Categoría: Génesis

María y el demonio



Lo que Lucifer perdió por su orgullo, lo ganó María con su humildad. “La humilde María triunfará siempre sobre aquel orgulloso, y con victoria tan completa, que llegará a aplastarle la cabeza (Gén 3,15). María descubrirá siempre su malicia de serpiente, manifestará sus tramas infernales, desvanecerá sus planes diabólicos y defenderá hasta el fin a sus servidores de aquellas garras mortiferas”. Satanás no soporta ser vencido por una criatura, María

La caída de los ángeles





La Escritura nos narra que una parte de los ángeles creados por Dios se rebelaron contra Él y se prefirieron a sí mismos. «La Escritura habla de un pecado de estos ángeles (2 Pe 2,4). Esta “caída” consiste en la elección libre de estos espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino. Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a nuestros primeros padres: “Seréis como dioses” (Gén 3,5). El diablo es “pecador desde el principio” (1 Jn 3,8), “padre de la mentira” (Jn 8,44).» (Catecismo, 392).



El Señor le permitió a la venerable Sor María de Jesús de Agreda conocer en qué consistió esta rebelión y este primer pecado de los ángeles. No deja de ser sorprendente meditar estos párrafos escritos por una humilde monja del siglo XVII que jamás cursó estudios de teología. En resumen lo que el Señor le revela es lo siguiente:



Dios infinitamente justo determinó manifestar a los ángeles inmediatamente después de su creación, el fin por el cual los había creado. Para ello les dio tres mandatos: Primer mandato: que le adorasen y reverenciasen como a su Creador y Sumo Señor… Segundo mandato: Dios manifestó a sus ángeles que iba a crear al género humano y que la segunda persona de la Santísima Trinidad se haría hombre; a este Dios-Hombre le habían de reconocer por cabeza adorándole y reverenciándole… Tercer mandato: habrían de tener por superiora a una mujer en cuyas entrañas tomaría carne el Unigénito del Padre… Ante estos decretos de la Divina Voluntad aquel ángel creado bueno por Dios se reveló, afirmando que no estaba dispuesto a servir ni a obedecer, y cayó del Cielo arrastrando la tercera parte de los ángeles con él.[4

Los ángeles



Hoy en día es muy común escuchar hablar de los ángeles, lo lamentable es que esto se haga de una manera incorrecta y que se les tribute un culto que se sale de la ortodoxia de la fe católica; y es que la Nueva Era se ha convertido en la mayor promotora de esta desviación hablando de “¿Cuál es el nombre de tu ángel?”, “acoge la visita de tu ángel; deja la puerta abierta…” y un sin número de prácticas raras que nada tienen que ver con las enseñanzas de nuestra fe.

La doctrina católica nos enseña, respecto de los ángeles, que:

Son de naturaleza espiritual: «En tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad» (Catecismo, 330).

Son criaturas personales (cf. Pío XII, encíclica. Humani Generis: DS 3891).

Inmortales (cf. Lc 20, 36).

Superan en perfección a todas las criaturas visibles.

Son mensajeros y servidores de Dios: «Desde la creación (cf. Jb 38, 7, donde los ángeles son llamados “hijos de Dios”) y a lo largo de toda la historia de la salvación, los encontramos, anunciando de lejos o de cerca, esa salvación y sirviendo al designio divino de su realización: cierran el paraíso terrenal (cf. Gén 3, 24), protegen a Lot (cf. Gén 19), salvan a Agar y a su hijo (cf. Gén 21, 17), detienen la mano de Abraham (cf. Gén 22, 11), la ley es comunicada por su ministerio (cf. Hch 7,53), conducen el pueblo de Dios (cf. Ex 23, 20-23), anuncian nacimientos (cf. Jc 13) y vocaciones (cf. Jc 6, 11-24; Is 6, 6), asisten a los profetas (cf. 1 R 19, 5), por no citar más que algunos ejemplos» (Catecismo, 322).

Es importante aclarar que «La existencia de seres espirituales, no corporales, que la sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición» (Catecismo, 328), es decir, su existencia no puede ser puesta en duda.

¡Bendigan al Señor, todos sus ángeles, los fuertes guerreros que cumplen sus órdenes apenas oyen la voz de su palabra! (Salmo 103,20).

