¿Quiso Jesús fundar una Iglesia?


En el siglo XIX algunos estudiosos empezaron a decir la Iglesia es invento de Pablo de Tarso, lo que supone una traición a la intención original de Jesús y crea meros instrumentos de poder y opresión. ¿Es esto verdad?

En el siglo XIX algunos estudiosos bíblicos empezaron a decir que Jesús no pretendía fundar una iglesia, que la iglesia la fundó Pablo de Tarso, el cual se inventó lo de que Jesús era Dios. Según ellos, esta doctrina retorcida extendida por la iglesia paulina es la que aparece en los evangelios, los cuales describen a un Jesús que en bien poco se parecería al Jesús histórico. Por tanto, la misma existencia de la Iglesia (o de las iglesias actuales en general) supone una traición a la intención original de Jesús y meros instrumentos de poder y opresión. Jesús sólo quería reformar el judaísmo rechazando las normas, los templos y las jerarquías, de manera que los fieles pudiesen adorar a Dios «en espíritu», sin más ayuda que la de su propio corazón. Todavía hoy hay gente que sigue defendiendo eso. Veamos si estas afirmaciones se sostienen.

JESÚS ERA UN SIMPLE FILÓSOFO PREDICADOR

La suposición de que Jesús no quiso fundar una Iglesia es defendida sobre todo por estudiosos pertenecientes al llamado revisionismo histórico modernista, movimiento que se extendió por el siglo XIX y también bien entrado en el siglo XX, aunque en buena parte fue luego perdiendo fuerza desplazado por unos estudios exegéticos más serios y menos fantasiosos. Esos estudiosos revisionistas, que defendían que el Jesús histórico tiene muy poco que ver con el Jesús de los cristianos, ignoran en gran medida los evangelios por considerarlos invenciones posteriores, salvo cuando encuentran un pasaje que creen que apoya sus ideas. Niegan cualquier elemento divino o sobrenatural en Jesús, y por tanto necesitan reinterpretar o sencillamente rechazar como mentiras mucho de lo que los cristianos consideramos verdad. Al final tratan la figura de Jesús como la de un simple artesano palestino del siglo I sin más pretensiones que predicar su visión del judaísmo como tantos otros predicadores del momento, empezando por Juan. Lo consideran igual que otros filósofos o grandes maestros como Buda o Confucio, gente buena que intenta explicar «su» verdad. No es extraño que piensen que todo lo que vino después fue algo que Jesús jamás pudo prever y ni siquiera desear.

Pero una primera crítica que se les puede hacer es ¿Cómo puede ser que veinte siglos después el modernista pueda entender mejor la tradición cristiana y las Escrituras que los que estuvieron dispuestos a morir por su causa en el primer siglo? No tiene mucho sentido que esa gente en pocos años se invente un montón de historias y luego se las crean hasta el punto de estar dispuestos a dar su vida por ellas. En esos primero años aún vivía mucha gente que había sido testigo de los acontecimientos, o hijos de los testigos. Ante unos evangelios inventados habrían levantado la voz. Parece más lógico pensar que esa misma Iglesia temprana que escribió los evangelios y que se refleja en ellos creía verdaderamente que todo lo que allí pone es la verdad. Una verdad tan grande y tan importante que incluso merece dar la vida por ella.

SAN PABLO FUE EL VERDADERO FUNDADOR DE LA IGLESIA

Dicen algunos que la Iglesia no la fundó Jesús, sino Pablo de Tarso. No se sabe bien en qué pruebas puedan basarse más allá de su propia imaginación. San Pablo dejó registrada la realidad de la fundación de la Iglesia en Cristo y su resurrección, si eso no fuera cierto, nos dice el mismo apóstol:
«Si nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, seríamos los hombres más dignos de lástima. Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos.» (1 Corintios 15:19-20)
Es difícil aceptar que Pablo, un hombre ya maduro que tiene la vida hecha y disfruta de poder y prestigio en su sociedad, con un papel relevante en su comunidad judía, pueda abandonarlo todo, marcharse a recorrer el mundo como un pordiosero, viviendo de la caridad de los demás, sufriendo ataques, palizas y hasta la persecución de sus anteriores compañeros, y todo para terminar encarcelado y finalmente ejecutado en Roma por fundar un nuevo movimiento religioso que él mismo sabe que es falso.

