En música, aun hoy podemos deleitarnos con los himnos en canto llano y gregoriano–que hoy apasionan a varios músicos modernos– que siguen siendo un testimonio perenne de la música compuesta para mayor gloria de Dios. Pero no solo se cantaba a Dios o sobre Dios; en aquella época la música se daba tanto en el ámbito profano como en el religioso siendo incluso un vehículo para la transmisión de la cultura (solo el Cantar del Mío Cid es testimonio de ello). La música era como el río en el cual navegaban los conocimientos populares. Era en ella donde los trovadores narraban los sucesos acaecidos con gracia y armonía. Se creaban notas, melodías y hasta instrumentos propios (hoy todavía se usa el arpa, las flautas, el laúd, el órgano, la viola de rueda y de gamba, la cornamusa, etc.); ni qué decir de los eximios compositores medievales a los que hoy podemos oír gracias a sus partituras
https://youtu.be/Y51EmZT6hU8
Cornelia Pieper
Quien combate al hombre, combate también a la mujer No solo se está criando un nuevo género oprimido, sino también una mujer arrogante y engreída que se considera a sí misma como grandiosa, pero a los hombres como al último mono. ¿Se le ayuda a la mujer con esto? Porque como los géneros están relacionados dialécticamente entre sí, quien destruye al hombre, por supuesto también destruye a la mujer. El que pisotea al hombre también pisotea a la mujer; el que combate al hombre también combate a la mujer. Quien destruye un género, en realidad destruye a ambos:
Este es el verdadero secreto del programa de reeducación llamado «emancipación», y nuestros «liberadores femeninos» profesionales lo han pasado por alto, lamentablemente. Lo cual es también la razón por la que en realidad los «liberadores de las mujeres» son los peores misóginos, y no los hombres. Las consecuencias saltan a la vista: como a los géneros se les permite vivir cada vez menos de acuerdo con sus necesidades naturales, los hombres degeneran en nenas con moño y las mujeres en furias obsesionadas con la carrera profesional que ya no tienen tiempo para la familia y los hijos y consideran a sus maridos, al menos en secreto, como la última de las basuras. Las consecuencias son una sociedad destruida y vidas destruidas, tanto de hombres como de mujeres.
La basura de la evolución ¿Quiere un ejemplo? Cornelia Pieper fue «una de las mujeres fuertes de la junta directiva del partido liberal FDP bajo el mandato de Guido Westerwelle» y una «campeona de la emancipación», según elogió en su día Bunte. Pero para Pieper, los hombres eran algo así como la basura de la evolución: No se puede «reeducar» al hombre, la citó Bunte: «Mientras la mujer está en constante desarrollo y hoy reúne en sí misma todos los rasgos y roles, masculinos y femeninos, y puede realizarse en todos los ámbitos, el hombre se quedó en su etapa de desarrollo. Como medio ser. […] Sigue siendo solo masculino y se cierra a las cualidades femeninas como la tolerancia, la sensibilidad, la emotividad. En otras palabras, está—en sentido estricto— inacabado y ha sido «superado» por la evolución y el espíritu del género femenino. Lo cual es, por supuesto, una tontería sin fundamento, porque la evolución funciona mucho más lentamente que las campañas de emancipación de la corrección política.
Bunte, 31 z00/, cilado segun delcnmonie. Die Genderung der Welt

¿El evangelio de San Juan no es histórico?
El Evangelio de Juan simple y llanamente no puede ser considerado como un documento histórico pues se trata de un escrito claramente apologético (cfr. Juan 20: 31) que, además, presenta varios énfasis y agregados teológicos que no constan en los tres primeros Evangelios. Luego, no se prueba la conclusión de la primera vía. Respuesta: Este tipo de objeción, si bien no es universal, es bastante común en el contexto académico actual. Básicamente se afirma que, dado que el Evangelio de Juan tiene un marcado y explícito carácter teológico, debe ser descartado de plano como fuente histórica por cualquier investigador serio. Así, citando el texto de Juan 20: 31 (“ Pero estas cosas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios…”), se aduce que la intención apologética del libro invalida desde ya su carácter histórico.
