Día: 31 octubre, 2019

La Nube y la Gloria de Dios


Los santos del Antiguo Testamento, se nos dice, habitan en “una nube”, una nube envolvente. Y para un auditorio de judíos del siglo primero esa afirmación estaba llena de significado. Para los “hebreos”, a quienes va dirigida la Carta, la nube era, simple y llanamente, la Gloria de Dios. Cuando Dios condujo a los israelitas a través del desierto, durante días se les aparecía como una columna de nubes. Cuando Dios se hacía presente ante ellos en el tabernáculo (y más tarde en el Templo), los israelitas veían solamente su Shekinah, la nube de gloria que acompaña a Dios. En el Nuevo Testamento, una nube también descendió para llevarse a Jesús a los cielos, ante la mirada atónita de sus discípulos. Y así el fiel difunto, que habita ahora en la “nube de los testigos”, literalmente está entre los santos en la gloria.

Responsabilidad y participación

La participación es el compromiso voluntario y generoso de la persona en los intercambios sociales. Es necesario que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien común. Este deber es inherente a la dignidad de la persona humana

La participación se realiza ante todo con la dedicación a las tareas cuya responsabilidad personal se asume: por la atención prestada a la educación de su familia, por la responsabilidad en su trabajo, el hombre participa en el bien de los demás y de la sociedad (cf CA 43)

Oración

Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna

Evangelio

Aleluya, aleluya.
¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!
Aleluya.

EVANGELIO
Lc 13, 31-35.

No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

En aquella ocasión, se acercaron unos fariseos a decirle: –Márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte. El contestó: –Id a decirle a ese zorro: «Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término». Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido. Vuestra casa se os quedará vacía. Os digo que no me volveréis a ver hasta el día que exclaméis: «Bendito el que viene en nombre del Señor».

Palabra del Señor