Se necesita un convencimiento muy fuerte y una fe muy sólida en algo muy superior para ser capaz de dejarlo todo. Pablo, con su gran formación intelectual, aportó a la Iglesia mucho, formuló con claridad muchas ideas, pero no se inventó nada. También es cierto que su papel en la configuración de la Iglesia primitiva está muy magnificado porque el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde vemos cómo esa Iglesia se va extendiendo y desarrollando, está escrito por Lucas, el cual acompañó a Pablo, y por tanto sabemos mucho de la labor misionera de Pablo, algo de Pedro y muy poco o nada de lo que hicieron los demás apóstoles. Eso nos puede transmitir la falsa imagen de que casi toda la evangelización la hizo Pablo, pero no fue así.

Pero de todas formas, su enorme capacidad de sacrificio y su gran entusiasmo sólo se explican porque verdaderamente se encontró con el Jesús resucitado y creyó que él era el Señor. Pablo, como nosotros, creyó verdaderamente que Cristo es el Hijo de Dios y que éste envió a sus seguidores (y a él mismo) a la historia para cumplir una misión que amplía y completa la misión del judaísmo y que no se separa de éste por mera escisión.

Si Pablo estuviera predicando una fe distinta a la predicada por los apóstoles, ambas creencias habrían chocado y se habrían producido conflictos que sencillamente no hubo. Tampoco los apóstoles hubieran permitido que un recién llegado les convenciese de que el mensaje de Jesús en realidad era bien distinto de lo que ellos creían. La realidad nos muestra, tanto en la Biblia como en los escritos de la Iglesia primitiva, que Pedro y Pablo predicaban en armonía, y a finales del siglo I, el cristianismo de todas las naciones era idéntico (salvo por la irrupción de la herejía gnóstica llegada de Persia), no tenemos unas creencias procedentes de Pablo que finalmente se fuesen imponiendo a las creencias de otras naciones evangelizadas por otros apóstoles. La misma Roma, donde tanto Pedro como Pablo predicaron, mostraba una unidad doctrinal.

JESÚS ESTABA EN CONTRA DE LOS TEMPLOS

Otra de las escenas que se utilizan a veces en contra de la intención de fundar una iglesia es la de la mujer samaritana:

La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar». Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.» (Juan 4:19-24)

Según los modernistas este pasaje significa que Jesús rechaza los templos y que a Dios se le adorará en el corazón de cada uno, sin templos de piedra ni organizaciones eclesiásticas que te digan qué creer o cómo creerlo. Pero en realidad sacar todas esas conclusiones de este texto puede ser cualquier cosa menos una labor seria de exégesis.

Para empezar, Jesús dice que pronto llegará el momento en que ni en Garizim ni en Jerusalén se adorará a Dios. Cierto, varias décadas después Jerusalén y el templo serán arrasados y todos los judíos deportados, se acabó el culto en ambos sitios. Dice también Jesús que los creyentes «adorarán al Padre en espíritu y en verdad». Cierto, eso hacemos todos los cristianos, independientemente de nuestra denominación. Los cristianos consideramos que con el sacrificio de Jesús en la cruz se puso fin a todos los sacrificios. A partir de ese momento ya no necesitamos un templo para adorar a Jesús, le adoramos «en espíritu y en verdad» en cualquier parte, en el campo, en nuestro dormitorio… ¡o dentro de una iglesia! acompañados de nuestra asamblea de creyentes. De hecho, una iglesia normalmente es un sitio especialmente acondicionado para entrar en oración. Se puede adorar a Dios y rezar en una discoteca, pero es evidente que resulta mucho más complicado.

