Categoría: Castidad

Purgatorio

Mateo 12,32: Jesús no condena la creencia de los judíos en una purificación después de esta vida, sino que la apoya y este texto es muestra clara de ello. Jesús habla del pecado contra el Espíritu Santo y dice que este no se perdona ni en esta vida ni en la otra. Lo que muestra claramente que hay dos tipos de pecados: Los que no se perdonan ni en esta vida, ni en la otra, y los que se perdonan en esta vida o en la otra. Esta purificación de los pecados en la otra vida, se conoce como Purgatorio.

LA TRADICIÓN DE LA ORACIÓN



La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar. No basta sólo con saber lo que las Escrituras revelan sobre la oración: es necesario también aprender a orar. Pues bien, por una transmisión viva (la sagrada Tradición), el Espíritu Santo, en la “Iglesia creyente y orante” (DV 8), enseña a orar a los hijos de Dios

La tradición de la oración cristiana es una de las formas de crecimiento de la Tradición de la fe, en particular mediante la contemplación y la reflexión de los creyentes que conservan en su corazón los acontecimientos y las palabras de la Economía de la salvación, y por la penetración profunda en las realidades espirituales de las que adquieren experiencia (cf DV 8).

La petición de perdón



es el primer movimiento de la oración de petición (cf el publicano: “Oh Dios ten compasión de este pecador” Lc 18, 13). Es el comienzo de una oración justa y pura. La humildad confiada nos devuelve a la luz de la comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo, y de los unos con los otros (cf 1 Jn 1, 7-2, 2): entonces “cuanto pidamos lo recibimos de Él” (1 Jn 3, 22). Tanto la celebración de la Eucaristía como la oración personal comienzan con la petición de perdón.

El retorno del hijo pródigo de Rembrandt

Jesús ora



El Hijo de Dios, hecho Hijo de la Virgen, también aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. Él aprende de su madre las fórmulas de oración; de ella, que conservaba todas las “maravillas” del Todopoderoso y las meditaba en su corazón (cf Lc 1, 49; 2, 19; 2, 51). Lo aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo. Pero su oración brota de una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce años: “Yo debía estar en las cosas de mi Padre” (Lc 2, 49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la oración en la plenitud de los tiempos: la oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con los hombres y en favor de ellos

EL EJEMPLO DE NAZARET



Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizá de una manera casi insensible, a imitar esta vida. Aquí se nos revela el método que nos hará descubrir quién es Cristo. Aquí comprendemos la importancia que tiene el ambiente que rodeó su vida durante su estancia entre nosotros, y lo necesario que es el conocimiento de los lugares, los tiempos, las costumbres, el lenguaje, las prácticas religiosas, en una palabra, de todo aquello de lo que Jesús se sirvió para revelarse al mundo. Aquí todo habla, todo tiene un sentido.
Aquí, en esta escuela, comprendemos la necesidad de una disciplina espiritual si queremos seguir las enseñanzas del Evangelio y ser discípulos de Cristo. ¡Cómo quisiéramos ser otra vez niños y volver a esta humilde pero sublime escuela de Nazaret! ¡Cómo quisiéramos volver a empezar, junto a María, nuestra iniciación a la verdadera ciencia de la vida y a la más alta sabiduría de la verdad divina! Pero estamos aquí como peregrinos y debemos renunciar al deseo de continuar en esta casa el estudio, nunca terminado, del conocimiento del Evangelio. Mas no partiremos de aquí sin recoger rápida, casi furtivamente, algunas enseñanzas de la lección de Nazaret. Su primera lección es el silencio. Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazaret enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos a estar siempre dispuestos a escuchar las buenas inspiraciones y la doctrina de los verdaderos maestros. Enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente formación del estudio, de la meditación, de una vida interior intensa de la oración personal que sólo Dios ve. Se nos ofrece además una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano social. Finalmente, aquí aprendemos también la lección del trabajo. Nazaret, la casa del hijo del artesano: cómo deseamos comprender más en este lugar la austera pero redentora ley del trabajo humano y exaltarla debidamente; restablecer la conciencia de su dignidad, de manera que fuera a todos patente; recordar aquí, bajo este techo que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo, y que su dignidad y la libertad para ejercerlo no provienen tan sólo de sus motivos económicos, sino también de aquellos otros valores que lo encauzan hacia un fin más noble.
Queremos finalmente saludar desde aquí a todos los trabajadores del mundo y señalarles al gran modelo, al hermano divino, al defensor de todas sus causas justas, es decir: a Cristo, nuestro Señor
De las alocuciones del papa Pablo sexto
(Alocución en Nazaret, 5 de enero de 1964)

