¿Por qué es necesaria la mortificación?



Porque nos sana de las consecuencias del pecado original

“La vida del hombre sobre la tierra es una lucha” (Job 8,1). Esta batalla interior ha sido descrita en la tradición bíblica y espiritual de la Iglesia como la “lucha entre la carne y el espíritu”, entre el “hombre viejo y el hombre nuevo” (Ef 4,17-32), “porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí” (Gál 5,17). Esta lucha no es contra la corporeidad que en sí misma que es buena, sino contra los apetitos desordenados de la carne.

El viejo hombre, tal como nace de Adán, encierra un desequilibrio no pequeño en su naturaleza herida. Lo vemos claramente si consideramos lo que era el estado de justicia original, antes del pecado original. Era una armonía perfecta entre Dios y el alma creada para conocerle, amarle y servirle, y entre el alma y el cuerpo; en tanto el alma guardaba esa sumisión a Dios, las pasiones de la sensibilidad permanecían también sometidas a la recta razón iluminada por la fe, y a la voluntad vivificada por la caridad; el cuerpo participaba por privilegio de esta armonía, y no estaba sujeto ni a la enfermedad, ni a la muerte.

Esta armonía fue destruida por el pecado original. El primer hombre, por su pecado, como lo dice el Concilio de Trento, “perdió para sí y para nosotros la santidad y la justicia original”, y nos transmitió una naturaleza caída, privada de la gracia y herida. Preciso es reconocer, con Santo Tomás, que venimos al mundo con la voluntad alejada de Dios, inclinada al mal, débil para el bien, con una razón que fácilmente cae en el error, y la sensibilidad violentamente inclinada al placer desordenado y a la cólera, fuente de injusticias de toda clase.

Existe, también el desorden de la concupiscencia, de la inclinación al mal. En lugar de la triple armonía original entre Dios y el alma, entre el alma y el cuerpo, entre el cuerpo y las cosas exteriores, nació el triple desorden de que nos habla San Juan cuando escribe (1 Jn 2,16): “Porque todo lo que hay en el mundo, es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida; lo cual no nace del Padre, sino del mundo.”

El bautismo nos sanó, indudablemente, del pecado original, aplicándonos los méritos del Salvador y dándonos la gracia santificante y las virtudes infusas; así, por la virtud de la fe, nuestra razón fue sobrenaturalmente esclarecida, y, por las virtudes de esperanza y caridad, nuestra voluntad se volvió hacia Dios; también recibimos las virtudes infusas que ponen orden en la sensibilidad. No obstante, aún continúa, en los bautizados en estado de gracia, la debilidad original y las heridas en vías de cicatrización, que a veces hacen sufrir, y que nos han sido conservadas, dice Santo Tomás, como ocasión de lucha y merecimientos (cf. Rom 6,6-13)

A este “hombre viejo”, no sólo hay que moderarlo y someterlo; es preciso mortificarlo y hacerle morir. De lo contrario, nunca conseguiremos el dominio sobre nuestras pasiones, y siempre seremos esclavos suyos. Y habrá oposición y perpetua guerra entre la naturaleza y la gracia.

La mortificación nos es, pues, necesaria contra las consecuencias del pecado original, que continúa existiendo aun en los bautizados, como ocasión de lucha, y hasta de lucha indispensable para no caer en pecados actuales y personales. No tenemos por qué arrepentirnos del pecado original que no fue voluntario sino en el primer hombre; pero debemos esforzamos por hacer desaparecer las pecaminosas consecuencias de ese pecado, en particular la concupiscencia, que inclina a los demás pecados. Si lo hacemos así, las heridas, de que antes nos hemos ocupado, se van cicatrizando más y más con el aumento de la gracia que sana y que, a la vez, nos levanta a una nueva vida. Muy lejos de destruir la naturaleza, por la práctica de la mortificación, la gracia la restaura, la sana y la vuelve más dócil en las manos de Dios

Segunda Ley de la Termodinámica o Ley de la entropía



de acuerdo con la cual, si bien la materia no se crea ni se destruye (lo cual implica que no puede crearse a sí misma), sí tiende al desorden en términos de energía cada vez más degradada. De este modo, la cantidad de entropía crecerá inevitablemente y sin interrupción hasta llegar a la muerte térmica del universo. ¿La implicancia de ello? ¡Que el universo no puede ser eterno! En efecto, si hubiera existido desde siempre ¡ya hubiera sucedido la “muerte térmica”! Paul Davies concurre en esto: “Si el universo tiene una cantidad finita de orden y se mueve irreversiblemente hacia el desorden, hacia el equilibrio termodinámico, podemos obtener dos profundas consecuencias. La primera es que el universo morirá finalmente, víctima de su propia entropía (esto es lo que los físicos llaman ‘muerte térmica’ del universo). La segunda es que el universo no puede haber existido desde siempre ya que si así fuera hubiera alcanzado hace mucho tiempo su estado de equilibrio final. Conclusión: El universo no ha existido siempre” (24).

