Oración

Al Señor, Rey de los Apóstoles, Venid, adorémosle

Evangelio

San Mateo 20:20-23
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?» Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino.» Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Dícenle: «Sí, podemos.» Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.»

Palabra del Señor

Fēmįnïstās comunistas



Las raíces más hondas del feminismo marxista pueden hallarse en socialistas utópicos como Saint-Simon y Fourier. En efecto, en su proyecto utópico contrario al capitalismo aquéllos se habían detenido a pensar en la emancipación de la mujer a través de la emancipación total de la sociedad, con arreglo al “amor fraterno” y a la inclusión de aquélla en la vida económico-productiva. Las utopías socialistas además de arremeter contra la propiedad privada, plantearon también la desaparición del matrimonio como institución social. Pero el verdadero punto de arranque del feminismo marxista lo dará, descartando de raíz el método utópico, no otro que Friedrich Engels quien, una vez muerto su socio intelectual Karl Marx, ahondó desde el materialismo dialéctico marxista la cuestión de la mujer y la familia en su obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, publicada en 1884.
Allí, Engels presenta un trabajo de base antropológica (fundamentado principalmente en los estudios del célebre antropólogo Lewis Morgan) a través del cual va siguiendo un presunto esquema de evolución del hombre y la sociedad, desde el salvajismo hasta la civilización, haciendo foco en los cambios acontecidos en la institución familiar. Su interés final estriba en mostrar que la familia monogámica es apenas un tipo de familia que nace como reflejo de la aparición y el desarrollo de la institución de la propiedad privada. Antes de ella habrían existido esquemas familiares muy diferentes a los de hoy: “el estudio de la historia primitiva nos revela un estado de cosas en que los hombres practican la poligamia y sus mujeres la poliandria y en que, por consiguiente, los hijos de unos y otros se consideran comunes”.[ Asumiendo Engels que esta afirmación era válida, la forma más antigua de matrimonio a la que recurre para dar sentido a su teoría es el llamado “matrimonio por grupos”, en el cual cada hombre tenía muchas mujeres, y supuestamente cada mujer muchos hombres. En estado salvaje ni siquiera el incesto supone límite moral, y Engels cita notas de Marx al respecto: “En los tiempos primitivos, la hermana era la esposa, y esto era moral”. De tal suerte que la primera exclusión sexual se refirió a las relaciones carnales entre padres e hijos; la segunda, entre hermanos. Como veremos más tarde, el feminismo de la tercera ola y el feminismo “queer” otorgarán al incėstø y a la pēdōfįliaåel lugar de una de sus reivindicaciones más despreciables

Engels, Friedrich. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. La Plata, De la Campana, 2011, pp. 28-29.

El alma inteligente del hombre.



– El más noble de los seres vivientes de este mundo sensible es el hombre.

Él posee la vida vegetativa: como las plantas, se nutre, crece y se sobrevive en sus hijos.
Posee la vida sensitiva: como los animales, siente, se mueve de un lugar a otro y elige lo que le conviene.

Pero, además, posee la vida intelectiva, que establece una distancia casi infinita entre el hombre y los seres inferiores. En el hombre no hay más que un solo y único principio de vida: el alma inteligente; es el mismo ser que vive, que siente, que piensa, que obra libremente. La unidad del hombre es un hecho más íntimo y más profundo que la conciencia. Aquí, como siempre, la razón y la fe marchan de perfecto acuerdo.

El alma humana contiene de una manera superior las fuerzas del principio vital y del alma sensitiva, al modo que una moneda de gran valor contiene en sí muchas otras de menor valor. Ella produce, con relación al cuerpo y de una manera mucho más perfecta, todo lo que los principios inferiores producen en las plantas y el los animales; y por añadidura ejerce en sí misma y por sí misma los actos de la vida intelectiva. Esta vida intelectiva se manifiesta también por tres actos, los que son eminentemente superiores a los otros:

1º El acto de pensar, de formar ideas;
2º El acto de raciocinar, de inventar, de progresar;
3º El acto de querer libremente.