El milagro de Uganda



Rose Busingye es la fundadora y directora de la ONG Meeting Point International en Kampala, Uganda, donde lleva más de 20 años trabajando como enfermera en los barrios más pobres, pero de manera especial con “sus” doscientas mujeres seropositivas.

Más de 1.500 enfermos de sida
Hoy, lo único que se contagia en Meeting Point es la esperanza de la fe católica de Rose, para quien las siglas VIH no son algo ajeno e indeseable, sino su labor cotidiana: más de mil enfermos de sida bajo su cuidado; mil quinientos huérfanos escolarizados, medio centenar de personas cuidando a los enfermos, una casa con un centenar de niños con varias “mamás”, dos médicos, cuatro enfermeras y veinte voluntarios.

Viven de la de la venta de artesanía, de las donaciones y del apoyo público. Pero para ella lo más importante es que detrás de cada número hay una persona con un valor infinito.

El preservativo, último recurso
“El preservativo no sirve para nada si no se cambia antes el método, la vida”, afirma Busingye en una reciente entrevista en el diario Avvenire.

“Aplicar un instrumento sin cambiar de vida no lleva a ningún sitio, sería como decirte que eres un animal, y que por tanto actúas solo siguiendo tu instinto, que no eres un hombre que pueda controlarse. Por eso hoy, entre nosotros, en África, el uso del preservativo se contempla solo como último recurso. Antes debemos preguntarnos qué sentido tiene el sexo y comprender cuál es el valor de cada persona. Porque hoy parece que es lo más importante del mundo, es la exaltación de un ídolo. Pero lo cierto es que si realmente amo al otro, busco su bien, y si sé que el método que estoy utilizando conlleva un peligro, aunque sea mínimo, entonces intento que no corra ese riesgo. El verdadero problema es educar a la persona en comprender que tiene un valor más grande, del cual es responsable”, asegura.

“Yo no impongo nada, simplemente lo vivo”
Rose es muy consciente de que un cambio de vida como este no se puede imponer, sino que solo se puede acoger voluntariamente a través del ejemplo: “Yo no propongo este modo de pensar. Simplemente lo vivo, y ellos lo ven en mí. Educar significa llevar a la persona al conocimiento de sí mismo. Lo mío no es un sermón, es algo que se ve viviéndolo. Cuando se hace este camino, uno se da cuenta de que responder únicamente a una necesidad (como puede ser el sexo), olvidándose de la totalidad de la propia persona, te deja insatisfecho. Porque el corazón es deseo de infinito. Por ejemplo: es increíble lo que ocurre en Kampala. Nosotros jugamos con los niños, les damos clase, le enseñamos a cantar, bailamos juntos… Y cuando sus padres lo ven, les dicen: «¡Enseñadnos! ¡Nosotros también queremos aprender!». Es una felicidad contagiosa. Todas las organizaciones de lucha contra el sida que ven el Meeting Point creen que nuestra alegría se debe a que recibimos medicamentos especiales, cosa que no es verdad. A veces la gente duda de que estén realmente enfermos. Pero lo cierto es que cuando uno vive así, se siente mejor, y entonces empieza a cuidar de los otros. De ahí nace algo muy hermoso. Todos se empeñan en prevenir más infecciones, y luchan por proteger la vida porque saben que la vida tiene un valor. A eso me refiero con lo de vivir y dar ejemplo. Este es un efecto que no puede obtener el preservativo”, sostiene.

