Suele haber entre los cristianos un cierto complejo cuando se oye hablar de la «guerra por Cristo» o de «dar la sangre por defender la Fe». El enemigo de la Iglesia Católica ha venido repitiendo hasta el cansancio que «el valor supremo es la Paz'» y que nada puede oponérsele, sea cual fuere el motivo de la contienda. Dicha posición ha sido calificada como la «herejía» del «irenismo» (de eirene, en griego, «paz»); en resumen, esta postura dice que siempre hay que aguantar cualquier tipo de agresión, tanto a uno mismo como a un tercero y jamás responder con violencia. Pero esto no ha sido así siempre y si algo fue verdad antes,también puede serlo ahora. La Iglesia no nació ayer y el problema de la guerra ha existido desde la creación del mundo; en el ámbito de la teología se denomina con las palabras de «guerra justa'» al modo de oponer, contra malicia, milicia…, máxime cuando se trata de defender lo propio o lo de un tercero.
Ya la Sagrada Escritura tiene innumerables testimonios del uso de la violencia ordenadamente. El mismo Señor, en un pasaje que los pacifistas prefieren olvidar, tomó unas cuerdas y haciendo un látigo expulsó a los mercaderes del Templo en razón del celo que le causaban las cosas de Su Padre (Jn 2,15). Pero ya desde san Agustín y san Ambrosio, dos santos padres de la Iglesia (siglos IV y V), se fue gestando la sana doctrina del uso de la violencia como parte de la virtud cardinal de la fortaleza.
El cristiano amará la paz, pero conocerá que muchas veces es necesario alcanzarla y sostenerla por vía del combate. Como bien señala Caponnetto siguiendo a san Isidoro, «ninguna guerra puede ser justa, a no ser por causa de vindicta o para rechazar al enemigo» (Etimología, XX), pero en esos casos la acción punitiva será un recurso honesto. Y de tanta honestidad que, al decir de Nicolás I, estando en juego las leyes de Dios, la defensa propia, «la de la patria y la de las normas ancestrales», ni siquiera la Cuaresma podría suspenderla o postergarla (Responsa Nicolai ad consulta Bulgarorum, 46). Defender a Dios y a la Patria son obligaciones tan graves para el cristiano, que por cumplirlas debe estar dispuesto a armarse «en la milicia temporal», con una conducta tal-dice Radero- «que no pierda en modo alguno el alma que vive para siempre» (Praeloquiorum Libri sex, 1,11).
Opiniones firmes y unívocas que de un modo u otro reiteraron Pedro Damián o el Obispo Rufino, san Anselmo de Canterbury, Yves de Chartres, Abelardo o Alejandro II, entre otros.
En el esplendor del siglo XII, sus sabios y sus santos volvieron a reiterar la doctrina de siempre: Raimundo de Peñafort en la Summa de Paenitentia, Enrique de Susa en su Summa Áurea, Alejandro de Hales en De lege punitionis, y el gran san Buenaventura quien comentando el Evangelio de san Lucas, dirá rotundamente que hay causa conveniente (de guerra lícita) cuando se trata de la tutela de la patria, de la paz o de la fe» (Commentarium in Evangelium Lucas, II, 34).
El mismo santo Tomás de Aquino trató el tema profusamente en varias de sus obras teológicas justificando e incluso compeliendo a la guerra cuando se trata de salvaguardar un derecho. Otro tanto se encontrará en los tratadistas de las centurias posteriores autores de grandes Summas orientadoras, como la Astesana,la Pisana o la Angélica, hasta que en la España del siglo XVI brillan las cumbres de la teología abocadas a tan candente problema.