Hay ateos que se aferran a la idea de que la materia es eterna basándose en la Primera Ley de la Termodinámica de acuerdo con la cual “la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma”. Sin embargo, en términos rigurosos, la eternidad de la materia no se infiere necesariamente de este postulado. Hay que entender el contexto epistemológico. Cuando los científicos nos dicen que “la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma”, establecen esto en base al análisis de la dinámica de la materia ya existente, independientemente de si esta tuvo un origen temporal o no. Así, es perfectamente concebible que el conjunto de lo material haya tenido un inicio temporal absoluto y que a partir de allí simplemente se transforme sin crearse ni destruirse. En otras palabras, el principio científico de conservación de la materia es completamente consistente con la idea filosófica de creación divina.

¿DIOS EXISTE?: El libro que todo creyente deberá (y todo ateo temerá) leer. Dante A. Urbina

Oración

Vosotros poseéis la unción que viene del Santo; y la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios
con un corazón noble y generoso,
la guardan y dan fruto con perseverancia.
Aleluya, aleluya, aleluya.



EVANGELIO
Mc 6, 14-29.

Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.

✠ Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él.
Unos decían:
«Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él». Otros decían:
«Es Elías».
Otros:
«Es un profeta como los antiguos».
Herodes, al oírlo, decía:
«Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy
perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.

Palabra del Señor.

¿Por qué es necesaria la mortificación?



Porque el mismo Cristo la pide

“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). Nuestro Señor Jesucristo habló en muchas ocasiones sobre la mortificación. Todo sufrimiento en su vida fue ofrecido al Padre por la redención de las almas. En el Sermón de la Montaña, nos enseña la necesidad de la mortificación, es decir de la muerte al pecado y a sus consecuencias, insistiendo sobre la sublimidad de nuestro fin sobrenatural que consiste en ser “perfectos como es perfecto vuestro Padre Celestial” (Mt 5,48).

Pero esto exige la mortificación de todo lo que hay en nosotros de vicioso, la mortificación de los movimientos desordenados de la concupiscencia (cf. Mt 5,28), de la cólera (cf. Mt 5,22), del odio (cf. Mt 5,24), del orgullo (cf. Mt 6,1), de la hipocresía (cf. Mt 6,5).

Estos, entre otra enorme cantidad de textos bíblicos, manifiestan la importancia que el Señor le dio a la mortificación, al sacrificio, como condición indispensable para seguirle. ¿Alguien dudaría del valor de la mortificación después de ver cómo nuestro divino Salvador la recomendó incansablemente?

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Eternidad de la materia



Pero no solo existen argumentos filosóficos sino también muy sólidas evidencias científicas de que el universo ha tenido un comienzo absoluto. Primero, tenemos la famosa teoría del Big Bang. De acuerdo con esta teoría el universo tuvo su inicio hace aproximadamente unos 13,7 mil millones de años partir de una “Gran Explosión”. Es tan abrumadora la evidencia a favor de esta teoría que ya en 1984 se leía en la revista Mundo Científico: “La teoría de que el universo nació en una gigantesca explosión o Big- Bang, ya no es una simple hipótesis académica, cada vez se hace más difícil prescindir de ella si se quiere dar cuenta de las propiedades fundamentales del universo como hoy se observa”.

Ahora bien, lo verdaderamente intrigante de todo esto es que, como demuestra el teorema de singularidad espacio- temporal Hawking- Penrose (21), implica un inicio absoluto del universo a partir de literalmente nada, porque toda la materia y energía -e incluso el espacio y tiempo mismos- comenzaron a existir con la singularidad (punto inicial) del Big Bang. Así, como dicen los astrofísicos John Barrow y Frank Tipler, “con esta singularidad el espacio y el tiempo vinieron a la existencia; literalmente nada existía antes de dicha singularidad, por tanto, si el universo se originó en tal singularidad, tendríamos verdaderamente una creación ex nihilo” (22). Igualmente claro es el astrofísico Paul Davies cuando explica que: “La venida a la existencia del universo, tal como es discutida en la ciencia moderna, no es simplemente cuestión de imponer algún tipo de organización a un estado previo desordenado sino literalmente la venida a la existencia de todas las cosas físicas desde la nada” pruebas científicas que demuestran la no- eternidad de la materia es la transformación de unos elementos radioactivos en otros. Y es que si la materia fuese eterna ya no quedaría potasio, ni uranio, ni rubidio radioactivos en el universo, pues ya habría pasado el tiempo suficiente para que se transformen en argón, plomo y estroncio respectivamente. Pero como todavía existen el potasio, el uranio y el rubidio radioactivos, es evidente que la materia no es eterna.

