El argumento de la fiabilidad histórica del Nuevo Testamento



Es absolutamente equivocado decir que el Nuevo Testamento pasa la prueba de la evidencia interna. ¡El Nuevo Testamento está lleno de contradicciones! Luego, no se prueba la conclusión de la primera vía.

Respuesta: Para responder a esta objeción primero hay que entender bien las reglas y criterios a los que deben ceñirse los historiadores para aplicar correctamente la prueba de la evidencia interna. Una de estas reglas es que frente a una aparente inconsistencia o contradicción, el analista debe seguir aquel postulado de Aristóteles de acuerdo con el cual “el beneficio de la duda ha de ser dado al documento, y no debe arrogárselo el crítico para sí mismo”. En otras palabras, haciendo una analogía jurídica, el documento se considera “inocente” hasta que no se pruebe lo contrario. Por tanto, como bien ha señalado el académico John W. Montgomery, “uno debe dar atención a las afirmaciones del documento bajo análisis, y no suponer fraude o error excepto si el autor se descalifica por contradicciones o por inexactitudes factuales conocidas”. Y no solo eso. Aún en el caso en que el historiador se encuentre con lo que le parece una contradicción debe hacerse tres preguntas antes de proclamarla como tal:

1) ¿hemos comprendido bien este pasaje?,
2) ¿poseemos el conocimiento suficiente acerca de esta cuestión?, y
3) ¿podemos arrojar alguna luz adicional sobre esto a través de la investigación documental y arqueológica? Solo después de ello puede darse un juicio intelectualmente honesto sobre el tema.

Pues bien, dado ese contexto, ¿es el Nuevo Testamento un libro “plagado de contradicciones” como pretende la objeción? Al parecer no. Cuando le aplicamos al análisis del Nuevo Testamento los criterios mencionados varias de las “insalvables contradicciones” de las que nos hablan los críticos se muestran como puramente aparentes. Como muestra de ello responderemos brevemente a algunas de las “contradicciones” que más comúnmente se plantean

¿Estaba oscuro cuando las mujeres fueron al sepulcro?

No (Marcos 16: 2).
Sí (Juan 20: 1)

Las mujeres fueron al sepulcro cuando estaba amaneciendo, de modo que primero el cielo estaba oscuro y luego fue saliendo el sol. Por tanto, no hay contradicción.

El argumento del mal



El argumento del mal “Solo existe un argumento verdaderamente fuerte contra la creencia Dios: el de la existencia del mal”, decía el filósofo y teólogo norteamericano Alvin Platinga. En efecto, todos nosotros en algún momento de nuestras vidas frente a la innegable evidencia de la injusticia y el sufrimiento que observamos -y experimentamos- en el mundo, nos hemos preguntado cómo es posible que exista un Dios Amoroso y Bueno que permita todo eso.

Enunciación
La formulación más fuerte y persuasiva de la inexistencia de Dios a partir de la evidencia del mal se estructura lógicamente más o menos como sigue:

1. Un Dios omnisciente sabe que el mal sucederá.
2. Un Dios bondadoso no desearía que el mal exista.
3. Un Dios omnipotente podría evitar dicho mal.
4. El mal existe.
5. Luego, una de las tres primeras premisas tiene que ser falsa.
6. Pero no puede haber un Dios que no sea Omnisciente, Bondadoso y Omnipotente.
7. Luego, Dios no existe.

Quien conozca de historia de la filosofía ya se habrá dado cuenta de que lo precedente se trata de una formalización de la famosa paradoja de Epicuro: “¿ Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?”

