San Mateo 6:24-33 «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero. «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura
La religación de lo social a partir de la ilusión de un pueblo uniforme y compacto gobernándose a sí mismo no es otra cosa que el efecto de la superioridad política de una parte de la población que logra hacerse del lugar del pueblo y volverse, por tanto, totalidad teatralizada (hegemonía, en otras palabras). «¿Qué es el Tercer Estado?», se preguntaba el abate Siéyes en las vísperas de la Revolución Francesa: «Todo», se respondía a sí mismo. Al separar las cabezas de los cuerpos mediante la guillotina, lo que realmente hacía Robespierre era separar al pueblo de aquellos componentes que impedían su legítima consolidación como tal. ¿No es la guerra civil la forma más extrema en que esta disputa por el contenido del pueblo procura definirse?
AGUSTIN LAJE, LA BATALLA CULTURAL REFLEXIONES CRÍTICAS PARA UNA NUEVA DERECHA
Por supuesto, al menos de acuerdo a la ide0logìą de la trānsvērsaliząción de gēmer0, según la cual los gēmer0 no están determinados biológicamente, sino que son solo ficciones sociológicas. Por lo tanto, el hombre y la mujer son solamente imaginarios.
Sin embargo, esto es un disparate científico, porque las características séxūąlęs físicas que generalmente definen a una persona como femenina o masculina también están relacionadas con todo un aparato hormonal y de comportamiento. El hecho de que una persona tenga 0varios o tęstícülos determina su comportamiento como mujer u hombre, porque es ahí donde se segregan las hormonas específicas del gēmer0. Además, hay muchos comportamientos típicos masculinos o femeninos que son innatos. Esto es un conocimiento básico en biología, medicina y etología humana.
Pero hoy en día ya no se hace ciencia que quiera investigar objetivamente y saber cómo es el ser humano, sino que se trata de idēol0gía que quiere transformar al ser humano en lo que debería ser
Las raíces ocultas de la agenda de gènęrø: El plan maestro para una sociedad asêxû@da. Alejandro Kaiser
En la pintura, una vez más, nos vemos obligados a citar las grandes obras que aun permanecen y que nos siguen asombrando, de las cuales no siempre han quedado los nombres de sus autores, pero toda iglesia europea (cristiandad) de aquella época es testigo de lo que decimos. Sin embargo hay algunos nombres que permiten mostrar el “barbarismo” medieval
Jean Fouquet (Tours, Francia; h. 1420-Tours, h. 1481) es considerado uno de los grandes pintores del Renacimiento inicial y el renovador de la pintura francesa del siglo XV. Formado en la tradición francesa del gótico internacional, desarrolló un nuevo estilo, integrando las fuertes tonalidades cromáticas del gótico con la perspectiva y los volúmenes italianos, así como la innovación naturalista de los flamencos. Sus obras maestras son el Díptico de Melun y las miniaturas del Libro de horas de Étienne Chevalier.
Detalle de la Virgen del Díptico de Melun. Museo de Bellas Artes, Amberes.
Pedro era el pordiosero más pobre de la aldea. Cada noche dormía en el zaguán de una casa diferente, frente a la plaza central del pueblo.
Cada día se recostaba debajo de un árbol distinto, con la mano extendida y la mirada perdida en sus pensamientos. Cada tarde comía de la limosna o de los mendrugos que alguna persona caritativa le acercaba.
Sin embargo, a pesar de su aspecto y de la forma de pasar sus días, Pedro era considerado por todos, el hombre más sabio del pueblo, quizás no tanto por su inteligencia, sino por todo aquello que había vivido.
Una mañana soleada, el rey en persona apareció en la plaza. Rodeado de guardias, caminaba entre los puestos de frutas y baratijas buscando nada en concreto.
Riéndose de los mercaderes y de los compradores, casi tropezó con Pedro, que dormitaba a la sombra de una encina. Alguien le contó que estaba frente al más pobre de sus súbditos, pero también frente a uno de los hombres más respetados por su sabiduría.
El rey, divertido, se acercó al mendigo y le dijo: “Si me contestas una pregunta te doy esta moneda de oro.” Pedro lo miró, casi despectivamente, y le dijo:
“Puede quedarse vos con su moneda, ¿para qué la querría yo? ¿Cuál es su pregunta?”
Y el rey se sintió desafiado por la respuesta y en lugar de una pregunta banal, se despachó con una cuestión que hacía días lo angustiaba y que no podía resolver. Un problema de bienes y recursos que sus consejeros no habían podido solucionar.