Pero es más, no tiene sentido decir que Jesús estaba en contra de los templos, sino todo lo contrario. Jesús sintió el más profundo de los respetos hacia el Templo de Jerusalén. A los doce años decidió quedarse en el Templo en vez de irse con sus padres porque verdaderamente se sentía allí en casa de su Padre y sentía que ese era su lugar. Según nos cuenta Lucas 2:41, la familia de Jesús, como muchos otros, peregrinaba al Templo todos los años por Pascua. Durante sus años de magisterio peregrinó al Templo con motivo de las principales fiestas judías. Jesús oraba con su Padre en cualquier sitio, pero es evidente que consideraba el Templo como un lugar privilegiado para el encuentro con Dios. Para él el Templo era la casa de su Padre, una casa de oración, por eso se indigna tanto cuando ve el atrio exterior del Templo (el exterior, ni siquiera el Templo propiamente dicho) convertido en un mercado y es la única ocasión en la que vemos a Jesús fuera de sí. También el Templo fue uno de sus sitios preferidos para predicar cuando estaba en Jerusalén ¿De dónde sacan, pues, la idea de que a Jesús no le gustaban los templos? Los apóstoles iban al templo a orar (¡ya recibido el Espíritu en Pentecostés!), como consta en los Hechos ¿Será que se olvidaron de que Jesús no quería que fueran al templo? Si la revelación de Jesús es pura y exclusivamente personal. ¿Por qué pidió Jesús a los discípulos que permanecieran unidos y no se movieran de Jerusalén?

JESÚS ESTABA EN CONTRA DE LAS NORMAS RELIGIOSAS

Otro argumento es que Jesús pretendía liberar a su pueblo del peso de la religión y todos sus preceptos, y por tanto nunca tuvo intención de sustituir un yugo por otro nuevo. Es cierto que Jesús estaba en contra de tantísimas reglas que los fariseos habían ido añadiendo a los preceptos de los judíos a mayores de la Ley, pero de ahí no se deduce que estuviese a favor de que no hubiese ninguna norma. De hecho Jesús critica a los dirigentes corruptos, no a los procedimientos e instituciones religiosas establecidas por Moisés y los Profetas hebreos. Al contrario, afirma y reaviva el espíritu de esa ley y lo que critica es la hipocresía del fundamentalismo judío que transforma la ley mosaica en un instrumento de opresión para la gente y que eventualmente aleja a la gente de Dios y del amor al prójimo. Cuando Jesús llamó hipócritas a los fariseos no dijo «no hagáis caso de lo que os dicen los fariseos» sino «haced y cumplid todo lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen» (Mateo 21:3).

Jesús critica, por ejemplo, el corbán* (Marcos 7:11), no por ser malo, sino porque esa tradición frecuentemente era usada como manera de defraudar a los progenitores y por tanto iba en contra del 5º mandamiento; o una interpretación excesivamente restrictiva y radical de normas como la del descanso del sabath. Jesús asiste al Templo y a la sinagoga y cumple con sus obligaciones mosaicas. Aun en aquellas veces en que la interpretación de Jesús parece modificar la ley de Moisés, a veces endureciendo (caso del divorcio) a veces ablandando la interpretación de la ley (caso del descanso sabático o del apedreamiento de la adúltera), hay siempre una revelación de una nueva dimensión espiritual del mandamiento que se explica.
[*Un hijo tenía la obligación de cuidar de sus padres ancianos y darles todo lo que necesitaban. El corbán era un juramento que se hacía de entregar a Dios como ofrenda algo tuyo, pero sin necesidad de fecha concreta. Muchos judíos declaraban corbán todos sus bienes, sin llegar nunca a ejecutarlo. Como lo ofrecido a Dios ya no podía ser entregado a otra persona, dejaban a sus padres sin amparo con la excusa de que todo lo que poseían en realidad era corbán y algún día tendrían que entregarlo. Aunque ese día nunca llegase]
Jesús dijo que no había venido a derogar la Ley, sino a darle cumplimiento (Mateo 5:17), y a continuación añade: «Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos». No suena a alguien que esté en contra de las normas y preceptos, más bien parece alguien que está en contra de quienes abusan de ellos, en contra de quienes defienden la letra de la Ley por encima del espíritu de ella.