Una ligera explicación sobre cada uno de estos actos nos va a mostrar la diferencia esencial que existe entre el hombre y el bruto

1º El hombre piensa, abstrae, saca de las imágenes materiales suministradas por los sentidos, el universal, es decir, ideas universales, generales, absolutas; concibe las verdades intelectuales, eternas. Conoce cosas que no perciben los sentidos, objetos puramente espirituales, como lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo justo, lo injusto. Sabe distinguir las causas y sus efectos, las substancias y los accidentes, etc.

No pasa lo mismo con el animal. Indudablemente el animal ve, oye y sabe hallar su camino, reconocer a su amo, recordar que una cosa le hizo daño, etc. Pero el conocimiento del animal está limitado a las cosas sensibles, a los objetos particulares. No tiene ideas generales, no conoce sino aquello que cae bajo sus sentidos, lo concreto, lo particular, lo material: ve, por ejemplo, tal árbol, tal flor, pero no puede elevarse a la idea general de un árbol, de una flor; así, el perro se calienta con el placer al amor de la lumbre, pero no tendrá jamás la idea de encender el fuego ni aun la de aproximarle combustible para que no se extinga.


R. P. Hillaire, la religión demostrada LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA

Santos seréis, porque Santo soy Yo



Evangelio según san Mateo, 5: 23- 24 «Por tanto, si fueses a ofrecer tu ofrenda al altar y allí te acordares que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primeramente a reconciliarte con tu hermano, y entonces ven a ofrecer tu ofrenda». (vv. 23- 24)

Una vez obtenida la paz humana manda volver a la divina, para pasar de la caridad de los hombres a la de Dios, y por ello sigue: «Y entonces ven a ofrecer tu ofrenda».

San Hilario, in Matthaeum, 4

El problema del mal existencial



¿Qué es el “mal existencial”? Nada más y nada menos que el sufrimiento, tanto físico como espiritual. Pues bien, ¿tiene Dios razones morales suficientes para permitir el “mal existencial”, es decir, el sufrimiento? Siguiendo a San Agustín, quien decía que “Dios no permitiría el mal si no fuese lo suficientemente Sabio y Bueno como para del mismo mal sacar el bien”, creemos que sí. Y esto por las siguientes razones:

1) Porque el sufrimiento puede servir para perfeccionar moralmente a la criatura de tal modo que alcance su fin último: De acuerdo con el teísmo el fin último del hombre es ser plenamente feliz en unión con Dios. Pero dado que Dios es por esencia Perfecto y Bueno y que toda unión real entre dos seres se da únicamente en términos de sus esencias, será absolutamente necesario que el hombre sea perfeccionado moralmente para que pueda alcanzar su unión plena con Dios. ¿La implicancia de ello? Que Dios bien puede utilizar el sufrimiento para perfeccionar moralmente a la criatura de tal modo que pueda alcanzar su fin último: la felicidad eterna en unión con Él.

¿Por qué Dios se preocupa por ello? Porque -como explica Lewis- nosotros, sus criaturas, “somos, y no en forma metafórica sino de modo muy real, una obra de arte divino; algo que Dios está realizando y, por lo tanto, algo con lo cual no estará satisfecho hasta que alcance una característica determinada. Nuevamente nos encontramos con aquello que he llamado el ‘intolerable cumplido’. Puede ser que un artista no se tome mayor trabajo al hacer un bosquejo a la rápida para entretener a un niño; puede que lo dé por terminado, a pesar de no estar exactamente como pretendía que fuera. Pero, con la gran obra de su vida se tomará molestias interminables y, sin lugar a dudas, causaría molestias interminables a su cuadro, si este fuera sensible. Uno puede imaginarse a un cuadro sensible después que ha sido borrado, raspado y recomenzado por décima vez, deseando ser solo un pequeño bosquejo que se termina en un minuto.

Es natural que nosotros deseemos que Dios hubiese proyectado para nosotros un destino menos glorioso y menos arduo; pero, en tal caso, no estaríamos deseando más amor, sino menos” . ¿Querían a un Dios amoroso? ¡Pues ahí lo tienen! Él no es como un abuelito bonachón y senil que organiza el mundo para que sus nietos “la pasen bien”, más bien es como un Padre realmente preocupado porque su hijo sea una persona de bien. Él no quiere que nos divirtamos por un momento y ya. Él quiere que seamos eternamente felices en el amor, que realicemos nuestras esencias, y para eso necesita perfeccionarnos… aun cuando ello implique sufrimiento. Para seguir con nuestra costumbre, ilustremos este último punto por medio de una historia: Érase un bloque de mármol cuyo mayor deseo era que todo el mundo admirara su belleza. Pero nadie parecía prestarle atención. – ¡Oh, pobre de mí, nadie se fija en mi belleza!– se lamentaba. Un día un hombre se acercó directamente hacia él. “Al fin alguien me apreciará” pensó para sus adentros el bloque de mármol. Entonces el hombre sacó un cincel y comenzó a picarlo… – ¡No! ¡Malvado! ¡Me estás mutilando! ¡Estás destrozando mi vida… ahora ya nadie me querrá!–se quejaba el bloque de mármol. Pero el hombre no le hacía caso y seguía trabajando. Ese hombre era el famosísimo escultor italiano Miguel Ángel Buonarroti y ese mármol es el que ahora todos conocemos como el David, la más gloriosa de sus esculturas. Complementemos esta historia con una anécdota del mismo Miguel Ángel. Cuando le preguntaron cómo es que hacía esculturas tan bellas, él simplemente respondió: “Las esculturas ya están en el bloque de mármol, yo solo saco lo que sobra”. ¿Por qué no pensar, entonces, que gran parte del sufrimiento que hemos experimentado en nuestras vidas no ha sido más que los amorosos cincelazos que nos ha dado Dios para quitarnos todo aquello que nos “sobra” para ser realmente felices (como el odio, el miedo o el egoísmo)?

2) Porque el sufrimiento puede servir para persuadir a ciertas criaturas de que se están alejando de su fin último: Para explicar este punto basta y sobra con la genial explicación de Lewis. Él comienza planteando la cuestión en los términos siguientes: “Todos hemos notado qué difícil es volver nuestros pensamientos a Dios cuando todo está bien. ‘Tenemos todo lo que queremos’ es un dicho terrible cuando ‘todo’ no incluye a Dios. (…) Consideramos a Dios de la misma manera que un aviador considera a su paracaídas: está allí para las emergencias, pero espera que nunca tendrá que usarlo. Ahora bien, Dios que nos ha hecho, sabe lo que somos y que nuestra felicidad está en Él. Sin embargo, no la buscaremos en Él, mientras nos deje otro recurso donde podamos buscarla. Mientras aquello que llamamos ‘nuestra propia vida’ se mantenga agradable, no se la entregaremos a Él. ¿Qué puede entonces hacer Dios en beneficio nuestro, sino hacer ‘nuestra propia vida’ menos agradable para nosotros y quitar las posibles fuentes de falsa felicidad? Es justamente aquí, donde la Providencia divina parece en un principio ser más cruel, que la humildad divina, la condescendencia del Altísimo, merece mayor alabanza. Nos sentimos perplejos al ver caer la desgracia sobre personas buenas, inofensivas y valiosas; sobre madres de familia capaces y trabajadoras, o sobre pequeños comerciantes esmerados y ahorrativos; sobre aquellos que han trabajado tan dura y honestamente por su modesta dosis de felicidad, y ahora parecen empezar a gozarla con todo derecho”

¿Pero cómo puede Dios atreverse a destruir la “felicidad” de estas sencillas personas? Continuemos con Lewis: “Permítame implorar al lector que intente creer, aunque tan solo sea por un momento, que Dios, que fue quien creó a estas personas meritorias, puede realmente tener razón al pensar que su modesta prosperidad y la alegría de sus niños no son suficientes para que sean bienaventurados; que todo esto debe desprenderse de ellos al final, y que si acaso no han aprendido a conocerlo a Él, serán desdichados. Y, por lo tanto, los complica advirtiéndoles anticipadamente de una deficiencia que algún día deberán descubrir. La vida para ellos mismos y para sus familias se interpone entre ellos y el reconocimiento de
sus necesidades; Dios hace esa vida menos dulce para ellos.

Yo llamo a esto humildad divina, porque muy poca cosa es arriar ante Dios nuestra bandera cuando el barco se está hundiendo bajo nuestros pies; muy poca cosa acudir a Él como último recurso, para ofrecer ‘lo nuestro’ cuando ya no vale la pena tenerlo. Si Dios fuera orgulloso, difícilmente nos aceptaría en tales términos; pero Él no es orgulloso, se humilla para conquistar, Él nos acepta a pesar de que hemos mostrado que preferimos todo lo demás antes que a Él, y que acudimos a Él porque no hay ahora ‘nada mejor’ que tener. (…) Difícilmente puede ser halagador para Dios, el que lo elijamos como una alternativa al infierno; sin embargo, Él acepta incluso esto. La ilusión de la criatura de ser autosuficiente debe, por su propio bien, ser destrozada; y Dios la destroza mediante problemas o miedo a los problemas en la tierra, mediante el crudo temor a las llamas eternas, ‘sin pensar en la disminución de su gloria’. Aquellos a quienes les gustaría que el Dios de la Sagrada Escritura fuera más puramente ético, no saben lo que piden.

Si Dios fuera kantiano, si no nos aceptara hasta que fuéramos a Él por los motivos más puros y mejores, ¿quién podría salvarse? Y esta ilusión de autosuficiencia puede encontrarse del modo más fuerte en algunas personas muy honestas, bondadosas y templadas y, por lo tanto, sobre aquellas personas debe caer la desgracia”. Resumiendo, podemos decir que otra razón que tiene Dios para permitir el sufrimiento es que es tan Sabio y Bueno que puede utilizar el mal existencial para persuadir a la criatura que está incurriendo en el mal moral para que cambie su conducta y así pueda alcanzar su bien ontológico. De ahí que Lewis diga que el dolor “es el megáfono de Dios para despertar a un mundo sordo”.

3) Porque solo si existe el sufrimiento son posibles ciertas acciones morales: Otra importante razón por la que Dios permite el sufrimiento es porque solo si este existe son posibles ciertas acciones morales tales como la solidaridad (“ Se ha quemado la casa del vecino, hay que hacer una colecta para ayudarle”), el perdón (“ Me sentí muy dolido por tu traición, pero te
perdono”), la compasión (“ Juan ha intentado suicidarse, ahora hay que mostrarle más amor que nunca”) o la valentía (“ Tengo miedo, pero lo venceré para poder ayudar a esas personas”). Es en ese sentido que Lewis dice que “incluso si el dolor mismo no tuviera valor espiritual alguno, aun así, si el temor y la compasión lo tuvieran, el dolor tendría que existir para que hubiese algo a lo cual temer y de lo cual compadecerse. Que ese temor y esa compasión nos ayudan en nuestro retorno a la obediencia y a la caridad, es algo que no se puede dudar” (16). Y es que, como decía San Agustín, “el Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti”. Dios no va a resolver las injusticias y miserias del mundo con un solo milagro: Él quiere nuestra participación. El lector que está pensando que a continuación viene otra historia no se equivoca: Cierta noche de invierno iba un hombre adinerado en dirección a una fiesta. En el camino vio a una niña que vendía flores bajo la lluvia. Se le veía muy enferma y hambrienta. “Pobre niña -dijo para sus adentros- ojalá Dios le ayude”. Pero como no quería “deprimirse” ni sentirse responsable, dejó inmediatamente de pensar en eso y siguió su camino hacia la fiesta. A la mañana siguiente, cuando volvía a su casa, se encontró con la misma niña.

