Debemos hacer hincapié en que la exigencia de promover y garantizar el respeto y la tutela de la vida humana y de su dignidad, en todas sus etapas existenciales, no es una opción cientifica O filosófica de carácter religioso, es decit, basada solamente en la moral cristiana. No se trata -como algunos intelectuales laicistas sostienen y los polticos del sistema argumentan- de unos principios católicos contrapuestos a unos principios laicos.
Se trata de una exigencia de carácter universal y al mismo tiempo científica, ética y jurídica, porque está basada en la realidad ontológica universal de la naturaleza humana – que es igual para todos- y en sus derechos inalienables, que ponen justos Kimites y, al mismo tiempo abren amplias perspectivas al laudable desarrollo de la ciencia
Inaugurando el nuevo milenio Juan Pablo II decía: Para la eficacia del testimonio cristiano, especialmente en estos campos delicados y controvertidos, es importante hacer un gran esfuerzo para explicar adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia, subrayando sobre todo que no se trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe, sino de interpretar y defender los valores radicados en la naturaleza misma del ser bumano»
Juan Claudio Sanahuja. El dēsarr0ll∅ sūstęntable. La nueva ética internacional
San Mateo 11:2-10 Juan, que en la cárcel había oído ha- blar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nue- va; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? Mirad, los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará tu camino por delante de ti.
Las mismas razones que prueban que el alma es inmortal, prueban también que será o eternamente feliz en el cielo, o eternamente desgraciada en el infierno. La vida presente, en efecto, es el tiempo de la prueba, y la vida futura es la meta, el término adonde debe llegar el hombre inteligente y libre. Después de la muerte, ya no habrá tiempo para el mérito ni para el demérito, ni habrá lugar para el arrepentimiento.
Por consiguiente, los buenos quedarán siempre buenos, y los malos siempre malos; es justo, pues, que así la recompensa de los primeros, como el castigo de los segundos, sean eternos. Un ser libre y responsable debe ser llamado, tarde o temprano, a dar cuentas de sus actos. Por lo tanto, su destino se divide en dos partes: la primera es la de la prueba, de la tentación, de la lucha; la segunda, la de la recompensa, o del castigo. Para el hombre, el tiempo de la prueba termina con la muerte. Tal es el sentir de todos los pueblos y de la razón misma. Porque si la muerte no alcanza el alma, destruye, sin embargo, el compuesto humano que constituye al hombre.
Pero como es al hombre precisamente a quien se dirige la ley moral y a quien se impone el deber, corresponde al compuesto humano alcanzar o no su última meta. El cielo es eterno. Dios ama necesariamente al justo, y es amado por él. ¿Por qué, pues, se ha de matar este amor, puesto que el justo permanecerá siempre justo? Por otra parte, la felicidad de la vida futura debe ser perfecta, y no sería perfecta una felicidad que no sea eterna. Luego el premio del justo debe ser eterno El infierno es eterno. Análogas consideraciones prueban que el castigo del culpable debe ser eterno. El alma penetra en la vida futura en el estado y con los afectos que tenía en el momento de la muerte; y este estado y afectos son irrevocables, porque los cambios no pueden pertenecer sino a la vida presente, que es vida de prueba, pasada la cual todo ser queda fijado para siempre.
El culpable persevera, pues, en el mal: permanece eternamente culpable, y no cesa, por consiguiente, de merecer el castigo. “El árbol queda donde ha caído: a la derecha si ha caído a la derecha, a la izquierda si ha caído a la izquierda”.
R. P. Hillaire, la religión demostrada LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA
La negación del principio filosófico de naturaleza humana es una constante y constituye uná verdadera divisoria de aguas entre aquellos que reconocen el respeto por la dignidad de la persona y de la vida humana -desde el mismo momento de la concepción- y aquellos que, en cambio, guiados sólo por el pragmatismo científico y comercial, pretenden ver en la libertad de investigación el criterio último y suficiente para justificar éticamente y legalmente los experimentos sobre el ser humano, especialmente en las primeras etapas de su existencia
Las ideas de Bentham, Hobbes y Nietzche están en la raiz de un documento que marca un hito en la mentalidad moderna. En julio de 1984, el gobierno del Reino Unido publicó el Informe titulado Report of the Committee of Inquiry into Human Fertilization and Embriology, redactado bajo la dirección de la profesora Mary Warnock. El Warnock Report, tal como es conocido, aún admitiendo en algunos puntos que el utilitarismo estricto no es válido como en criterio ético jurídico para decidir en este caso, las técnicas de fecundación attificial, erigió como base de toda decisión moral y legal el sentimiento de la mayor parte de la gente, es decir, fijó como criterio práctico universal el utilitarismo sentimental! mayoritario.
De este modo, el culto irracional a los deseos descartaba las razones morales objetivas, rechazando la existencia de una naturaleza común a todos los seres humanos. El uso de la razón era desplazado por la intensidad de los sentimientos y deseos. Incluso las recientes afirmaciones de algunos acerca de la eventual validez de la clonación humana usando células estaminales embrionales, con fines terapéuticos, es emblemática respecto de esta orientación ideológica, que más de una vez se presenta como responsabilidad de gobierno al servicio del bien social
Pontificia Academia para la Vida, Declaración sobre reproducción. 7450 cientifico terapéutico de las células estaminales embrionales humanas, en L’Osservatore Romano, 25-0800, P. 6.
«Se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto que seria la fuente de los valores.Se han atribuido a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien o el mal».
Se concede «a la conciencia del individuo el privilegio de fijar, de modo autónomo, los criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia. Esta vision coincide con una ética individualista, para la cual cada uno se encuentra ante su verdad, diversa de la verdad de los demás. El individualismo, levado a las extremas consecuencias, desemboca en la ne- gación de la idea misma de naturaleza bumana»
Dicho de otra manera el individualismo -con su inseparable relativismo- es el que provoca esta crisis bioecológica denunciada por Juan Pablo II, y de ninguna manera es reflejo de la tradición cultural cristiana. «La crisis ecológica — dice el Papa- es un problema moral», que reviste dos aspectos: la falta de respeto y hasta el desprecio por la vida humana y la destrucción ambiental.
Juan Pablo II, encíclica. Veritatis splendor, 6-08-93, n. 32.
Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Ewx 1990, 08-12-89.
Mucho antes de que la Revolución de Octubre (o de Noviembre, dependiendo del calendario que nos apetezca usar) reivindicara los derechos sociales y la dignidad de las clases más bajas de Rusia, un gran número de intelectuales rusos (entre ellos escritores y pintores) ya habían puesto el dedo en la llaga y habían dado la vara al zar de turno con el tema. Algunos de estos intelectuales (casi) acabaron muy mal (como el pobre Dostoievski, que se salvó del patíbulo de milagro), pero otros fueron más o menos escuchados por la sociedad eslava.
En este último grupo se encuentran los pintores pertenecientes a la Peredvizhniki, una Asociación creada en 1870 precisamente para llevar el arte, y, con él, la cultura, a los sectores más desfavorecidos
El gran impulsor de esta Asociación, y su ideólogo más destacado, fue Iván Kramskoi. Nacido en el seno de una humilde familia de provincias, en un principio parecía contar con escasas posibilidades para estudiar Arte; pero la suerte (y el ímpetu) estaba de su lado. Kramskoi era un líder nato, y no le fue difícil acceder a la prestigiosa Academia Imperial de San Petersburgo. Sin embargo, pronto quedó profundamente decepcionado por la ideología imperante en la institución, que le parecía demasiado conservadora y elitista.
Los Peredvizhniki nacieron como protesta a este arte encorsetado, rancio y burgués que estaba tan de moda en toda Europa. Entroncados con el realismo europeo, estos artistas plasmaban en sus lienzos retazos de la vida misma, y los protagonistas dejaban de ser héroes mitológicos para convertirse en míseros jornaleros, campesinos o maginados sociales.
Cristo en el desierto se mostró al público en la segunda exposición que organizó la Asociación, en 1872. A priori, puede parecernos un motivo poco adecuado para estos artistas rebeldes; pero miremos más de cerca cómo Kramskoi ha representado a Cristo.
En un paisaje de una aridez desoladora, casi lunar, la figura del Salvador se yergue, no mayestática y triunfante, sino abatida, derrumbada, vencida. En las manos y los pies de Jesús se insinúan heridas y suciedad; la extrema delgadez de su rostro, sus facciones afiladas y sus cabellos revueltos nos producen más inquietud que paz interior. Cristo está sufriendo. Cristo es un ser humano como nosotros y, como tal, duda. ¿Qué hacer? ¿Seguir con su misión, que tanto le asusta, o renunciar? La figura no nos mira; hunde sus ojos en algún lugar lejano, se recoge, cavila, medita. Casi nos sabe mal contemplar el cuadro, como si estuviéramos interrumpiendo un momento demasiado íntimo, demasiado solemne, demasiado aterrador.
