San Mateo 24:3-13 Estando luego sentado en el monte de los Olivos, se acercaron a él en privado sus discípulos, y le dijeron: «Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será el signo de tu venida y del fin del mundo.» Jesús les respondió: «Mirad que no os engañe nadie. Porque vendrán muchos en mi nombre diciendo: `Yo soy el Cristo’, y engañarán a muchos. Oiréis también hablar de guerras y rumores de guerras. ¡Cuidado, no os alarméis! Porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. Pues se levantará nación contra nación y reino contra reino, y habrá en diversos lugares hambre y terremotos. Todo esto será el comienzo de los dolores de alumbramiento. «Entonces os entregarán a la tortura y os matarán, y seréis odiados de todas las naciones por causa de mi nombre Muchos se escandalizarán entonces y se traicionarán y odiarán mutuamente Surgirán muchos falsos profetas, que engañarán a muchos. Y al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de muchos se enfriará. Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará.
Premio Nobel de Literatura, agnóstico, existencialista… Albert Camus siempre luchó por alcanzar la fe. Y bien se puede decir que fue un hombre de fe pues solo alguien con verdadera fe podría luchar tan incansablemente por obtenerla…
Albert Camus nació en Mondovi (Argelia), el 7 de noviembre de 1913. El padre de Camus era un agricultor, que murió al año siguiente de nacer él. Se cría por lo tanto con su madre. Aunque era analfabeta y prácticamente sorda, ella trabajaba hasta la extenuación para mantener a sus dos hijos. Camus no tuvo en su niñez una educación religiosa. “La religión no ocupaba lugar en la familia”, diría en su obra póstuma, El Primer Hombre (1994). La madre nunca hablaba de Dios. “Esa palabra -continúa- jamás la he oído pronunciar durante mi infancia, y a mí mismo me traía sin cuidado”. Para él, “se era católico como se es francés, y ello obliga a un cierto número de ritos, a decir verdad, exactamente cuatro: el bautismo, la primera comunión, el matrimonio y los últimos sacramentos”. Y “entre esas ceremonias, forzosamente muy espaciadas, uno se ocupaba de otras cosas, y ante todo, de sobrevivir”. De ahí que años más tarde, en una conocida conferencia dada a los dominicos en 1947, Camus diga: “No es que afirme que la verdad cristiana es ilusoria, sino que ni siquiera he podido ingresar en ella”.
Pero Camus era un buscador. Como sus admirados Agustín y Pascal, tenía un corazón inquieto que no se contentaba con respuestas fáciles a las cuestiones fundamentales de la vida humana, pero que estaba abierto al milagro de la gracia. Desilusionado y exhausto tras el divorcio con su mujer -con la que se había casado a los 21 años, sin que fuera realmente correspondido por ella- y el abandono del Partido Comunista -en el que había constatado la incoherencia entre el ideal y la práctica política-, Camus espera encontrar un sentido para su vida. De este modo, la cuestión del sentido se convirtió en la cuestión de Camus, a tal punto que lo lleva en 1942 a afirmar: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. La cuestión de si vale o no la pena vivir es la pregunta fundamental de la filosofía”). No le faltaba cierta razón. Camus era un pensador respetable, no un agnóstico que trivializara el problema del sentido de la vida. Reconocía honradamente que la filosofía del absurdo y el sinsentido era impracticable, e incluso inimaginable. De ahí que en su famoso artículo “La Crisis del Hombre”, escriba: “Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si en ninguna parte se puede descubrir valor alguno, entonces todo está permitido y nada tiene importancia. Entonces no hay nada bueno ni malo, y Hitler no tenía razón ni sinrazón. Lo mismo da arrastrar al horno crematorio a millones de inocentes que consagrarse al cuidado de enfermos. A los muertos se les puede hacer honores o se les puede tratar como basura.
Todo tiene entonces el mismo valor”. Evidentemente la actitud de Camus era muy distinta a la de su compañero Sartre. Camus era ante todo humilde: anhelaba valores, sentido; en suma, buscaba a Dios. En cambio, Sartre era ante todo soberbio: quería él mismo crear valores y sentido; en suma, quería ser Dios. El agnosticismo de Camus era una premisa provisional; el ateísmo de Sartre era una premisa dogmática (26). En efecto, Camus nunca fue ateo. “A menudo leo que soy ateo”, dice Camus. “Oigo hablar de mi ateísmo, pero esas palabras no me dicen nada, no tienen sentido para mí”, escribe en 1954. Es más, cuando Camus publicó La Caída en 1956, muchos pensaron que el famoso filósofo existencialista estaba a punto de convertirse al Cristianismo e incluso se le vio aparecer varias veces en una iglesia protestante, en el edificio neo- gótico que había desde la Primera Guerra Mundial en pleno Quai d ´ Orsay. Fue ahí donde conoció al pastor metodista Howard Mumma, y es justamente gracias a Mumma que hoy conocemos que nuestro incansable buscador de sentido finalmente lo halló. Cuarenta años después de la muerte de Camus, el pastor nos revela varias de las conversaciones personales que mantuvo con él en París en su libro titulado El Existencialista Hastiado: Conversaciones con Albert Camus. En lo que sigue de esta “biografía” nos basaremos en dicho libro. Cuando Camus conoce al pastor Mumma, dice: “Durante mucho tiempo creí que el universo mismo era fuente de sentido, pero ahora he perdido toda confianza en su racionalidad. Mientras que siempre confié en el universo y en la humanidad en abstracto, la experiencia hizo que, en la práctica, empezara a perder fe en su sentido. Me he equivocado de una forma espantosa.
Soy un hombre desilusionado y exhausto. He perdido la fe, he perdido la esperanza. ¿Es algo extraordinario que yo a mi edad, esté buscando algo en lo que creer? Es imposible vivir una vida sin sentido”. El problema al que se enfrenta Camus una y otra vez en las conversaciones con el pastor, es la existencia del mal. Le era imposible reconciliar la idea de un Dios bueno y todopoderoso con la realidad del mal en el mundo. “Si hay un Dios, ¿por qué permite que tantos inocentes se retuerzan en agonía?”, le pregunta el filósofo. El pastor no le responde, pero simpatiza con su frustración y le confiesa su propia incapacidad para explicar el mundo. A pesar de no haber podido responder sus preguntas, Camus continuó yendo a la iglesia. Se sentaba al final con gafas de sol. Y a veces se iba antes de terminar el culto, sin saludar a la salida. Mumma empezó a preguntarse si le estaba evitando, hasta que un día volvió a aparecer con el coche delante de la iglesia. Le llevó a un pequeño restaurante de Montmartre. Al acabar la comida, sacó del bolsillo unos papeles con las notas que había tomado de los sermones. Uno a uno, empezó a preguntarle por las cosas que había dicho y la literalidad del relato bíblico.
Es ahí donde la mayor parte de los protestantes se sienten incómodos con el libro de Mumma. El pastor -que tenía una educación liberal, habiéndose familiarizado en la Universidad de Yale con la filosofía contemporánea- no cree en la historicidad estricta del relato bíblico del paraíso. Ve la historia de Adán y Eva como una parábola sobre el origen de la conciencia. Su visión de la Escritura es claramente neo- ortodoxa. La Biblia, dice, es “la Palabra”, pero “no las palabras de Dios”. Dado ello, no es extraño que en cierta ocasión Camus se mostrara interesado por el bautismo. Según el pastor, el escritor le dijo un día: “Estoy dispuesto, lo quiero”. Parece que la intención del filósofo era un bautismo privado. Sin embargo, Mumma le dice que si está de verdad dispuesto a confirmar su fe, vuelva a la iglesia el verano siguiente, cuando haya estudiado un poco más y esté más preparado. Cuando Mumma se propone regresar a Estados Unidos, Camus le pregunta si le puede llevar al aeropuerto. El pastor le propone que mejor se encuentren allí. Ya en el aeropuerto Camus le abraza y le mira detenidamente, antes de decirle: “Amigo mío, gracias… ¡voy a seguir luchando por alcanzar la fe!”. Esas fueron las últimas palabras de Camus a Mumma. Unos meses después, el 4 de enero de 1960, Camus está fuera de París con un billete de tren en el bolsillo cuando su amigo, el editor Michel Gallimard, le ofrece volver con él en el coche. Aunque era un auto deportivo, Gallimard no iba demasiado rápido.
La carretera que pasa por el pueblo de Villeblevin, cerca de Sens, es ancha y recta. El suelo no estaba mojado esa noche, pero el coche sin embargo se desvía, estrellándose contra un árbol, tras golpear otro. Gallimard queda herido, muriendo pocos días después. Camus sin embargo fallece inmediatamente. Tenía 46 años.
¿Qué habrá pasado con Camus entonces? Es imposible saberlo con certeza. Pero creemos que hay muy buenas razones para pensar que se salvó. Él mismo escribía en La Peste (1947): “Dios hace hoy en día a sus criaturas el don de ponerlas en una desgracia tal que les sea necesario encontrar y asumir la virtud más grande, la de decidir entre Todo o Nada”.
Y él se decidió por el Todo, no solo en el último momento, sino durante toda su vida, como el Sísifo de su obra nunca dejó de empujar la roca de la fe, no importa cuántas veces se le cayera. Por tanto, como él mismo decía, “hay que imaginarse a Sísifo feliz”.
Que Dios lo tenga en su gloria.
Albert Camus, El Mito de Sísifo, Ed. Versos Libres, La Habana, 2005, p. 5
Howard Mumma, El Existencialista Hastiado: Conversaciones con Albert Camus, Ed Vozdepapel, Madrid, 2005
Albert Camus, La Peste, Ed. Sudamericana, España, 1995, p. 155
Albert Camus, El Mito de Sísifo, Ed. Versos Libres, La Habana, 2005, p. 61
*Aunque a Sartre también le legó su hora. Él, que en su famosísima conferencia el Existencialismo es un humanismo (1946) había dicho que «no hay esencia humana, porque no hay Dios para concebirla», pocos días antes de su muerte -acaecida en París el 1 5 de abril de 1980- dijo en un diálogo con un marxista:
«No me percibo a mí mismo como producto del azar, como una mota de polvo en el uni verso, sino como alguien que ha sido esperado, preparado, prefigurado. En resumen, como un ser que solo un Creador pudo colocar aquí, y esta idea de una mano creadora hace referencia a Dios».
Estas palabras fueron recogidas en Le Nouvel Observateur. Simone de Beauvoir, la compañera de Sartre, quedó alucinada. «Todos mis amigos -declaró-, todos los sartreanos, todo el equipo editorial me apoyan en mi consternación». Y no era para menos. El máximo representante del humanismo existencialista, aquel que había dicho «el existencialismo ateo que yo defiendo es el más coherente» ahora creía en Dios (Cfr. Norman Geisler, The Intellectuals Speak Out About God, Chicago, 1984).
«Juro que nunca tendré otro templo fuera del de la razón, otros altares que los de la Patria, otros sacerdotes que nuestros legisladores, otro culto que el de la libertad, la igualdad, y la fraternidad»
El punto es que la modernidad precisa de fundamentos sólidos para religar el orden social y es por ello por lo que con frecuencia termina ofreciendo una religión política de reemplazo, a veces de forma más explícita, otras de manera menos transparente. En el caso francés, la intentona fue evidente. El escritor revolucionario Mirabeau anotaba en 1792: «La Declaración de los Derechos del Hombre se ha convertido en Evangelio político y la Constitución francesa en religión por la que el pueblo está dispuesto a morir». ¡Y vaya si quedaron muertos en el camino! Una sociedad que ha perdido toda referencia común necesita nuevos elementos sobre los que sujetarse, un nuevo «sistema de sentido». En el caso de la Revolución Francesa, la Razón destacará entre esos nuevos elementos que irán adquiriendo caracteres divinos. «Juro que nunca tendré otro templo fuera del de la razón, otros altares que los de la Patria, otros sacerdotes que nuestros legisladores, otro culto que el de la libertad, la igualdad, y la fraternidad»: así se comprometían los miembros del Club de Moulins, por ejemplo. Aquello del «templo de la razón» no era una alegre metáfora: las iglesias fueron convertidas, efectivamente, en «templos de la Razón». Allí las figuras de los santos católicos fueron reemplazadas por las de héroes revolucionarios como Marat, Lepelletier y Chalier, en una suerte de santísima trinidad revolucionaria. Se cuenta que, en una ceremonia en honor a este último, un busto suyo fue colocado sobre el altar mientras los comisarios de la Convención, de rodillas frente a la imagen, decían:
«Dios salvador [o sea, Chalier], mira a tus pies la nación prosternada que te pide perdón. ¡Manes de Chalier, seréis vengados! ¡Lo juramos por la República!».224 Seguidamente, se procedió a quemar un Evangelio y un crucifijo.