Otra cosa hubiera sido que Jesús dijera cosas como «¿Quiso Moisés fundar una religión?» o tal vez «La Ley de Moisés es una ley del corazón y no hace falta ir al Templo» o cualquier otra objeción a la autoridad de la ley o su integridad histórica con el objeto de minar su importancia o veracidad. Es a partir del momento de la muerte de Jesús y su resurrección cuando se establece la Nueva Alianza y por tanto la ley antigua queda superada. Ahora el pacto que establece Dios es con toda la humanidad y a medida que se vayan integrando cada vez más gentiles, los apóstoles se dan cuenta de que no tiene sentido exigirles también a ellos que cumplan las antiguas leyes judías. A medida en que la nueva Iglesia se encontraba con una situación totalmente diferente, fue estableciendo sus propias normas de funcionamiento y sus propios preceptos basados en las enseñanzas de Jesús.

JESÚS NO QUERÍA CREAR UNA NUEVA RELIGIÓN

También dicen que lo que Jesús pretendía no era crear una religión nueva, sino reformar el judaísmo. El problema de este argumento es que (sorpresa) también los cristianos creemos que Jesús no vino a crear una religión nueva, sino a reformar el judaísmo y darle perfección y cumplimiento. El mismo Jesús lo deja claro como el agua cuando dice en el Sermón de la Montaña, tal como hemos visto antes:

«No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.» (Mateo 5:17)

Si Jesús hubiera pretendido romper con el judaísmo y crear una religión nueva, entonces los cristianos no usaríamos el Antiguo Testamento como libro sagrado y palabra de Dios. Nosotros consideramos que somos el mismo Pueblo de Dios que se inició con la alianza hecha a Abraham. Nuestra religión no comenzó con la predicación de Jesús, comenzó con Abraham, y allí empezó una larga historia de salvación que obró primero a través del pueblo de Israel, y que todas las promesas del Antiguo Testamento tomaron forma con la llegada de Jesús. Los judíos esperaban al Mesías, los profetas anunciaban la llegada de los tiempos en los que llegaría el Mesías, y entonces todas las naciones serían llamadas a él, y Dios sería llamado Señor por todas las razas. Ese día llegó. El Mesías llegó, y tal como anunciaron los profetas, nadie quedó excluido. Tanto judíos como gentiles fueron llamados a participar en el Reino que Jesús predicaba, y en la iglesia que él fundó había sitio por igual para unos y para otros.

Los judíos que no aceptaron que Jesús era el Mesías que estaban esperando, quedaron atrás, encerrados en sus antiguas promesas pero sin ser capaces de ver que se habían cumplido; los judíos que reconocieron a Jesús como el Mesías esperado, junto con los gentiles que luego se sumaron, continuaron avanzando en una nueva fase de su religión, la fase en la que las promesas de la Antigua Alianza recibían cumplimiento y se abría una nueva fase, con una Nueva Alianza en la que se hacían promesas nuevas.

Es varios años después de la muerte de Jesús cuando el sanedrín declara a los judíos seguidores de Jesús herejes, les impide entrar en el templo y en las sinagogas y comienza luego a perseguirlos. Entonces es cuando esos judíos seguidores de Jesús empiezan a verse a sí mismos como una comunidad diferente. Años después, a esos judíos seguidores de Jesús les comienzan a llamar «cristianos», primero como insulto, luego como apelativo aceptado también por ellos mismos.

Por tanto dejemos esto claro para los que piensan que los cristianos pensamos de otro modo: Jesús no vino a fundar una religión nueva, vino a dar cumplimiento al judaísmo. Aunque ahora nos llamemos «cristianos», en realidad nosotros somos los descendientes espirituales de los judíos que aceptaron la nueva alianza, los hijos del Israel bíblico, el mismo Pueblo de Dios.

