La generación que nació inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial es probablemente el grupo humano que más cambios ha experimentado a lo largo de su vida. En esos setenta años, los hogares pasaron de no tener televisor o lavadora a estar totalmente bajo el control del internet de las cosas, sumidos en una realidad virtual, adictos a la tecnología y ya pronto hasta inmersos en un trabajo y una educación virtual que estén dentro del metaverso. Incluso la tecnología nos promete un futuro que puede sonar alarmante: nada más cómodo que la adquisición de un bebé virtual por una oferta mensual de bajo costo, que podemos cancelar en cualquier momento si ese niño pierde el encanto en la etapa terrible de los dos años .. .¿No tienes amigos? No importa, la <comunidad virtual> te abrirá los brazos y serás uno más. Pero ¿esto nos hace más humanos?
Los beneficios que nos ha traído la tecnología son innegables, pero ¿hasta qué punto estamos dispuestos a abandonar nuestras capacidades distintivas como seres humanos? ¿Acaso es positivo perder la memoria a cambio del servicio de una nube virtual que lo recuerda todo y está al alcance de mis dedos? Hasta qué punto es humano perder toda conexión humana real por un mundo virtual donde todo está hecho a la medida de mis sentimientos y necesidades? Cómo sé que esas son mis necesidades reales? O mejor aún, ¿cómo sabrá el algoritmo que eso es lo que psicológicamente necesito para crecer como persona? ¿Y si en realidad estoy siendo objeto de una manipulación total? ¿Y qué decir de cómo la tecnología está afectando nuestra conducta, nuestra psicología, nuestras relaciones afectivas y sociales? ¿Y si la tecnologia, en vez de liberarme, me está convirtiendo en prisionero de un mundo imaginario?
Apaga el celular y enciende tu cerebro. Muñoz Iturrieta, Pablo
Si alguien con seriedad intelectual se dispusiese a estudiar las teorías de los ideólogos de la revolución quedaría pasmado al ver lo dificil que es encontrar en ellos algún razonamiento favorable al hombre. Así por ejemplo, el famoso barón D’Holbach, principal sostén financiero de la gran Enciclopedia, afirmaba que los errores del hombre son «errores de física» y que no existe la intelección hablando estrictamente pues nuestros pensamientos «se producen sin que sepamos en todas nuestras acciones» (una especie de determinismo mecanicista, así como el girasol se mueve sin que lo quiera).
Diderot, por su parte decía en su «Correspondencia»: «mirad de cerca, y veréis que la palabra libertad es una palabra vacía de sentido, que no hay y no puede haber seres libres; que no somos sino lo que conviene al orden general, a la organización, a la educación y, a la cadena de acontecimientos. He aquí lo que dispone de nosotros invenciblemente»
¿Pero entonces? ¿Cuál es la libertad de la que nos hablan? Quizás sea la libertad sindical…: «Uno de logros mayores de la obra revolucionaria fue la liberación económica, especialmente con la ley Le Chapelier (١٧٩١), que, después de la muerte de las corporaciones, rige las relaciones de trabajo prohibiendo tanto la huelga como el sindicalismo obrero, como que amenazan la libertad del contrato de trabajo, es decir, la libertad del patrón. Trátase de una lógica muy particular de la libertad, hay que reconocerlo, la misma de ١٧٨٩, la que hace que se prohíba la huelga y los sindicatos.