Pues bien, a esta primera parte de la objeción se puede responder lo siguiente: Primero, que constituye una falacia de falso dilema el plantear que lo teológico y lo histórico son necesariamente incompatibles a menos que uno parta desde ya del presupuesto de que lo teológico nunca puede ser histórico, con lo cual estaría cayendo en una falacia de petición de principio pues se estaría descartando el Evangelio no por criterios históricos sino por prejuicios filosóficos. Segundo, que existen muy atendibles razones históricas que pueden explicar coherentemente por qué el Evangelio de Juan es “más teológico”. Al ser el último de los Evangelios y constando ya en los anteriores los principales hechos en torno a la actividad pública de Jesús era perfectamente razonable que el autor, en lugar de repetir lo mismo, se centrara en la identidad misma de Jesús, sus discursos privados a los discípulos y los significados teológicos implicados en ello. Esto no es para nada una hipótesis ad hoc inventada a último momento para “salvar” al Evangelio de Juan sino que se trata de una interpretación plenamente validada por una fuente externa temprana como es el testimonio de Clemente de Alejandría, padre de la Iglesia que vivió entre finales del siglo II e inicios del siglo III, quien escribe: “Juan, el último de todos, viendo que los hechos externos ya habían sido expuesto con claridad en los Evangelios y a solicitud de sus discípulos compuso un Evangelio espiritual bajo la inspiración divina del Espíritu”).
De este modo, el énfasis teológico del Evangelio de Juan, más que contradecir, parece ser plenamente consistente con nuestro caso general de fiabilidad histórica del Nuevo Testamento. Tercero, que dado lo anterior se explican gran parte de las “discrepancias” entre Juan y los sinópticos que han pretendido capitalizar los críticos para restarle credibilidad. Y es que, como dijimos, al parecer el autor no está primariamente interesado en llevar un registro cronológico de la actividad pública de Jesús sino que se centra en aquellos eventos o palabras que puedan llevarnos a dilucidar mejor la cuestión de su identidad y el significado trascedente de su ministerio. De este modo, relata eventos que no constan en los sinópticos como el milagro en las bodas de Caná (cfr. Juan 2: 1- 11) o la resurrección de Lázaro (cfr. Juan 11: 1- 44) y desarrolla mucho más detalladamente los discursos privados de Jesús a sus apóstoles (cfr. Juan 14- 17). Esto de ningún modo niega o contradice la historicidad de lo relatado en los otros Evangelios por cuanto este claramente termina diciendo que: “Jesús hizo muchas otras cosas; tantas que, si se escribieran una por una, no cabrían en el mundo los libros que podrían escribirse” (Juan 21: 25). Cuarto, que, contradiciendo el prejuicio de varios académicos, el Evangelio de Juan cumple consistentemente con las características de un buen método historiográfico conforme a los estándares aplicados al antiguo mundo greco- romano. En efecto, como bien ha señalado Bauckham (37), el autor del Evangelio no solo ha sido testigo directo de los eventos narrados (cfr. Juan 19: 35) y está a la par con los sinópticos respecto de la cantidad de lugares explícitamente consignados (Mateo = 35, Marcos = 30, Lucas = 30, Juan = 31) sino que incluso menciona con nombre una mayor cantidad de lugares que aparecen solo en su Evangelio (Mateo = 8, Marcos = 2, Lucas = 5, Juan = 17) y es mucho más detallado en referir el contexto cronológico de los eventos (cfr. Juan 2: 13, 6: 4, 7: 2, 10: 22, 13: 1). Asimismo, el Evangelio de Juan consigna más extensamente los discursos de Jesús siendo natural que se centre en aquellos aspectos con más significancia teológica desde que incluso en el extraordinario caso de que se contara con una transcripción completa de los mismos, solo debería presentar los dichos más relevantes a ese respecto para no hacer innecesariamente largo el documento
Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, Lib. VI, cap. 14
Oración
Que las palabras del Evangelio borren nuestros pecados. Amén
Evangelio
San Lucas 19:41-47
Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos Porque vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita.» Entró en el Templo y comenzó a echar fuera a los que vendían, diciéndoles: «Está escrito: Mi Casa será Casa de oración. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!» Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle,
Palabra del Señor

San Agustín
San Agustín Escéptico, lujurioso, soberbio… así era Agustín -luego San Agustín- antes de encontrar a Dios… o mejor dicho, antes de que Dios lo encontrara a él. Aurelio Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, al norte de África. Su padre, Patricio, no era nada religioso. En cambio su madre Mónica (hoy Santa Mónica) era todo un ejemplo de piedad. Madre amorosa y abnegada, le enseñó desde pequeño a su hijo los principios básicos de la religión cristiana. “Todavía siendo niño había yo oído hablar de la Vida Eterna que nos tienes prometida por tu Hijo nuestro Señor, cuya humildad descendió hasta nuestra soberbia”, escribía Agustín en su bellísimo libro autobiográfico Confesiones.. Sin embargo, apenas llegado a la adolescencia se alejó del camino del Cristianismo y comenzó a llevar una vida desordenada y mundana. “En el decimosexto año de mi vida (…) se formó en mi cabeza un matorral de concupiscencias que nadie podía arrancar”.
