Dámaso I

Dámaso I Papa

En el sínodo del año 374, expidió un decreto en el cual se hizo un listado de los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento. Por ello, le pidió al historiador Jerónimo de Estridón utilizar este canon y escribir una nueva traducción de la Biblia que incluyera un Antiguo Testamento de 46 libros y el Nuevo Testamento con sus 27 libros. Jerónimo viajó entonces a oriente para hacer vida eremítica y volvió años después a Roma, pasando durante algún tiempo a ser su secretario particular. Finalmente fue en el Concilio de Roma del año 382, comandado por el papa Dámaso I, cuando la Iglesia Católica instituyó el Canon Bíblico con la lista del Nuevo Testamento de San Atanasio y los libros del Antiguo Testamento de la Versión de los LXX; esta versión fue traducida del griego al latín por San Jerónimo por encargo del mismo papa San Dámaso I, que en la práctica sería la primera Biblia en el sentido concreto y pleno de la palabra

Santa María del Popolo

La basílica de Santa Maria del Popolo, es una basílica menor de Roma, situada en la Piazza del Popolo, junto a una de las antiguas puertas de la ciudad. Pertenece desde 1250 a los agustinos

Día mundial de las montañas

Día internacional de la montañas

I Corintios 13:2 Aunque tenga el don de profecía, y conozca todos los misterios y toda la ciencia; aunque tenga plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy

Tentación

¡Señor, enséñanos a orar! Es la petición que los discípulos hicieron a Jesús, como nos recuerda el Evangelio de Jesucristo según san Lucas (Lc 11,1). Han visto la devoción de Jesús en su oración con el Padre, tan diferente de la que habían visto y practicado antes, que no pueden sino exclamar: “¡Señor, enséñanos a orar”.

Y ante esta petición, llena de humildad, reconociéndose incapaces de llegar a Dios con sus oraciones, Jesucristo desgrana la más bella oración, la oración de oraciones, el Padrenuestro. Y en ella, entre muchas peticiones y alabanzas al Padre, me detengo en una: “…no nos dejes caer en la tentación…”

Es decir, no pedimos, como nos enseña Jesús, que nos quite la tentación, sino que no nos dejemos engañar por el Maligno. Por tanto la tentación, el tener la tentación, el sufrir la tentación, no es malo, sino todo lo contrario: es bueno. Dios ha dejado libre al hombre, y, como tal, quiere que el hombre le ame con libertad. En toda tentación hay un combate; es el combate en el que el hombre se enfrenta a la seducción del mundo representada por Satanás, con sus mentiras y engaños, y, por otro lado, al Amor que Dios le propone. En la tentación, nosotros elegimos a quién queremos seguir; es así de simple: no podemos tener dos señores, pues seguiremos a uno y dejaremos al otro. Elegimos entre el amor a Dios o el amor al mundo, con sus seducciones. Dios nos creó libres y quiere ser amado con libertad. Y en la victoria sobre la tentación, le decimos al Señor que le amamos, que somos suyos y ovejas de su rebaño.

Por eso le pedimos que no se nuble nuestro corazón, que no discutamos con la tentación, que huyamos del peligro. Imaginemos un perro atado con una cuerda al cuello; el perro es un perro feroz, y es tal, que si nos acercamos nos muerde. Mientras estemos fuera del radio de alcance, no nos pillará, pero si estamos tan cerca de él que puede alcanzarnos, nos destrozará. Así es la tentación; no podemos discutir con ella, sino salir huyendo poniéndonos en las Manos de Dios.

El mejor ejemplo es ver cómo fue tentado Nuestro Señor. Cuando Él comenzó su vida pública, nos relata Lucas que fue llevado por el Espíritu al desierto. (Lc 4, 1-13) Y allí, después de cuarenta días de ayuno Jesús sintió hambre. Ya sabemos que este número es simbólico, pero en esencia, lo importante es que Jesús sintió la necesidad de su cuerpo: el hambre.

Y es hermosísimo este ejemplo. ¡Qué humildad la de Jesús la de sentir, como hombre, la necesidad! ¡Qué ejemplo de Jesús, pasando por todas las situaciones por las que pasa el ser humano! Y aparece el Tentador. El Padre no le quita la tentación, deja que Jesús se enfrente al diablo. Y, en esta tentación, ante la necesidad humana, el diablo arremete: “…ya que eres Dios, di que estas piedras se conviertan en pan…”

Es decir: como eres Dios y todo lo puedes, ¡no pases hambre! ¡Haz el milagro! ¡El sufrimiento no es para ti! ¡No hagas la Voluntad del Padre! Eso no es para ti…

Y Jesús contesta con sabiduría: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios; es decir, el hombre, la persona, la que un día resucitará -no resucita el alma, sino el alma+el cuerpo-, necesita el alimento del pan, pero sobre todo, del PAN DE LA PALABRA. No en vano dirá, más adelante: “…mi Cuerpo es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida…” (Jn 6,55)

La Palabra, pues, es el alimento del alma; la Palabra representada por su Santo Evangelio. Como nos dirá Juan en el Prólogo del Evangelio: “…en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…”.

Jesucristo, Palabra Eterna del Padre, y Sabiduría del Padre, se hace PAN para nosotros en el Misterio Eucarístico.

En el episodio del encuentro de Jesús con la mujer samaritana en el pozo de Jacob, cuando los discípulos vuelven para traer la comida a Jesús, éste les contesta: “…Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis. Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado…” (Jn 4,31-35)

Así nos enseña el Divino Maestro, Jesucristo, cómo espantar al demonio de nuestras vidas, cómo responde el discípulo ante la tentación.

Alabado sea Jesucristo

Absolución general

En casos de necesidad grave se puede recurrir a la celebración comunitaria de la reconciliación con confesión general y absolución general. Semejante necesidad grave puede presentarse cuando hay un peligro inminente de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo suficiente para oír la confesión de cada penitente. La necesidad grave puede existir también cuando, teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente las confesiones individuales en un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa suya, se verían privados durante largo tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión. En este caso, los fieles deben tener, para la validez de la absolución, el propósito de confesar individualmente sus pecados graves en su debido tiempo (CIC can 962, §1). Al obispo diocesano corresponde juzgar si existen las condiciones requeridas para la absolución general (CIC can 961, §2). Una gran concurrencia de fieles con ocasión de grandes fiestas o de peregrinaciones no constituyen por su naturaleza ocasión de la referida necesidad grave. (cf CIC can 962, §1, 2)

Oración

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Está cerca el día del Señor;
mirad, él viene a salvarnos.
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Mt 18, 12-14.

Dios no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.
Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños».

Palabra del Señor

Confesión

El sacramento de la Penitencia puede también celebrarse en el marco de una celebración comunitaria, en la que los penitentes se preparan a la confesión y juntos dan gracias por el perdón recibido. Así la confesión personal de los pecados y la absolución individual están insertadas en una liturgia de la Palabra de Dios, con lecturas y homilía, examen de conciencia dirigido en común, petición comunitaria del perdón, rezo del Padre Nuestro y acción de gracias en común. Esta celebración comunitaria expresa más claramente el carácter eclesial de la penitencia. En todo caso, cualquiera que sea la manera de su celebración, el sacramento de la Penitencia es siempre, por su naturaleza misma, una acción litúrgica, por tanto, eclesial y pública (cf SC 26-27)

Oración

Señor, suban a tu presencia nuestras súplicas y colma en tus siervos los deseos de llegar a conocer en plenitud el misterio de la Encarnación de tu Hijo

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Mirad, el Rey viene, el Señor de la tierra,
él romperá el yugo de nuestra cautividad.
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Lc 5, 17-26.

Hoy hemos visto maravillas.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas.

UN día, estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor estaba con él para realizar curaciones.
En esto, llegaron unos hombres que traían en una camilla a un hombre paralítico y trataban de introducirlo y colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo a causa del gentío, subieron a la azotea, lo descolgaron con la camilla a través de las tejas, y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Él, viendo la fe de ellos, dijo:
«Hombre, tus pecados están perdonados».
Entonces se pusieron a pensar los escribas y los fariseos:
«¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?».
Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, respondió y les dijo:
«¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—: “A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa”».
Y, al punto, levantándose a la vista de ellos, tomó la camilla donde había estado tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios
El asombro se apoderó de todos y daban gloria a Dios. Y, llenos de temor, decían:
«Hoy hemos visto maravillas».

Palabra del Señor