En el obscuro Medievo



Es que la “Edad Media” construyó cosas tan horripilantes que incluso hasta el día de hoy existe gente que desea despilfarrar sus ahorros y masacrar sus sentidos con las catedrales góticas y románicas, los manuscritos iluminados, los frescos en las paredes de los claustros o iglesias, la poesía medieval, los cantares de gesta, los vitrales, las esculturas que adornan el interior y el exterior de las casas y edificios, los instrumentos, el canto y la polifonía, etc. Es todo esto lo que un turista que viaje a Europa se obstinará una y otra vez por visitar. ¡Qué masoquistas que somos! Ir a visitar la obra de unos brutos “bárbaros”… Pero…

¡Qué genios estos bárbaros!–diría Chesterton.

“¿ Es que no has visto la película ‘El nombre de la rosa’?”–se nos dice al abordar el tema. Ha sido en la década del ’80 cuando se estrenó una de las películas (adaptación de la novela escrita por el escritor italiano, Umberto Eco5) que más ha “formado” a los opinólogos modernos sobre el tema de la Edad Media. De gran tinte anticlerical, narraba de modo apasionante una serie de muertes y asesinatos ocurridos en un monasterio medieval. La obra está situada en un claustro italiano del Medioevo; el clima…: siempre gris; la caracterización de los monjes siempre igual: gordos, afeminados, narices deformes, pelados, ciegos, fanáticos, etc. (todo un programa de la fealdad). Pero también se resaltaban las “virtudes” monacales donde los mendigos se limitaban a comer las sobras que los monjes arrojaban a un basural… El fanatismo, la Inquisición, la hipocresía, nada faltaba… ¿Fue todo tan así?

Hablemos del monacato olvidado

Pero si hay un punto que no puede pasarse por alto en la historia de la Edad Media es en lo referente a los monjes. Fueron ellos los grandes constructores de la civilización occidental y cristiana que, hoy por hoy, intenta negarse desvergonzadamente. La vida monástica es tan antigua como el Cristianismo; ya en el primer siglo de nuestra era encontramos tanto en Oriente como Occidente a hombres y mujeres que se dedicaron por completo a buscar “primero el reino de Dios” confiando en que el resto se les daría por añadidura. En Occidente fue el gran San Benito quien fundó un modo de vida distinto con su ora et labora (“ reza y trabaja”); el monje debía dedicarse no solo al trabajo manual sino también al intelectual para llevar adelante estas dos dimensiones del hombre.

Organizados en comunidades fijas y con un abad a la cabeza los monasterios eran verdaderos centros de espiritualidad y de acción. Levantándose muy de madrugada y rezando varias veces al día por medio del canto del Oficio Divino, los monjes intentaban representar aquí en la tierra lo que será la alabanza perpetua en el Cielo. Mediante la oración de contemplación, en especial por medio de la lectura asidua de las Sagradas Escrituras (lectio divina), marcaron una impronta indeleble en el corazón de la Cristiandad, al punto tal que varios laicos, todavía en el siglo XXI siguen rezando al “estilo monástico”. La oración por medio de las letras sagradas, aparte de elevar el alma, hacía del más simple monje un enamorado de Dios9. El monje era quien se mantenía en vela para orar y trabajar por el resto de la humanidad. Con su plegaria individual y la liturgia llena de cantos que tocaban el cielo, hacía de su vida una oblación agradable a Dios por el bien de todos. Pero en la espiritualidad del monje no solo estaba la oración; el monacato también fundó las bases de Europa con sus artes e industrias. Un ejemplo significativo es la agricultura: “allá donde llegaban transformaban las tierras vírgenes en cultivos, abordaban la cría del ganado y las tareas agrícolas, trabajaban con sus propias manos, drenaban pantanos y desbrozaban bosques. Alemania (por ejemplo) se convirtió, gracias a sus esfuerzos, en un país productivo”.

Es que los monjes asociaban la agricultura a la oración, transformando por medio del trabajo manual, lo arduo en suave. Los pantanos de Southampton, Inglaterra, son un nítido ejemplo del trabajo que los monjes realizaban en bien de la sociedad. Un experto describe así el aspecto que tenía probablemente la región en el siglo VII antes de la fundación de la Abadía de Thorney: Era un enorme páramo (…): un laberinto de cursos de agua serpenteantes y negros, con amplias lagunas, marismas que quedaban sumergidas con las mareas de primavera, grandes extensiones de cañas, juncias y helechos, amplias arboledas de sauces, alisos y álamos arraigados en la turba, que lentamente devoraban, aunque también conservaban, los bosques de abetos y robles, de fresnos y chopos, de avellanos y tejos que en otro tiempo crecían en aquellos bajíos pestilentes. Los árboles arrancados por las crecidas y las tormentas flotaban y terminaban por amontonarse, formando presas que obligaban al agua a regresar a la tierra. Las torrenteras que caían por los bosques cambiaban de curso, arrastrando arena y cieno hasta el terreno negro de la turbera. La naturaleza incontrolada causaba estragos cada vez mayores y sembraba el caos, hasta que el páramo se convirtió en una funesta ciénaga. Cinco siglos más tarde, Guillermo de Malmesbury (c. 1096- 1143) describía así la zona: Es una réplica de Paraíso, en la que parece reflejarse la dulzura y la pureza de los cielos. Crecen en mitad de los páramos bosquecillos que parecen alcanzar las estrellas con sus altas y esbeltas copas; los ojos recorren con embeleso un mar de verdeante hierba y el pie que pisa las amplias praderas no encuentra obstáculo alguno en su camino. Ni un solo palmo de tierra queda sin cultivar hasta allí donde la vista alcanza. Aquí la tierra se halla oculta por los frutales; allí las viñas se arrastran por el suelo o trepan por espalderas. La naturaleza y el arte compiten mutuamente, suministrando la una todo cuanto el otro se olvida de producir. ¡Ah, gratas y profundas soledades! Por Dios habéis sido dadas a los monjes para que su vida mortal pueda acercarse cada día un poco más al cielo. Pero no solo se dedicaban a la tierra; la maestría de los monjes en cuanto a la técnica asombraría a cualquier inventor. “No había actividad alguna, ya se tratara de la extracción o la elaboración de la sal, el plomo, el hierro, el alumbre, el yeso o el mármol, de la cuchillería, de la vidriería o de la forja de planchas de metal, en la que los monjes no desplegaran toda la creatividad y todo su fértil espíritu investigador. Desarrollaron y refinaron su trabajo hasta alcanzar la perfección, y su pericia se extendió por toda Europa”. La maestría de los monjes abarcaba tanto las curiosidades como los asuntos más prácticos.