Impulsado por los malos amigos fue cayendo en cada vez más y más pecados (en especial de impureza): “Iba desbocado, con una ceguera tal, que no podía soportar que me superaran en malas acciones aquellos compañeros que se jactaban de sus fechorías tanto más cuanto peores eran” (3). Su madre sufría terriblemente al ver todo esto y trató de corregir a su hijo, pero este se alejaba cada vez de ella. Años más tarde Agustín se llamará a sí mismo “el hijo de las lágrimas de mi madre”. “Mi madre (…) lloró por mí más de lo que suelen todas las madres llorar los funerales corpóreos de sus hijos. Ella lloraba por mi muerte espiritual” (4). Dotado de una extraordinaria inteligencia, Agustín se interesará especialmente por la literatura clásica griega. A su vez, poseedor de una gran elocuencia, se destacará en las ramas de la poesía y la retórica. Los halagos y fama no tardaron en llegar así como su soberbia no tardó en crecer.
A los diecinueve años leyó el Hortensius de Cicerón. Tal fue el impacto de esta obra en el espíritu de Agustín que hizo que decidiera dedicarse de lleno a la filosofía. Lamentablemente ello (en un inicio) terminó alejándolo más de Dios. “Tú, Dios mío, me habías dado un entendimiento vivaz y agudo para discutir; pero siendo dones tuyos no los usaba yo para tu alabanza. Por eso mis conocimientos me resultaban más que útiles, perniciosos”.. En su incansable y apasionada búsqueda de la verdad, Agustín pasa de una escuela filosófica a otra sin encontrar una respuesta satisfactoria a sus inquietudes. Finalmente abraza el maniqueísmo creyendo que en este sistema encontraría un modelo según el cual podría orientar su vida. Varios años siguió esta doctrina, pero (principalmente por causa de sus estudios de filosofía) comenzó a tener dudas.
No pudiendo responder a sus dudas, los maniqueos le dijeron que esperara al obispo Fausto, quien las resolvería todas sin problemas. Así, escribe, “durante esos nueve años bien corridos en que con inmenso deseo de verdad pero con ánimo vagabundo escuché a los maniqueos, estuve esperando la llegada del dicho Fausto. Porque los otros maniqueos con que dada la ocasión me encontraba y no eran capaces de responder a mis objeciones, me prometían siempre que cuando él llegara, con su sola conversación les daría el mate a mis objeciones y aun a otras más serias que yo pudiera tener”.