La respuesta de Pedro fue justa y creativa. El rey se sorprendió; dejó su moneda a los pies del mendigo y siguió su camino por el mercado, meditando sobre lo sucedido.
Al día siguiente el rey volvió a aparecer en el mercado. Ya no paseaba entre los mercaderes, fue directo a donde Pedro descansaba, esta vez bajo un olivar. Otra vez el rey hizo una pregunta y otra vez Pedro la respondió rápida y sabiamente. El soberano volvió a sorprenderse de tanta lucidez. Con humildad se quitó las sandalias y se sentó en el suelo frente a Pedro.
“Pedro, te necesito,” le dijo. “Estoy agobiado por las decisiones que como rey debo tomar. No quiero perjudicar a mi pueblo y tampoco ser un mal soberano. Te pido que vengas al palacio y seas mi asesor. Te prometo que no te faltará nada, que serás respetado y que podrás partir cuando quieras… por favor.”
Por compasión, por servicio o por sorpresa, el caso es que Pedro, después de pensar unos minutos, aceptó la propuesta del rey.
Esa misma tarde llegó Pedro al palacio, en donde inmediatamente le fue asignado un lujoso cuarto a escasos doscientos metros de la alcoba real. En la habitación, una tina de esencias y con agua tibia lo esperaba.
Durante las siguientes semanas, las consultas del rey se hicieron habituales. Todos los días, a la mañana y a la tarde, el monarca mandaba llamar a su nuevo asesor para consultarle sobre los problemas del reino, sobre su propia vida o sobre sus dudas espirituales. Pedro siempre contestaba con claridad y precisión.
El recién llegado se transformó en el interlocutor favorito del rey. A los tres meses de su estancia ya no había medida, decisión o fallo que el monarca no consultara con su preciado asesor.
Obviamente esto desencadenó los celos de todos los cortesanos que veían en el mendigo-consultor una amenaza para su propia influencia y un perjuicio para sus intereses materiales.
Un día todos los demás asesores pidieron audiencia con el rey. Muy circunspectos y con gravedad le dijeron.
“Tu amigo Pedro, como tú le llamas, está conspirando para derrocarte.”
“No puede ser” dijo el rey. “No lo creo.”
“Puedes confirmarlo con tus propios ojos,” dijeron todos. “Cada tarde a eso de las cinco, Pedro se escabulle del palacio hasta el ala Sur y en un cuarto oculto se reune a escondidas, no sabemos con quién. Le hemos preguntado a dónde iba alguna de esas tardes y ha contestado con evasivas. Esa actitud terminó de alertarnos sobre su conspiración.”
El rey se sintió defraudado y dolido. Debía confirmar esas versiones.
Esa tarde a las cinco, aguardaba oculto en el recodo de una escalera. Desde allí vio cómo, en efecto, Pedro llegaba a la puerta, miraba hacia los lados y con la llave que colgaba de su cuello abría la puerta de madera y se escabullía sigilosamente dentro del cuarto.
“¿Lo vísteis?” gritaron los cortesanos, “lo vísteis?”
Seguido de su guardia personal el monarca golpeó la puerta.
“¿Quién es?” dijo Pedro desde adentro.
“Soy yo, el rey,” dijo el soberano. “Ábreme la puerta.” Pedro abrió la puerta.
No había nadie allí, salvo Pedro.
Ninguna puerta, o ventana, ninguna puerta secreta, ningún mueble que permitiera ocultar a alguien.
Sólo había en el suelo un plato de madera desgastado; en un rincón una vara de caminante y un crucifijo; en el centro del cuarto, una túnica raída colgando de un gancho del techo.
“¿Estás conspirando contra mí, Pedro?” preguntó el rey.
“¿Cómo se le ocurre, majestad?” contesto Pedro. “De ninguna forma, ¿por qué lo haría?”
“Pero vienes aqui cada tarde en secreto. ¿Qué es lo que buscas si no te ves con nadie? ¿Para qué vienes a este cuchitril a escondidas?”
Pedro sonrió y se acercó a la túnica raída que pendía del techo. La acarició y le dijo al rey:
“Hace sólo seis meses cuando llegué, lo único que tenía era esta túnica, este plato y esta vara de madera” dijo Pedro. “Ahora me siento tan cómodo en la ropa que visto, es tan confortable la cama en la que duermo, es tan halagador el respeto que vos me dáis y tan fascinante el poder que regala mi lugar a vuestro lado… que vengo cada día para estar seguro de no olvidarme de dónde vine y quién soy, y vengo a agradecérselo al Señor.”
