Categoría: Vanidad

La cultura de la vida, la cultura de la muerte



Son miles de millones las personas que cada año celebran el día de su cumpleaños y, como se celebran sólo las realidades buenas y positivas, hay que concluir que el nacimiento es un bien, que la vida es un bien, y el más alto en el orden natural.

Sólo en circunstancias adversas habrá quienes consideren como una desgracia el haber nacido, pero en condiciones normales la vida es considerada por todos como un bien, pues si no hubiéramos vivido habríamos permanecido en la nada, en la más absoluta ausencia de la realidad.

En este orden de ideas también hay que decir que la vida es un don, un regalo, pues nadie se da la vida a sí mismo. Sin embargo, hoy nos encontramos frente a una realidad en la que la vida es vista muchas veces como un problema, una carga, una amenaza; en la que se exalta el valor de la libertad, incluso, por encima del derecho a la vida. Asistimos a una cultura de la muerte, que se ha expandido rápidamente por el mundo y que presenta grandes atentados contra la vida y la familia, y lo que es peor, bajo el rótulo de “derechos”. Pero detrás de los muchos atentados contra la vida a los que hoy asistimos, se encuentra todo un sistema de pensamiento conocido como la “ideología de género”, que ha ido penetrando poco a poco en todos los ámbitos de la sociedad y que busca una reestructuración de la misma. Esta ideología representa un grave peligro para la humanidad, pues trae nefastas consecuencias y sus alcances son grandísimos

Vanidad

Supongamos que hasta ahora hayas vivido gozando de honras y placeres, ¿de qué te habrá servido todo eso si ahora en este momento tuvieras que morir? “Te reclamarán el alma”. “Insensato y necio quien atesora riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios (Lucas 12)

Recuerda que todo es vanidad, menos el amar y servir a Dios y hacer lo que Él manda “De muchas cosas te preocupas, pero sólo una es necesaria (Lucas 10, 41)

Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)

La libre interpretación



El Espíritu Santo no puede revelar a una secta una verdad y a otra decirle algo diferente; no puede decir a unos que María fue siempre virgen y a otros que no lo fue; no puede decir a unos que se deben bautizar de pequeños y a otros que el bautismo solo es para los adultos, y etc. El espíritu Santo no se puede contradecir, el enseña la verdad que es una sola. Por ello no pueden existir diversas interpretaciones y enseñanzas sobre la Palabra de Dios; existe una sola y ésta es custodiada por la única Iglesia que Cristo fundó.

“La Iglesia es pilar y fundamento de la Verdad” (1 Tim 3, 15), por tanto, es a ella a quien le corresponde interpretar adecuadamente la Palabra de Dios. Además, Jesús pide unidad en Jn 17,21; con la libre interpretación no se cumple con la Voluntad Divina, pues cada interpretación da pie a una nueva doctrina, y ésta, a una nueva «iglesia». La razón humana individual, al ser limitada, variable y contradictoria, tomando carácter de juez, termina por despojar la Palabra de Dios de su carácter sobrenatural. Por estas razones la Sagrada Escritura no puede ser interpretada por cuenta propia, y esto ya nos lo advertía el apóstol Pedro:

2 Pe 1, 20: “Pero tengan presente, ante todo, que nadie puede interpretar por cuenta propia una profecía de la Escritura”.

2 Pe 3,16: “En ellas hay pasajes difíciles de entender, que algunas personas ignorantes e inestables interpretan torcidamente -como, por otra parte, lo hacen con el resto de la Escritura- para su propia perdición”.

Fue la Iglesia quien, bajo la luz del Espíritu Santo, definió el Canon bíblico en el Concilio de Cartago en el año 397, por tanto, con la autoridad con la que definió los libros sagrados, con esa misma autoridad los interpreta. ¿Cómo pueden los hermanos separados creer firmemente en la Sagrada Escritura y dudar de la autoridad que la definió? ¡Absurdo! Dudar de la autoridad de la Iglesia es dudar de la Sagrada Escritura.

La formación cristiana



los Cristianos tenemos el deber de formarnos y conocer a fondo nuestra fe, pues como nos lo dijo nuestro primer Papa, el apóstol San Pedro: estad “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3,15)

Confesionario


Salmo 31:5 Reconocí mi pecado y no te oculté mi culpa; me dije: «Confesaré a Yahvé mis rebeldías». Y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado
¿Acaso hay bajo el sol de este mundo algún objeto que pueda permanecer para siempre? ¿O es que piensas que algún bien de la tierra va a saciar tus anhelos? Y si poseyeras todos los bienes de la tierra ¿Qué sería eso sino vanidad de vanidades? Eclesiástico 1
Eleva los ojos a Dios en las alturas, pídele perdón por tus pecados y negligencias. Deja las locuras a los locos, las vanidades a los vanos, y tú dedícate a lo que Dios te ha mandado.
Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)
Basílica Nuestra Señora del Rosario Guatemala

Vanidad

1 Juan

2:15 No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él.2:16 Porque todo cuanto hay en el mundo -la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas- no viene del Padre, sino del mundo.2:17 El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre

Verdadera Caridad


El que tiene verdadera y perfecta caridad, no se busca a sí mismo en cosa alguna; más sólo desea que sea Dios glorificado en todas las cosas. De nadie tiene envidia, porque ama algún placer particular, ni se quiere gozar en sí; más desea sobre todas las cosas gozar de Dios. A nadie atribuye ningún bien; más refierelo todo a Dios, del cual, como de primera fuente, emanan todas las cosas, y en quien finalmente todos los santos descansan con perfecto gozo. ¡Oh quién tuviese una centella de verdadera caridad! Por cierto que sentiría estar todas las cosas mundanas llenas de vanidad
Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)

Infierno



1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno” (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira

Catecismo de la iglesia católica

Contra el orgullo y sus vanas esperanzas


Si tienes bienes de fortuna, o cualidades especiales, o amigos influyentes, no te enorgullezca de nada de esto. Busca tu gloria solo en Dios, el cual nos da todos los bienes, y aun se nos da a sí mismo
No te enorgullezca a de la elegancia del cuerpo o de la belleza. Porque la belleza del cuerpo se afea y desaparece con cualquier enfermedad. ¿Qué tienes tú que no hayas recibido? Y si lo has recibido ¿de qué te enorgulleces? (1 Corintio 4,7)
Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)

Negarse a sí mismo


Cuando más en paz este uno interiormente y menos preocupado exteriormente, tantas más cosas espirituales entiende y más profundas y con más facilidad, porque de arriba recibe luz para entenderlas. El alma que quiere ser pura, sencilla, constante, no se disipa entre muchas ocupaciones, sino que se preocupa por hacerlo todo por amor de Dios, procurando no buscarse a sí misma o en su propia vanidad en lo que hace, pienso o dice: Qué es lo que más nos estorba o nos molesta sino los afectos inmortalizados de nuestro propio corazón?Quién desea llegar a ser persona buena y piadosa primero planea cuidadosamente en su corazón aquello que exteriormente tiene que hacer después.La persona prudente planea bien hasta que no le arrastre su mala inclinación a ejecutar lo malo, sino que sus instintos sean dominados y guiados por la recta razón. Quién tiene que sostener lucha más dura que aquel que trata de vencerse así mismo? Nuestra ocupación principal de cada día debe consistir en vencernos a nosotros mismos, en hacer cada dia mas fuerte nuestra voluntad, en ir mejorando todos los días en nuestro pensar, hablar y obrar. El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo. Dice el Señor
Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)