4 forma de seguir a Cristo



Evangelio según san Mateo, 4: 23- 25 Y andaba Jesús rodeando toda la Galilea, enseñando en las Sinagogas de ellos, y predicando el Evangelio del reino. Y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y corrió su fama por toda la tierra, y le trajeron todos los que lo pasaban mal, poseídos de varios achaques y dolores, y los endemoniados, y los lunáticos, y los paralíticos, y los sanó. Y le fueron siguiendo muchas gentes de la Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea, y de la otra ribera del Jordán. (vv. 23- 25)

Las cuales se dividieron en cuatro partes. Unos lo seguían por su magisterio celestial, como los discípulos; otros por la curación de sus enfermedades; otros, movidos sólo por su fama y por la curiosidad, queriendo experimentar por sí mismos si era verdad lo que se decía; y otros por envidia, queriendo acusarlo y cogerlo en alguna contradicción. Siria, místicamente hablando, quiere decir levantada; Galilea, voluble o rueda, esto es diablo y mundo, que es soberbio y siempre rueda hacia el abismo, en el cual se dio a conocer la noticia sobre Cristo por medio de la predicación; los endemoniados son los idólatras; los lunáticos son los volubles; los paralíticos son los perezosos y los malhechores

Rábano

Oración

Convertíos y creed la Buena Noticia. Porque está cerca el reino de Dios

Evangelio

Buscad el bien, no el mal, y viviréis;
y el Señor estará con vosotros.

EVANGELIO
Jn 4, 43-54.

Él fue, se lavó, y volvió con vista.

✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado:
«Un profeta no es estimado en su propia patria».
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.
Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.
Jesús le dijo:
«Si no veis signos y prodigios, no creéis».
El funcionario insiste:
«Señor, baja antes de que se muera mi niño».
Jesús le contesta:
«Anda, tu hijo vive».
El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron:
«Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre».
El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

Palabra del Señor.

Jesucristo, Verdad



Esto nos lleva a hablar de la causalidad ejemplar de Jesucristo, que ejercita sobre nosotros de tres maneras principales: a) en su persona; b) en sus obras, y c) en su doctrina

su doctrina.—Finalmente, Jesucristo ejercita sobre nosotros su papel de eterna Verdad comunicándonos, a través de su doctrina divina, el resplandor de su sabiduría infinita. La inteligencia de Jesucristo es un abismo donde la pobre razón humana, aun iluminada por la fe, se pierde y anonada. En Cristo existían cuatro clases de ciencia, completamente distintas, pero perfectamente combinadas y armonizadas entre sí: la ciencia divina, que poseía plenamente en cuanto Verbo de Dios; la beatifica, que le correspondía como bienaventurado aun acá en la tierra; la infusa, que recibió de Dios y en grado incomparablemente superior al de los ángeles, y la adquirida, que fué creciendo, o manifestándose cada vez más perfectamente, a todo lo largo de su vida 1°. Con razón se admiraba San Pablo al contemplar reunidos en Cristo todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col. 2,3). Y estos tesoros infinitos no quiso reservárselos exclusivamente para sí. Plugo al Padre que fueran comunicados a los hijos adoptivos en la medida y grado necesarios para su vida de tales. El mismo Cristo le decía al Padre en la última cena: «Yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos ahora las recibieron, y conocieron verdaderamente que yo salí de ti, y creyeron que tú me has enviado» (lo. 17,8). ¡Y qué doctrina la de Cristo! «Jamás hombre alguno habló como éste» (lo. 7,46). Las más celebradas concepciones de los llamados «genios de la humanidad» palidecen y se esfuman ante un solo versículo del sermón de la Montaña. Su moral sublime, iniciada en las divinas paradojas de las bienaventuranzas y rematada en el maravilloso sermón de las Siete Palabras que pronunció agonizante en la cruz, será siempre para la humanidad, sedienta de Dios, el código divino de la más excelsa perfección y santidad. El alma que quiera encontrar el verdadero camino para ir a Dios no tiene más que abrir por cualquiera de sus partes el Evangelio de Jesucristo y beber la Verdad a raudales. Los santos acaban por perder el gusto a los libros escritos por los hombres: «Yo—decía Santa Teresa del Niño Jesús—apenas encuentro algo en los libros, a no ser en el Evangelio. Ese libro me basta» 1′

Gf. Novissima verba is de mayo. 0.378 (Obras completas, Bureos loso). 12 Cf. 111,48 y 49