Para resolver del todo el llamado problema del mal que nos presenta el argumento debemos abordarlo desde tres perspectivas, a saber: la ontológica, la moral y la existencial

Refutación
El problema del mal ontológico Como es sabido, la Ontología es la rama de la Filosofía que se ocupa del ser. Por tanto, cuando hablamos del “problema del mal ontológico” nos estamos preguntando si el mal existe en sí mismo, es decir, si es que tiene consistencia y realidad ontológica. Pues bien, lo primero que debemos hacer aquí es partir de una definición ontológica del mal. ¿Qué es, entonces, el mal? Siguiendo a Santo Tomás de Aquino podemos decir que “el mal es la ausencia del bien que debe poseerse”, es decir, la ausencia del ser o -para expresarlo en términos más aristotélicos- “la privación de la forma”. Por consiguiente, no existe en sí mismo. No tiene consistencia ni realidad ontológica. En consecuencia, su “existencia” no puede ser atribuida a Dios del mismo modo en que se le atribuye la existencia de un planeta o una piedra. No es un “algo” con ser propio que ha sido positivamente creado por Dios. Más bien se trata de la privación o deficiencia del bien y, por ende, “de ningún modo tiene causa, a no ser de manera indirecta o accidental”. ¿Cómo que la causa del mal es solo accidental? Del siguiente modo: Dios, que solo puede actuar de acuerdo con su naturaleza que es la Bondad misma, crea a todos los seres esencialmente buenos; pero como en algunos de ellos se da una deficiencia de este bien por causa de su imperfección o elección voluntaria (como veremos con más detalle luego) decimos que se da el mal. De esta forma, el mal es mejor definido como “algo que ocurre” que como “algo que es” y, por tanto, su “existencia” no puede ser directamente atribuida al Dador del ser. Ilustremos lo anterior con una anécdota:

Un profesor de universidad retó a sus estudiantes con esta pregunta: -¿ Creó Dios todo lo que existe? Un alumno respondió: -Sí. El profesor dijo. -Si Dios creó todo, entonces creó el mal y como nuestras obras nos definen, entonces Dios es malo. ¿Ven ustedes? Otra vez les he demostrado que la fe es un mito.
Otro alumno preguntó: -Profesor, ¿usted cree que existe el frío? – ¿Qué pregunta es esa? -dijo el profesor- por supuesto que existe el frío. ¿Acaso nunca lo has sentido? Los otros estudiantes se reían de la pregunta. Pero el estudiante continuó: – En realidad, señor, el frío no existe. Según las leyes de la física, lo que llamamos frío es en realidad la ausencia de calor. El frío no existe. Hemos creado la palabra para describir una situación en la que hay poco calor. Luego preguntó: – Profesor, ¿existe la oscuridad? El maestro se quedó callado, pero el alumno continuó: – Usted debe saber que la oscuridad tampoco existe. Llamamos oscuridad a la ausencia de luz. Podemos utilizar el prisma de Newton para descomponer el rayo de luz en muchos colores y estudiar sus propiedades. Pero no se puede hacer nada semejante con la oscuridad.
El alumno concluyó: – Con el mal ocurre del mismo modo: no existe en sí mismo sino que es la ausencia de bien. Igual que con el frío y la oscuridad, el mal es una palabra creada para describir la ausencia de Dios, la ausencia del amor. Dios no creó el mal. El hombre puede apartarse de Dios. Entonces su comportamiento es malo porque carece de amor. El mal es la ausencia de la presencia de Dios.

En conclusión, como hemos dicho, el mal considerado en sí mismo no tiene consistencia ni realidad ontológica. Y tampoco pueden haber seres malos en sí mismos. Todos los seres, al ser creados por Dios, son buenos por naturaleza. El mal que se da -y no propiamente existe- en ellos es, por tanto, accidental. De ahí que Santo Tomás de Aquino diga que “ningún ser es llamado malo por participación (en el ser), sino por privación de la participación.

Por lo tanto, no es necesario que se llegue a algo que sea malo en esencia”. Así, desde un punto de vista ontológico, no hay gente mala sino solamente gente que hace cosas malas. Por tanto, resulta del todo patente que el mal no existe en sí mismo. En consecuencia, hablando
desde un punto de vista ontológico, la premisa 4 (“ el mal existe”) es simplemente falsa. Luego, no se prueba la conclusión del argumento.

