Orgullo



Evangelio según san Mateo, 7: 21- 23 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése entrará en el reino de los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Seňor, ¿pues no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces yo les diré claramente: nunca Os conocí. Apartaos de mí los que obráis la iniquidad». (vv. 21- 23)

Presumen para sí la gloria por la virtud de su palabra, la profecía de la doctrina, la expulsión de los demonios y otras obras por el estilo, y por ello se prometen el Reino de los Cielos, diciendo: «Pues no profetizamos en tu nombre», etc

San Hilario, homiliae in Matthaeum, 6

Rebeldía contra el poderMIRARI VOSSOBRE LOS ERRORES MODERNOS



13. Sabiendo Nos que se han divulgado, en escritos que corren por todas partes, ciertas doctrinas que niegan la fidelidad y sumisión debidas a los príncipes, que por doquier encienden la antorcha de la rebelión, se ha de trabajar para que los pueblos no se aparten, engańados, del camino del bien. Sepan todos que, como dice el Apóstol, toda potestad viene de Dios y todas las cosas son ordenadas por el mismo Dios. Así, pues, el que resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios, y los que resisten se condenan a sí mismos[27]. Por ello, tanto las leyes divinas como las humanas se levantan contra quienes se empeńan, con vergonzosas conspiraciones tan traidoras como sediciosas, en negar la fidelidad a los príncipes y aun en destronarles.

14. Por aquella razón, y por no mancharse con crimen tan grande, consta cómo los primitivos cristianos, aun en medio de las terribles persecuciones contra ellos levantadas, se distinguieron por su celo en obedecer a los emperadores y en luchar por la integridad del imperio, como lo probaron ya en el fiel y pronto cumplimiento de todo cuanto se les mandaba (no oponiéndose a su fe de cristianos), ya en el derramar su sangre en las batallas peleando contra los enemigos del imperio. Los soldados cristianos, dice San Agustín, sirvieron fielmente a los emperadores infieles; mas cuando se trataba de la causa de Cristo, no reconocieron otro emperador que al de los cielos. Distinguían al Seńor eterno del seńor temporal; y, no obstante, por el primero obedecían al segundo[28]. Así ciertamente lo entendía el glorioso mártir San Mauricio, invicto jefe de la legión Tebea, cuando, según refiere Euquerio, dijo a su emperador: Somos, oh emperador, soldados tuyos, pero también siervos que con libertad confesamos a Dios; vamos a morir y no nos rebelamos; en las manos tenemos nuestras armas y no resistimos porque preferimos morir mucho mejor que ser asesinos[29]. Y esta fidelidad de los primeros cristianos hacia los príncipes brilla aún con mayor fulgor, cuando se piensa que, además de la razón, según ya hizo observar Tertuliano, no faltaban a los cristianos ni la fuerza del número ni el esfuerzo de la valentía, si hubiesen querido mostrarse como enemigos: Somos de ayer, y ocupamos ya todas vuestras casas, ciudades, islas, castros, municipios, asambleas, hasta los mismos campamentos, las tribus y las decurias, los palacios, el senado, el foro… żDe qué guerra y de qué lucha no seríamos capaces, y dispuestos a ello aun con menores fuerzas, los que tan gozosamente morimos, a no ser porque según nuestra doctrina es más lícito morir que matar? Si tan gran masa de hombres nos retirásemos, abandonándoos, a algún rincón remoto del orbe, vuestro imperio se llenaría de vergüenza ante la pérdida de tantos y tan buenos ciudadanos, y os veriais castigados hasta con la destitución. No hay duda de que os espantaríais de vuestra propia soledad…; no encontraríais a quien mandar, tendríais más enemigos que ciudadanos; mas ahora, por lo contrario, debéis a la multitud de los cristianos el tener menos enemigos[30]

15. Estos hermosos ejemplos de inquebrantable sumisión a los príncipes, consecuencia de los santísimos preceptos de la religión cristiana, condenan la insolencia y gravedad de los que, agitados por torpe deseo de desenfrenada libertad, no se proponen otra cosa sino quebrar y aun aniquilar todos los derechos de los príncipes, mientras en realidad no tratan sino de esclavizar al pueblo con el mismo seńuelo de la libertad. No otros eran los criminales delirios e intentos de los valdenses, beguardos, wiclefitas y otros hijos de Belial, que fueron plaga y deshonor del género humano, que, con tanta razón y tantas veces fueron anatematizados por la Sede Apostólica. Y todos esos malvados concentran todas sus fuerzas no por otra razón que para poder creerse triunfantes felicitándose con Lutero por considerarse libres de todo vínculo; y, para conseguirlo mejor y con mayor rapidez, se lanzan a las más criminales y audaces empresas