Sin embargo, llegado Fausto, todo fue una gran decepción: “Cuando Fausto por fin llegó me encontré con un hombre muy agradable y de fácil palabra; pero decía lo que todos los demás solo que con mayor elegancia. (…) Los que tanto me lo habían ponderado no tenían buen criterio: les parecía sabio y prudente solo porque tenía el arte del buen decir” (6). ¿Aceptaría entonces Agustín la verdad? No. “No hay verdad” se dijo en su corazón y se volvió escéptico. “Entonces, dudando de todo (…) y fluctuando entre nubes de incertidumbre decidí que mientras durara mi dubitación, no podía seguir ya de cierto con los maniqueos. Pero también a los filósofos me negaba yo a confiarles la salud de mi alma”
Mas “no podía perderse el hijo de tantas lágrimas”. Y Dios no iba a dejarlo solo… Lo envió hasta un ángel: Ambrosio (ahora San Ambrosio), obispo de Milán. ¿El anzuelo? Pues su pasión por la retórica (sí, señores, Dios sabe nuestros gustos). Ambrosio era uno de los mejores oradores de todo el orbe. Agustín comenzó entonces a asistir a sus prédicas… sin sospechar nada acerca de la trampa que le tenía preparada Dios a su escepticismo… “Me quedaba todavía una frívola desesperación al pensar que el camino hacia Ti está cerrado al hombre; y en esta disposición de ánimo no me preocupaba por aprender lo que él (Ambrosio) decía y solo me fijaba en el modo cómo lo decía. Y sin embargo, llegaban a mi alma, envueltas en las bellas palabras que apreciaba las grandes verdades que despreciaba, y no podía yo disociarlas. Y mientras abría mi corazón para apreciar lo bien que enseñaba las cosas, me iba percatando muy poco a poco de cuán verdaderas eran las cosas que enseñaba. Gradualmente fui derivando a pensar que tales cosas eran aceptables. Respecto a la fe católica pensaba antes que no era posible defenderla de las objeciones de los maniqueos; pero entonces creía que podía aceptarse sin imprudencia, máxime cuando tras haber oído las explicaciones de Ambrosio una vez y otra y muchas más, me encontraba con que él resolvía satisfactoriamente algunos enigmas del Antiguo Testamento entendidos por mí hasta entonces de una manera estrictamente literal que había matado mi espíritu” (9). Sin embargo, Agustín no se entregaba del todo a la fe. “Por miedo a precipitarme en algún yerro, suspendía yo mi asentimiento, sin darme cuenta de que tal suspensión me estaba matando”.. Pero ese no era el único motivo (y ni siquiera el principal). Agustín todavía seguía hundido “en la ciénaga de los placeres carnales” y sabía muy bien que si se hacía creyente no solo tendría que cambiar su modo de pensar sino también su modo de vivir. Pero Dios no se iba a rendir. Ya encontraría la forma de atraerlo. Fue justamente en aquella época que estalló la crisis decisiva previa a la conversión de Agustín. Habiendo sido un día visitado en su casa por un cristiano llamado Ponticiano, este le contó la historia del monje egipcio Antonio, quien había abandonado el mundo para consagrarse a Dios. Tremendamente consternado al darse cuenta de cómo contrastaba esto con su modo de vida se reprochó muy duramente su tibieza y cobardía diciendo a su compañero Alipio: “¿ Por qué tenemos que aguantar todo esto? ¿Te das cuenta cabal de lo que hemos oído? ¡Mira cómo los indoctos se levantan y arrebatan el reino de los cielos mientras nosotros, llenos de saber pero sin corazón, nos estamos revolcando en la carne y en la sangre! ¿No queremos seguirlos nada más porque nos han tomado la delantera? ¿Y no es mayor vergüenza si ni siquiera intentamos seguirlos?”.
No pudiendo más con el peso que llevaba dentro de sí mismo se retiró al jardín y tendido bajo una higuera se echó a llorar. Allí se llevó a cabo en su alma la lucha final entre el pecado y la gracia: “Así iba yo, enfermo y atormentado y haciéndome acusaciones más acerbas que nunca y volviéndome y revolviéndome en mi cautiverio mientras no acababa de romperse el lazo que aún me retenía, delgado ya pero todavía persistente. Y entre tanto tú, Señor, con severa misericordia seguías haciendo presión en lo más hondo de mi alma” (12). Pero no podía decidirse. “¿ Cuándo, cuándo acabaré de decidirme? ¿Lo voy a dejar siempre para mañana? ¿Por qué no dar fin ahora mismo a la torpeza de mi vida?”, se increpaba. Y fue ahí donde vino el golpe final de la gracia: “Mientras tanto se oyó una voz, de niño o niña, que desde la casa vecina repetía cantando: Toma y lee, toma y lee. Al punto mudó mi ánimo y comencé a preguntarme con fija atención si había oído alguna vez cantar a los niños una letrilla semejante. (…) Volví entonces apresuradamente al lugar en que estaba sentado Alipio, pues allí había dejado el libro del apóstol. Lo tomé, lo abrí y leí en silencio el capítulo en que habían caído mis ojos.
