Monte Sión


No debe de sorprendernos saber que cuando acudimos a Misa, vamos a la morada del Rey David: «Os habéis acercado al Monte Sión, a la ciudad del Dios Vivo». La Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles en asamblea gozosa, y a la iglesia (ekklesia) de los primogénitos (Hb, 12, 22). Aunque la Jerusalén terrenal y su Templo fueron destruidos justo una generación después de que Jesús ascendiera a los cielos, Cristo mismo concedió a su pueblo algo más que un consuelo. Nos reveló la Jerusalén celestial: «Me llevó en espíritu a un monte de gran altura y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo de parte de Dios, reflejando la gloria de Dios (Ap 21, 10-11), «la nueva Jerusalén que desciende del cielo desde mi Dios» Ap, 3, 12)
La fe es razonable (Scott Hahn)

Tú debes poner toda tu confianza solo en Dios y que Él sea el objeto principalísimo de tu amor y a quien más temas tener disgustado. Él responderá por tí, y hará que todo sea para tu mayor bien. «Todo redundará en bien de los que aman a Dios» (Romanos 8)

Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)

Sobre la genealogía de Jesús



La glosa Es Eleazar, Dios mío ayudador: «Mi Dios, mi ayudador» ( Sal 17,3 ). Es Matán, el que enriquece o el enriquecido: «Dio dones a los hombres» ( Ef 4,8) y también: «De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito» ( Jn 3,16 ).

Contra Cristo



«los príncipes… buscaban un falso testimonio contra Jesús y no lo encontraban aunque se habían presentado muchos falsos testigos» (Mc 14, 55- 57 y Mt 26, 59- 60). Según Blinzler, en el proceso judío no existía fiscal oficial, por lo que los testigos servían de acusadores, de allí que se sobreentienda que estos ya estaban preparados para acusar al llegar de noche

¡Crucifícalo!: Análisis histórico-legal de un deidicio
Javier Olivera Ravasi

“¡Venga a nosotros tu Reino!”



“El Reino de Dios [es] justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Los últimos tiempos en los que estamos son los de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado un combate decisivo entre “la carne” y el Espíritu (cf Ga 5, 16-25): «Solo un corazón puro puede decir con seguridad: “¡Venga a nosotros tu Reino!”

Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: “Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal” (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: “¡Venga tu Reino!”» (San Cirilo de Jerusalén, Catecheses mystagogicae 5, 13)

MANIFESTEMOS A CRISTO EN TODA NUESTRA VIDA


Hay tres cosas que manifiestan y distinguen la vida del cristiano: la acción, la manera de hablar y el pensamiento. De ellas, ocupa el primer lugar el pensamiento; viene en segundo lugar la manera de hablar, que descubre y expresa con palabras el interior de nuestro pensamiento; en este orden de cosas, al pensamiento y a la manera de hablar sigue la acción, con la cual se pone por obra lo que antes se ha pensado. Siempre, pues, que nos sintamos impulsados a obrar, a pensar o a hablar, debemos procurar que todas nuestras palabras, obras y pensamientos tiendan a conformarse con la norma divina del conocimiento de Cristo, de manera que no pensemos, digamos ni hagamos cosa alguna que se aparte de esta regla suprema.
Todo aquel que tiene el honor de llevar el nombre de Cristo debe necesariamente examinar con diligencia sus pensamientos, palabras y obras, y ver si tienden hacia Cristo o se apartan de él. Este discernimiento puede hacerse de muchas maneras. Por ejemplo, toda obra, pensamiento o palabra que vayan mezclados con alguna perturbación no están, de ningún modo, de acuerdo con Cristo, sino que llevan la impronta del adversario, el cual se esfuerza en mezclar con las perlas el cieno de la perturbación, con el fin de afear y destruir el brillo de la piedra preciosa.
Por el contrario, todo aquello que está limpio y libre de toda turbia afección tiene por objeto al autor y príncipe de la tranquilidad, que es Cristo; él es la fuente pura e incorrupta, de manera que el que bebe y recibe de él sus impulsos y afectos internos ofrece una semejanza con su principio y origen, como la que tiene el agua nítida del ánfora con la fuente de la que procede.
En efecto, es la misma y única nitidez la que hay en Cristo y en nuestras almas. Pero con la diferencia de que Cristo es la fuente de donde nace esta nitidez, y nosotros la tenemos derivada de esta fuente. Es Cristo quien nos comunica el adorable conocimiento de sí mismo, para que el hombre, tanto en lo interno como en lo externo, se ajuste y adapte, por la moderación y rectitud de su vida, a este conocimiento que proviene del Señor, dejándose guiar y mover por él. En esto consiste (a mi parecer) la perfección de la vida cristiana: en que, hechos partícipes del nombre de Cristo por nuestro apelativo de cristianos, pongamos de manifiesto, con nuestros sentimientos, con la oración y con nuestro género de vida, la virtualidad de este nombre

Del tratado de san Gregorio de Nisa, obispo, sobre el perfecto modelo del cristiano
(PG 46, 283-286)

Oración

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza. Inclina el oído a las palabras de mi boca

Evangelio

Aleluya, Aleluya.
Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; el que me sigue tendrá la luz de la vida.
Aleluya.

EVANGELIO
Mt 7, 6.12-14

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; las pisotearán y luego se volverán para destrozaros. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la ley y los profetas. Entrad por la puerta estrecha. Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos».

Palabra del Señor.

Parusia



En la Oración del Señor, se trata principalmente de la venida final del Reino de Dios por medio del retorno de Cristo (cf Tt 2, 13). Pero este deseo no distrae a la Iglesia de su misión en este mundo, más bien la compromete. Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor “a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo” (cf Plegaria eucarística IV, 118: Misal Romano).

Oración

Qué dulce al paladar tu promesa, Señor.
Más que miel en la boca