Alegoría. Los martires de la libertad: Le Peletier Marat, Chalier 18 Francia – 1789 Revolución Francesa de Castres
Burleigh, Poder terrenal, p. 104
Berger y Luckmann. Cf. Berger; Luckmann, Modernidad, pluralismo y crisis de sentido.
Alfredo Sáenz, La nave y las tempestades. La Revolución Francesa. Segunda Parte (Buenos Aires: Gladius, 201 1), p. 358.
En música, aun hoy podemos deleitarnos con los himnos en canto llano y gregoriano–que hoy apasionan a varios músicos modernos– que siguen siendo un testimonio perenne de la música compuesta para mayor gloria de Dios. Pero no solo se cantaba a Dios o sobre Dios; en aquella época la música se daba tanto en el ámbito profano como en el religioso siendo incluso un vehículo para la transmisión de la cultura (solo el Cantar del Mío Cid es testimonio de ello). La música era como el río en el cual navegaban los conocimientos populares. Era en ella donde los trovadores narraban los sucesos acaecidos con gracia y armonía. Se creaban notas, melodías y hasta instrumentos propios (hoy todavía se usa el arpa, las flautas, el laúd, el órgano, la viola de rueda y de gamba, la cornamusa, etc.); ni qué decir de los eximios compositores medievales a los que hoy podemos oír gracias a sus partituras
Escuchar la Carmina burana inspira y emociona en su hermosa composición, no es nada religiosa sin duda, pero apreciar el buen arte y sobre todo los motivos de su formación y sobre todo su significado, hace reconocer que el medievo, no es como se pinta, de obscuro no tenía nada
En estos poemas se hace gala del gozo por vivir del interés por los placeres terrenales, por el amor carnal y por el goce de la naturaleza, y con su crítica satírica a los estamentos sociales y eclesiásticos, dan una visión contrapuesta a la que se desarrolló en los siglos XVI y segunda parte del XIX acerca de la Edad Media como una <época oscura>.
En los Carmina Burana se satirizan y critican todas las clases sociales en general, especialmente a las personas que ostentaban el poder en la corona y sobre todo en el clero. Las composiciones más características son las Kontrafakturen, que imitan con su ritmo las letanías del antiguo Evangelio para satirizar la decadencia de la curia romana, o para construir elogios al amor, al juego y, sobre todo, al vino, en la tradición de los carmina potoria. Por otra parte, narran hechos de las cruzadas, así como el rapto de doncellas por caballeros.
Asimismo, se concentra constantemente en exaltar el destino y la suerte, junto con elementos naturales y cotidianos, incluyendo un poema largo con la descripción de varios animales. La importancia de esta serie de textos medievales es que sencillamente es la más grande y antigua colección de versos de carácter laico del medievo, puesto que lo acostumbrado era realizar únicamente obras literarias religiosas.
Los desplantes de Gillette contra los hombres En Youtube, el video tiene ahora 1.6 millones de pulgares abajo. Pero Gillette sigue manteniendo el anuncio.
Gillette presenta a niños jugando luchitas como un gran problema. ¿Hay que formar a los hombres para que no corran riesgos y no sean competitivos? Hablar con las mujeres se convierte en un tabú. ¿Cómo van a encontrarse los géneros si ni siquiera se les permite acercarse?