Pero esta vez yacía muerta al lado de la calle, no se sabe si de hambre o de frío. – ¡Maldito seas Dios! ¿¡ Qué has hecho Tú por esta niña!? -reclamó el hombre. – Te hice a ti -respondió Dios. Vemos, pues, que existen muy buenas razones morales para que Dios permita y hasta utilice el sufrimiento de tal modo que las personas puedan alcanzar su fin último y ser perfeccionadas moralmente. Resumiendo: Para resolver el problema del mal lo hemos abordado desde 3 perspectivas: la ontológica, la moral y la existencial. Primero, desde la perspectiva ontológica hemos probado que, considerado en sí mismo, el mal simplemente no existe. Luego, desde la perspectiva moral hemos probado que Dios tiene razones morales suficientes para permitir el mal en orden de que existan criaturas racionales y libres que puedan amar. Finalmente, desde la perspectiva existencial hemos probado que también ahí Dios tiene razones morales suficientes para permitir y hasta utilizar el sufrimiento en orden de que sus criaturas racionales puedan alcanzar su fin último y perfeccionarse moralmente. En ninguno de estos casos ha sido necesario negar la Omnisciencia, la Omnipotencia o la Bondad de Dios. Queda, pues, refutado el argumento

Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Ia, art. 3, sol. 1

C. S. Lewis, El Problema del Dolor, Magdalen College, Oxford, 1940, p. 16

C. S. Lewis, El Problema del Dolor, op. cit., p. 40.

San Agustín, Sermones, s. 169, cap. 11, n.

En el obscuro Medievo



En música, aun hoy podemos deleitarnos con los himnos en canto llano y gregoriano–que hoy apasionan a varios músicos modernos– que siguen siendo un testimonio perenne de la música compuesta para mayor gloria de Dios. Pero no solo se cantaba a Dios o sobre Dios; en aquella época la música se daba tanto en el ámbito profano como en el religioso siendo incluso un vehículo para la transmisión de la cultura (solo el Cantar del Mío Cid es testimonio de ello). La música era como el río en el cual navegaban los conocimientos populares. Era en ella donde los trovadores narraban los sucesos acaecidos con gracia y armonía. Se creaban notas, melodías y hasta instrumentos propios (hoy todavía se usa el arpa, las flautas, el laúd, el órgano, la viola de rueda y de gamba, la cornamusa, etc.); ni qué decir de los eximios compositores medievales a los que hoy podemos oír gracias a sus partituras

Johannes Ciconia, también conocido como Iohannes Ciconia, (Lieja, c. 1370 – Padua, entre el 10 de junio y el 12 de julio de 1412), fue un compositor y teórico de la música franco-flamenco de finales de la Edad Media que trabajó la mayor parte de su vida en Italia

https://youtu.be/oub1t9ftbLA

La muerte del Hombre Marlboro



Los modelos verdaderamente masculinos, como el Hombre Marlboro, están prácticamente extintos en la publicidad moderna. Sí, en retrospectiva se puede incluso afirmar que la desaparición de los héroes de Marlboro y Camel no fue una coincidencia, sino un cambio de paradigma en la propaganda global del estilo de vida en general y en la publicidad de los cigarrillos en particular.

Marlboro abandonó al Hombre Marlboro, a pesar de haber convertido la marca en el cigarrillo más exitoso de todos los tiempos. Antes de eso, había cambiado la publicidad para siempre, porque desde entonces los anuncios ya no tratan del producto, sino del estilo de vida: «La gente no quiere que le vendan un producto. La gente quiere que le vendan un sentimiento, una asociación.

Y eso es lo peligroso del asunto: que la publicidad suele presentar los productos a través del estilo de vida, y así vende también el estilo de vida. Sin embargo, los hombres masculinos ya no figuran en este estilo de vida. No es que queramos que vuelvan estos modelos de fumadores, pero el resultado es que el hombre masculino ha muerto en casi todos los anuncios, en todas las películas y como modelo de conducta en general. Sí, ya casi no se encuentra un solo hombre que realmente parezca y se comporte como tal.