Los nombres de Vitoria, Cayetano, Martin de Azpilcueta Domingo de Soto o Melchor Cano no necesitan presentación ni comentario, aunque el especialista pudiera-con todo derecho- señalarnos otros tantos como los de Alfonso de Castro, Diego de Covarrubias, Domingo Báñez, Luis de Molina o Francisco Suárez. Los argumentos fluyen y discurren apasionadamente ora en contradicción, ora en concordia, ricos en casos, ejemplos situaciones y condiciones, pero ninguno de ellos cree que el católico deba claudicar pasivamente en la defensa de sus principios. Más próximo a nosotros, el Papa PÍo IX, condenó en el Syllabus los enunciados pacifistas, y el mismo Benedicto XV-a quien le tocó regir la Iglesia durante la Primera Guerra Mundial- distinguió entre los horrores de la contienda, la conveniencia de una verdadera paz y la doctrina moral tradicional que justifica determinadas luchas. Pío XI, como bien se sabe, apoyó y bendijo sin reservas la Cruzada Española de 1936 y la noble resistencia cristera de los católicos mexicanos (1926- 1929),en documentos tan límpidos como emocionantes y aleccionadores, siendo su sucesor Pio XII quien nos ha legado quizás, entre los pontífices modernos, las más elaboradas razones sobre la paz y la guerra las armas y la justicia, y el deber cristiano de hacer frente a la iniquidad. No la inmoralidad de la guerra de agresión, enseña PÍo XII, no el armamentismo provocador y amenazante ni la «monstruosa crueldad de las armas modernas», pero tampoco la tibieza, la pusilanimidad yla paz a todo precio. Siempre será «moralmente lícito o incluso, en algunas circunstancias concretas, obligatorio, rechazar con la fuerza al agresor… Un pueblo amenazado y víctima de una injusta agresión, si quiere pensar y obrar cristianamente, no puede permanecer en una indiferencia pasiva… y si no quiere dejar las manos libres a los criminales internacionales, no le queda otro remedio que prepararse para el día en que tendrá que defenderse. Por último, no podemos dejar de citar las palabras del recientemente beatificado Juan Pablo II cuando visitó su Polonia natal y recordó la gran gesta polaca: Ser cristiano quiere decir vigilar, como vigila el soldado durante la guardia.. Vigilar significa custodiar un gran bien.. significa percibir agudamente los valores que existen en la vida de cada hombre por el simple hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios y haber sido redimido con la sangre de Cristo. Vigilar quiere decir recordar todo esto… Hay pues que vigilar y cuidar con gran celo… No puede permitirse que se pierda nada de lo que es cristiano sobre esta tierra. Más aun: La lucha es, con frecuencia, una necesidad moral, un deber. Manifesta la fuerza del carácter, puede hacer florecer un heroísmo auténtico. La vida del hombre en esta tierra es un combate’, dice el Libro de Job; el hombre tiene que enfrentarse con el mal y luchar por el Bien todos los días. El verdadero bien moral no es fácil, hay que conquistarlo sin cesar, en uno mismo, en los demás, en la vida social e internaciona. Como vemos, el luchar cuando hay que hacerlo, no solo es un derecho en el cristiano sino, en algunos casos, hasta un deber
Presidente Plutarco Elias Calles, 1 dic. 1924 a 30 nov, 1928, en una Tenida masónica
Evangelio según san Mateo, 6: 10- 10 «Venga el tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo». (v. 10)
Eso no quiere decir que Dios no reine en la tierra, porque siempre ha reinado sobre ella. La palabra venga quiere significar que se manifieste a los hombres. A ninguno le será lícito desconocer el reino de Dios, siendo así que su Unigénito, no sólo de una manera inteligible o espiritual sino también de una manera visible, habrá de juzgar a los vivos y a los muertos el día de juicio, que según nos enseña el Señor habrá de tener lugar cuando el Evangelio se haya predicado a todas las gentes. Esta súplica se refiere a la santificación del nombre de Dios
el carácter divino del Mesías. leemos en el libro de Isaías: «Porque nos ha nacido un niño, el Señor nos ha dado un hijo, al cual se le ha concedido el poder de gobernar. Y le darán estos nombres: Admirable en sus planes, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz» (Isaías 9: 6).
¿Cómo, en una cultura judia donde los nombres son tan importantes, se puede llamar «Dios fuerte» y Padre eterno» a un hombre nacido de mujer, por más Mesías que sea, si «Dios no comparte su gloria con ningún otro» (cfr. Isaías 42: 8)? La única forma coherente de hacerlo es si la doctrina de la Trinidad y la Encarnación son ciertas: el Padre, por amor a nosotros, nos ha enviado a su único Hijo engendrado, no creado, y por tanto de carácter divino, para que sea nuestro Salvador (cfr. Juan 3: 16). Este Hijo es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad y, por tanto, respecto de nosotros, es por esencia, y no por usurpación, «Dios fuerte» y Padre eterno»
Dante A. Urbina ¿CUÁL ES LA RELIGIÓN VERDADERA?: Demostración racional de en cuál Dios se ha revelado
Ha llegado, amadísimos hermanos, aquel tiempo tan importante y solemne, que, como dice el Espíritu Santo es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente desearon los patriarcas y profetas y que fue objeto de tantos suspiros y anhelos; el tiempo que Simeón vio lleno de alegría, que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado. El Padre por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único, para librarnos de la tiranía y del poder del demonio, invitarnos al cielo e introducirnos en lo más profundo de los misterios de su reino, manifestarnos la verdad, enseñarnos la honestidad de costumbres, comunicarnos el germen de las virtudes, enriquecernos con los tesoros de su gracia y hacernos sus hijos adoptivos y herederos de la vida eterna. La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos. La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo. Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón agradecido este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en ello los imitáramos
De las cartas pastorales de san Carlos Borromeo, obispo (Acta Ecclesiae Mediolanensis, t. 2, Lyon 1683, año 916-917)
San Lucas 21:25-33 «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de la gente, trastornada por el estruendo del mar y de las olas. Los hombres se quedarán sin aliento por el terror y la ansiedad ante las cosas que se abatirán sobre el mundo, porque las fuerzas de los cielos se tambalearán. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.» Les añadió una parábola: «Mirad la higuera y todos los demás árboles Cuando veis que echan brotes, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
«La separación entre espíritu y cuerpo en el hombre ha tenido como consecuencia que se consolide la tendencia a tratar el cuerpo humano no según las categorías de su específica semejanza con Dios, sino según las de su semejanza con los demás cuerpos del mundo creado, utilizados por el hombre como instrumentos de su actividad para la producción de bienes de consumo. Pero todos pueden comprender inmediatamente cómo la aplicación de tales criterios al hombre conlleva enormes peligros. Cuando el cuerpo humano, considerado independientemente del espíritu y del pensamiento, es utilizado como un material al igual que el de los animales -esto sucede, por ejemplo, en la manipulación de embriones y fetos-, se camina inevitablemente hacia una derrota ética.
