Jesús, ¿un loco?



En realidad Jesucristo sí estaba loco. Era un esquizofrénico. De hecho, son varios los pasajes del Evangelio donde puede comprobarse el carácter disociado y contradictorio de su personalidad. Así, por ejemplo, hay pasajes donde aparece extremadamente manso (Lucas 19: 41, Lucas 22: 47- 54), y otros en que aparece extremadamente colérico (Juan 2: 13- 17, Mateo 23: 13- 36); pasajes en los que es sumamente permisivo (Juan 8: 3- 11, Lucas 6: 1- 5), y pasajes en los que es sumamente exigente (Mateo 5: 27- 28, Marcos 8: 34- 38); pasajes en los que es muy humilde (Juan 5: 19, Juan 13: 4- 9), y pasajes en los que se exalta mucho a sí mismo (Juan 8: 23- 24, Juan 8: 53- 58). Entonces, dado este contexto, o bien Jesús estaba loco o bien se trata de un invento mal hecho. Luego

Respuesta: Lo primero que hay que decir frente a este tipo de objeciones que postulan que
Jesús era un disociado es que caen en gravemente en un sofisma de la disociación. En efecto, la estrategia que se está siguiendo aquí para mostrar que Jesús estaba loco es referir algunos hechos o palabras suyas disociándolos de su contexto.

¡Pero con esa metodología se puede demostrar que cualquiera de nosotros está loco! Basta con que un amigo nos siga con una grabadora todo el día y filme todas nuestras acciones, edite el video extrayendo solo las partes en que tenemos comportamientos y/ o estados de ánimo opuestos ¡y listo! Cualquiera que vea el video editado pensará que estamos locos. Pero ese no es un procedimiento honesto: nuestro amigo ha disociado nuestras acciones de su contexto. Y eso es lo que hace la objeción. Esto nos lleva a considerar el otro sofisma en que incurre la objeción: la falacia de petición de principio. Se presupone a priori que Jesús está loco y en función de eso se “editan” los hechos. Pero también es necesario considerar la otra posibilidad: que Jesús sea Dios. Ahora bien, ¿son necesariamente incompatibles los pasajes citados con la tesis de divinidad de Cristo? De ningún modo.

Si Jesucristo es efectivamente Dios encarnado es perfectamente comprensible que sienta compasión de su pueblo (Juan 2: 13- 17), se someta mansamente al sacrificio en función de su misión salvadora (Lucas 22: 47- 54), sienta celo por el Templo (Juan 2: 13- 17), se indigne con los líderes religiosos hipócritas (Mateo 23: 13- 36), sea misericordioso con una mujer pecadora (Juan 8: 3- 11), se ponga por encima de las leyes religiosas (Lucas 6: 1- 5), pida una pureza de hasta los mismos deseos del corazón (Mateo 5: 27- 28), exija grandes renuncias a quienes quieran seguirlo (Marcos 8: 34- 38), afirme su sometimiento especial al Padre (Juan 5: 19), elija amorosamente lavarle los pies a sus discípulos (Juan 13: 4- 9), se proclame como trascendente al mundo (Juan 8: 23- 24) y hasta afirme su pre- existencia con respecto a lo creado (Juan 8: 53- 58).

Y no solo eso. Más allá del hecho de que la tesis de divinidad de Cristo es consistente con los mismos hechos que cita la objeción sucede que, cuando tenemos en cuenta una gama más amplia de hechos sobre Jesús, es decir, cuando vemos “el video completo”, la hipótesis de locura de Cristo se vuelve muy implausible a nivel comparativo. Por ejemplo, si vemos el conjunto de los Evangelios, encontramos que cuando Jesús se enoja no lo hace por una susceptibilidad desequilibrada sino por razones perfectamente justificadas dentro del contexto social y religioso en que actúa.

En efecto, como anota Gary Collins, Doctor en Psicología Clínica por la Universidad de Purdue, respecto de los episodios con los mercaderes en el Templo (cfr. Juna 2: 13- 17) o los fariseos hipócritas (cfr. Mateo 23: 13- 36), el enojo de Jesús “era un tipo de enojo saludable hacia la gente que se aprovechaba de los desvalidos para llenarse los bolsillos en el templo. No fue que reaccionó en forma irracional solo porque alguien lo estaba molestando; esa fue una reacción justa en contra de la injusticia y el flagrante maltrato hacia otros”.