SIGNIFICADO DE LA PALABRA EKKLESIA EN EL NUEVO TESTAMENTO

Que Jesús quisiera fundar una Iglesia no es sólo cosa que nos revele la tradición, es él mismo quien nos lo dice en los evangelios:

«Y yo te digo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia [ekklesia], y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella.» (Mateo 16:18)

La palabra griega que pronunciamos como «ekklesia» significa en griego «asamblea». Los griegos paganos a menudo la usaban para referirse a una asamblea o reunión de ciudadanos reunidos por convocatoria pública para tratar algún asunto, a menudo político. En este sentido aparece a veces usada en el libro de Hechos:
«Y otros gritaban otra cosa; porque la iglesia estaba confusa, y la mayoría no sabía por qué se habían reunido.» (Hechos 19:32)
Pero la versión en griego del Antiguo Testamento (la Septuaginta), que era la usada por los cristianos, utiliza el término «ekklesia» para traducir la palabra hebrea «qahal», que se refiere a la congregación de Israel, al Pueblo de Dios:
«Anunciaré tu nombre a mis hermanos: en medio de la qahal te alabaré.» (Salmos 22, 22)
Cuando Jesús habla de «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi ekklesia» (Mateo 16:18) no tendría sentido interpretarlo como una reunión puntual para tratar un tema concreto. Jesús está dando instrucciones para la creación de una asamblea de creyentes que continuará su labor cuando él se marche, no está haciendo una convocatoria a una reunión. El término arameo/hebreo utilizado por Jesús, que el evangelista traduce en griego como «ekklesia» es, pues, «qahal», que es lo que usó Jesús. Por tanto Jesús está usando «qahal» para llamar a su iglesia del mismo modo que en el Antiguo Testamento se usaba «qahal» para referirse al Pueblo de Dios. La Iglesia que Jesús está fundando es, pues, el nuevo Pueblo de Dios, que ya no estará formada por los nacidos de mujer judía, sino por los bautizados que sigan a Jesús.

LA IGLESIA COMO COMUNIDAD ESPIRITUAL INVISIBLE

Tampoco podemos decir, como algunos, que Jesús no pretendía crear una organización, sino simplemente una comunidad de creyentes, una «ekklesia» en el sentido místico. La iglesia como simple comunidad de creyentes ya existía, todos los seguidores de Jesús formaban su iglesia, su comunidad, y ya en vida de Jesús se habían fundado pequeñas comunidades de seguidores por Judea, Galilea y Samaria. Lo que Jesús está fundando aquí es una cosa nueva (dice «edificaré», futuro) y esa cosa nueva es la organización en sí, la estructura, con Pedro a la cabeza.

Así pues, Jesús no sólo sabe que dejará tras de sí una asamblea de creyentes, sino que en este acto fundacional anuncia la creación de un organismo que sea capaz de estructurar, coordinar y dirigir toda la obra que debe realizar esa asamblea de seguidores que deja y los que vendrán. Es cierto que San Pablo también utiliza la palabra «ekklesia» en el sentido místico de la comunidad de todos los bautizados, «el cuerpo místico de Cristo», pero ese mismo San Pablo habla a la Iglesia de Cristo refiriéndose a una comunidad real, organizada y estructurada (o más bien, en pleno proceso de organización y estructuración). No es el cristianismo una religión donde se pueda ir de por libre, pues está basada en la noción de comunidad y hermanamiento. «Porque donde hay dos o tres [o 500] reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.» (Mateo 18:20)

JESÚS ESTABA EN CONTRA DE LAS JERARQUÍAS RELIGIOSAS

Otro aspecto a favor de que Jesús pretendía crear una organización propia para propagar su mensaje es el hecho de que él mismo sentó las bases para esa organización antes de fundar la iglesia. Jesús no se limitó, como sí hizo Juan Bautista, a predicar a la gente su mensaje para que se marchase y cambiase de vida. Jesús no buscaba simplemente conversiones personales y dejar lo demás como estaba. Jesús quería crear un movimiento, y un movimiento organizado que fuera extendiendo su mensaje y lo mantuviese vivo, una organización que luchase por establecer el Reino «en la tierra como en el cielo» y para eso se necesita organización y coordinación. Y no fue una idea que fue evolucionando con el tiempo, fue un plan premeditado.

Lo primero que hizo Jesús cuando se planteó empezar a predicar fue elegir a doce discípulos. Esos serían sus principales ayudantes y depositarios de su doctrina. Su objetivo no era simplemente convertirles a ellos, sino prepararles a fondo para que le ayudasen a convertir a los demás, y también pensando en que ellos serían los pilares de su iglesia cuando él no estuviera. A continuación nombró a setenta discípulos como ayudantes y predicadores (segundo nivel de la jerarquía), y cuando su movimiento fue suficientemente grande nombró a un tercer nivel de quinientos predicadores y los mandó por todos los pueblos a difundir su mensaje. A eso se le llama organización.

Y en la cúspide estaba él. Por eso después de su muerte, antes de ascender a los cielos, necesita dejar en manos de los hombres lo que hasta entonces había estado en última instancia en sus manos: la dirección de esa organización. Le pasa el testigo a Pedro y sobre él funda su iglesia. Antes él mismo había organizado a sus seguidores, él mismo era la organización. Ahora que él se marchaba necesitaba fundar una organización y ponerla enteramente en manos humanas confiando en que su mensaje y aliento les ayudase a ir por buen camino, pero sabiendo perfectamente, como bien lo sabe Dios, que esa andadura estaría plagada de tropiezos, errores, abusos, peleas, etc. porque así funcionan siempre las organizaciones humanas, sobre todo si les das suficiente tiempo. Lo que sí prometió Jesús fue no dejar que su doctrina se corrompiese y enviar el Espíritu Santo para que les ayudara a comprender la verdad. En todo lo demás, bien sabía él que la iglesia que estaba fundando no se acercaría a la perfección que él deseaba, pero así es como tiene que aprender la humanidad, luchando contra sus propios errores y superándose. Ya llegaría el día en el que él mismo regresaría y por su propia mano establecería el Reino en su perfección.

Oración

Oh Dios, que por los méritos de San Francisco, tu Confesor, enriqueciste tu Iglesia con una nueva familia, concédenos que, a imitación suya, despreciemos las cosas terrenas y tengamos la dicha de participar eternamente de los dones celestiales.

Evangelio

San Mateo 11:25-30
En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»

Palabra del Señor

En el obscuro Medievo


En la pintura, una vez más, nos vemos obligados a citar las grandes obras que aun permanecen y que nos siguen asombrando, de las cuales no siempre han quedado los nombres de sus autores, pero toda iglesia europea (cristiandad) de aquella época es testigo de lo que decimos. Sin embargo hay algunos nombres que permiten mostrar el “barbarismo” medieval

Pietro Lorenzetti (o Pietro Laurati; h. 1280 – 1348) fue un pintor italiano de estilo italo-gótico, activo aproximadamente entre 1306 y 1345.

Crucifixion, Basilica of San Francesco d’Assisi

Hijos de Dios



Evangelio según san Mateo, 5: 43- 48 «Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen. Y rogad por los que os persiguen y os calumnian: Para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos. El cual hace nacer su sol sobre buenos y malos: y llueve sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludarais solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen esto mismo los gentiles? Sed, pues, perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto». (vv. 43- 48)

Según esta regla, debe entenderse lo que aquí se dice por las palabras de San Juan: «Les dio potestad para convertirse en hijos de Dios» ( Jn 1,12 ): Uno sólo es hijo de Dios por naturaleza, pero nosotros nos hacemos hijos de Dios por el poder que hemos recibido, en cuanto cumplimos las cosas que El nos manda. Y además, no dice: «Haced estas cosas, porque sois hijos», sino: «Haced estas cosas, para que seáis hijos». Cuando nos llama para esto, nos da su propio ejemplo, diciéndonos: «El que hace salir su sol sobre los buenos y sobre los malos y llueve sobre los justos y sobre los injustos». Por la palabra sol puede entenderse, no precisamente éste que vemos, sino aquel de quien se dice por Malaquías: «Para vosotros que teméis el nombre del Señor saldrá el sol de justicia» ( Mal 4,2 ), y por lluvia el riego de la divina gracia, porque Jesucristo apareció para los buenos y para los malos, y a todos evangelizó

