Oración

Te pedimos, Señor, que nos hagas capaces de anunciar la victoria de Cristo resucitado, y pues en ella nos has dado la prenda de los dones futuros, haz que un día los poseamos en plenitud. Por nuestro Señor Jesucristo.

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Tiene que ser elevado el Hijo del hombre,
para que todo el que cree en él tenga vida eterna. 
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Jn 3, 7b-15.

Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.


Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
    «Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Nicodemo le preguntó:
    «¿Cómo puede suceder eso?».
Le contestó Jesús:
    «¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».

Palabra del Señor.

Las reliquias de Cristo

Para la Iglesia Católica nuestra fe debe estar centrada en la persona de Jesucristo, hay que advertir que ninguno de los objetos relacionados con El, han sido considerados como 100% auténticos por las autoridades eclesiásticas; aunque algunos gocen de gran popularidad o respaldo histórico, arqueológico y científico. Estas «reliquias de Cristo» tienen como finalidad ser un instrumento para que el creyente medite en los aspectos importantes de su vida en la tierra. Aquí describimos los más sobresalientes:
En el Cenáculo o habitación alta de la Última Cena en el monte Sión, se encuentra una piedra que indica el lugar donde Cristo se sentó.
—Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía (Lc 22, 19).Sus palabras expresan la radical novedad de esta cena con respecto a las anteriores celebraciones pascuales. Cuando pasó el pan ácimo a los discípulos, no les entregó pan, sino una realidad distinta: esto es mi cuerpo. «En el pan partido, el Señor se reparte a sí mismo (…). Al agradecer y bendecir, Jesús transforma el pan, y ya no es pan terrenal lo que da, sino la comunión consigo mismo» (Benedicto XVI, Homilía de la Misa in Cena Domini, 9-IV-2009). Y al mismo tiempo que instituyó la Eucaristía, donó a los Apóstoles el poder de perpetuarla, por el sacerdocio.
También con el cáliz Jesús hizo algo de singular relevancia: tomó del mismo modo el cáliz, después de haber cenado, y se lo pasó diciendo:

—Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros (Lc 22, 20).

