San Mateo



Este es el orden que siguió San Mateo en su narración: el Nacimiento de Jesucristo, su bautismo, su tentación, predicación, milagros, Pasión, Resurrección y Ascensión a los cielos. Con esto se propuso no sólo exponer la vida de Jesucristo, sino señalar al mismo tiempo todos los estados de la vida cristiana. Así pues, nada importa haber nacido de nuestros padres si después no nos hemos regenerado en Dios por el agua y el Espíritu Santo. Una vez recibido el bautismo es preciso estar alerta contra el diablo. Vencida la tentación, es preciso hacernos idóneos para la enseñanza de la verdad: el Sacerdote, enseñando y alentando en la doctrina con su ejemplo (esto equivale a los milagros); el laico, mostrando su fe en sus obras. Por último, salir de la arena de este mundo, para coronar nuestra victoria sobre el pecado con la recompensa de la resurrección y de la gloria

Pseudo-Crisóstomo, commentarium in Matthaeum, prolog

Oración y vida cristiana son inseparables



porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado “Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15, 16-17)

«Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos cumplir el mandato: “Orad constantemente”» (Orígenes, De oratione, 12, 2).

Oración

Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida Aleluya

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Permaneced en mí, y yo en vosotros – dice el Señor–;
el que permanece en mí da fruto abundante.
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Jn 15, 1-8.

El que permanece en mi y yo en él, ése da fruto abundante.

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

Palabra del Señor.

Orar es una necesidad vital



si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado (cf Ga 5, 16-25) ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser “vida nuestra”, si nuestro corazón está lejos de él? «Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil []. Es imposible [] que el hombre [] que ora [] pueda pecar» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 5)

«Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente» (San Alfonso María de Ligorio, Del gran mezzo della preghiera, pars 1, c 1))

Oración

Permaneced en mí y yo permaneceré en vosotros

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Era necesario que el Mesías padeciera y resucitara
de entre los muertos,
y entrar en su gloria.
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Jn 14, 27-31a.

Mi paz os doy.

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.
Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo yo».

Palabra del Señor.

Sobre el Santo Sacrificio


La Misa, es una embajada cotidiana enviada a la Santísima Trinidad, para poner a sus pies un obsequio de inestimable valor, por el cual reconocemos su soberanía y manifestamos nuestra sumisión. La vida y la muerte del Salvador le son ofrecidas cada día. Es el tributo diario que le paga la Iglesia militante, con la cooperación de la Iglesia triunfante; es el homenaje por el cual son honrados por toda criatura su soberano poder, su sabiduría y su bondad
Marchant, Candel Myst T. IV, lect 19
Seminario Nuestra Señora de Guadalupe

De la fervorosa enmienda en toda nuestra vida

Tienes que esmerarte y dedicarle con esfuerzo a trabajar por Dios, recordando a menudo para qué has sido creado, y para qué has venido al mundo.

No fué para conocer, amar y servir a Dios, y llegar a ser una persona espiritual?

Llénate pues de deseos de progresar en la vida espiritual, pues en breve pronto recibirás el premio de tus fatigas, y en la otra vida ya no habrá dolor ni temor.

21:4 Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.
(Apocalipsis)

Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)

Orar es siempre posible



El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado que está con nosotros “todos los días” (Mt 28, 20), cualesquiera que sean las tempestades (cf Lc 8, 24).

Nuestro tiempo está en las manos de Dios: «Conviene que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o mientras da un paseo: igualmente el que está sentado ante su mesa de trabajo o el que dedica su tiempo a otras labores, que levante su alma a Dios: conviene también que el siervo alborotador o que anda yendo de un lado para otro, o el que se encuentra sirviendo en la cocina, intenten elevar la súplica desde lo más hondo de su corazón» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 6).