San Agustín, de sermone Domini, 1, 23

Oración

Concede, Señor, a tu pueblo santo evitar el contagio del espíritu del mal, para que te sirva a ti, único Dios, con el corazón limpio

Evangelio

San Mateo 18:1-4
En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?» Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielo

Palabra del Señor

Agenda inhumana, misantropa y genocida

AgēnDA inhúmānª, misantropa y gęnocįdiå

La Sociedad de Masas y el Poder de Los Modernos Medios de Comunicación

La sociedad moderna es una sociedad de masas. Por esto entiendo lo que queda después de un proceso de atomización social, que destruye todos los lazos tradicionales y devuelve por resultado individuos- átomos, en conjunción con tecnologías que permiten reunirlos a todos ellos en un mismo tiempo y espacio, en lo que se muestra como una masa humana que espera que exógenamente le otorguen su forma, esto es: que la informen. El carácter masificante de la modernidad ha estado en el centro de numerosas reflexiones filosóficas y sociológicas. Entre ellas, destacan las de José Ortega y Gasset. Sus tesis son de especial interés para mis consideraciones sobre la batalla cultural, especialmente porque sus reflexiones surgen en el momento de apogeo de este tipo de sociedad. ¿Qué está viendo Ortega, pues, cuando publica en 1930 La rebelión de las masas? Fundamentalmente que Europa, entre el siglo IV y el XVIII, nunca ha superado la cantidad de 180 millones de habitantes, pero que entre 1800 y 1914 la población experimentó un ascenso que llegó a los 460 millones. Y, sobre todo, que semejante cambio no es solo cuantitativo, sino también cualitativo.

El hombre-masa es un tipo histórico bien particular, que se caracteriza por acceder a todos los beneficios de la civilización sin reparar en los esfuerzos que fueron necesarios para que esta viera la luz. Sobrepasado por los beneficios materiales que la modernidad le confiere, como frutos que caerían de un árbol por sí mismos, el hombre en cuestión pierde de vista la excepcionalidad de su entorno: su egocentrismo es producto de su incapacidad para mirar hacia el pasado y descubrir los procesos históricos de los cuales él es producto; su vulgaridad es coronada por el igualitarismo reinante que pone en su pequeña mente la idea de que sus gustos y opiniones tienen algún valor, y que nadie hay por encima de él; su total ignorancia es la base a partir de la cual su manipulación, combinada con los medios tecnológicos para manipularlo, jamás ha sido tan sencilla.

El hombre-masa es, en una palabra, el hombre mediocre que, sintiéndose un producto de sí, no es otra cosa que arcilla humana a la que es dable conferirle cualquier forma: como la masa misma, pues

AGUSTIN LAJE, LA BATALLA CULTURAL REFLEXIONES CRÍTICAS PARA UNA NUEVA DERECHA

El argumento de la resurrección de Cristo


La creencia de los discípulos originales:
Los primeros discípulos sincera y repentinamente creyeron que Jesús había resucitado de entre los muertos. Este es un hecho innegable. Tan central y constitutiva era la creencia en la resurrección para los primeros cristianos que San Pablo llega a decir: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (1 Corintios 15: 17). Y no solamente eso. Se encuentra evidencia histórica muy clara de lo importante de esta creencia en el hecho de que, desde los inicios de la Iglesia cristiana, los discípulos se reunían ya no el sábado, día de reposo para los judíos, sino el domingo, “primer día de la semana” y “día de la resurrección del Señor” (cfr. Hechos 20: 7, 1 Corintios 16: 2).

Ahora bien, lo más curioso es que los discípulos llegaron a esta creencia teniendo toda la disposición en contrario. Se sentían terriblemente defraudados con respecto a sus expectativas mesiánicas sobre Jesús. Ellos, como judíos del primer siglo, veían al Mesías como “el libertador prometido de la casa de David, que les liberaría del yugo del aborrecido usurpador extranjero, que pondría fin al mundo de impiedad, y que establecería su propio reinado de paz y justicia” .