Evangelio según san Mateo, 5: 38- 42 «Habéis oído que fue dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Mas yo os digo que no resistáis al mal: antes, si alguno te hiriere en la mejilla derecha, preséntale también la otra; y a aquel que quiera ponerte pleito y tomarte la túnica, déjale también la capa; y al que te precisare a ir cargado mil pasos, ve con él dos mil más: da al que te pidiere; y al que quiera pedirte prestado, no le vuelvas la espalda». (vv. 38- 42)
¿Quién, estando cuerdo, dice a los reyes: «No os importa que uno quiera ser religioso o sacrílego»? ¿Puede decírseles también: «No os importa que en vuestro reino sea uno púdico o impúdico»? Mucho mejor es enseñar a los hombres a adorar a Dios, que obligarlos con la pena.
No obstante, a muchos aprovechó (lo que probamos por la experiencia), sufrir primero el dolor y el temor para después enseñar a otros, o lo que es lo mismo, que practicaran lo que ya habían aprendido por las palabras. Así como son mejores aquellos a quienes mueve el amor, así hay muchos a quienes corrige el temor. Aprendan en el Apóstol San Pablo que Jesucristo primero padeció y después enseñó
Atiende, Señor, a las súplicas que te presentamos en la solemnidad del bienaventurado confesor Nicolás, para que los que desconfiamos de nuestra propia justicia, seamos auxiliados por las preces de aquel que consiguió agradarte
San Lucas 12:32-34 «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. «Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla corroe; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
Evangelio según san Mateo, 5: 38- 42 «Habéis oído que fue dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Mas yo os digo que no resistáis al mal: antes, si alguno te hiriere en la mejilla derecha, preséntale también la otra; y a aquel que quiera ponerte pleito y tomarte la túnica, déjale también la capa; y al que te precisare a ir cargado mil pasos, ve con él dos mil más: da al que te pidiere; y al que quiera pedirte prestado, no le vuelvas la espalda». (vv. 38- 42)
De aquí que el Señor enseña que mejor debe sufrirse la debilidad de otro, que calmar la propia con el castigo ajeno. Sin embargo, aquí no se prohíbe aquella conducta que puede aprovechar para corregir a otros todo, ella pertenece a la caridad, y no impide aquel propósito en que cada uno está preparado para recibir muchas cosas de aquel a quien quiere corregir. Se requiere, sin embargo, que a aquel que castigue, se le haya concedido poder en el orden de las cosas, y que castigue sólo en aquella forma con que un padre castiga a un hijo pequeño, a quien no puede aborrecer.
Algunos hombres santos han castigado algunas veces con la muerte ciertos pecados, con el objeto de que sirviese de escarmiento a los que viven y sirviese de castigo a aquellos a quienes imponían la pena de muerte. No para que la misma muerte les dañase, sino para que no creciese el pecado si vivían. De aquí es que Elías mató a muchos, de quien habiendo aprendido sus discípulos, el Señor reprendió en ellos, no el ejemplo del profeta sino la ignorancia en el modo de castigar, advirtiendo que ellos no deseaban el castigo por el deseo de corregir, sino por el odio. Pero después que les enseñó a amar al prójimo, infundiéndoles el Espíritu Santo, no faltaron tales venganzas. Con las palabras de San Pedro, Ananías y su mujer cayeron sin sentido ( Hch 5), y San Pablo Apóstol entregó un hombre a Satanás para perdición de la carne ( 1Cor 5 ). Y por esto ciertos hombres, ignorando con qué fin lo hicieron, se levantan contra las venganzas corporales que se encuentran en el Antiguo Testamento
En la pintura, una vez más, nos vemos obligados a citar las grandes obras que aun permanecen y que nos siguen asombrando, de las cuales no siempre han quedado los nombres de sus autores, pero toda iglesia europea (cristiandad) de aquella época es testigo de lo que decimos. Sin embargo hay algunos nombres que permiten mostrar el “barbarismo” medieval
Jaume Ferrer Bassa (Las Guñolas-Avinyonet del Penedés c. 1285 – Barcelona, 1348) fue un pintor y miniaturista de la Corona de Aragón, donde trabajó intensamente para la corte de los reyes Alfonso IV y Pedro el Ceremonioso.
Tres mujeres en la tumba, Monasterio de Pedralbes, Barcelona.