El origen de la religión



“religión” viene del latín religare, que significa “volver a unir”. Así, la religión era aquella forma de espiritualidad que “re-ligaba” al hombre con la divinidad. Sin embargo, no se puede “volver a unir” a lo que nunca se ha desunido, no se puede “re-ligar” a lo que nunca se ha desligado.

Por tanto, aparte de la existencia del espíritu, es necesario establecer un punto más para poder dar cuenta del origen de la religión. Es necesario explicar cómo y en qué sentido el hombre se ha separado de la divinidad. En otras palabras, es necesario que sustentemos antropológicamente aquello que en la tradición cristiana se ha llamado pecado original. ¿Pero cómo podría hacerse tal cosa? Obviamente no por medio del registro histórico de vestigios que nos brinda la antropología cultural. Ello sería sumamente inadecuado dada la naturaleza de la cuestión: la mandíbula de Heidelberg no nos dice nada sobre la mentalidad del hombre al que perteneció, las piedras chellenses no nos dicen de por sí qué tipo de religiosidad tuvieron los hombres que las tallaron.

Se debe apelar, entonces, a la antropología filosófica. Habíamos establecido ya que el hombre tiene espíritu. Y, como también habíamos visto, esta facultad espiritual no puede provenir de la sola materia; ergo, tiene que haber sido dada por una entidad inmaterial con capacidad creadora. En otras palabras, el espíritu tiene que haber sido dado directamente por Dios. Así, es por el espíritu que el hombre está constitutivamente ligado a Dios, que es a su imagen y semejanza. Gracias al espíritu el hombre trasciende la naturaleza, piensa a nivel abstracto, genera autoconsciencia, posee libre albedrío, realiza juicios morales… todo ello lo aleja del animal y lo liga a la divinidad, elevándolo en su dignidad. Es, entonces, por causa de su espíritu que el hombre ha sido destinado a ser feliz en Dios. Y ello no por mero capricho o imposición arbitraria de la divinidad, sino por la naturaleza misma de las cosas. Recuérdese que las potencias del espíritu son el intelecto y la voluntad. El acto del intelecto es el pensar y su objeto último es la verdad; Dios es la esencial y máxima Verdad. El acto de la voluntad es el querer y su objeto último es el bien; Dios es el esencial y máximo Bien. Luego, Dios es el objeto de la felicidad humana. “Nos creaste para Ti, Señor, y nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que no descanse en Ti”, decía San Agustín.

Ahora, dada la naturaleza trascendente y espiritual de dicha felicidad es necesario que el hombre acceda a ella en una condición de conmensurabilidad ontológica, es decir, acogiéndola de un modo consciente y libre. Y es justamente allí donde viene la ruptura. Por causa de su libre albedrío (no por ley divina ni por causa de su naturaleza) el hombre puede hacer un acto erróneo de autoconsciencia y decir: “Yo soy el fundamento de mi ser, Yo soy el que construyo mi existencia, Yo soy el que me doy la esencia…”. El hombre utiliza el espíritu que le ha sido “Yo no necesito de Dios porque Yo soy mi propio Dios”. Soberbia, egoísmo, idolatría… todo en un solo acto: he ahí la esencia del pecado original. A partir de allí queda afectada la condición humana misma. Siendo el hombre una unidad sustancial de cuerpo y alma, el pecado de su alma afecta a su cuerpo, se ata a él y, en consecuencia, se transmite por generación.

Y ello, nuevamente, no por capricho o imposición divina, sino por la naturaleza misma de las cosas. Queda de esta forma el hombre afectado por la concupiscencia, es decir, por aquella tendencia que, sin identificarse con su naturaleza, afecta constantemente a la misma haciéndola tender hacia el mal. Básicamente se presenta como un desorden de los legítimos apetitos del hombre -tanto corporales como espirituales. Funciona a la inversa de una piedra filosofal: transforma lo esencialmente bueno en accidentalmente malo. Así, convierte al deseo sexual ordenado y legítimo en lujuria, a la sana estima de sí mismo en soberbia, al necesario cuidado del propio interés en egoísmo, a la necesidad de descanso en pereza, a la indignación justificada en ira, al mesurado deseo de bienes en codicia, y así sucesivamente.

Entonces, nos encontramos con que el principal efecto del pecado original es que debilita la naturaleza del hombre para que caiga más fácilmente en el pecado actual. Y todos nos encontramos en esta condición. No es necesario hacer grandes estudios históricos o estadísticos para comprobarlo.

San Agustin, Confesiones, Lib. I, cap. I,n. 1

Pecado actual: Dícese de aquel en el que caemos cada uno de nosotros en particular por nuestra propia voluntad

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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