Adicionalmente, otro elemento clave que demuestra la no- eternidad de la materia es el hidrógeno. Como se sabe, las estrellas convierten hidrógeno en helio vía un proceso continuo e irreversible. Si esto sucediera desde toda la eternidad ya se habría gastado todo el hidrógeno pues la cantidad de hidrógeno del universo es limitada y lo que se pierde ya no se repone. Pero como todavía existe hidrógeno que se quema en las estrellas es evidente que el universo no ha existido siempre.

¿DIOS EXISTE?: El libro que todo creyente deberá (y todo ateo temerá) leer. Dante A. Urbina

LA IDENTIDAD DE GÉNėRø



Predisposiciones biológicas En primer lugar, hay que aclarar que los factores biológicos pueden predisponer, pero nunca determinar la conducta sexual de una persona. Los psiquiatras J. Michael Bostwick y Kari A. Martin, de la Clínica Mayo en los Estados Unidos, quienes estudiaron a personas “intersęxūâlęs” (nacidas con genitales ambiguos) y que a pesar de ser varones se los operó y crio como mujeres, afirmaban que pacientes adultos con disforia severa (trânsêxûalës) “no presentan ni un historial ni existen hallazgos objetivos que corroboren una causa biológica conocida para esa discrepancia cerebro- cuerpo”.[ 308] Por el contrario, pacientes “intersęxūâlęs” requieren una cuidadosa asistencia médica y psiquiátrica para evitar la disforia de género. Es más, estos investigadores encontraron criterios objetivamente discernibles e identificables a través de las cuales se imprime la identidad de la persona como hombre o mujer en el sistema nervioso y endocrino. Y estos doctores afirman que incluso en los casos en que los genitales externos no se desarrollen, es muy probable que los individuos actúen de acuerdo con su configuración cromosómica y hormonal. Una influencia más profunda en la conducta sexual la tienen los factores no biológicos, tales como el temperamento, la presión de los padres para actuar como el sexo opuesto durante años críticos de la formación (recuérdese el caso de Walter Heyer), la dinámica familiar, psicopatologías de los padres, las (malas) amistades y la curiosidad por la que un niño fantasea en convertirse en el sexo opuesto.[ 310] En general, los varones son más activos físicamente que las niñas. Cualquiera que haya tenido hijos de ambos sexos lo puede notar. Este tipo de temperamento tiene una base hormonal y genética, por lo que comúnmente los varones se van a comportar de una manera y las niñas de otras.[ 311] Pero también puede ocurrir que por distintas razones un varón sea tranquilo, no le guste jugar con intensidad física, jugar al combate físico y que por el contrario haya niñas que sean más “machonas” como se les dice popularmente.[ 312] Esto, en algunos casos, puede contribuir a que el niño o la niña se identifiquen con el sexo opuesto. ¿Por qué se da esto? En las primeras etapas de desarrollo, el niño experimenta muchísimas cosas por primera vez. Como la realidad y la vida humana es en sí compleja, el niño no comprende inmediatamente esta complejidad. Para el niño la realidad se encasilla generalmente en dos categorías simples, como decir “o es negro o es blanco”, sin colores intermedios. De esa manera, el niño puede pensar que el varón juega generalmente de tal manera y las niñas de otra como si eso fuese una propiedad esencial de lo que significa ser varón o niña. En esos casos, el varón puede deducir erróneamente que, si le gusta jugar de una manera que es más acorde a las niñas, entonces es porque debe ser niña. De hecho, en la práctica profesional con niños que padecen este trastorno, es común el escuchar niños que afirman: “debo ser niña porque no me gusta pelear o correr y la mayoría de mis amigos son niñas y me gusta jugar a la casa”.[ 313]

Pablo Muñoz Iturrieta Atrapado en el cuerpo equivocado La idęolögīa de gėnērø frente a la ciencia y la filosofía

Ayuno



Evangelio según san Mateo, 4: 3- 4 Y acercándose el tentador le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan». Quien respondiendo dijo: «Está escrito, no de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios». (vv. 3- 4)

Porque el diablo, al ver que Jesús ayunaba cuarenta días, empezó a desesperar. Pero cuando vio que empezó a tener hambre, comenzó a esperar otra vez. De donde se sigue: y «acercándose el tentador». Si eres tentado cuando ayunas, no digas que has perdido el fruto de tu ayuno, porque aunque tu ayuno no evite que seas tentado, sin embargo te aprovechará para vencer la tentación

Pseudo- Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 5

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Oración

El mensaje de la cruz es necedad para los que están en vías de perdición; Pero para los que están en vías de salvación, para nosotros, es fuerza de Dios

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Está cerca el reino de Dios;
convertíos y creed en el Evangelio.
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Mc 6, 7-13.

No desprecian a un profeta más que en su tierra.

✠ Lectura del santo Evangelio según San Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. y decía:
«Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor.