Repudio



Evangelio según san Mateo, 5: 31- 32 «También fue dicho: Cualquiera que repudiare su mujer, déle carta de repudio. Mas yo os digo que el que repudiare a su mujer, a no ser por causa de fornicación, la hace ser adúltera. Y el que tomare la repudiada, adultera». (vv. 31- 32)

Lo que aquí manda el Señor de no despedir a la mujer, no es contrario a lo que manda la ley, como decía el maniqueo, ni tampoco dice esto la ley: «El que quiera dimita a su mujer» (a lo cual sería contrario no despedirla), sino que como no quería que la mujer fuese repudiada por el marido, puso ese obstáculo del acta, que podía detener a un espíritu precipitado. Entonces, sobre todo, que entre los hebreos (como dicen) sólo los escribas tenían el privilegio de escribir en su idioma, porque tenían una sabiduría superior. La ley mandaba que viniesen a éstos todos aquellos a quienes mandó dar el acta de divorcio si despedían a su mujer. Estos escribas procuraban persuadir a los consortes, de una manera pacífica, a que tuviesen concordia entre sí y no escribían el acta sino cuando no acogían su consejo y se perdía toda esperanza de conciliación. Así como, pues, no cumplió la ley primordial por esta adición de palabras, tampoco destruyó la de Moisés oponiéndole una contraria (como el maniqueo decía), sino que de tal modo recomendó todo el contenido de la ley de los hebreos, que todo lo que hablase además de su persona valiese, o para buscar mejor aclaración (si algo oscuro se encontraba en ella) o que aprovechase para cumplirla mejor

San Agustín, contra Faustum, 19, 26

Oración

Que Dios Todopoderoso tenga misericordia de ti, y perdone tus pecados, te lleve a la vida eterna

Evangelio

San Mateo 16:24-27
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? «Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

Palabra del Señor

La paz conyugal



Evangelio según san Mateo, 5: 31- 32 «También fue dicho: Cualquiera que repudiare su mujer, déle carta de repudio. Mas yo os digo que el que repudiare a su mujer, a no ser por causa de fornicación, la hace ser adúltera. Y el que tomare la repudiada, adultera». (vv. 31- 32)

El que buscó medio de detener el divorcio, manifestó claramente que no quería la disensión ni aun entre los hombres más endurecidos. El Señor para confirmar esto mismo, esto es, que no se repudie fácilmente, exceptúa sólo la causa de fornicación, diciendo: «A no ser por causa de fornicación». Manda, pues, que se sufran todas las demás molestias, si acaso existieren, llevándolas con paciencia en beneficio de la paz conyugal

San Agustín, de sermone Domini, 1, 14

Ludwig Wittgenstein



es ampliamente conocido como el padre del positivismo lógico, movimiento filosófico de acuerdo con el cual solo las proposiciones referidas a lo que podemos ver y tocar tienen sentido, mientras que todas las demás -especialmente las referidas a la metafísica y la teología- carecen de sentido. Sin embargo -y al contrario de lo que muchos creen- Wittgenstein jamás se adhirió a este movimiento y, lo que es más, siempre mantuvo su fe en Dios… Ludwig Wittgenstein nació en Viena (Austria) el 26 de abril de 1889. Último de ocho hijos, nació en cuna de oro. Su padre, Karl Wittgenstein, era uno de los hombres más ricos del mundo.

Por otra parte, su madre, Leopoldine Kalmus, nació de padre judío y madre católica, y era tía Friedrich von Hayek, quien ganaría el premio Nobel de Economía en 1974. Pese a la conversión al protestantismo de sus abuelos paternos, los hijos de los Wittgenstein fueron bautizados y educados en la fe católica. Pero no solo fueron educados en la fe sino que también recibieron una de las instrucciones intelectuales y artísticas más envidiadas de toda Austria. Sus padres eran aficionados a la música y todos sus hijos tuvieron dotes intelectuales y artísticos (incluso el hermano mayor de Ludwig, Paul Wittgenstein, se convirtió en un pianista de fama mundial).

Lamentablemente no todo era color de rosa. Tres de los cuatro hermanos varones de Ludwig se suicidaron. 28 de julio de 1914: Austria le declara la guerra a Serbia. Ha estallado la Primera Guerra Mundial. Y Wittgenstein es llamado al frente de batalla. Sin pensarlo dos veces abandona la Universidad de Cambridge (donde gozaba de una beca) y acude inmediatamente. Él no tiene miedo. Quiere estar cerca de la muerte. Tal vez con ello encuentre el sentido de la vida. “¿ Qué sé sobre Dios y la finalidad de la vida?” escribía en su Diario filosófico el 11 de junio de 1916 (20). Pero el ansia mística venía desde antes. La lectura del Pequeño Evangelio de León Tolstoi lo había tocado en lo más profundo de su ser. El 2 de septiembre de 1914 escribía en su Diario: “Ayer comencé a leer los comentarios de Tolstoi a los Evangelios. Un obra magnífica. (…) Las palabras de Tolstoi acuden a mi mente una y otra vez: el hombre es impotente en la carne pero es libre por el espíritu. ¡Ojalá esté en mí el espíritu…! ¡Que Dios me dé fuerza! Amén. Amén. Amén”.

Estas palabras nos revelan hondamente el sentir de Wittgenstein. Él tenía tendencias homøsęxūąlês. Durante su vida tuvo varios momentos de excesiva promiscuidad. Pero nunca se rindió: siempre intentó vivir la castidad. De ahí que buscara la soledad e incluso meditara la posibilidad de ser religioso: quería alejarse del contacto sēxûąl indebido. Pero no era fácil. Mas no se hundió en la desesperación. El problema del pecado lo llevó a preguntarse por el problema de la ética, el cual lo llevó a preguntarse por el sentido de la vida, lo cual lo llevó… a Dios. El 8 de julio de 1916 escribiría en su Diario Filosófico: “Bueno y malo dependen, de algún modo del sentido de la vida. Podemos llamar Dios al sentido de la vida, esto es, al sentido del mundo. Y conectar con ella la comparación de Dios con un padre. Pensar en el sentido de la vida es orar. Creer en Dios quiere decir comprender el sentido de la vida. Creer en Dios quiere decir ver que con los hechos del mundo no basta. Creer en Dios quiere decir ver que la vida tiene un sentido. Sea como fuere, de alguna manera y en cualquier caso somos dependientes, y aquello de lo que dependemos podemos llamarlo Dios”. Y fue justamente esta perspectiva la que lo llevó en 1918 a escribir la única obra que publicaría en vida: el Tractatus Logico- Philosophicus. Como dirá en el prólogo, el objeto de esta obra será “dar una respuesta final a los problemas de la filosofía” trazando los “límites del lenguaje”. Y es precisamente más allá de estos límites que se encuentra lo místico, es decir, aquello frente a lo cual “no se puede hablar” y, por tanto “hay que callar”. . He ahí el verdadero sentido del Tractatus: no que lo místico sea vano y que, por tanto, el lenguaje no deba tratarlo; sino que frente a lo místico el lenguaje se vuelve vano, ya que no puede expresarlo. Wittgenstein en ningún momento afirma que las expresiones éticas y religiosas son en sí mismas absurdas sino más bien que -como deja muy en claro en su famosa Conferencia sobre Ética- su esencia consiste en trascender los límites del lenguaje.. Todo lo contrario a la actitud de los positivistas lógicos.

Esta no es para nada una interpretación forzada. Es la interpretación del mismo Wittgenstein. Así, por ejemplo, tenemos que en una carta que escribe hacia 1919 a su amigo Ludwig von Ficker, dice que el sentido último de su Tractatus Logico- Philosophicus es ético; y a continuación añade: “Mi obra se compone de dos partes: de la que aquí aparece, y de todo aquello que no he escrito. Y precisamente esta segunda parte es la más importante. Mi libro, en efecto, delimita por dentro lo ético, por así decirlo; y estoy convencido de que, estrictamente, solo puede delimitarse así. (…) Le aconsejaría ahora leer el prólogo y el final, puesto que son ellos los que expresan con mayor inmediatez el sentido”. Es claro, pues, que los positivistas lógicos -y con ellos todos los filósofos postmodernos- no han entendido bien a Wittgenstein. Volvamos con su vida. En 1919, acabada la Guerra, y luego de mucho meditarlo, decide asumir un “modo de vida cristiano”, simbolizado en su libre aceptación de los votos de pobreza y castidad. De este modo, renuncia a los lujos y a la carne para dedicarse a vivir una vida “grata a Dios”, que “es lo único que necesita el hombre”. Clara muestra de ello es su decisión de renunciar a la parte de la fortuna familiar que le había heredado su padre, haciéndole prometer a sus hermanos que nunca se la devolverían. Luego de eso se retiró al pequeño pueblo de Trattenbach en Austria para encontrar paz y soledad. Su plan era ser profesor de escuela. Feliz y realizado en un primer momento, un año después de instalarse escribe a su mentor de Cambridge, Bertrand Russell, que se encontraba “terriblemente deprimido y cansado de vivir” pues estaba “rodeado, como siempre, de odio y bajeza”. El motivo de este radical cambio de actitud fueron las dificultades que encontró en sus relaciones con los adultos. Un maestro celoso le inventó chismes. Acusado de golpear sádicamente a sus alumnos será sometido a examen psiquiátrico para determinar su idoneidad para seguir enseñando. Absuelto, renunció a la enseñanza en adelante.

Así, luego de 15 años, regresó a Cambridge en 1929. Ese mismo año conoció al que se convertiría en aquel tiempo en el mejor de sus compañeros: el economista italiano Piero Sraffa. Durante ese primer año solían encontrarse una vez por semana. Las conversaciones giraron primero en torno a temas de lógica y filosofía y luego, hacia 1934, se deslizaron a la política y a temas más mundanos. Pero la amistad, al menos por el lado de Sraffa, se fue enfriando. En mayo de 1946 le comunicó a Wittgenstein que ya no quería más discusiones con él. Ya sea por el volumen de trabajo que mantenía Sraffa por aquel entonces (entre otras cosas, la monumental publicación de las Obras Completas de David Ricardo), o simplemente porque las conversaciones con Wittgenstein le debieron empezar a parecer superfluas, el acontecimiento fue un duro golpe para Wittgenstein. Este último le rogó diciéndole “Hablaremos de cualquier cosa”, a lo que Sraffa respondió: “Sí, pero a tu manera” . La relación entonces se rompió, y no volvió jamás a reanudarse.

Pero la Providencia no lo dejó solo. Le regaló un nuevo amigo que lo acompañaría hasta el final de sus días: el buen Oets Kolk Bouwsma. Wittgenstein y Bouwsma se conocieron en la Universidad de Cornell durante el verano de 1949. Ya desde esa primera etapa los dos filósofos comenzaron a pasear juntos y a conversar. En un segundo momento los encuentros tuvieron lugar en el Smith College de Northampton (Massachussets), donde se había tenido que desplazar Bouwsma para hacer una sustitución, y hasta donde se desplazó Wittgenstein para ver a su amigo. Por último, ambos coincidieron en Oxford durante el curso 1950- 1951, donde retomaron la costumbre de pasear juntos hablando de filosofía. Lamentablemente ese último año Wittgenstein fue diagnosticado de cáncer de próstata y tuvo que abandonar la Universidad. Pero su amigo no lo dejó solo y varias veces lo acompañó en el hospital.. No es ninguna exageración decir que Wittgenstein, incluso desde su angustia y soledad, fue un hombre para Dios. Clara muestra es que, cuando recibió una carta de un viejo amigo de Austria, que era sacerdote, quien le expresaba su deseo de que su trabajo marchara bien “si Dios quiere”, respondió: “Eso es todo lo que deseo; si Dios quiere. Bach escribió en la primera página de su Orgelbuchlein, ´ para la mayor gloria del Señor, y que mi prójimo pueda beneficiarse de esta obra ´. Eso es lo que me hubiera gustado decir acerca de mi trabajo”. Ludwig Wittgenstein murió el 29 de abril de 1951, teniendo lo que, a ojos de Bouwsma, era “un aspecto extraordinariamente dulce y manso”. Bautizado católico murió católico recibiendo los auxilios de la Iglesia. Sus últimas palabras fueron: “Diles que mi vida fue maravillosa”.

Ludwig Wittgenstein, Diario Filosófico, Ed. Ariel, Barcelona, 1982

Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, 1921, prop. 7

Ludwig Wittgenstein, Conferencia Sobre Ética, Ed. Paidós, Barcelona, 1997, p.43

R. Monk, Ludwig Wittgenstein: El Deber de un Genio, Ed. Anagrama, 199 7, p. 443

Oets Kolk Bouwsma, Últimas Conversaciones, Ed. Sígueme, Salamanca, 2004

Oración

No desdeñes, hijo mío, las lecciones de tu Dios; no te enoje que te corrija

Evangelio

San Lucas 12:35-40
«Tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos a quienes el señor, al venir, encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos ellos! Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. Estad también vosotros preparados, porque cuando menos lo penséis, vendrá el Hijo del hombre.»
Palabra del Señor

Santo Tomás de Aquino


El más grande Teólogo, filósofo, sabio del Cristianismo

Santo Tomás de Aquino es mundialmente reconocido como el más grande teólogo de todos los tiempos. Doctor en Teología, maestro en la Universidad de París y autor de cientos de libros -entre los que se encuentran monumentos apologéticos e intelectuales tan portentosos como la Suma Teológica o la Suma Contra Gentiles-, Santo Tomás siempre quiso permanecer como un pequeño fraile que sirviera y amara a Dios en pobreza, humildad y castidad. Tomás de Aquino nació en Italia a fines de 1224 o inicios de 1225. Hijo del conde Landelino de Aquino y de Teodora de Teate, fue el menor de los doce hijos del matrimonio. Tranquilo y callado, cuando a la edad de 5 años sus padres lo enviaron a la Abadía de Montecasino, lo primero que hizo fue preguntarle al abad de modo explosivo e inesperado “¿Qué es Dios?”. La respuesta no ha quedado registrada pero es más que seguro que ese niñito preguntón siguió buscando respuestas por sí mismo. Quería conocer más profundamente a Dios para amarle más.

Un buen día, a la edad de 18 años, Tomás se apareció en el castillo de su padre y muy tranquilamente anunció que se había convertido en uno de los frailes mendicantes de la nueva Orden fundada por Santo Domingo de Guzmán. Una verdadera bomba para la familia. “Fue como si el hijo mayor de un gran terrateniente apareciese de pronto por su casa y le anunciase a la familia muy suelto de cuerpo que acababa de casarse con una gitana; o como si el heredero de un duque tory afirmase que mañana se unirá a la Marcha del Hambre organizada por supuestos comunistas”. Y no era para menos. Toda la familia esperaba que se convirtiera en el gran Abad de Montecasino y no en un “pobre fraile mendigo”. Pero Tomás quería ser fraile. No abate, ni monje, ni prior… solo quería ser fraile. “Es como si Napoleón hubiera insistido en seguir siendo un simple soldado durante toda su vida”, escribiría Chesterton. Consciente de que la oposición de su familia no cejaría, huyó presuroso hacia Roma con otros frailes. Pero es atrapado (secuestrado) por tres de sus hermanos en Aquapendente.

Encerrado en la fortaleza familiar de Rocaseca, sus hermanos deciden tenderle una trampa al buen Tomás para que abandone su propósito de ser fraile dominico. Introdujeron en su habitación a una cortesana notoriamente sensual y pintarrajeada con la idea de sorprenderlo con una súbita tentación o, al menos, involucrarlo en un escándalo. “Por primera y última vez, Tomás de Aquino estuvo realmente fuera de sí capeando una tormenta fuera de esa torre de intelectualidad y contemplación en la que normalmente vivía. (…) Saltó de su silla, tomó un tizón del fuego y se paró blandiéndolo como una espada llameante. Por supuesto, la mujer pegó un grito y huyó, que era todo lo que él quería”. Inmediatamente cierra la puerta y hace una cruz en la pared con el tizón negro que tenía y se postra pidiendo a Dios que le libre de toda impureza. A partir de aquel momento, se siente seguro y lleno de paz. En el sueño que tuvo esa noche, dos ángeles iluminan su cuarto y le ciñen fuertemente el cinturón que se le entrega en prenda perfecta y vitalicia de castidad. Nunca más sintió tentaciones contra la pureza.

Logrando escapar de su cautiverio (dícese que gracias a la ayuda de sus hermanas) Tomás toma el hábito dominico en 1244. Luego, en el año 1248, se traslada a Colonia (Alemania) para seguir estudios con uno de los más grandes sabios de la época: San Alberto Magno. Sus compañeros, al verlo robusto y siempre silencioso, lo apodaron “el buey mudo Sicilia”. En una ocasión le tocó repetir la lección que San Alberto había explicado con una larga serie de complicados argumentos. Lo hizo con tal acierto que repitió todos los argumentos y, además, los esclareció con nuevas luces, ante el asombro de todos, lo que hizo pronunciar a fray Alberto la siguiente profecía: “Fray Tomás, no parece usted un estudiante que contesta, sino un maestro que define. Vosotros llamáis a este el buey mudo; pero yo os aseguro que este buey dará tales mugidos con su ciencia, que resonarán en el mundo entero”. Alumno y maestro eran plenamente conscientes de que uno de los más grandes problemas de la época era la ruptura entre fe y razón y del hecho de que la mayor parte de las herejías surgían de las interpretaciones teológicas -precedidas de comentarios de autores árabes o judíos- de la antigua filosofía griega, en especial la de Aristóteles. Por ello acometieron la titánica tarea de “bautizar a Aristóteles”, es decir, de armonizar la filosofía aristotélica con la doctrina cristiana. A este respecto Tomás de Aquino superó ampliamente a su maestro, creando la más perfecta síntesis entre fe y razón hasta ahora conocida. Muestra de ello fueron sus dos famosas “sumas”: la Suma Teológica -cuya elaboración le fue encargada por el papa Urbano IV en 1263 con el fin de “cristianizar” la filosofía pagana, corrigiéndola y depurándola para que pudiera servir eficazmente a la teología- y la Suma Contra Gentiles -en la que explica y fundamenta las verdades esenciales de la fe cristiana únicamente por medio de la razón y sin apelar a la Escritura o la Tradición, ya que estas serían inmediatamente rechazadas por los paganos que eran justamente a quienes interesaba convertir. Pronto el alumno se convirtió en maestro. Ya en 1252 dictaba cátedra en la Universidad de París. En 1259 es llamado por el papa Alejandro IV para servir como consejero y profesor en la curia papal. Luego, en 1269, y en contra de los usos de la época (un profesor no podía enseñar más de una vez en París), retomó su cátedra en la Universidad de París por petición explícita del Papa, que estaba preocupado por el avance e influencia de la herejía averroísta entre profesores y estudiantes. Y es que Santo Tomás de Aquino, como buen filósofo y teólogo que era, fue el soldado más avezado del que disponía la Iglesia en su “Cruzada” contra las herejías. Y justamente esto nos lleva a una de las características más interesantes de la filosofía tomista: su carácter combativo. En efecto, el “buey mudo de Sicilia” era todo un guerrero intelectual. Cual Napoleón en la ópera, Santo Tomás pensaba en su estrategia de guerra y en las armas que usaría hasta en los momentos más “inconvenientes”. Así, cuando en 1270 fue invitado por el rey Luis IX de Francia (luego San Luis) para una cena, al llegar al majestuoso palacio, cuando alguien exclamó “¡ Qué estupendo debe ser poseer todo esto!”, Tomás murmuró: “Yo preferiría tener el manuscrito de San Crisóstomo que no consigo”. Luego, durante la cena, mientras todos comían, bebían y conversaban, Tomás permanecía absorto. De repente, y para sorpresa de todos los presentes, dio un golpe en la mesa y gritó: “¡ Y eso refutará a los maniqueos!”. Complacido el rey ordenó a su secretario que anotara todo lo que el fraile dijera.

Esa anécdota nos lleva a apreciar en su justa dimensión divina y humana esta otra. Estando un día recogido en oración en la capilla de San Nicolás de Nápoles, oyó la voz de Jesús que le decía desde el Crucifijo: “Has escrito muy bien de Mí, Tomás. ¿Qué recompensa quieres de Mí por tu trabajo?”. Santo Tomás de seguro podría haber pedido muchas cosas… no ciertamente mujeres, honores o riquezas, pero sí cosas en las cuales pensar: la refutación a los maniqueos, el manuscrito de Crisóstomo que no conseguía, la respuesta a los averroístas, las obras perdidas de Aristóteles… Pero en lugar de eso, con la inocencia (y santa insolencia) de un niño dijo: “¡ Te elijo a Ti!”.