Así, pues, debemos preguntarnos junto con el historiador Philip Schaff: “¿ Cómo es posible que un entusiasta o un loco nunca perdiera el balance mental, que navegara serenamente más allá de todos los problemas y persecuciones, como el sol por encima de las nubes, que proporcionara siempre las respuestas más listas e inteligentes a las preguntas más tentadoras; que con calma y deliberación predijera su muerte en la Cruz, su resurrección el tercer día, el derramamiento del Espíritu Santo, la fundación de la Iglesia, la destrucción de Jerusalén, predicciones todas que se han convertido en realidad?”.

Entonces parece que cuando analizamos las cosas en su contexto terminamos encontrándonos no con un loco, sino con una personalidad muy equilibrada. En ese sentido, es interesante analizar la experiencia intelectual del gran escritor inglés Gilbert Keith Chesterton cuando, antes de hacerse cristiano y desde su agnosticismo militante, se enfrentó a una cuestión muy similar a la planteada por la objeción:

“La única explicación que se me ocurrió de inmediato fue que el Cristianismo no venía del cielo sino del infierno. Si Jesús de Nazareth no era Cristo, debió ser el Anticristo. Y luego, en una hora de calma, un pensamiento me asaltó como rayo silencioso. Repentinamente se me ocurrió otra explicación. Supongamos que oímos a muchos hombres hablando de un hombre desconocido. Supongamos que perplejos, oímos que unos decían que era demasiado alto y otros decían que era demasiado bajo; unos comentaban su gordura y otros su delgadez; unos le hallaban demasiado moreno y otros demasiado rubio. Una de las explicaciones (como ya se admitió) sería que podría tener una extraña figura. Pero aquí hay otra explicación. Podría ser el término medio. Los hombres ofensivamente altos le hallarían bajo. Y los muy bajos lo encontrarían alto. Los viejos que ya adquirían corpulencia, le juzgarían insuficientemente lleno; los viejos buenos mozos que ya adelgazaban podrían sentir que propasaba las estrechas líneas de la elegancia. Tal vez los suecos (que tienen el cabello pálido como estopa) le llamarían moreno, mientras que los negros le considerarían definidamente rubio. Abreviando, quizá ese algo extraordinario en realidad fuera lo ordinario, por lo menos, lo normal; el justo medio. Tal vez, después de todo, el Cristianismo fuera sensato y los locos fueran todos sus críticos, en varios sentidos locos. Probé esta idea preguntándome si en sus acusadores había o no había algo morboso que explicara la acusación. Me sorprendí al descubrir que la llave encajaba bien en la cerradura”.

De este modo, cuando uno se abre a las posibilidades en lugar de encerrarse en los prejuicios, se da cuenta de que el postular que Jesús era efectivamente Dios es una postura bastante razonable. Y más aún cuando la comparamos con respecto a las otras posibilidades disponibles. Así, a la luz de estos análisis, se ve claramente que sostener que Jesús estaba loco es una total locura. Y más locura aún el postular que fue un invento pues, como ha dicho el ya citado historiador Philip Schaff: “Un carácter tan original, tan completo, tan uniformemente consistente, tan perfecto, tan humano y al mismo tiempo tan por encima de toda la grandeza humana, no puede ser fraude o ficción.

El poeta tenía razón cuando dijo: ‘Se necesita más que un Jesús para inventar a Jesús’”. Y, de cualquier forma, si quisiéramos afirmar el improbabilísimo caso de que hombres ignorantes del siglo I inventaron al personaje más fascinante de la historia, todavía tendríamos que enfrentarnos con la improbabilísima posibilidad de que estén dispuestos a morir por algo que sabían que era mentira (ya que ellos lo habrían inventado). La improbabilidad se multiplica con la improbabilidad y la hipótesis escéptica se hace cada vez más improbable. Por tanto, y más aún en un contexto donde ya se ha probado independientemente la existencia de Dios,, es más razonable postular la tesis de divinidad de Cristo. Y eso implica que el Cristianismo es verdad.

Lee Strobel, El Caso de Cristo, Ed. Vida, Florida, 2000,p. 168.

Philip Schaft, History of the Christian Church, Ed. Eerdmans, Grand Rapids, 1962, p 109

G. K. Chesterton, Ortodoxia, Ed Porrúa, México, 1998, p. 53

Publicado por paquetecuete

Cristiano Católico Apostólico y Romano

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