Estatización de la Política



La diferenciación moderna

Bertrand de Jouvenel se pregunta con buen tino cómo puede entonces funcionar una sociedad de este tipo, como la romana, donde el Estado tal como hoy se lo conoce no existía. Su respuesta es precisa: «Por la extrema cohesión moral y por la casi fungibilidad de los individuos. La disciplina familiar y la educación pública hacían que el comportamiento de los miembros de la sociedad fuera tan natural, y la opinión contribuía de tal modo a mantener este comportamiento, que los individuos eran casi intercambiables».

Por ello, agrega el filósofo francés, «se ha podido decir que el gobierno de estas sociedades era un gobierno de las costumbres» El gobierno de las costumbres supone una efectiva imbricación entre política y cultura.

Pero piénsese ahora en el orden feudal medieval, al que vino a reemplazar la sociedad moderna. Aquí, similarmente, la tradición y la religión están en el centro de gravedad del sistema político y no hay nada como un Estado moderno. La política carece, pues, de su propio marco de referencia, de su sitial institucional exclusivo y excluyente, y es más bien parte de un todo cuyo fin es la salvación extramundana: política y teología resultan indisociables.

Esto es muy claro en Tomás de Aquino, por ejemplo, para quien el desarrollo de la comunidad política debe apuntar al desarrollo de una vida capaz de alcanzar a Dios. Siglos atrás ya había dicho san Agustín que la Ciudad de Dios debe ser esta, nuestra ciudad. Quizás por ello, en los príncipes malos, al decir de Bloch, «las almas piadosas creían ver la garra del Anticristo, cuyo atroz imperio precederá el advenimiento del Reino de Dios».

Los textos de la época conciben la política de esta manera, tal como anotaba por entonces Otón de Freysing en sus crónicas históricas: «A partir del momento en que no solo todos los hombres, sino también hasta los emperadores, con alguna excepción, fueron católicos, me parece que escribí la historia no de dos ciudades sino, por así decirlo, de una sola ciudad, que yo llamo La Iglesia».

De Jouvenel, Sobre el poder, p. 152. 134.

Bloch, La sociedad feudal, p. 106.

Le Goff, Los intelectuales en la Edad Media, p. 33.

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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