1.Es evidente, y nos consta por nuestra experiencia directa del mundo, que existen seres contingentes, es decir, seres que dependen de otros para existir.
2. Ahora bien, por definición, como habíamos dicho, un ser contingente depende de otro para existir. Entonces, si hallamos que existe un ser contingente es necesario inferir que existe otro ser del cual depende éste.
3. Pero si asumimos que todos los seres son contingentes tendremos que este primero dependerá de un segundo, que será contingente de modo que dependerá de un tercero, también contingente, y este tercero de un cuarto y así sucesivamente. Mas no se puede seguir así indefinidamente, porque de ser ese el caso no podría existir ningún ser, ya que tendría que pasar un proceso infinito de dependencia ontológica para que recién pueda existir, lo cual es evidentemente absurdo. Por consiguiente, es necesario postular la existencia de un Ser Subsistente, es decir, un ser que no dependa de ningún otro para existir sino que contenga plenamente en sí mismo todo el fundamento del ser
4.Este Ser Subsistente que no depende de ningún otro para existir y que se constituye como el fundamento de la existencia de todos los demás seres es el que todos conocemos con el nombre de Dios.
San Mateo 19:27-29 Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?» Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o campos por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna.
Evangelio según san Mateo, 6: 17- 18 «Mas tú, cuando ayunas, unge tu cabeza y lava tu cara para no parecer a los hombres que ayunas, sino solamente a tu Padre, que está en lo escondido: y tu Padre, que ve en lo escondido, te galardonará». (vV. 17-18)
Es preciso realizar el ayuno, no privándose solamente de los alimentos sino procurando evitar el pecado y los vicios. Dado que no nos mortificamos sino para extinguir en nosotros la concupiscencia.
Y el resultado de la mortificación debe ser el abandono de las acciones deshonestas y de las voluntades injustas. Esta manera de entender las exigencias de la fe no excusa a los que están enfermos de practicarlas, pues en un cuerpo lánguido puede encontrarse un alma sana.
San Lucas 10:1-9 Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde él había de ir Y les dijo: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. En la casa en que entréis, decid primero: `Paz a esta casa.’ Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros Permaneced en la misma casa, comed y bebed lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: `El Reino de Dios está cerca de vosotros.’
El objetivo: ha sido enmendar la visión tergiversada de la Historia que trata al hombre como una clase violenta monolítica y a la mujer como su inevitable víctima, aquella que se supone condena o desaprueba en silencio la violenta actitud de compañero. Se examinara el papel de la mujer en la guerra y las deudas de sangre que ocurrían en las sociedades germano-escandinavas y árabes
John Stuart Mill afirmó en su obra El sometimiento de la mujer (1869 d.C.): El valor y las virtudes militares se fortificaron por el anhelo que siente el hombre de infundir admiración a la mujer. Y no sólo en las cualidades heroicas, sino en otras de distinto orden, funciona el estímulo femenil, puesto que, por natural resultado de la situación de inferioridad de la mujer, el mejor medio de fascinarla y conquistarla es ocupar un puesto eminente en sociedad, coronarse con la gloria y subirse al pedestal de la grandeza.
Estudios recientes parecen darle la razón. Uno realizado por la Universidad de Southampton presentó a 92 mujeres con distintos perfiles masculinos, desde deportistas hasta hombres de negocios, y el preferido por la mayoría fue el héroe de guerra: el soldado condecorado por su participación en combate. Un estudio posterior realizado en Holanda por los mismos investigadores con 159 mujeres ofreció resultados similares. De hecho, el heroísmo en zonas de combate fue más valorado que el heroísmo en zonas de desastres naturales.
Aunque dos estudios con una muestra relativamente pequeña no pueden tomarse como concluyentes, lo cierto es que existe escasa investigación al respecto. La poca información con la que contamos, sin embargo, se ajusta bastante bien a lo que Miller había dicho hace siglo y medio.