Enseñanzas del naturalismo

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Soberanía de la razón humana. Ahora bien; es principio fundamental de los que siguen el naturalismo, como lo declara su mismo nombre, que la naturaleza y razón humana han de ser en todo maestras y soberanas absolutas; y sentado esto, descuidan los deberes para con Dios, o tienen de ellos conceptos vagos y erróneos. Niegan, en efecto, toda divina revelación; no admiten dogma religioso ni verdad alguna, que no pueda comprender la razón humana, ni maestro a quien precisamente deba creerse por la autoridad de su oficio. Y como en verdad es oficio propio de la Iglesia católica, y que a ella sola pertenece el guardar enteramente y defender en su incorrupta pureza el depósito de las doctrinas reveladas por Dios, la autoridad del magisterio y los demás medios sobrenaturales para la salvación, de aquí el haberse vuelto contra ella toda la saña y ahínco de estos enemigos

ENCÍCLICA «HUMANUM GENUS» (20-IV-1884
ACERCA DE LA. MASONERÍA Y OTRAS SECTAS LEÓN PP. XIII

Grados de la obediencia



Obediencia de adelantado: No se contentan con obedecer exteriormente si no que interiormente someten su voluntad aun en las cosas trabajosas contrarias a su manera de ser; y lo hacen de corazón sin quejarse, buscando poder asemejasen más perfectamente a Jesús y a María que son su modelo

Sitz im Leben

¿Qué es la ideología?



Las ideologías son ideas disfrazadas de ciencia o filosofía que pretenden explicar de modo simplista la complejidad de la realidad humana y el mundo y para lo cual nos ofrecen remedios que pretenden perfeccionar dicha realidad. El caso paradigmático es el del comunismo que, en nombre de la lucha contra la pobreza, inventó la idea simplista de la “igualdad”, imponiéndola de manera criminal para combatir el pretendido mal de la desigualdad social

Pablo Muñoz Iturrieta Atrapado en el cuerpo equivocado La idęolögīa de gėnērø frente a la ciencia y la filosofía

El sin sentido, Jesús es relación y no religión



¿Qué es la religión?

empecemos con una definición coherente de lo que es y/ o implica la religión. Pero es allí donde -desde ya- se inicia la dificultad. Las formas de religiosidad son muchas y muy variadas y ello dificulta de sobremanera la posibilidad de una definición unívoca. Podemos, por ejemplo, decir que la religión se define como una creencia, pero no toda creencia es religiosa (yo puedo “creer” que me sacaré la lotería, pero ello no constituye una religión). Podríamos ajustar nuestra definición diciendo que significa “creer en Dios”, pero dejaríamos de lado a todas las religiones politeístas (que creen en muchos dioses) y henoteístas (que creen en un dios principal y un conjunto de dioses menores).

Podríamos, entonces, decir alternativamente que la religión es una forma de espiritualidad, pero así dejaríamos de lado el aspecto institucional propio de la gran mayoría de religiones. Como se ve, la cuestión es conceptualmente complicada. Por tanto, para resolverla al menos a un primer nivel, es necesario que echemos mano de la etimología. Pues bien, al parecer, etimológicamente la palabra “religión” viene del latín religare que quiere decir “volver a unir”, “re- ligar”. Entonces podemos conceptualizar a la religión como una forma de re- ligar al hombre con la divinidad. Sin embargo, esta definición es todavía demasiado general. Hay que decir de qué forma específica la religión re- liga al hombre con la divinidad.

Y eso nos lleva a los tres elementos constitutivos de la religión: la creencia, la moral y el culto. La creencia es el conjunto de enseñanzas y doctrinas que el creyente debe asumir; la moral, el conjunto de normas y preceptos que debe obedecer; y el culto, el conjunto de actos internos y externos, públicos y/ o privados, que debe realizar.

De esta manera, dados todos los elementos anteriores, podemos finalmente definir a la religión como aquella forma de espiritualidad que religa (une, relaciona) al hombre con la divinidad por medio de la adhesión a una doctrina (creencia), la obediencia a un conjunto de normas (moral) y la realización de determinadas prácticas (culto)

X = Y



Esquemáticamente podríamos decir que si por un lado establecemos una relación necesaria entre X e Y, y por otro lado establecemos la existencia de X, entonces tenemos asegurada la existencia de Y en virtud del principio de no contradicción: si X es necesariamente Y, e Y es necesariamente X, no puede suceder que exista X sin que exista Y.

Ahora bien, en nuestro argumento X es el Ser Necesario e Y el Ser Realísimo. De esta manera tenemos que en nuestra prueba de la existencia de Dios a partir de la contingencia de los seres el razonamiento va primero de la experiencia a la existencia real de un Ser Necesario, y de la existencia real de un Ser Necesario a la existencia real del Ser Realísimo (Dios), con la mediación de la noción de la identidad entre la esencia del Ente Necesario y el Ser Subsistente, y de la identidad entre el Ser Subsistente y el Ser Realísimo. No hay aquí argumento ontológico alguno.

Queda, pues, en pie la tercera vía

¿DIOS EXISTE?: El libro que todo creyente deberá (y todo ateo temerá) leer. Dante A. Urbina