¿Y con qué se encontraron? Con un Cristo sufriente que fracasa en su “misión política” muriendo injustamente a manos de aquel poder opresor que debía derrocar. Quedaron defraudados, pensaban que Jesús había fracasado, y en esas condiciones es muy improbable que tuvieran la disposición para creer que había resucitado. De hecho, los Evangelios no tienen ningún embarazo en decirnos esto.

Basta con ver el relato de los discípulos de Emaús: “Aquel mismo día, dos de los discípulos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén. Iban hablando de todo lo que había ocurrido. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y comenzó a caminar con ellos. Pero, aunque lo veían, algo les impedía darse cuenta de quién era. Él les preguntó: ‘¿ De qué van hablando ustedes por el camino?’ Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos, llamado Cleofás le respondió: ‘¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí en estos días?’. Él dijo: ‘¿ Qué ha pasado?’. Ellos le dijeron: ‘Lo de Jesús de Nazareth, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo los sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros teníamos la esperanza de que Él sería el que iba a liberar a Israel; pero hace ya tres días que pasó todo eso’” (Lucas 24: 13- 21).

Sin embargo, pese a toda esta disposición en contrario, los discípulos originales terminaron creyendo en la resurrección de Jesús. Así que aquí definitivamente tenemos un hecho: los primeros cristianos creyeron en la resurrección. Hasta el propio crítico escéptico Bart Ehrman lo afirma de modo inequívoco: “Los historiadores, por supuesto, no tienen ninguna dificultad en hablar sobre la creencia en la resurrección de Jesús, dado que esto es materia de conocimiento público. Por esto es un hecho histórico que algunos de los seguidores de Jesús llegaron a creer que Él había sido resucitado de entre los muertos luego de su ejecución”

E. P. Sanders, La Figura Histórica de Jesús, Ed. Verbo Divino, Navarra, 2000, p. 303

Gerd Lüdemann, What Really Happened to Jesus?, Westminster John Knox Press, Ken-
tucky, 1995, p.

Bart Ehrman, Jesus: Apocalyptic Prophet of the New Millennium, Oxford University Press,
Oxford, 1999, p. 230

The Jewish Encyclopedia, Ed. Funk and Wagnalls, New York, 1906, vol. 8, p. 508

Bart Ehrman, Jesus: Apocalyptic Prophet of the New Millennium, Oxford University Press,
Oxford, 1999,p.231

QUE TE GUARDEN EN TUS CAMINOS



A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Den gracias y digan entre los gentiles: «El Señor ha estado grande con ellos.» Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos.
A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia, deben infundirte una gran devoción y conferirte una gran confianza. Reverencia por la presencia de los ángeles, devoción por su benevolencia, confianza por su custodia. Porque ellos están presentes junto a ti, y lo están para tu bien. Están presentes para protegerte, lo están en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos, pues que cumplen con tanto amor esta orden y nos ayudan en nuestras necesidades, que son tan grandes.
Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios; correspondamos a su amor, honrémoslos cuanto podamos y según debemos. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo, tanto para ellos como para nosotros, gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados.
En él, hermanos, amemos con verdadero afecto a sus ángeles, pensando que un día hemos de participar con ellos de la misma herencia y que, mientras llega este día, el Padre los ha puesto junto a nosotros, a manera de tutores y administradores. En efecto, ahora somos ya hijos de Dios, aunque ello no es aún visible, ya que, por ser todavía menores de edad, estamos bajo tutores y administradores, como si en nada nos distinguiéramos de los esclavos.
Por lo demás, aunque somos menores de edad y aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso, nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente.

De los sermones de san Bernardo, abad
(Sermón 12 sobre el salmo 90: Tú que habitas, 3, 6-8: Opera omnia, edición cisterciense, 4, 1966, año 458-462)

Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682), El Ángel de la Guarda, Catedral de Sevilla