San Lucas 11:27-28 Estaba él diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» Pero él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan.»
Evangelio según san Mateo, 6: 9- 9 «Vosotros, pues, así habéis de orar: Padre nuestro que estás en los cielos. Santificado sea tu nombre». (v. 9)
¿Qué daño puede venir del parentesco con un inferior, cuando con el superior todos estamos unidos?
Por ese solo nombre de Padre confesamos el perdón de los pecados, y la adopción, y la herencia, y la fraternidad respecto de su Unigénito, y el don del Espíritu Santo, porque ninguno puede dirigir ese nombre a Dios sino el que ha gozado a la vez de todos esos bienes.
Dos cosas suscita en nosotros el sentido de la oración: el pensamiento de la dignidad de Aquel a quien invocamos, y la grandeza de los dones que en nosotros supone esta oración
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 19,4
San Mateo 24:13-25 Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. «Se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin. «Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el Lugar Santo (el que lea, que comprenda), entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; el que esté en el terrado, no baje a recoger las cosas de su casa; y el que esté en el campo, no regrese en busca de su manto. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Orad para que vuestra huida no suceda en invierno ni en día de sábado Porque habrá entonces una gran tribulación, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta el presente ni volverá a haberla. Y si aquellos días no se abreviasen, no se salvaría nadie; pero en atención a los elegidos se abreviarán aquellos días. «Entonces, si alguno os dice: `Mirad, el Cristo está aquí o allí’, no lo creáis Porque surgirán falsos cristos y falsos profetas, que harán grandes signos y prodigios, capaces de engañar, si fuera posible, a los mismos elegidos. ¡Mirad que os lo he predicho!
Se dice que Jesús no puede ser el Mesías porque “niega la Ley de Dios, los mandamientos y la tradición judía”.
Eso es simplemente errado. Jesús se enmarca claramente en el contexto judío. A diferencia de otros líderes religiosos como Mahoma, Buda, Confucio o Krishna, Él vino como un judío observante de la Torá. Y cuando los líderes judíos lo acusaban de lo contrario, Él los refutaba en base a la mismas Escrituras judías mostrando que el problema era la interpretación arbitraria y rigorista que ellos hacían de esa Ley (cfr. Marcos 2: 23- 28).
Por tanto, como decía el Dr. Michael Brown: “Jesús no fue un quebrantador de la Ley en la Escritura (…) sino de tradiciones rabínicas hipócritas”. Y así se evidencia en el Evangelio de Mateo cuando Jesús dice: “No crean ustedes que yo he venido a poner fin a la Ley ni a las enseñanzas de los profetas; no he venido a poner fin, sino a darles su auténtico significado” (Mateo 5: 17)
Inmanuel Schochet, » Es Jesús el Mesías judío?», debate contra Michael Brown, realizado en la Arizona State University, 30 de marzo de 1995, afirmación de postura
Michael Brown, » Es Jesús el Mesías judío?» debate contra Inmanuel Schochet, realizado en la Arizona State University, 30 de marzo de 1995, afirmación de postura
Evangelio según san Mateo, 6: 9- 9 «Vosotros, pues, así habéis de orar: Padre nuestro que estás en los cielos. Santificado sea tu nombre». (v. 9)
Como en toda petición se debe empezar por ganarse la benevolencia de aquel a quien rogamos, y después debe decirse lo que pedimos. La benevolencia suele conciliarse por medio de la alabanza de aquel a quien se dirige la oración, y se acostumbra a ponerla en el principio, en el cual Nuestro Señor no nos mandó decir nada más que: «Padre nuestro que estás en los cielos». Se han dicho muchas cosas en alabanza del Señor, pero no se encuentra precepto alguno dado al pueblo de Israel para que dijese: «Padre nuestro», sino que siempre se les habló del Señor, manifestándoles que Dios era para ellos como un Señor a sus siervos y como un padre para sus hijos.
Pero hablando del pueblo cristiano, dice el Apóstol que recibió el espíritu de adopción, según el cual clamamos: «¡ Abba!» (Padre) ( Rom 8,15 ), lo cual no es propio de nuestros méritos sino de la gracia que nos hace decir en la oración «Padre». Con ese nombre se enciende la caridad en nuestras almas (porque, ¿qué cosa más amable para los hijos que un padre?), con un sentimiento de afectuosa inspiración y una cierta confianza en la súplica, cuando decimos a Dios: «Padre nuestro». ¿Qué no dará a los hijos que le piden, cuando les ha concedido antes el que puedan ser hijos suyos?
En fin, ¿con qué cuidado no mueve el alma, para que el que diga: «Padre nuestro», no sea indigno de tan gran Padre? También se advierte a los ricos con esto, y a los que son de noble linaje, que cuando se hagan cristianos no se llenen de soberbia contra los pobres y contra los desgraciados, puesto que, lo mismo que ellos, dicen al señor: «Padre nuestro», lo cual no pueden decir piadosa y verdaderamente si no los reconocen como hermanos
San Mateo 13:44-52 «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel. «También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra. «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. «¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí.» Y él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de su arca cosas nuevas y cosas viejas.»
Evangelio según san Mateo, 6: 9- 9 «Vosotros, pues, así habéis de orar: Padre nuestro que estás en los cielos. Santificado sea tu nombre». (v. 9)
El que nos dio la vida nos enseñó a orar para que cuando hablamos al Padre por medio de la oración que nos enseñó el Hijo, seamos oídos con más facilidad. Es una oración amigable y familiar el rogar a Dios con su propia oración. Conoce el Padre las palabras de su Hijo cuando le rogamos, y como lo tenemos por Abogado ante el Padre por nuestro pecados ( 1Jn 1 ), cuando los pecadores rogamos por nuestros delitos debemos tomar las palabras de nuestro abogado