«How Marlboro Changed Advertising Forever» YouTube, 06/04/2017

El argumento de la fiabilidad histórica del Nuevo Testamento



Es absolutamente equivocado decir que el Nuevo Testamento pasa la prueba de la evidencia interna. ¡El Nuevo Testamento está lleno de contradicciones! Luego, no se prueba la conclusión de la primera vía.

Respuesta: Para responder a esta objeción primero hay que entender bien las reglas y criterios a los que deben ceñirse los historiadores para aplicar correctamente la prueba de la evidencia interna. Una de estas reglas es que frente a una aparente inconsistencia o contradicción, el analista debe seguir aquel postulado de Aristóteles de acuerdo con el cual “el beneficio de la duda ha de ser dado al documento, y no debe arrogárselo el crítico para sí mismo”. En otras palabras, haciendo una analogía jurídica, el documento se considera “inocente” hasta que no se pruebe lo contrario. Por tanto, como bien ha señalado el académico John W. Montgomery, “uno debe dar atención a las afirmaciones del documento bajo análisis, y no suponer fraude o error excepto si el autor se descalifica por contradicciones o por inexactitudes factuales conocidas”. Y no solo eso. Aún en el caso en que el historiador se encuentre con lo que le parece una contradicción debe hacerse tres preguntas antes de proclamarla como tal:

1) ¿hemos comprendido bien este pasaje?,
2) ¿poseemos el conocimiento suficiente acerca de esta cuestión?, y
3) ¿podemos arrojar alguna luz adicional sobre esto a través de la investigación documental y arqueológica? Solo después de ello puede darse un juicio intelectualmente honesto sobre el tema.

Pues bien, dado ese contexto, ¿es el Nuevo Testamento un libro “plagado de contradicciones” como pretende la objeción? Al parecer no. Cuando le aplicamos al análisis del Nuevo Testamento los criterios mencionados varias de las “insalvables contradicciones” de las que nos hablan los críticos se muestran como puramente aparentes. Como muestra de ello responderemos brevemente a algunas de las “contradicciones” que más comúnmente se plantean

¿Cayeron también al suelo los acompañantes de Pablo?

Sí (Hechos 26: 14).
No (Hechos 9: 7)

Comparando los dos pasajes resulta bastante natural suponer que los acompañantes de Pablo inicialmente cayeron al suelo y luego se quedaron parados tratando de saber quién hablaba y qué decía. Por tanto, no hay contradicción.

Ilustrados iluminados




Los ilustrados constructivistas, probablemente los primeros «jardineros» de la modernidad, dan una batalla de manera consciente. Tienen, sobre todo en Francia, un enemigo claro: la Iglesia y la tradición, representada esta última a menudo en la aristocracia. Cuentan con un proyecto cultural: recambiar los viejos mecanismos culturalmente evolutivos de ordenación tradicional por mecanismos artificiales, políticos sobre la cultura, de ordenación racional. Se hacen de aliados: al principio, al menos, son apoyados por déspotas que ofrecen los mecanismos estatales para reformar la cultura.

Tienen un objetivo: la mente del público que «vive todavía en tinieblas». Por eso las obras ilustradas no están en latín; por eso no escriben simplemente para otros filósofos, sino que se esfuerzan para que sus pensamientos penetren en el público en general. Las «Enciclopedias», tan características de la Ilustración, con las que se procuraba compilar todo el conocimiento disponible (con la a menudo deliberada excepción del conocimiento teológico), son un ejemplo cabal. El movimiento ilustrado, en su batalla cultural, es doble: por un lado, procura terminar de vaciar el sentido de la vida tradicional, mientras que por el otro necesitará brindarle un nuevo contenido. En otras palabras, hacer del hombre una tabula rasa es la precondición para reescribir en él con la facilidad que el terreno allanado otorga a un ingeniero que procura concretar su obra

AGUSTIN LAJE, LA BATALLA CULTURAL REFLEXIONES CRÍTICAS PARA UNA NUEVA DERECHA