El ejemplo de un Presidente no católico
“En Uganda tenemos la suerte de tener un presidente, Yoweri Museveni, que lo ha comprendido desde el principio, y estoy muy orgullosa. Él no es católico, y sin embargo, se encuentra entre las personas que hace tres años, en la tormenta que se levantó tras aquellas declaraciones del Papa con ocasión de su visita a África, se puso enseguida de su parte. Porque nuestra salvación no está dentro de un trozo de plástico. No nos vamos a salvar gracias a un preservativo. Debemos volver a ser verdaderamente hombres, con una gran dignidad y un gran valor. Y este no es un discurso católico, porque este valor no nos lo da la religión, ni siquiera el Papa. El Papa solo nos lo da a conocer, nos educa para comprender que somos hombres que tienen un valor infinito. Responder solo a nuestros instintos, a nuestras necesidades inmediatas, es demasiado poco para la grandeza de nuestro corazón”, afirma Rose, que de grandezas sabe bastante: “Aquí, en Kampala, un grupo de mujeres pobres y enfermas de sida van a diario a partir piedras para después venderlas a los constructores, y comen una sola vez al día. Cuando supieron del tsunami y del huracán Katrina en Estados Unidos, les pedimos que vinieran a rezar por las víctimas y nos dijeron: “Sabemos lo que quiere decir vivir sin una casa, sin comer. Si pertenecen a Dios, también nos pertenecen a nosotros”.

Se organizaron formando grupos para partir piedras y al final recogieron dos mil dólares que fueron enviados a la embajada de Estados Unidos. Y después del terremoto de L’Aquila en Italia dijeron “Son italianos, el país del Papa; son nuestros amigos, es más, son nuestra tribu” y recogieron y enviaron dos mil euros. Los periodistas se escandalizaron: vinieron a ver si esta gente era verdaderamente pobre. En su opinión no era justo: cuando uno hace un acto de caridad da lo que le sobra, no lo que necesita. Pero una mujer enferma les dijo: “El corazón del hombre es internacional, no conoce razas, ni colores, y se conmueve siempre”.

En 2009, Rose participó como ponente en el Sínodo para África en Roma, y cada año es invitada para dar a conocer por todo el mundo lo que ya se conoce como “el milagro de Uganda. Si el número de enfermos de sida ha disminuido drásticamente ha sido gracias a la intensa labor de personas como Rose, que saben que el secreto no está en poner un parche, sino en enseñar la alta costura de la dignidad

Inmaculada Concepción de María



“Solemnidad de la Concepción Inmaculada de la bienaventurada Virgen María, que, realmente llena de gracia y bendita entre las mujeres, en previsión del nacimiento y de la muerte salvífica del Hijo de Dios, desde el mismo primer instante de su Concepción fue preservada de toda culpa original, por singular privilegio de Dios. En este mismo día fue definida, por el papa Pío IX, como verdad dogmática recibida por antigua tradición” (Martirologio Romano).

La primera vez que se nombra esta fiesta, en el siglo VIII, parece que es en los cánones de san Andrés de Creta (+740). En el calendario marmóreo de Nápoles, del siglo IX, se señala el 9 de diciembre la Concepción de la Virgen María por santa Ana, pero no hay seguridad de que se celebrase como fiesta en ese lugar. Se encuentra esta fiesta en Irlanda en los días 3 y 7 de mayo, según aparece en algún breviario del siglo XI. Se halla en el Martirologio de Canterbury, de 1050, y se cree que fue suprimida cuando, con la victoria de Guillermo el Conquistador, se cambiaron las costumbres litúrgicas anteriores. Desde Inglaterra la fiesta se propagó a España, Francia y Alemania, pero según los liturgistas, el objeto del culto no estaba muy bien definido.
En el siglo XII apareció la gran controversia sobre si la Virgen María contrajo o no el pecado original, como todos los hombres. En el siglo XIII, grandes doctores escolásticos como Alejandro de Hales, Buenaventura (15 jul.), Alberto Magno (15 nov.), Tomás de Aquino (28 ene.) y Pedro de Tarantasia (14 sep.), futuro papa, Gil Romano, la rechazaban.
La reacción comenzó a finales del siglo, al parecer con los escritos del mercedario Pedro Pascual, obispo de Jaén.