El poder femenino en el pasado no estaba, en su mayor parte, institucionalizado como en el caso del varón, pero ello no lo hacía menos real. En esta bitácora hemos examinado varios casos donde las mujeres incitaron a los hombres a ir a la guerra, como la campaña de Las Plumas Blancas, La Guerra de los Cristeros o durante la conquista de Hispania, aunque el fenómeno ha existido en muchas otras culturas. Y pese a los estereotipos, en buena parte de los casos las mujeres no los incitaban porque quisieran defenderse de un ejército agresor
Cuando se trata de las deudas de sangre, sin embargo, es mucho más difícil estudiar el papel de la mujer como incitadora de conflictos mediante fuentes históricas, su papel no siempre se encontraba institucionalizado. La literatura, sin embargo, recoge abundantes historias de lo que se ha venido a llamar “la incitadora”: una mujer que para lavar una afrenta contra ella o su familia apela al sentido de hombría de los varones, empujándolos al combate para limpiar su honor.
Para hablar sobre el fin de los tiempos, tomamos aquí, un fragmento completo del teólogo Antonio Royo Marín
En la Sagrada Escritura se nos dice que nadie absolutamente sabe cuándo sobrevendrá el fin del mundo. Cristo resucitado advirtió a sus apóstoles que no les correspondía a ellos conocer los tiempos ni los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder soberano (Hch 1,7). Y en el Evangelio les había ya dicho que de aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo ni el hijo, sino sólo el Padre (Mt 24,36). Ya se comprende que el hijo no lo sabía como formando parte de su mensaje mesiánico que había de comunicar a los hombres, aunque sí como verbo eterno de Dios. Sin embargo, la misma Sagrada Escritura nos proporciona ciertos signos o señales por donde puede conjeturarse de algún modo la mayor o menor proximidad del desenlace final. No se nos prohíbe examinar esas señales, pero es preciso tener en cuenta que son muy vagas e inconcretas y se prestan a grandes confusiones, sobre todo por el carácter evidentemente metafórico y ponderativo de muchas de ellas. Buena prueba de esto la ofrece el hecho de que la humanidad ha creído verlas ya en diferentes épocas de la historia que hacían presentir la proximidad de la catástrofe final.
Vamos, pues, con sobriedad y moderación a recoger esas señales, pero guardándonos mucho de llegar a conclusiones demasiado concretas y simplistas. Lo único cierto en esta materia tan difícil y oscura es que nadie absolutamente sabe nada: es un misterio de Dios.
La Virgen María nos viene a advertir
Todo esto, es lo que nos viene a recordar la Santísima Virgen María por Voluntad de Dios. Pero siempre, después de cada legítimo mensaje del cielo, donde puede anunciar catástrofes como lo veremos más adelante, la Madre de Dios deja bien sentadas las bases de la esperanza: el Señor triunfará sobre el mal, su reino se implantará en el mundo y nosotros seremos su pueblo y Él será nuestro Dios.
Valga también aclarar, que todo lo que concierne a apariciones y locuciones entra dentro del campo que se conoce como “Revelación privada” y no obliga al creyente, en modo alguno, a creer bajo pena de pecado, ni siquiera venial:
«A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.» (Catecismo, 67).
Alguien podría perfectamente no creer en alguna aparición, aún si es aprobada por la Iglesia, y no pecaría en lo más mínimo. Sin embargo, es también importante advertir que no hay razón para desprestigiar estas apariciones -a menos que contengan algo en contra de la sana doctrina y/o la recta moral, y allí corresponde a la Iglesia el juzgar-, pues si alguien no cree, no significa que por ello esta manifestación del cielo sea falsa.
Alguien interesado en las apariciones marianas, reconocidas por la iglesia y revelación privados, de forma sistematizada y hermosamente explicada
Los musulmanes mantienen que la venida de Mahoma fue profetizada en la Biblia, siendo que basan dicha pretensión en Sura 7: 1 57, donde se lee:
«Los que creen al enviado, al Profeta, a quien encuentran mencionado en sus textos: en la Torá y en el Evangelio».