Decía: ‘No andéis en comilonas ni borracheras; no en las recámaras y en la impudicia, ni en contiendas y envidias; sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no os dejéis llevar por las concupiscencias de la carne’ (Romanos 13: 13- 14). No quise leer más, ni era necesario. Porque al terminar de leer la última sentencia una luz segurísima penetró en mi corazón disipando de golpe las tinieblas de mi dubitación” (13). Así fue como Dios lo atrapó. Agustín fue bautizado como el 23 de abril del 387, a los treinta y tres años, por el santo obispo Ambrosio. Las lágrimas de su madre habían triunfado. El 391 fue consagrado sacerdote y el 395, obispo. Considerado el más grande de los Padres de la Iglesia escribió infinidad de libros apologéticos y polémicos entre los que destacan De Trinitate, De Vera Religione, De Civitate Dei, De Doctrina Christiana, De Gratia et Libero Arbitrio, Contra Académicos, Contra Juliano, entre otros. “Nos creaste para Ti, Señor, y nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que no descanse en Ti”. Estas palabras con que se inician las Confesiones (14) resumen perfectamente el itinerario de San Agustín. Buscó la felicidad en la riqueza, los placeres y los honores… pero no la encontró. Su corazón había sido hecho para Dios y a Él volvería.
San Agustín, Confesiones

Religando (y Construyendo) el Orden Social
Tocqueville reconocerá en la filosofía del siglo XVIII una de las más importantes causas de la Revolución. Rousseau y Voltaire, después de todo, serán venerados en el Panteón casi como semidioses, y a ellos se les dedicarán ceremonias que parecían verdaderas liturgias. El carácter religioso que va tomando la revolución inquieta a Tocqueville: «La Revolución Francesa es pues una revolución política que ha procedido a la manera, y tomado el aspecto en cierto modo, de una revolución religiosa». Así, «no sólo se expande, como ellas, a lo lejos, sino que, como ellas, penetra mediante la predicación y la propaganda».
A ello hay que sumar sus pretensiones de universalidad, sus visos de salvación, sus dimensiones mesiánicas y su apelación al «hombre» en abstracto, muy característico del pensamiento religioso. Lo que a Tocqueville sorprende, traducido a la terminología que aquí propongo, es la gran batalla cultural que ha visto Francia. La «predicación y la propaganda» no parecían ser actividades políticas hasta entonces, sino religiosas. Pero ahora que la religión ha sido desplazada, es la política la que asume las funciones culturales que se vehiculizan a través de la predicación y la propaganda, adquiriendo a menudo, paradójicamente, estilos religiosos. Eric Voegelin las denominará más tarde «religiones intramundanas».
Así, prosigue Tocqueville denunciando que la Revolución «se ha convertido en una especie de religión nueva; religión imperfecta, cierto, sin Dios, sin culto y sin una vida en el más allá, pero que, par al islamismo, ha inundado la tierra toda con sus soldados, sus apóstoles y sus mártires».217 Aquí no hay un ápice de exageración. Un escritor jacobino se preguntaba por entonces: «¿Cómo se instauró la religión cristiana? A través de la predicación del Evangelio por los apóstoles. ¿Cómo podemos instaurar nosotros firmemente la Constitución? A través de los apóstoles de la libertad y la igualdad».218 La cultura, desligada de lo religioso, se volvía así un campo diferenciado de intervención signada por el conflicto, en lo que sería una disputa por imponer significados que voltean una mirada mimética hacia las formas de la religión y beben de ellas.