Será esta misma lógica la que, durante la mayor parte del siglo XIX, favorecerá consiguientemente la cruel proletarización obrera». Más divertido y hasta más franco resultaba de nuevo Voltaire al declarar que «el bien de la sociedad exige que el hombre se crea libre» (sin serlo, obvio). Somos, en su concepción una simple máquina «que tiene, no sé cómo, la facultad de estornudar por la nariz y pensar por el cerebro» y un grupo de «autómatas pensantes donde la libertad es apenas una bella quimera»
Siguiendo al gran estudioso del pensamiento revolucionario, el profesor Xavier Martin, podríamos decir que tanto Voltaire como el resto de los que prepararon la Revolución «llegan a practicar, sobre los otros y no menos sobre él mismo, un resuelto desprecio por la humanidad, cuya obsesión y agudeza toca a veces lo alucinante, y sobre lo cual no es muy raro que los conocedores arrojen el manto de Noé, lo que muestra una encantadora piedad intelectual, pero perjudica nuestra curiosidad». Rousseau, otro adalid y puntero intelectual, se las tomaba contra la libertad del ciudadano común y declaraba que «el ciudadano pasivo, estandarizado mecánicamente dócil, es el más apropiado para satisfacer los imperativos de un ‘programa tan bien intencionado en su imprecisión, «porque el cristianismo-decía- enerva la fuerza del resorte político y complica los movimientos de la máquina» Y no conviene que nadie piense y menos un católico porque «el estado de reflexión es un estado contra- natura y el hombre que medita, un animal depravado».
La libertad, la verdadera libertad, como dirá Rousseau, estará en obedecer al que suplanta al rey y no en seguir la monarquía: «eso es ser verdaderamente libre». Todo era permitido para quien estuviera con la Revolución y en contra del Rey y la Iglesia, como decía Voltaire, incluso mentir: «Hay que criticar a los autores que no piensan como nosotros-escribía sin empacho- hay que envenenar hábilmente su conducta (..), hay que presentar sus acciones bajo una luz odiosa (…). Si los hechos nos faltan, hay que exponerlos, fingiendo callar una parte de sus faltas. Todo está permitido contra ellos (..) Mostrémoslos ante el gobierno como enemigos de la religión y de la autoridad, impulsemos a los magistrados a castigarlos. Golpeen y escondan la mano-les decía a sus adictos (…). A la menor crítica, a la menor respuesta, aun la más moderada y cortés, hay que gritar ‘calumnia, injuria, sátira atroz’, tratando a los adversarios de bribones, fugitivos de la cárcel, hipócritas, locos». La hipocresía no tenía límites.
Una verdadera libertad habría exigido la abolición de todo tipo de «totalitarismo», incluido el de la esclavitud. Pues bien, no hubo nada de esto. Recién cinco años después, cuando la Francia revolucionaria había perdido el control de sus tierras en ultramar, comenzó a promover la «libertad» para los esclavos; es decir, cuando no temía más la posibilidad de conseguir nuevos esclavos, decretaba la libertad.. Sin embargo, «el innoble tráfico fue discretamente retomado desde el Directorio y, para acabar, esta detestable institución fue oficialmente restablecida en 1802, sin oposición, por una clase política poblada de ex- revolucionarios». Pero también se decía que la Revolución nos hacía «iguales» frente a la desigualdad que imponía la Monarquía…
* La «Enciclopedia» fue una publicación de varios tomos redactada por los pensadores revolucionarios por medio de la cual se intentó dar un nuevo significado a un sinfín de términos acuñados durante siglos de cristianismo
XAVIER MARTIN, «Libertad, Igualdad Fraternidad», en Gladius 44 (1999), 90
VOLTAIRE, Correspondance, Pléiade Paris 1977-1993,t. 9, 873
XAVIER MARTIN, Nature humaine et revolution francaise, 39
JEAN-JACQUES CHEVALLIER, Los grandes textos políticos, Aguilar, Madrid 1954,135
ALFREDO SÁENZ, La nave y las tempestades. La Revolución Francesa (La revolución cultural), 291-292
Hay dos cosas que llenan mi mente cada vez más de admiración y respeto: el cielo estrellado encima de mí y la ley ley moral moral dentro de mí. Son para mí las pruebas de que hay un Dios por encima y de un Dios dentro de mí
Evangelio según san Mateo, 7: 21- 23 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése entrará en el reino de los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Seňor, ¿pues no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces yo les diré claramente: nunca Os conocí. Apartaos de mí los que obráis la iniquidad». (vv. 21- 23)
