Llama a este libro el libro de la generación, porque toda la economía de la gracia y la raíz de todos los bienes está en que Dios se ha hecho hombre; una vez verificado esto, lo demás se sigue como consecuencia racional
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 2,3
Son miles de millones las personas que cada año celebran el día de su cumpleaños y, como se celebran sólo las realidades buenas y positivas, hay que concluir que el nacimiento es un bien, que la vida es un bien, y el más alto en el orden natural.
Sólo en circunstancias adversas habrá quienes consideren como una desgracia el haber nacido, pero en condiciones normales la vida es considerada por todos como un bien, pues si no hubiéramos vivido habríamos permanecido en la nada, en la más absoluta ausencia de la realidad.
En este orden de ideas también hay que decir que la vida es un don, un regalo, pues nadie se da la vida a sí mismo. Sin embargo, hoy nos encontramos frente a una realidad en la que la vida es vista muchas veces como un problema, una carga, una amenaza; en la que se exalta el valor de la libertad, incluso, por encima del derecho a la vida. Asistimos a una cultura de la muerte, que se ha expandido rápidamente por el mundo y que presenta grandes atentados contra la vida y la familia, y lo que es peor, bajo el rótulo de “derechos”. Pero detrás de los muchos atentados contra la vida a los que hoy asistimos, se encuentra todo un sistema de pensamiento conocido como la “ideología de género”, que ha ido penetrando poco a poco en todos los ámbitos de la sociedad y que busca una reestructuración de la misma. Esta ideología representa un grave peligro para la humanidad, pues trae nefastas consecuencias y sus alcances son grandísimos
Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que Él nos enseña: “¡Padre Nuestro!”. La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padre Nuestro: la preocupación por el Nombre del Padre (cf Jn 17, 6 11 12 26), el deseo de su Reino (la gloria; cf Jn 17, 1 5 10 24 23-26), el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su designio de salvación (cf Jn 17, 2 4 6 9 11 12 24) y la liberación del mal (cf Jn 17, 15) 2751 Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el “conocimiento” indisociable del Padre y del Hijo (cf Jn 17, 3 6-10 25) que es el misterio mismo de la vida de oración.
Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo* esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros. Los discípulos y el mundo
Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros
Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la Hora de Jesús llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana (cf Jn 17, 11 13 19 24) debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el «Pantocrátor». Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha
San Juan 15:18-21 «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Su fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi palabra, también la vuestra guardarán. Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.
La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración “sacerdotal” de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su “paso” [pascua] hacia el Padre donde él es “consagrado” enteramente al Padre (cf Jn 17, 11 13 19)
En esta oración pascual, sacrificial, todo está “recapitulado” en Él (cf Ef 1, 10): Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en Él por su palabra, la humillación y su gloria. Es la oración de la unidad.