Bendito el que viene en nombre del Señor; el Señor es Dios, él nos ilumina. Aleluya, aleluya, aleluya.
EVANGELIO Mt 10, 17-22.
No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles. Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán. Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará».
Te acusan, posadero, de haber negado al Hijo de Dios un sitio en tu posada. Si le hubieras dado un sitio en la posada, ya no sería el Padre su única morada ni los pobres más pobres su más segura estancia. Si le hubieras dado un sitio en la posada, la confianza en Dios de María y José no habría sido probada hasta el límite. Si le hubieras dado un sitio en la posada, no habríamos visto a Dios en un pesebre, acostado entre pajas, ni habríamos conocido la suma pobreza de Belén. Si le hubieras dado un sitio en la posada ya no sería tan oscura y santa la noche, sin más testigos que Dios, María y José. La soledad habría quedado herida y la Palabra, dicha en el silencio, perturbada. Si le hubieras dado un sitio en la posada, no habrían sido pastores, proscritos y excluidos del Reino de los Cielos por la ley farisaica, los primeros en recibir la Buena Nueva de la salvación. Que esto enseña san Lucas. Si le hubieras dado un sitio en la posada, los que no tienen casa podrían pensar que no se había compadecido con ellos. No sería su semejante. Si le hubieras dado un sitio en la posada, habrían perdido evocación y fuerza sus futuras palabras: las zorras tienen madriguera, y los pájaros nidos, mas el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. Si le hubieras dado un sitio en la posada, ¿a quién acudiríamos en la prueba del exilio, ante el rechazo de los propios o la incomprensión de los ajenos? ¿Dónde refugiaríamos nuestra soledad? Si le hubieras dado un sitio en la posada, san Jerónimo, y san Sabas y san Juan Damasceno, y tantos eremitas y anacoretas, no habrían imitado al Maestro alojándose en cuevas del desierto. Tú has contribuido a que el desierto se convierta en ciudad de santos. Si le hubieras dado un sitio en la posada, ¿en quién me excusaría para cerrar a otros las puertas de mi casa? Me sirves tantas veces… Si le hubieras dado un sitio en tu posada, lloraría sin consuelo, perdería la esperanza, cuando tan a menudo le cierro yo las puertas de mi alma. Hoy nace para mí, quien nació para ti, posadero de Belén. Tú me enseñas a decir con el poeta Luis López Anglada: «Yo soy el de la posada que no te abrí». César Franco, obispo.
Publicado en la edición impresa de El Observador del 22 de diciembre de 2019 No.1276
La Ley nueva practica los actos de la religión: la limosna, la oración y el ayuno, ordenándolos al “Padre [] que ve en lo secreto”, por oposición al deseo “de ser visto por los hombres” (cf Mt 6, 1-6; 16-18). Su oración es el Padre Nuestro (Mt 6, 9-13).
Oh Dios, que de modo admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza, y de un modo más admirable todavía restableciste su dignidad por Jesucristo, concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana. Por nuestro Señor Jesucristo
En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada Lo que se hizo en ella era la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: «Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.» Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado
Isaías 1:2 Oíd, cielos; escucha, tierra, que habla Yahvé: «Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí. 1:3 Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Pero Israel no conoce, mi pueblo no discierne.»
Tomás de Celano (c.1190 – c. 1260), biógrafo de San Francisco y de Santa Clara Vita Prima de san Francisco, § 84-86
San Francisco ante el primer pesebre de Navidad
Unos quince días antes de Navidad, Francisco dijo: “Quiero evocar el recuerdo del Niño nacido en Belén y de todas las penurias que tuvo que soportar desde su infancia. Lo quiero ver con mis propios ojos, tal como era, acostado en un pesebre y durmiendo sobre heno, entre el buey y la mula…”
Llegó el día de alegría… Convocaron a los hermanos de varios conventos de los alrededores. Con ánimo festivo la gente del país, hombres y mujeres, prepararon, cada cual según sus posibilidades, antorchas y cirios para iluminar esta noche que vería levantarse la Estrella fulgurante que ilumina a todos los tiempos. En llegando, el santo vio que todo estaba preparado y se llenó de alegría. Se había dispuesto un pesebre con heno; había un buey y una mula. La simplicidad dominaba todo, la pobreza triunfaba en el ambiente, toda una lección de humildad. Greccio se había convertido en un nuevo Belén. La noche se hizo clara como el día y deliciosa tanto para los animales como para los hombres. La gente acudía y se llenaba de gozo al ver renovarse el misterio. Los bosques saltaban de gozo, las montañas enviaban el eco. Los hermanos cantaban las alabanzas al Señor y toda la noche transcurría en una gran alegría. El santo pasó la noche de pie ante el pesebre, sobrecogido de compasión, transido de un gozo inefable. Al final, se celebró la misa con el pesebre como altar y el sacerdote quedó embargado de una devoción jamás experimentado antes.
Francisco se revistió de la dalmática, ya que era diácono, y cantó el evangelio con voz sonora…Luego predicó al pueblo y encontró palabras dulces como la miel para hablar del nacimiento del pobre Rey y de la pequeña villa de Belén.
Fue un monje benedictino del siglo octavo, san Bonifacio de Crediton, del reino anglosajón de Wessex, quien primero llevó el Evangelio a las tribus germánicas del norte de Europa.
A diferencia de los germanos anglosajones de Inglaterra, las tribus germánicas del norte de la Europa continental todavía eran paganos. Adoraban a Odín y a Thor – dioses nórdicos feroces y antiguos. Uno de los aspectos más salvajes de la cultura religiosa nórdica germánica era el sacrificio humano para aplacar a sus dioses – especialmente a Odín, el rey de los dioses y a Thor, el dios del trueno.
En Inglaterra, Bonifacio sabía que la conversión al cristianismo había sometido los aspectos más violentos de la cultura guerrera anglosajona. También sabía que lo había hecho apelando a lo mejor de su naturaleza. Bonifacio creía que lo mismo podría decirse de sus primos germanos, y estaba decidido a poner fin a esta práctica bárbara cuando se embarcó para su misión con las tribus germánicas.
Un antiguo roble lleno de sangre
Según la leyenda, Bonifacio se hizo informar por las tribus cuando se había planeado el próximo sacrificio, para él impedirlo personalmente. Reunió a un grupo de sus monjes junto a un viejo roble considerado sagrado en la mitología nórdica. Éste era el lugar del derramamiento de sangre, donde los alemanes realizan sus sacrificios humanos.
La víctima del sacrificio, una niña, estaba ya preparada, atada al roble, pero antes de que le fuera asestado el golpe fatal, Bonifacio arrancó el hacha de las manos del verdugo.
El monje benedictino cortó las cadenas que ataban a la niña, cuyos eslabones se rompieron bajo el golpe de la hoja afilada. Bonifacio liberó a la chica, y luego volvió su hacha contra el roble sagrado.
Cuando Bonifacio comenzó a dar hachazos al tronco, los espectadores se quedaron atónitos, demasiado aturdidos para moverse mientras que el benedictino continuaba los golpes. El roble cayó al suelo sin causar daño, en medio de un silencio que no auguraba nada bueno.
Sin embargo, para asombro de los desarmados monjes, los feroces alemanes cayeron de rodillas llenos de terror. Anticipándose a la ira de sus dioses por este sacrilegio, los miembros de la tribu estaban seguros de que Bonifacio sería fulminado por un rayo del martillo de Thor, llamado «Mjolnir».
Un nuevo árbol
Sin inmutarse, Bonifacio rompió el silencio. En voz alta, ordenó a miembros de la tribu arrodillados que miraran de cerca la base del roble talado. Allí, brotando de la tierra de entre las raíces del árbol de roble, había un tierno y joven abeto, alto hasta la rodilla.
Bonifacio explicó Que Odín, Thor y sus otros dioses habían caído con el roble, pero que el Dios de Bonifacio venía a traerles este pequeño árbol que nunca pierde sus hojas y está lleno de vida, incluso en pleno invierno. Les explicó que las hojas de árboles de abeto siempre apuntan hacia el cielo. Les dijo que la hoja perenne de este árbol tenía que recordarles que el amor del Dios Trino cristiano para ellos era eterno.
En la primera Navidad después de este evento, Bonifacio colocó un abeto en el interior de la iglesia, como símbolo del amor eterno de Cristo.
Gracias a los esfuerzos de Bonifacio, las tribus germánicas se convirtieron al cristianismo. Bonifacio, que se había convertido en Obispo de Mainz, más tarde fundó el monasterio benedictino de Fulda. Vivió la mayor parte de su larga vida en Alemania, estableciendo el cristianismo allí. Fue martirizado ya anciano, cuando intentaba llevar a Cristo a las islas de Frisia, en los Países Bajos, el 5 de junio del año 754.
El deseo de Bonifacio fue que su cuerpo fuera enterrado en Alemania, país cuyo pueblo había llegado a amar. Así que fue enterrado en la abadía de Fulda. Es conocido como el apóstol de los alemanes.
Un regalo entre los pueblos
Desde que el Príncipe Alberto estableciera por primera vez la tradición de los árboles de Navidad en Gran Bretaña, un gran árbol se erige cada año en la londinense Plaza Trafalgar cada año. Desde 1945, el árbol es un regalo de Noruega en agradecimiento por el apoyo recibido del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial.
Es evidente que los británicos han tomado esta idea alemana en sus corazones, pero la mayoría no son conscientes de que fue un inglés el que dio la idea a los alemanes muchos siglos antes, y de que fue un alemán el que les devolvió el regalo.
lleva a plenitud los mandamientos de la Ley. El Sermón del monte, lejos de abolir o devaluar las prescripciones morales de la Ley antigua, extrae de ella sus virtualidades ocultas y hace surgir de ella nuevas exigencias: revela toda su verdad divina y humana. No añade preceptos exteriores nuevos, pero llega a reformar la raíz de los actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro (cf Mt 15, 18-19), donde se forman la fe, la esperanza y la caridad, y con ellas las otras virtudes. El Evangelio conduce así la Ley a su plenitud mediante la imitación de la perfección del Padre celestial (cf Mt 5, 48), mediante el perdón de los enemigos y la oración por los perseguidores, según el modelo de la generosidad divina (cf Mt 5, 44).