Ese es el mensaje que lanza la obra: Cristo fue un ser humano como tú; como tú, fue un desgraciado y, como tú, sufrió y dudó. Esta pintura baja a la figura del Hijo de Dios de los pedestales; nada de heroico hay en este Cristo decaído, gris, podríamos decir en un lenguaje completamente moderno. Y eso era, precisamente, lo que querían transmitir estos artistas de la Peredvizhniki. Vosotros, los miserables, también sois importantes. Vosotros, los olvidados, también estáis presentes en la memoria de Dios.
Cristo en el desierto sobrecoge y detiene el aliento. Sus colores duros y fríos se meten en las venas y nos hielan la sangre. Casi podemos escuchar el silencio sepulcral que envuelve al Salvador. En el horizonte, como una queda palabra de esperanza, se empieza a dibujar la mañana. Está considerada la mejor obra de Kramskoi; no en vano, el mismísimo Lev Tolstoi dijo de ella: Es el mejor Cristo que he visto jamás.
Fuente: «Unintentional fatal injuries arising from unpaid work at home» (Injury Prevention)
Las mujeres sufren un mayor número de accidentes domésticos en cifras totales, pero en la categoría de mortales y relacionados con el trabajo del hogar no remunerado, los hombres representan al menos 4 de cada 5.
Lo interesante es la conexión entre estos accidentes y los roles de género tradicionales. Los hombres murieron en las siguientes tareas: reparaciones del hogar (como reparar el tejado), cuidado del automóvil, mejoras del hogar o trabajos de jardinería (en algunos países, como Estados Unidos, esto se considera un trabajo propio del hombre).
Hay un informe español de la aseguradora Mapfre que rebaja el porcentaje al 61,6% pero habla de accidentes del hogar en general, no accidentes relacionados con el trabajo doméstico en particular. Sobre esta última categoría no he podido encontrar más estudios que el citado para este meme, lo cual también es revelador a su manera
Evangelio según san Mateo, 6: 10- 10 «Venga el tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo». (v. 10)
O pedimos que nos venga de Dios nuestro reino, según nos está prometido, y que hemos adquirido con la sangre de Cristo, para que los que hemos servido antes a Cristo en este mundo, reinemos después
Pseudo- Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 14
profeta Zacarías, Dios habla de sí mismo como «Aquel a quien ustedes traspasaron» (Zacarías 12: 10).
Es cierto que el pasaje es un tanto oscuro, pero también es cierto que una de las interpretaciones judías más antiguas de este pasaje, hallada en el Talmud, es que Zacarías se está refiriendo a la muerte de Mesías ben Yosef, es decir, el Mesías sufriente.
Ahora, dado todo lo anterior, no resulta descabellado que se apliquen en el Evangelio estas palabras a Jesús cuando fue atravesado por una lanza luego de la crucifixión (cfr. Juan 19: 34- 37).
Pero el punto es que, al parecer, el Señor está hablando de sí mismo. Por tanto, el Mesías, es decir, el Salvador, tiene que ser de naturaleza divina conforme a lo dicho por el profeta Isaías: «Dios mismo vendrá y los salvará» (Isaías 35: 4). Tal vez a alguno le pueda sonar muy extraña la idea de que el Mesías judío pueda tener rango divino. Pero no debería resultar tan extraño si se considera que en las propias fuentes judías se hallan elementos que apuntan a la concepción de una preexistencia celestial del Mesías.
Por ejemplo, en la Pesikta Rabbati, que es una colección de homilías judías, leemos que «al inicio de la creación del mundo nació el Mesías Rey, que estaba en los pensamientos de Dios antes de que el mundo fuera hecho».
Asimismo, encontramos que la propia Enciclopedia Judía reporta que la pre- existencia del Mesías «se halla también en el Hagadá, donde el nombre del Mesías se incluye entre siete cosas creadas antes de que el mundo fuera hecho, (…) en La Revelación de R. Joshua ben Levi, en el Midrash Konen y en El Jardín del Edén».
Michael Brown, Answering Jewish Objections to Jesus, op. cit., obj. 4.31.
Pesikta Rabbati, n. 33.
«Messiah», en: Joseph Jacobs and Moses Buttenwieser, In: Jewish Encyclopedia, Ed Fund and Wagnalls Co., New York, 1904, vol. 8,p.511.