En comunión con la santa Madre de Dios



Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel “Llena [] del Espíritu Santo” (Lc 1, 41), Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María (cf. Lc 1, 48): “Bienaventurada la que ha creído ” (Lc 1, 45): María es “bendita [ ]entre todas las mujeres” porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las “naciones de la tierra” (Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre

Adán


Dios “coronó” a toda la humanidad en Adán y concedió “dominio” y “poder” a la primera pareja y a su prole. Los pueblos antiguos reconocieron en el relato del Génesis las costumbres comunes de los reyes, que reunían tierras para transmitirlas luego a sus hijos y herederos. Pero Adán era más que un simple rey. Era un rey sacerdotal. El Génesis relata que Dios le exigió unas obligaciones específicas, descritas por los verbos hebreos Abodah y Shamar (generalmente traducidos como “cultivar” y “guardar”)En otro lugar del Pentateuco, estos verbos aparecen juntos para referirse al servicio ritual de los sacerdotes y levitas en el santuario (Números 3, 7-8; 9,26; 18, 5-6). Al describir el servicio sacerdotal, deben traducirse por administrar y guardar. Los sacerdotes se ocupaban de ofrecer el servicio sacrificial a Dios y proteger el santuario de cualquier profanación. Estas claves escrituristicas sugieren la intención de los autores bíblicos de describir toda la creación como un templo real construido por un rey celestial. Se representa intencionadamente a Adán como primogénito real y sacerdote principal; en definitiva, como un sacerdote-rey establecido para gobernar, como vice-regente, sobre el templo-reino de la creación
Father Who Keeps His Promises: Gods Covenant Love in Scripture

La autoridad de Pedro

El más grande erudito de las Escrituras y de la antigüedad San Jerónimo, que tradujo toda la Biblia al latín, saludaba al Papa con estas palabras: Hablo con el sucesor del Pescador y el discípulo de la cruz. No siguiendo más que a Cristo como a mi primado, estoy también unido en comunión con su Beatitud; es decir, con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esa Roca se construye la Iglesia. Quien coma el cordero fuera de esa casa es un pagano. Quién no esté en el arca de Noé perecerá cuando llegue el diluvio”

Sobre la Unidad de la Iglesia (San Jerónimo)

Moisés y la oración del mediador



“Dios hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (Ex 33, 11). La oración de Moisés es modelo de la oración contemplativa gracias a la cual el servidor de Dios es fiel a su misión. Moisés “conversa” con Dios frecuentemente y durante largo rato, subiendo a la montaña para escucharle e implorarle, bajando hacia el pueblo para transmitirle las palabras de su Dios y guiarlo “Él es de toda confianza en mi casa; boca a boca hablo con él, abiertamente” (Nm 12, 7-8), porque “Moisés era un hombre humilde más que hombre alguno sobre la haz de la tierra” (Nm 12, 3).

Moisés y la oración del mediador



También aquí, Dios interviene, el primero. Llama a Moisés desde la zarza ardiendo (cf Ex 3, 1-10). Este acontecimiento quedará como una de las figuras principales de la oración en la tradición espiritual judía y cristiana. En efecto, si “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” llama a su servidor Moisés, es que él es el Dios vivo que quiere la vida de los hombres. Él se revela para salvarlos, pero no lo hace solo ni contra la voluntad de los hombres: llama a Moisés para enviarlo, para asociarlo a su compasión, a su obra de salvación. Hay como una imploración divina en esta misión, y Moisés, después de debatirse, acomodará su voluntad a la de Dios salvador. Pero en este diálogo en el que Dios se confía, Moisés aprende también a orar: rehúye, objeta, y sobre todo interroga; en respuesta a su petición, el Señor le confía su Nombre inefable que se revelará en sus grandes gestas

Domenico Fetti (c. 1589 – 1623) Moisés y la Zarza

La Promesa y la oración de la fe



Dios renueva su promesa a Jacob, cabeza de las doce tribus de Israel (cf Gn 28, 10-22). Antes de enfrentarse con su hermano Esaú, lucha una noche entera con “alguien” misterioso que rehúsa revelar su nombre pero que le bendice antes de dejarle, al alba. La tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia (cf Gn 32, 25-31; Lc 18, 1-8)

Jacob Wrestling with the AngelAlexander Louis Leloir by Alexander Louis Leloir

La Promesa y la oración de la fe



Habiendo creído en Dios (cf Gn 15, 6), marchando en su presencia y en alianza con él (cf Gn 17, 2), el patriarca está dispuesto a acoger en su tienda al Huésped misterioso: es la admirable hospitalidad de Mambré, preludio a la anunciación del verdadero Hijo de la promesa (cf Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38). Desde entonces, habiéndole confiado Dios su plan, el corazón de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza (cf Gn 18, 16-33).

Teofania, la santísima Trinidad