Doctrina de la evolución

Insistiendo aún en la doctrina de la evolución, debe además advertirse que, si bien las indigencias o necesidades impulsan a la evolución, si la evolución fuese regulada no más que por ellas, traspasando fácilmente los fines de la tradición y arrancada, por lo tanto, de su primitivo principio vital, se encaminará más bien a la ruina que al progreso. Por lo que, ahondando más en la mente de los modernistas, diremos que la evolución proviene del encuentro opuesto de dos fuerzas, de las que una estimula el progreso mientras la otra pugna por la conservación.
La fuerza conservadora reside vigorosa en la Iglesia y se contiene en la tradición. Represéntala la autoridad religiosa, y eso tanto por derecho, pues es propio de la autoridad defender la tradición, como de hecho, puesto que, al hallarse fuera de las contingencias de la vida, pocos o ningún estímulo siente que la induzcan al progreso. Al contrario, en las conciencias de los individuos se oculta y se agita una fuerza que impulsa al progreso, que responde a interiores necesidades y que se oculta y se agita sobre todo en las conciencias de los particulares, especialmente de aquellos que están, como dicen, en contacto más particular e íntimo con la vida. Observad aquí, venerables hermanos, cómo yergue su cabeza aquella doctrina tan perniciosa que furtivamente introduce en la Iglesia a los laicos como elementos de progreso.
Ahora bien: de una especie de mutuo convenio y pacto entre la fuerza conservadora y la progresista, esto es, entre la autoridad y la conciencia de los particulares, nacen el progreso y los cambios. Pues las conciencias privadas, o por lo menos algunas de ellas, obran sobre la conciencia colectiva; ésta, a su vez, sobre las autoridades, obligándolas a pactar y someterse a lo ya pactado.
Fácil es ahora comprender por qué los modernistas se admiran tanto cuando comprenden que se les reprende o castiga. Lo que se les achaca como culpa, lo tienen ellos como un deber de conciencia.
Nadie mejor que ellos comprende las necesidades de las conciencias, pues la penetran más íntimamente que la autoridad eclesiástica. En cierto modo, reúnen en sí mismos aquellas necesidades, y por eso se sienten obligados a hablar y escribir públicamente. Castíguelos, si gusta, la autoridad; ellos se apoyan en la conciencia del deber, y por íntima experiencia saben que se les debe alabanzas y no reprensiones. Ya se les alcanza que ni el progreso se hace sin luchas ni hay luchas sin víctimas: sean ellos, pues, las víctimas, a ejemplo de los profetas y Cristo. Ni porque se les trate mal odian a la autoridad; confiesan voluntariamente que ella cumple su deber. Sólo se quejan de que no se les oiga, porque así se retrasa el «progreso» de las almas; llegará, no obstante, la hora de destruir esas tardanzas, pues las leyes de la evolución pueden refrenarse, pero no del todo aniquilarse. Continúan ellos por el camino emprendido; lo continúan, aun después de reprendidos y condenados, encubriendo su increíble audacia con la máscara de una aparente humildad. Doblan fingidamente sus cervices, pero con sus hechos y con sus planes prosiguen más atrevidos lo que emprendieron. Y obran así a ciencia y conciencia, ora porque creen que la autoridad debe ser estimulada y no destruida, ora porque les es necesario continuar en la Iglesia, a fin de cambiar insensiblemente la conciencia colectiva. Pero, al afirmar eso, no caen en la cuenta de que reconocen que disiente de ellos la conciencia colectiva, y que, por lo tanto, no tienen derecho alguno de ir proclamándose intérpretes de la misma.
CARTA ENCÍCLICA PASCENDI DEL SUMO PONTÍFICE PÍO X SOBRE LAS DOCTRINAS DE LOS MODERNISTAS

El primer mandamiento y la idolatría

El primer mandamiento condena el politeísmo. Exige al hombre no creer en otros dioses que el Dios verdadero. Y no venerar otras divinidades que al único Dios. La Escritura recuerda constantemente este rechazo de los “ídolos  oro y plata, obra de las manos de los hombres”, que “tienen boca y no hablan, ojos y no ven”. Estos ídolos vanos hacen vano al que les da culto: “Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza” (Sal 115, 4-58; cf. Is 44, 9-20; Jr 10, 1-16; Dn 14, 1-30; Ba 6; Sb 13, 1-15,19). Dios, por el contrario, es el “Dios vivo” (Jos 3, 10; Sal 42, 3, etc), que da vida e interviene en la historia

Politeismo celta

Oración

Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida. Por nuestro Señor Jesucristo

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Si habéis resucitado con Cristo,
buscad los bienes de allá arriba,
donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. 
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Jn 3, 1-8.

El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

HABÍA un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo:
    «Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».
Jesús le contestó:
    «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».
Nicodemo le pregunta:
    «¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?».
Jesús le contestó:
    «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabemos de dónde viene ni adónde va. Así es todo lo que ha nacido del Espíritu».

Palabra del Señor.

CAIFÁS Y sus descendientes: ¿cristianos?

Mateo, al narrar la Pasión, dice que “Entonces se reunieron los jefes de los sacerdores y los ancianos del pueblo en el palacio del sumo sacerdote, que se llamaba Caifás” (Mt 26, 3). Lucas en cambio refiere “el pontificado de Anás y Caifás” (Lc 3, 2), tal vez debido a que Caifás era yerno de Anás (Jn 18, 13).
En la literatura rabínica Caifás no es menciona-do, aunque tal vez sí su apellido. Así, por ejem-plo, se habla de “casa de Quayapha”, identificación plausible de Caifás. Lo mismo podría decirse de Quphai o Caiapha. Sea como fuere, Josefo sí nos proporciona noticia de “José Caifás”(1).

