fray Reginaldo, Santo Tomás respondió: “No puedo escribir más. Todo lo que he escrito es paja comparado con lo que vi”. El episodio es significativo porque Tomás de Aquino es reconocido como ¡el teólogo más grande la historia! En 1274, cuando Tomás tenía casi 50 años, el papa Gregorio X, contento por la reciente victoria sobre los sofistas árabes, le envió un mensaje pidiéndole asistir a un Concilio que se llevaría a cabo en la ciudad francesa de Lyon y en el cual se tratarían cuestiones controvertidas. Obediente como siempre, fray Tomás se puso inmediatamente en camino, pero no llegó a su destino. Durante el trayecto cayó gravemente enfermo. Fue llevado al monasterio de Fossanuova y su extraño fin le llegó a grandes zancadas. Sabiendo que estaba cercana su muerte, hizo confesión general con su fiel amigo fray Reginaldo de Piperno, quien sin poder controlar las lágrimas salió corriendo y exclamó: “Dios mío… Los pecados de un niño de cinco años… En toda su vida, solo unos pecadillos”. Santo Tomás de Aquino murió el 7 de marzo de 1274. Ese mismo día, en el instante mismo de su muerte, su antiguo maestro, San Alberto Magno, ve en su convento a fray Tomás entrar al cielo y lo anuncia lloroso: “¡ Ha muerto fray Tomás, flor del mundo y luz de la Iglesia!”.. Santo Tomás, el más santo entre los sabios y el más sabio entre los santos.

G. K. Chesterton, Santo Tomás de Aquino, Ed. Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1 959, cap. 2

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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