Alexis de Tocqueville, El antiguo régimen y la revolución (Madrid: Istmo, 2004),
Eric Voegelin, Las religiones políticas (Madrid: Editorial Trotta, 2014), p. 32.
Tocqueville, El antiguo régimen y la revolución, p. 65. 218. Michel Vovelle, The Revolution against the Church. From Reason to the Supreme Being (Columbus: (Ohio), 1991), p. 80. Citado en Michael Burleigh, Poder terrenal. Religión y política en Europa (España: Taurus, 2005), p. 87.
Sello jacobinos en época de la República
Los jacobinos (en francés, jacobins) eran los miembros del grupo político de la Revolución francesa llamado Club de los Jacobinos, cuya sede se encontraba en París
Ideología: Republicanismo, Radicalismo, Centralismo, Laicismo, Anticlericalismo, Soberanismo

El repudio
Evangelio según san Mateo, 5: 31- 32 «También fue dicho: Cualquiera que repudiare su mujer, déle carta de repudio. Mas yo os digo que el que repudiare a su mujer, a no ser por causa de fornicación, la hace ser adúltera. Y el que tomare la repudiada, adultera». (vv. 31-
Había enseñado el Señor antes, que no debe desearse la mujer del prójimo. Ahora enseña, como consecuencia, que no debe dejarse la propia, diciendo: «También fue dicho a los antiguos: cualquiera que repudiase a su mujer, déle carta de repudio»
Glosa

En el obscuro Medievo
En música, aun hoy podemos deleitarnos con los himnos en canto llano y gregoriano–que hoy apasionan a varios músicos modernos– que siguen siendo un testimonio perenne de la música compuesta para mayor gloria de Dios. Pero no solo se cantaba a Dios o sobre Dios; en aquella época la música se daba tanto en el ámbito profano como en el religioso siendo incluso un vehículo para la transmisión de la cultura (solo el Cantar del Mío Cid es testimonio de ello). La música era como el río en el cual navegaban los conocimientos populares. Era en ella donde los trovadores narraban los sucesos acaecidos con gracia y armonía. Se creaban notas, melodías y hasta instrumentos propios (hoy todavía se usa el arpa, las flautas, el laúd, el órgano, la viola de rueda y de gamba, la cornamusa, etc.); ni qué decir de los eximios compositores medievales a los que hoy podemos oír gracias a sus partituras
Misa de notre dame
Desmasculinizados, desfeminizados, deshumanizados
No es broma: estos conjuntos feminizados para el hombre actual se presentaron en la Semana de la Moda de Nueva York 2017 como una tendencia de moda contemporánea y de buen gusto. La disolución de las identidades de género se ha apoderado firmemente de la cultura y la moda. ¿A dónde se supone que lleva todo esto? «La hostilidad hacia los hombres, que se ha hecho cada vez más patente en las últimas décadas», cita Hoffmann a los científicos sociales, «es minimizada o incluso justificada por los responsables:
Los hombres son inferiores, y hay que dejar que sean retratados en consecuencia. Los autores comparan esta actitud con la hostilidad del cristianismo hacia los judíos en siglos anteriores. Los líderes cristianos nunca llamaron al asesinato de los judíos, pero crearon un clima de rechazo que hizo posible tales actos para otros». ¿Así que un día los hombres serán encerrados y asesinados? Claro que sí. Al fin y al cabo, solo hay que pensar en la agitación cotidiana contra los hombres.
El yo masculino ya está siendo asesinado todos los días, al igual que el yo femenino: en los jardines de infancia, donde se reeduca a los niños para que jueguen con muñecas; en las escuelas, donde se favorece a las niñas y se perjudica a los niños; en las ramas de la industria, que casi exclusivamente solicitan aprendices femeninas; en los medios de comunicación, donde se presenta sistemáticamente a los hombres como inferiores. En otras palabras: La sociedad está siendo desmasculinizada, desfeminizada y, por tanto, en última instancia, deshumanizada cada día
Las raíces ocultas de la agenda de gènęrø: El plan maestro para una sociedad asêxû@da. Alejandro Kaiser