En los comienzos del siglo XI, un monje llamado Eilmer de Malmesbury voló a más de 90 metros de altura con un planeador, realizando una hazaña por la que sería recordado en los siglos venideros. Hubo también entre los monjes consumados relojeros. El primer reloj del que tenemos noticia fue construido por el futuro papa Silvestre II en el año 996. ¡Qué grandes estos bestias! Pero no todo quedaba en inventos. El monje se caracterizaba principalmente por la nota distintiva del cristianismo: la virtud de la caridad. “Cualquier viajero será recibido como si de Cristo se tratara”, reza la Regla de San Benito; y así era. Los monasterios eran posadas gratuitas que proporcionaban un lugar de descanso seguro y tranquilo a los peregrinos, a los pobres y a los extranjeros.

Un antiguo historiador de la abadía normanda de Bec escribió: “pregunten a españoles yborgoñones o a cualquier viajero cómo fueron recibidos en Bec. Responderán que las puertas del monasterio están siempre abiertas para todos y que su pan es gratis para el mundo entero”. “Dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de vestir al desnudo, dar albergue al peregrino…”, eran solo algunas de las obras de misericordia que los monjes se dedicaron a hacer en la Edad Media.

Pero la labor más conocida, quizás, de los monjes es la copia de los manuscritos, tanto sagrados como profanos, según hemos dicho. Fueron los monjes los que salvaron la civilización occidental de la invasión de los bárbaros ya que, de no haber sido por ellos, poco o nada nos habría quedado hoy de la gran cultura occidental. En épocas donde la imprenta aun no existía, los libros se reproducían a fuerza de copiar y copiar… Dicha labor, sacrificada y fruto de la caridad intelectual, implicaba no pocos esfuerzos para quien la ejercitaba. El frío era por momentos extremo y la calefacción no era tan habitual como en nuestros tiempos modernos.

Como muestra tenemos el siguiente pasaje de un monje que, transcribiendo el comentario de san Jerónimo sobre el Libro de Daniel, quiso añadir al margen esta nota para la posteridad: Tengan a bien los lectores que empleen este libro, no olvidar, se lo ruego, a quien se ocupó de copiarlo. Fue un pobre hermano llamado Luis que, mientras transcribía este volumen llegado de un país extranjero, hubo de padecer el frío y de concluir de noche lo que no fuera capaz de escribir a la luz del día. Mas Tú, Señor, serás la recompensa de su esfuerzo14. Las obras clásicas no se habrían conservado sin el monacato; es que no solo las copiaban sino que las usaban con asiduidad. El abad Desiderio, quien en 1086 fue elegido papa con el nombre de Víctor III, supervisó personalmente la transcripción de Horacio y Séneca, así como las de la obra de Cicerón De Natura deorum, y los Fastos de Ovidio.

El gran Gerberto de Aurillac, animaba a sus alumnos a apreciar las obras de Horacio, Juvenal, Lucano, Persio, Terencio, Estatio y Virgilio. Sabemos que, en lugares como Saint Alban’s y Padeborne, se ofrecían conferencias sobre autores clásicos y algunos como el cardenal John Henry Newman, gran conocedor del monaquismo, llegó a afirmar que san Ildeberto se había aprendido al poeta Horacio de memoria. Tal era la afición a la cultura del monaquismo que se decía que “sin estudio y sin libros la vida de un monje es nada”. En parecidos términos se expresaba poéticamente san Hugo de Lincoln, en sus tiempos prior de Witham, primer monasterio cartujo de Inglaterra: “nuestros libros son nuestro deleite y nuestra riqueza en tiempo de paz, nuestras armas ofensivas y defensivas en tiempo de guerra, nuestro alimento cuando tenemos hambre y nuestra medicina cuando enfermamos”. A no olvidarse de ellos, a pesar de las fábulas a las que estamos acostumbrados a oír.

ALEXANDER CLARENCE FLICK, The rise ot the Medieval Church, Burt Franklin, Nueva York 1909, 216; citado por THOMAS E.WOODS, op. cit., 51. 11. HENRY H. GOODELL, “The Influence of the Monks in Agriculture”, discurso pronunciado ante la Massachusetts State Board of
Agriculture, 23 de agosto de 1901, p.7-8.

THOMAS E.WOODS, op. cit., 53. 12. RÉGINALD GRÉGOIRE, LÉO MOULIN y RAYMOND OURSEL, The Monastic Realm, Rizzoli, Nueva York 1985, 275;

CHARLES MONTALEMBERT, The Monks of the West: From Saint Benedict to Saint Bernard, vol. 5, Nimmo, Londres 1896, 208; citado por THOMAS E.WOODS, op. cit., 61.

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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