En dos ocasiones en el anuncio, los hombres blancos son detenidos por parte de hombres negros, esto no ocurre al revés. ¿Coincidencia? Difícilmente: después de todo, no solo el hombre, sino sobre todo el «viejo blanco enfadado» fue elegido por los medios de comunicación como imagen del enemigo. «Los hombres heterosexuales y los padres de familia blancos, que posiblemente también ejercen un trabajo regular, siguen siendo considerados como la causa de toda la miseria en este mundo», decía, por ejemplo, el periódico Die Welt.
Aquí se acusa a los hombres de «mansplaining». Que este comportamiento es inapropiado no se discute. Sin embargo, se vuelve problemático cuando se equipara el verdadero acoso sexual con un simpático comentario de coqueteo y se demoniza bajo la bandera de la «masculinidad tóxica».
«Chicas de los boxes» por la misma empresa que advierte contra el sexismo en su anuncio. Referencia: Wenn weisse Männer am Ende ihrer Weisheit sind, Die Welt, 22/ 11/ 2012 A principios de 2019, los hombres pudieron tomar nota y finalmente aprender lo que es un hombre óptimo. Y ello, además, de una de las marcas de afeitadoras en las que han confiado durante décadas: Gillette. Del anuncio «We Believe: The Best Men Can Be» (Creemos: lo mejor que los hombres pueden ser) se podría deducir que es típico del hombre hacer bullying, acosar a las mujeres, no tomarlas en serio (» mansplaining») y pelearse. Esto plantea muchas preguntas: ¿el bullying es algo típicamente masculino? Ni siquiera las feministas más radicales se lo creen, ¿verdad?¿ Es realmente un delito pedir a una mujer que sonría (» smile, sweety») para una grabación de video en una fiesta? ¿Es malo que los chicos se peleen? ¿O no es un comportamiento normal y lúdico que forma parte del crecimiento? Todo esto es clasificado por Gillette como típicamente masculino y por lo tanto como «masculinidad tóxica» y debería terminar ahora.
Gillette hace un llamamiento a los hombres para que exijan cuentas a otros hombres, para que jueguen a ser caballeros blancos y, de una vez, para que establezcan de inmediato una zona de protección para las mujeres, en la que lo mejor sería que no vieran a ningún hombre. Porque ahora lo sabemos: la masculinidad es perjudicial. «Lo mejor que puede ser un hombre es no ser un hombre» sería probablemente un resumen adecuado del anuncio.
El grupo objetivo, es decir, los hombres, encontraron en su mayoría el anuncio ofensivo y lleno de estereotipos. Pero se dice que «toda publicidad es buena publicidad» y una cosa es segura para los anunciantes: las masas hablan de ello. Esta estrategia comercial políticamente correcta «será un tema importante en 2019 porque ahí es donde está el dinero», asegura el experto en marketing Scott Galloway (2). Podemos esperar ver más de este tipo de publicidad en el futuro.
Why Gillette’s New Ad Campaign Is Toxic, Forbes (1 5/1/2019), recuperado el 19/5/2019
Scott Galloway citado segun CNN Business (en línea 23/1/2019)
Evangelio según san Mateo, 5: 31- 32 «También fue dicho: Cualquiera que repudiare su mujer, déle carta de repudio. Mas yo os digo que el que repudiare a su mujer, a no ser por causa de fornicación, la hace ser adúltera. Y el que tomare la repudiada, adultera». (vv. 31- 32)
Si debemos llevar con paciencia las malas acciones de los extraños, puesto que dice el Apóstol: «Llevad mutuamente vuestras cargas» ( Gál 6,2 ), ¿cuánto más las molestias de las mujeres? El hombre cristiano no sólo no debe pecar, sino que también debe evitar a otros la ocasión de obrar mal. De lo contrario, la culpa de otro vendría a constituir un pecado de éste, puesto que había sido la causa de que se cometiese el crimen. El que despidiendo pues, a su mujer, dio ocasión a adulterios, que ella adultere con otro, y otro con ella, éste sería condenado por causa de este adulterio. Por ello dice que el que repudia a su mujer, la obliga a que adultere
Pseudo- Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 12
San Juan 12:24-26 En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará.