
Aleluya, aleluya
Tu presentación, me da tranquilidad, déjame ahora que me vaya en paz
Evangelio según San Juan 2, 22- 40
2:22 Cuando se cumplieron los días en que debían purificarse, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor,
2:23 como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor
2:24 y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones*, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.
2:25 Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era un hombre justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo.
2:26 El Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor.
2:27 Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él,
2:28 le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
2:29 «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz;
2:30 porque han visto mis ojos tu salvación,
2:31 la que has preparado a la vista de todos los pueblos,
2:32 luz para iluminar a las gentes y gloria de tu pueblo Israel.»
2:33 Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él.
2:34 Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción
2:35 ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»
2:36 Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada. Casada en su juventud, había vivido siete años con su marido,
2:37 y luego quedó viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones.
2:38 Presentándose en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
2:39 Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
2:40 El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.
Palabra del Señor