16. Las mayores desgracias vendrían sobre la religión y sobre las naciones, si se cumplieran los deseos de quienes pretenden la separación de la Iglesia y el Estado, y que se rompiera la concordia entre el sacerdocio y el poder civil. Consta, en efecto, que los partidarios de una libertad desenfrenada se estremecen ante la concordia, que fue siempre tan favorable y tan saludable así para la religión como para los pueblos.

17. A otras muchas causas de no escasa gravedad que Nos preocupan y Nos llenan de dolor, deben ańadirse ciertas asociaciones o reuniones, las cuales, confederándose con los sectarios de cualquier falsa religión o culto, simulando cierta piedad religiosa pero llenos, a la verdad, del deseo de novedades y de promover sediciones en todas partes, predican toda clase de libertades, promueven perturbaciones contra la Iglesia y el Estado; y tratan de destruir toda autoridad, por muy santa que sea.

[27] Rom. 13, 2.
[28] In ps. 124 n. 7.
[29] S. Eucher.: ap. Ruinart, Act. ss. mm., de ss. Maurit. et ss. n. 4.
[30] Apolog. c. 37.
[31] Sap. 7, 15.
[32] S. Irenaeus, 14, 10

Dado en Roma, en Santa María la Mayor, en el día de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, 15 de agosto de 1832, año segundo de Nuestro Pontificado.

Oración

Honra perpetua, gloria y alabanza, Al que sentado en solio deslumbrante, Rige constante el universo entero, Dios trino y uno Amén

Evangelio

San Lucas 14:26-33
«Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío. «Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: `Éste comenzó a edificar y no pudo terminar.’ O ¿qué rey, antes de salir contra otro rey, no se sienta a deliberar si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Palabra de Dios

Blaise Pascal

Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo

Blaise Pascal, filósofo francés

Oración

La gracia del Espíritu Santo ilumine nuestros sentidos y corazones. Amén

Evangelio

San Mateo 6:24-33
«Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero. «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.

Palabra de Dios

Confesar y vivir



Evangelio según san Mateo, 7: 21- 23 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése entrará en el reino de los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Seňor, ¿pues no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces yo les diré claramente: nunca Os conocí. Apartaos de mí los que obráis la iniquidad». (vv. 21- 23)

Cuál sea el designio de Dios El mismo nos lo enseňa: «Esta es la voluntad de Aquel que me envió, que todo el que ve a su Hijo y cree en El obtenga la vida eterna» ( Jn 6,40 ). La palabra creer afecta lo mismo a la confesión que a la acción. El que no confiesa o no vive, según la palabra de Jesucristo, no entrará en el Reino de los Cielos.

Pseudo- Crisóstomo, opus imperfectum in
Matthaeum, hom. 19

¿Por qué cuando dos se casan se organiza una fiesta y cuando dos van a vivir juntos no?



El ir a vivir juntos no equivale a casarse. Lo que se celebra en las bodas no es el hecho de que dos se decidan a compartir el lecho, la mesa y la casa

¿Por qué cuando dos se casan se organiza una fiesta y cuando dos van a vivir juntos no? Se trata de una pregunta muy interesante. ¿Qué les impide a dos que van a vivir juntos el organizar una fiesta? ¿Acaso no es en realidad el comienzo de la vida en común el motivo de la celebración? Y si organizasen ellos mismos la fiesta, ¿se trataría también de una fiesta nupcial? Y si la respuesta a esta pregunta fuese afirmativa, ¿por qué de hecho no se suelen celebrar este tipo de fiestas de inicio de la convivencia?