«En semejante perspectiva antropológica, la familia humana vive la experiencia de un nuevo maniqueismo, en el cual el cuerpo y el espíritu son contrapuestos radicalmente entre sí: ni el cuerpo vive del espíritu, ni el espíritu vivifica el cuerpo. Asi el hombre deja de vivir como persona y sujeto. No obstante las intenciones y declaraciones contrarias, él se convierte exclusivamente en un objeto»
Juan Pablo II, Carta a las Familias, 2-02-94, n.19.Este párrafo de la Carta es de capital importancia para la comprensión de los temas bioéticos.
Clarifico que hablamos de ejecutados mediante lapidación.
Fuente: List of known cases of death by stoning sentences in Iran: 1980-2010 (Stop Stoning Now, p. 5-8)
Los hombres lapidados en Irán (y otros países islámicos)
Nadie duda de que la vida en Irán para las mujeres es difícil, pero recordemos que la situación del hombre dista mucho de ser envidiable. Si quieren leer sobre problemas a los que se enfrentan los varones iraníes por razón de sexo. Y si les interesa Oriente Medio en general les recomiendo leer este otro sobre la desechabilidad masculina en Afganistán
Facebook bloquea o bloqueará las referencias biografícas, si alguien lo desea lo puedo proporcionar por otro medio
Y por Ti, Dios soberano, aunque en servirte hay tanta gloria, tanta dulzura y provecho, ¿casi nadie tomará tu partido? ¿Casi ningún soldado se alistará bajo tus banderas? ¿Ningún San Miguel gritará de en medio de tus hermanos por el celo de tu gloria: “¿Quién como Dios?”
¡Ah! Permíteme ir gritando por todas partes: ¡Fuego, fuego, fuego! ¡Socorro, socorro, socorro! ¡Fuego en la casa de Dios! ¡Fuego en las almas! ¡Fuego en el santuario! ¡Socorro, que se asesina a nuestros hermanos! ¡Socorro, que se degüella a nuestros hijos! ¡Socorro, que se apuñala a nuestro padre!
“El que sea del Señor júntese conmigo”51. Que todos los buenos Sacerdotes repartidos por el mundo cristiano, sea que actualmente se hallen combatiendo o que se hayan retirado de la pelea a los desiertos y soledades, que todos esos buenos Sacerdotes vengan y se junten con nosotros –la unión hace la fuerza–, para que formemos, bajo el estandarte de la cruz, un ejército bien ordenado en batalla y bien dispuesto para atacar de concierto a los enemigos de Dios, que “ya han tocado alarma”52, “rechinaron los dientes”, “bramaron», “se multiplicaron”
“Rompamos sus coyundas, arrojemos de nosotros sus ataduras. El que mora en los Cielos se ríe de ellos”
“¡Alzase Dios! ¡Se dispersan sus enemigos!”
“¡Despierta! ¿Por qué estás dormido, Señor? ¡Desperézate!” Levántate, Señor, en tu omnipotencia, tu misericordia y tu justicia, para formar una Compañía escogida de guardias personales que guarden tu casa, defiendan tu gloria y salven sus almas, a fin de que “no haya sino un rebaño y un pastor”, y que “todos te rindan gloria en tu templo”. Amén.
¡Dios Solo!
San Gregorio, PL 76, 1251A; Olier, Lettres II 1885, pág. 576. En hebreo “Miguel” quiere decir: “¿Quién como Dios?” Ex 32,26. Sal 45,4. Sal 34,16. Sal 2,1. Sal 24,19. Sal 2,3-4. Sal 67,1. Sal 43,24. Jn 10,16. Sal 28,9.
Súplica ardiente para pedir misioneros (S. Luis M. G. de Montfort)
Consagracion y primera misa Cardinal Joseph Zen de Hong Kong