La defensa del privilegio de la Inmaculada Concepción de María la tomaron como suya los franciscanos a partir de las enseñanzas de Duns Escoto (8 nov.), sumándose luego los carmelitas, los agustinos, los premonstratenses, los trinitarios, los benedictinos, los cistercienses, los servitas y los cartujos, y no faltando algunos dominicos como el beato Juan Taulero.
En ese siglo XIV se celebró el concilio de Basilea que, cuando estaba ya disuelto por el papa, sus miembros seguían reunidos, declararon como dogma de fe la Inmaculada Concepción de María (1439). En el siglo XV el papa Sixto IV aprobó repetidamente la fiesta. El concilio de Trento no juzgó oportuno definir aún la Inmaculada Concepción como dogma, pero precisó que en su decreto sobre la universalidad del pecado original no quería incluir a la Virgen María. San Pío V (31 may.), religioso dominico, incluyó la fiesta en el Breviario Romano. Clemente XI extendió la fiesta en 1708, como precepto, a toda la Iglesia y, por fin, el papa Pío IX (7 feb.) definió la Inmaculada Concepción de María como dogma de fe el día 8 de diciembre de 1854.
Las Cortes españolas en el año 1760 declararon a la Inmaculada Concepción de la Virgen María patrona de España y de todos sus dominios, declaración que fue aprobada por el monarca español Carlos III y posteriormente autorizada por el papa Clemente XIII.

LA ESPERANZA NOS SOSTIENE



Es saludable aviso del Señor, nuestro maestro, que el que persevere hasta el final se salvará. Y también este otro: Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Hemos de tener paciencia, y perseverar, hermanos queridos, para que, después de haber sido admitidos a la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos alcanzar la verdad y la libertad mismas. Porque el que seamos cristianos es por la fe y la esperanza; pero es necesaria la paciencia, para que esta fe y esta esperanza lleguen a dar su fruto. Pues no vamos en pos de una gloria presente; buscamos la futura, conforme a la advertencia del apóstol Pablo cuando dice: En esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que se ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia. Así pues, la esperanza y la paciencia nos son necesarias para completar en nosotros lo que hemos empezado a ser, y para conseguir, por concesión de Dios, lo que creemos y esperamos. En otra ocasión, el mismo Apóstol recomienda a los justos que obran el bien y guardan sus tesoros en el cielo para obtener el ciento por uno, que tengan paciencia, diciendo: Mientras tenemos ocasión, trabajemos por el bien de todos, especialmente por el de la familia de la fe. No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos.
Estas palabras exhortan a que nadie, por impaciencia, decaiga en el bien obrar o, solicitado y vencido por la tentación, renuncie en medio de su brillante carrera echando así a perder el fruto de lo ganado, por dejar sin terminar lo que empezó. En fin, cuando el Apóstol habla de la caridad, une inseparablemente con ella la constancia y la paciencia: La caridad es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educada ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. Indica, pues, que la caridad puede permanecer, porque es capaz de sufrirlo todo. Y en otro pasaje escribe: Sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vinculo de la paz. Con esto enseña que no puede conservarse ni la unidad ni la paz si no se ayudan mutuamente los hermanos y no mantienen el vínculo de la unidad, con auxilio de la paciencia

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, sobre los bienes de la paciencia
(Núms. 13 y 15: CSEL 3, 406-408)

LA ESPERANZA NOS SOSTIENE



Es saludable aviso del Señor, nuestro maestro, que el que persevere hasta el final se salvará. Y también este otro: Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Hemos de tener paciencia, y perseverar, hermanos queridos, para que, después de haber sido admitidos a la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos alcanzar la verdad y la libertad mismas. Porque el que seamos cristianos es por la fe y la esperanza; pero es necesaria la paciencia, para que esta fe y esta esperanza lleguen a dar su fruto. Pues no vamos en pos de una gloria presente; buscamos la futura, conforme a la advertencia del apóstol Pablo cuando dice: En esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que se ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia. Así pues, la esperanza y la paciencia nos son necesarias para completar en nosotros lo que hemos empezado a ser, y para conseguir, por concesión de Dios, lo que creemos y esperamos. En otra ocasión, el mismo Apóstol recomienda a los justos que obran el bien y guardan sus tesoros en el cielo para obtener el ciento por uno, que tengan paciencia, diciendo: Mientras tenemos ocasión, trabajemos por el bien de todos, especialmente por el de la familia de la fe. No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos.
Estas palabras exhortan a que nadie, por impaciencia, decaiga en el bien obrar o, solicitado y vencido por la tentación, renuncie en medio de su brillante carrera echando así a perder el fruto de lo ganado, por dejar sin terminar lo que empezó. En fin, cuando el Apóstol habla de la caridad, une inseparablemente con ella la constancia y la paciencia: La caridad es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educada ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. Indica, pues, que la caridad puede permanecer, porque es capaz de sufrirlo todo. Y en otro pasaje escribe: Sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vinculo de la paz. Con esto enseña que no puede conservarse ni la unidad ni la paz si no se ayudan mutuamente los hermanos y no mantienen el vínculo de la unidad, con auxilio de la paciencia

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, sobre los bienes de la paciencia
(Núms. 13 y 15: CSEL 3, 406-408)

LA ESPERANZA NOS SOSTIENE



Es saludable aviso del Señor, nuestro maestro, que el que persevere hasta el final se salvará. Y también este otro: Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Hemos de tener paciencia, y perseverar, hermanos queridos, para que, después de haber sido admitidos a la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos alcanzar la verdad y la libertad mismas. Porque el que seamos cristianos es por la fe y la esperanza; pero es necesaria la paciencia, para que esta fe y esta esperanza lleguen a dar su fruto. Pues no vamos en pos de una gloria presente; buscamos la futura, conforme a la advertencia del apóstol Pablo cuando dice: En esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que se ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia. Así pues, la esperanza y la paciencia nos son necesarias para completar en nosotros lo que hemos empezado a ser, y para conseguir, por concesión de Dios, lo que creemos y esperamos. En otra ocasión, el mismo Apóstol recomienda a los justos que obran el bien y guardan sus tesoros en el cielo para obtener el ciento por uno, que tengan paciencia, diciendo: Mientras tenemos ocasión, trabajemos por el bien de todos, especialmente por el de la familia de la fe. No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos.
Estas palabras exhortan a que nadie, por impaciencia, decaiga en el bien obrar o, solicitado y vencido por la tentación, renuncie en medio de su brillante carrera echando así a perder el fruto de lo ganado, por dejar sin terminar lo que empezó. En fin, cuando el Apóstol habla de la caridad, une inseparablemente con ella la constancia y la paciencia: La caridad es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educada ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. Indica, pues, que la caridad puede permanecer, porque es capaz de sufrirlo todo. Y en otro pasaje escribe: Sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vinculo de la paz. Con esto enseña que no puede conservarse ni la unidad ni la paz si no se ayudan mutuamente los hermanos y no mantienen el vínculo de la unidad, con auxilio de la paciencia

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, sobre los bienes de la paciencia
(Núms. 13 y 15: CSEL 3, 406-408)