Se suele pensar que la fiesta nupcial la organizan los esposos -con la ayuda de sus familias- y que son ellos los que deciden a quienes invitar a los ritos religiosos y al banquete. Sin embargo, no es así. Las bodas son una institución divina, por mucho que esta afirmación pueda parecer carente de sentido en una sociedad que por fin se habría liberado de las cadenas de la religión. Digamos que los esposos pueden organizar los festejos, pero no quienes celebran las bodas. El ir a vivir juntos no equivale a casarse. Lo que se celebra en las bodas no es el hecho de que dos se decidan a compartir el lecho, la mesa y la casa. Las bodas son, por definción, la fiesta cósmica, social y litúrgica en la que el hombre y la mujer celebran la alianza conyugal mediante la que constituyen la familia.

Antiguamente, las gentes celebraban la unión conyugal alrededor del tálamo nupcial, que se encontraba en la tienda y sobre el que los esposos recibían la bendición por parte del padre de familia o del sacerdote, según fuese el caso. Así, los símbolos de la tienda y del tálamo indicaban precisamente el sentido último de la sexualidad y la razón de la celebración: el hombre y la mujer se entregan recíprocamente y buscan la ayuda divina para realizar algo que está fuera de su alcance y que Jesús expresaría con belleza y profundidad: “ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre” (Mt 19, 6).

Todas las palabras con las que se hace referencia a la celebración festiva nupcial guardan relación profunda con los signos jurídicos y litúrgicos, es decir, sociales y religiosos, establecidos por las sociedades desde tiempos ancestrales.

Las nupcias -en su sentido etimológico- hacen referencia a esa segunda fase del matrimonio antiguo, en el que la mujer era “cubierta” por el varón. El acto conyugal era el signo principal: alrededor del tálamo, los abuelos, los tíos, los primos de los eventuales descendientes de los esposos celebraban de esta manera la fecundidad propia del matrimonio. La fecundidad está ligada a la entrega de las personas -que es lo que se celebra- y no al hecho de que se acuesten juntos, cuando carece de sentido simbólico y es simplemente un hecho.

Las bodas aluden al intercambio de los “votos matrimoniales”, es decir, al consentimiento matrimonial con el que desde que en el IV Concilio de Letrán (1215) los esposos se declaran su amor y su entrega “hasta que la muerte les separe”.

El casamiento indica también esa búsqueda de edificar una casa contando con la ayuda de Dios y de la comunidad. La tienda o casa es precisamente el símbolo nupcial de la protección de Dios sobre la nueva familia, invocada en la bendición sobre el tálamo.

Sin embargo, desde el siglo XII la historia de las nupcias conoció una verdadera revolución. Se aceptó un principio jurídico que trajo importantes consecuencias sociales: el consentimiento matrimonial es la única causa eficiente del matrimonio y no se requiere ninguna formalidad jurídica para que sea válido. Durante los siglos XII y XVI Europa conoció tiempos difíciles en los que abundaban las convivencias conyugales sin celebración de ningún tipo. Se les denominaba matrimonios clandestinos, porque eran ilícitos, pero eran tenidos por válidos.

Hoy son cada vez más frecuentes las parejas que van a vivir juntos, a pesar de que esas uniones no tengan ningún respaldo legal ni canónico. Esas uniones son ilícitas e inválidas, porque desde finales del siglo XVI tanto los ordenamientos de los Estados reformados como el de la Iglesia exigen que se respete una formalidad jurídica, consistente en prestar el consentimiento en presencia de un testigo cualificado y dos testigos comunes.

El hecho de que hoy suceda de nuevo el fenómeno de convivencias sin celebración nupcial se debe a razones distintas a las de entonces. Más bien, parece que muchas personas no encuentran razones para celebrar el matrimonio. Una vez ha desaparecido Dios del horizonte de sus vidas, la existencia pierde sentido y deja de ser algo que se celebre en el santuario de la vida: la familia.

Ciertamente, hay también razones sociales para que el estado matrimonial esté ligado a un momento fundacional, pero es evidente que no son las principales. No satisfacen por sí mismas a muchas personas, porque no encuentran en ellas una motivación seria y suficiente e incluso les parecen hipócritas.

Parece que el camino debería encontrarse en recuperar la simbología religiosa de las nupcias, puesto que no es exclusiva de los cristianos, sino que es patrimonio común de la Humanidad

Oración

Dejando el sueño, por la noche en vela, Siempre en divinos salmos meditemos: Y a Dios cantemos con acento acorde Himnos suaves