Caifás
En noviembre de 1990 unos trabajadores del Bosque de la Paz de Jerusalén descubrieron, por casualidad, una antigua cueva funeraria en la que se hallaron una docena de osarios, la mitad de los cuales habían permanecido inalterados durante dos mil años. En una de las cajas mortuorias intactas aparecen dos leyendas: “Yehoseph bar Qaipha” en un extremo y “Yehoseph bar Qapha” en uno de sus lados(2).
El osario es uno de los más impresionantes descubiertos hasta la fecha, debido a su rica y bella ornamentación. Resulta cuanto menos curioso que la tumba identificada como perteneciente a Anás se haya descubierto próxima a la de Caifás, en concreto en el barranco de Hakeldama. Fuera de toda duda es su pertenen-cia a la primera mitad del siglo I dC, ya que en un osario contiguo, con los restos de una mujer, se halló dentro de la boca de la calavera una moneda acuñada durante el reinado de Herodes Agripa I (42-43 Dc).
Todos estos datos han servido para corroborar la seriedad de la hipótesis de que, en efecto, sea la tumba del sumo pontífice. En efecto, especia-listas como Zvi Greenhut y Ronny Reich entre otros muchos, no tienen dudas sobre que este osario es el del Caifás del Nuevo Testamento(3). El osario de Caifás se conserva en la actualidad en el Museo Nacional de Israel, de Jerusalén.
Los descendientes de Caifás
En 2011 los profesores Yuval Goren, de la Universidad de Tel Aviv, y su colega Booz Sissu, de la Universidad Bar Ilan, dieron a oficialmente a conocer en el Israel Exploration Journal un sorprendente hallazgo arqueológico. De nuevo se trataba de un osario, requisado por las autoridades israelíes y puestas a disposición de estos profesores para la comprobación de su autenticidad (algo que hicieron “sin la menor duda”).
En el artículo científico(4) presentan las conclu-siones del estudio de un osario anterior al 70 dC cuya leyenda dice “Miriam hija de Yeshua hijo de Caiaphus, sacerdote de Beth Imri”. Miriam sería la nieta de Caifás. “Maaziah” o “»Maaziahu” es el último eslabón del linaje de los veinticuatro de grandes sacerdotes que sir-vieron en el Templo de Jerusalén.
Este nuevo dato arqueológico de que dispone-mos permite no sólo apuntalar la historicidad de Caifás, sino también el origen (¿y destino?) de esta familia judía, al suroeste de Jerusalén pre-vio al éxodo.
Desde luego no podemos pasar por alto la sor-prendente circunstancia de que, como se habrá advertido ya, el hijo de Caifás se llamara Jesús (Yeshua) y su nieta María (Miriam). Hechos que, en cierto sentido, tendrían el valor de demostrar la influencia que habría tenido al menos en los descendientes de Caifás la vivencia protagonista de este personaje en los sucesos del pueblo judío

  1. JOSEFO, Ant 18.2.2 § 35 y 18.4.3 § 95.
  2. REICH, R., “Ossuary Inscriptions from the Caiaphas Tomb”, Jerusalem Perspec-tive núm 4 (1991), pp. 13-21.
  3. GREENHUT, Z., “Burial Cave of the Caiaphas Family”, BAR 18, núm 5 (1992), pp. 28-36. REICH, R., “Ossuary Inscriptions from the Caiaphas Tomb”, pp. 13-21. DOMERIS, W.R. y LONG, S. M., “The Recently Excaved Tomb of Jo-seph Bar Caipha and the Biblical Caiphas”, JTSA núm 89 (1994), pp. 50.58. FLUSSER, D., Jesus, Magnes Press, 1997, pp. 195-206.
  4. El artículo puede verse en el número 61 del Israel Exploration Journal, junio de 2011.