Anomia



El individuo crece en un mundo en el que no existen valores comunes que determinen la acción en las distintas esferas de la vida, y en el que tampoco existe una realidad única idéntica para todos. Aunque el individuo crece en una comunidad de vida que lo incorpora en un sistema de sentido supraordinal, no cabe suponer que éste sea el sistema de sentido de sus contemporáneos

Peter Berger; Thomas Luckmann, Modernidad, pluralismo y crisis de sentido. La orientación del hombre moderno (Barcelona: Paidós, 1997), p. 61

Oración

Dad gracias al Dios del cielo: él nos libró de nuestros opresores

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Si os ultrajan por el nombre de Cristo, bienaventurados vosotros,
porque el Espíritu de Dios reposa sobre vosotros.
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Mt 10, 24-33.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo.

✠ Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados!
No les tengáis miedo, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.
Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos, Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

No matarás


Evangelio según san Mateo, 5: 20- 22 «Porque os digo en verdad, que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás: pues el que matare, reo será en el juicio. Mas yo os digo, que todo aquél que se enoja con su hermano, reo será en el juicio. Y quien dijere a su hermano raca, reo será en el concilio. Y quien dijere insensato, reo será en el infierno». (vv. 20- 22)

Por esto que dice: «Se ha dicho a los antiguos», manifiesta que hacía ya mucho tiempo que conocían este precepto. Dice esto, pues, para mover a los oyentes tardos a preceptos más altos. Así como si un maestro dice a su alumno perezoso animándolo al estudio: «has pasado mucho tiempo en deletrear». Por eso añade: «Mas yo os digo, que todo aquel que se enoje con su hermano, obligado será a juicio». En lo que debemos comprender la potestad del legislador. Ninguno de los antiguos había hablado así, sino de esta manera: «Esto dice el Señor». Porque aquéllos, como siervos, anunciaban las cosas que eran del Señor, pero éste, como Hijo, anuncia las cosas que son de su Padre y suyas a la vez; aquéllos predicaban a sus compañeros de servidumbre y éste dictaba leyes a sus subordinados

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 16,5

Oración

Estos dos mandamientos son el fundamento de toda la ley y los profetas. Quien ama a Dios ame también a su hermano

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Cuando venga el Espíritu de la verdad,
os guiará hasta la verdad plena,
y os irá recordando todo lo que os he dicho.
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Mt 10, 16-23.

No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre.

✠ Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas.
Pero ¡cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles.
Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.
El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán.
Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra.
En verdad os digo que no terminaréis con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del hombre».

Palabra del Señor

No matarás



Evangelio según san Mateo, 5: 20- 22 «Porque os digo en verdad, que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás: pues el que matare, reo será en el juicio. Mas yo os digo, que todo aquél que se enoja con su hermano, reo será en el juicio. Y quien dijere a su hermano raca, reo será en el concilio. Y quien dijere insensato, reo será en el infierno». (vv. 20- 22)

Casi todo lo que el Señor aconsejó o mandó precedido de estas palabras ( Mt 19,23 ): «Yo, pues, os digo», se encuentra en aquellos libros antiguos. Pero como no comprendían que el homicidio era otra cosa más que la destrucción de un cuerpo humano, el Señor les manifestó que todo movimiento malo que pueda contribuir a hacer daño al prójimo, debe considerarse como homicidio. Por esto añade: «Oísteis que fue dicho a los antiguos: ‘No matarás»

San Agustín, contra Faustum, 19, 28

En el obscuro Medievo



Sic et Non,

an early scholastic text whose title translates from Medieval Latin as «Yes and No», was written by Peter Abelard. In the work, Abelard juxtaposes apparently contradictory quotations from the Church Fathers on many of the traditional topics of Christian theology. In the Prologue, Abelard outlines rules for reconciling these contradictions, the most important of which is noting the multiple significations of a single word. However, Abelard does not himself apply these rules in the body of the Sic et Non, which has led scholars to conclude that the work was meant as an exercise book for students in applying dialectic (logic) to theology.