Si estas palabras son correctas, deberíamos encontrar una referencia clara acerca de Mahoma en las profecías de Moisés o de los Evangelios. Los apologistas islámicos han buscado diligentemente textos que validen su creencia, Pero ninguno de los pasajes que alegan llega a ser concluyente ni válido. Para mostrarlo analizaremos los principales que citan al respecto:
– Deuteronomio 18: 18- 19: «Profeta les levantaré de entre sus hermanos, como tú, y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará de todo lo que Yo le mandare. A todo aquel que no haga caso de lo que este profeta diga en mi nombre, Yo le pediré cuentas». Los musulmanes sostienen que esta es una clara referencia a Mahoma, predicha por Moisés. Se dan las siguientes razones: 1) Mahoma, al ser árabe, procede de entre los hermanos de los israelitas» ya que la nación árabe desciende de Ismael, que fue el hermano de Isaac, padre de la nación judía; 2) Mahoma fue el profeta más parecido a Moisés ya que ambos recibieron una legislación sagrada, enfrentaron a sus enemigos obteniendo la victoria y fueron dirigentes político- administrativos; 3) Mahoma recitó las palabras exactas de Dios ya que el Corán le fue directamente revelado a través del ángel Gabriel.
Analicemos cada una de las «razones»: 1) La frase «de entre sus hermanos» no se refiere a que el profeta sería extranjero sino más bien que procedería de la misma nación judía. Hipótesis ad hoc? No. Se desprende claramente del contexto mismo del pasaje. En efecto, al inicio del mismo capitulo citado se dice que «Los sacerdotes levitas, es decir, todos los de la tribu de Leví no tendrán parte ni heredad en Israel (…) No tendrán, pues, heredad entre sus hermanos» (Deuteronomio 18: 1-2). Quiere decir esto que no tendrán heredad «entre los extranjeros»? No. La palabra «hermanos» evidentemente se refiere a las tribus de Israel, siendo una de ellas la de Leví. Casualidad? Veamos otro pasaje aún más claro que se encuentra solo en el capítulo anterior al citado: «De entre tus hermanos pondrás rey sobre ti; no deberás tomar como rey a un extranjero a uno que no sea su hermano» (Deuteronomio 17: 15). No son necesarios más comentarios, es obvio que el profeta debía venir de entre los israelitas y Mahoma más bien procede de los ismaelitas
Las Sagradas Escrituras enseñan que la fe es absolutamente necesaria para obtener la salvación eterna. «EI que crea y sea bautizado será salvo, el que no crea será condenado» ha dicho Nuestro Señor (Mc 16,16). San Pablo enseña: » Sin la fe, es imposible agradar a Dios» (He 11,6)
¿Cuál es esa fe necesaria para salvarse? – La fe necesaria para salvarse no es cualquier fe, sino la fe verdadera, aquella que se adhiere de manera sobrenatural a la verdadera doctrina revelada por Dios.
¿Esta necesidad de la doctrina verdadera es visible en las Sagradas Escrituras? – La necesidad de mantener la verdadera doctrina es manifestada en las advertencias repetidas de los Apóstoles respecto a los incrédulos y los heréticos: «Tiempo vendrá en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino al contrario, queriendo oir doctrinas que lisonjeen sus pasiones, recurrirán a doctores propios para satisfacer sus deseos, y cerrarán sus oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas» (2 Tm 4,3).
¿Los que, sin culpa de su parte, no se adhieren a las verdades reveladas, serán necesariamente condenados? – Dios le da a todos los hombres la posibilidad de salvarse. El que desconoce las verdades de la fe sin falta de su parte, obtendrá de Dios, en un momento o en otro, si hace todo lo posible por vivir bien, la posibilidad de recibir la gracia santificante. Pero evidentemente, el que por su propia falta no profesa la verdadera religión, se perderá eteramente
¿La verdadera fe tiene entonces una importancia soberana? – No se trata, en esta cuestión, de una inútil controversia entre teólogos, sino de la salvación o de la desdicha eterna de las almas inmortales.
CATECISMO CATOLICO DE LA CRISIS EN LA IGLESIA Por el Padre Matthias Gaudron