En el mismo lugar, en la fiesta del santo titular de la capilla, San Nicolás, el día 6 de diciembre del año 1273, mientras celebraba la Santa Misa, Santo Tomás tuvo una visión. A partir de aquel día no volvió a escribir ni a enseñar, dejando inconclusa su obra cumbre: la Suma Teológica. Interrogado sobre el motivo de ello por su secretario y amigo fray Reginaldo, Santo Tomás respondió: “No puedo escribir más. Todo lo que he escrito es paja comparado con lo que vi”. El episodio es significativo porque Tomás de Aquino es reconocido como ¡el teólogo más grande la historia! En 1274, cuando Tomás tenía casi 50 años, el papa Gregorio X, contento por la reciente victoria sobre los sofistas árabes, le envió un mensaje pidiéndole asistir a un Concilio que se llevaría a cabo en la ciudad francesa de Lyon y en el cual se tratarían cuestiones controvertidas. Obediente como siempre, fray Tomás se puso inmediatamente en camino, pero no llegó a su destino. Durante el trayecto cayó gravemente enfermo. Fue llevado al monasterio de Fossanuova y su extraño fin le llegó a grandes zancadas. Sabiendo que estaba cercana su muerte, hizo confesión general con su fiel amigo fray Reginaldo de Piperno, quien sin poder controlar las lágrimas salió corriendo y exclamó: “Dios mío… Los pecados de un niño de cinco años… En toda su vida, solo unos pecadillos”. Santo Tomás de Aquino murió el 7 de marzo de 1274. Ese mismo día, en el instante mismo de su muerte, su antiguo maestro, San Alberto Magno, ve en su convento a fray Tomás entrar al cielo y lo anuncia lloroso: “¡ Ha muerto fray Tomás, flor del mundo y luz de la Iglesia!”.. Santo Tomás, el más santo entre los sabios y el más sabio entre los santos.

G. K. Chesterton, Santo Tomás de Aquino, Ed. Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1 959, cap. 2

2 bandos



El antiilustrado Joseph De Maistre anotaba en un ensayo escrito en 1795: «La generación presente es testigo de uno de los espectáculos más grandiosos que hayan ocupado alguna vez los ojos humanos: la lucha sin cuartel entre el cristianismo y el filosofismo. La liza está abierta, los dos enemigos frente a frente, y el universo los mira».

La cita sin dudas resulta impactante. La consciencia de estar presenciando el espectáculo de una batalla cultural es inédita: frente a De Maistre y toda su generación se presenta un acontecimiento en sentido estricto, una novedad radical sin precedentes. Hay una lucha que ya no es meramente religiosa (como la de la Reforma); se trata, en un sentido más amplio, de una lucha cultural, porque la religión ha sido desligada de lo cultural y en esta dimensión ahora cabe el «filosofismo», es decir, la Ilustración, que coloca al hombre como hacedor de la cultura y dominador de la Naturaleza, disputando la soberanía por la mente y el espíritu humanos. Lo que colisiona con tanta claridad que impacta a De Maistre no es, como otrora, dos religiones antitéticas que disputan un dios o una doctrina sobre este, como en el caso de las luchas religiosas.

La Revolución Francesa es la batalla que enfrenta al antiguo régimen, en el que se conjugaba un Estado ya moderno con una sociedad todavía fundamentada en los esquemas del cristianismo feudal, contra esa moderna visión de las cosas que encarna la Ilustración.

Lo paradójico es que los revolucionarios, a pesar de su desprecio por la religión, no van a poder prescindir de sus formas, tal como el propio De Maistre también había observado: el filosofismo «es una fuerza esencialmente desorganizadora», dice aquel, pero ha de saberse que «todas las instituciones imaginables reposan sobre una idea religiosa, o son cosa pasajera. Son fuertes y durables en la medida en que son divinizadas». ¿Acaso la batalla cultural mantiene las formas religiosas mientras se desentiende de sus contenidos?

Joseph De Maistre, Consideraciones sobre Francia (Buenos Aires: Ediciones Dictio, 1980),

De Maistre, Consideraciones sobre Francia, pp. 59-60. Poco después De Maistre agregará que la alternativa al cristianismo no es la no religión, sino una «nueva religión», refiriéndose con ello a una religión política.

Lo mismo, pero más barato



Evangelio según san Mateo, 5: 31- 32 «También fue dicho: Cualquiera que repudiare su mujer, déle carta de repudio. Mas yo os digo que el que repudiare a su mujer, a no ser por causa de fornicación, la hace ser adúltera. Y el que tomare la repudiada, adultera». (vv. 31- 32)

Cuando Moisés sacó a los hijos de Israel de Egipto, por su descendencia eran israelitas, pero por sus costumbres eran egipcios. De aquí, que habían aprendido, en las costumbres de los gentiles, que el marido aborreciese a su mujer, y como no se le permitía dejarla, estaba dispuesto a matarla o mortificarla constantemente. Por eso Moisés mandó dar el acta de divorcio, no porque era bueno, sino porque era el remedio de un mal mayor

Pseudo- Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 12