Pero hay algunos que dicen que éstos lo dijeron mintiendo y que por eso no se han salvado, pero que no se atreverían a decir lo mismo en presencia del juez. Mas la misma pregunta y su misma respuesta manifiestan que ellos hicieron estas cosas. Como aquí eran admirables haciendo milagros en presencia de todos y allí se ven castigados, admirados dicen: «Señor, ¿pues no practicamos muchas virtudes en tu nombre?», etc. Algunos dicen que cuando hacían milagros no obraban mal, sino después. Pero no consta que esto sea lo que el Señor quería demostrar, a saber, que ni los milagros ni la fe valen algo cuando la vida no es buena, como dice San Pablo: «Si tuviese una fe tan firme que traspasase los montes de un lado a otro, pero no tuviese caridad, nada soy» ( 1Cor 13,2)
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom 24,1
Hemos hablado del ser primero, de aquel al que se refieren todas las demás categorías; en una palabra, de la sustancia. A causa de su relación con la sustancia de los demás seres son seres, y en este caso están la cuantidad, la cualidad y los atributos análogos. Todos estos seres, como hemos dicho en los libros precedentes, contienen implícitamente la noción de la sustancia. El ser no sólo se toma en el sentido de sustancia, de cualidad, de cuantidad, sino que hay también el ser en potencia y el ser en acto, el ser [con relación] a la acción. Hablemos, pues, de la potencia y del acto. Por lo pronto, en cuanto a la potencia, observemos que la que merece verdaderamente este nombre no es el objeto único de nuestro estudio presente; la potencia, lo mismo que sucede con el acto, se aplica a otros seres que los que son susceptibles de movimiento. Hablaremos de la potencia motriz en lo que vamos a decir de la actualidad; pero también hablaremos de otras clases de potencia. La potencia y el poder, que ya hemos caracterizado en otro lugar, se toman en muchas acepciones. No tenemos que ocuparnos de las potencias que sólo son de nombre. Una semejanza ha sido motivo de que se diera a algunos objetos, en la geometría por ejemplo, el nombre de potencias; y otras cosas se las ha supuesto potentes o impotentes a causa de una cierta manera de ser o de no ser. Las potencias pueden referirse a un mismo género; todas ellas son principios, y se ligan a un poder primero y único, el de cambio, que reside en otro ser en tanto que otro. La potencia de ser modificado es en el ser pasivo el principio del cambio, que es capaz de experimentar mediante la acción de otro ser en tanto que otro. La otra potencia es el estado del ser, que no es susceptible de ser modificado en mal, ni destruido por otro ser en tanto que otro por el ser que es el principio del cambio. La noción de la potencia primera entra en todas estas definiciones. Las potencias de que hablamos se distinguen, además, en potencia simplemente activa o simplemente pasiva, y en potencia de hacer bien o de padecer el bien. Las nociones de estas últimas encierran, por tanto, en cierta manera, las nociones de las potencias de que ellas se derivan. Un ser tiene poder, ya porque tiene la potencia de modificarse a sí mismo, ya porque tiene la de modificar a otro ser. Ahora bien; es evidente que la potencia activa y la potencia pasiva son, desde un punto de vista, una sola potencia, y desde otro son dos potencias. Se da ante todo la potencia en el ser pasivo; y porque hay en él un principio, porque la materia es un principio, por esto el ser pasivo es modificado, y un ser modifica a otro ser. Y así, lo que es graso es combustible; lo que cede de cierta manera es frágil y lo mismo en todo lo demás. Luego hay la potencia en el agente: como el calor y el arte de construir, el uno en lo que calienta y el otro en la arquitectura. Un agente natural no puede hacerse experimentar a sí mismo ninguna modificación; hay unidad en él, y no es otro que él mismo. La impotencia y la imposibilidad son lo contrario de la potencia, la privación de ésta; de suerte que hay respecto de cada potencia la impotencia de la misma cosa sobre el mismo ser. Pero la privación se entiende de muchas maneras. Hay la privación de una cosa que naturalmente no se tiene, y la privación de lo que se debería naturalmente tener; un ser padece privación, bien absolutamente, bien en la época de la posesión; también la privación es completa o parcial; en fin, cuando la violencia impide a los seres tener lo que es propio de su naturaleza, decimos que estos seres padecen privación.
18. Con el ánimo, pues, lleno de tristeza, pero enteramente confiados en Aquel que manda a los vientos y calma las tempestades, os escribimos Nos estas cosas, Venerables Hermanos, para que, armados con el escudo de la fe, peleéis valerosamente las batallas del Seńor. A vosotros os toca el mostraros como fuertes murallas, contra toda opinión altanera que se levante contra la ciencia del Seńor. Desenvainad la espada espiritual, la palabra de Dios; reciban de vosotros el pan, los que han hambre de justicia. Elegidos para ser cultivadores diligentes en la vińa del Seńor, trabajad con empeńo, todos juntos, en arrancar las malas raíces del campo que os ha sido encomendado, para que, sofocado todo germen de vicio, florezca allí mismo abundante la mies de las virtudes. Abrazad especialmente con paternal afecto a los que se dedican a la ciencia sagrada y a la filosofía, exhortadles y guiadles, no sea que, fiándose imprudentemente de sus fuerzas, se aparten del camino de la verdad y sigan la senda de los impíos. Entiendan que Dios es guía de la sabiduría y reformador de los sabios[31], y que es imposible que conozcamos a Dios sino por Dios, que por medio del Verbo enseńa a los hombres a conocer a Dios[32]. Sólo los soberbios, o más bien los ignorantes, pretenden sujetar a criterio humano los misterios de la fe, que exceden a la capacidad humana, confiando solamente en la razón, que, por condición propia de la humana naturaleza, es débil y enfermiza.
[31] Sap. 7, 15. [32] S. Irenaeus, 14, 10.
Dado en Roma, en Santa María la Mayor, en el día de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, 15 de agosto de 1832, año segundo de Nuestro Pontificado.
Guarda, Señor, a tu Iglesia con protección constante, pues sin ti el hombre sucumbe a su naturaleza mortal, protégelo de los peligros y llévala a la salvación
San Mateo 6:24-33 «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero. «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.
Siempre existirá, además, la voluntad de hacer existir esos factores incluso allí donde no existan o no tengan importancia real (por ejemplo: la creciente politización del peso corporal y la gordura). En esto consiste la politización de las diferencias. Allí donde la derecha busca armonizar estos factores, la izquierda los dota de significación política, los lee como <opresión> y procura convertirlos en el motor de su praxis política. Ernst Gellner maneja el concepto de <clasificación entropífuga> para referirse a estos rasgos diferenciadores, y reconoce algo importante: <los rasgos entropífugos constituyen un problema grave para la sociedad industrial. En la sociedad agraria ocurría casi lo contrario. Lejos de repudiar estos rasgos, ese tipo de sociedad solía inventarlos siempre que la naturaleza no le proveia suficientemente de ellos>. En nuestra sociedad moderna, la izquierda es el fruto ideológico de estos rasgos vueltos materia prima política, y la derecha, su contrapartida: la voluntad de armonizar el conflicto que surge de estas agitaciones, la voluntad de hallar organicidad en las diferencias relativas. De ello resulta que a menudo la derecha sea reactiva y despolitizante, mientras la izquierda es revolucionaria y politizante aunque esto no es una necesidad en absoluto.
Ernest Gellner, Naciones y nacionalismo (Buenos Aires: Alianza Editorial, 1991), P. 91.
(Al buscar el hilo conductor entre pensadores de derechas en principio tan diferentes como Schmitt, Oakeshott, Strauss y Hayek, Perry Anderson termina concluyendo: <Lo que todos buscaban atemperar eran los riesgos de la democracia, vista y temida a través del prisma de sus teorfas de la ley como el abismo de la ausencia de ley: to misterion tes anomias, el misterio de la anarquía. Estos autores serfan todos de derecha, pues, en virtud de su resistencia a la aplanadora democratizante (Perry Anderson, Spectrum. De la derecha a la izquierda en el mundo de las ideas, Madrid: Akal, 2008, p. 40).