Cita de San Juan Juan 11, 49 -50

Las ideas de la Iglesia

Escribía Chesterton que el catolicismo es «la única religión que libera al hombre de la degradante esclavitud de ser un hijo de nuestro tiempo». Quienes acusan a la Iglesia de no acomodarse a los tiempos no entienden que ser católico consiste, precisamente, en oponerse a la mentalidad dominante, en conquistar un ámbito de fortaleza y libertad interior que, impulsado por la fe, permita nadar a contracorriente. Se repite machaconamente que la Iglesia es una enemiga de las ideas nuevas; machaconamente se la tilda de «carca», «casposa» y otras lindezas limítrofes. Un análisis serio de la Historia nos enseña, sin embargo, que los católicos se han caracterizado siempre por brindar ideas nuevas; y que, por sostener tales ideas, han padecido incomprensiones sin cuento. Cuando San Pablo, y con él las primeras comunidades de cristianos, se oponían a la esclavitud no estaban, precisamente, «acomodándose a los tiempos». Chesterton destaca que los católicos siempre han vindicado ideas nuevas «cuando eran realmente nuevas, demasiado nuevas para hallar apoyos entre las gentes de su época». Así, por ejemplo, el jesuita Francisco Suárez elaboró una lucida teoría sobre la democracia doscientos años antes de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa; pero, desgraciadamente, aquella teoría fue formulada con dos siglos de adelanto, en una época en que los monarcas fundaban su tiranía sobre un inexistente Derecho Divino. Los ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito. Cuando, en nuestros días, se caricaturiza a la Iglesia como una enemiga de las ideas nuevas se quiere decir, en realidad, que es cito de nuevo al autor de El hombre que fue jueves- «enemiga de muchas modas influyentes y gregariamente aceptadas, muchas de las cuales se pretenden novedosas, aunque en su mayoría estén empezando a ser un pequeño fósil. La Iglesia se opone con frecuencia a las modas perecederas de este mundo; y lo hace basándose en una experiencia suficiente para saber cuán rápidamente perecen. Nueve de cada diez de las llamadas «nuevas ideas» no son sino viejos errores. La Iglesia Católica cuenta entre sus obligaciones principales con la de prevenir a la gente de incurrir otra vez en esos viejos errores. No existe ningún otro caso de continuidad de la inteligencia parangonable al de la Iglesia, pues su labor ha consistido en «pensar sobre el pensamiento» durante dos mil años. De ahí que su experiencia cubra casi todas las experiencias; y, en especial, casi todos los errores». Las palabras de Chesterton resuenan hoy con una renovada clarividencia. El error principal de nuestra época se resume en una forma deshumanizada de hedonismo que niega la intrínseca dignidad de la vida; así, se han fomentado prácticas aberrantes, como el aborto, que hoy son cobardemente aceptadas, pero que dentro de doscientos años provocarán el horror y la vergüenza de las generaciones venideras. La idea de defensa de la vida, que los apacentadores del rebaño tachan de vieja, es rabiosamente nueva; vindicarla es un modo -incómodo, por supuesto, pero por ello más excitante- de nadar a contracorriente.
Naturalmente, los apacentadores del rebaño procurarán siempre soslayar el debate de las ideas, sustituyéndolo por un ofrecimiento indiscriminado de «modas influyentes» y perecederas. Frente a polémicas profilácticas con fecha de caducidad que no alcanzan el rango de verdaderas ideas, la Iglesia propone una visión humanista del sexo, encauzado por la responsabilidad y no reducido a un mero ejercicio lúdico, trivial y, a la postre, autista. Defender esta idea nueva condena a la soledad y el ostracismo; es el precio -y el premio- que acarrea liberarse de la «degradante esclavitud de ser hijos de nuestro tiempo».

Juan Manuel de Prada

El primer mandamiento y la superstición

La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición (cf Mt 23, 16-22).