Gloria de Dios



La santidad de Dios es el hogar inaccesible de su misterio eterno. Lo que se manifiesta de Él en la creación y en la historia, la Escritura lo llama Gloria, la irradiación de su Majestad (cf Sal 8; Is 6, 3). Al crear al hombre “a su imagen y semejanza” (Gn 1, 26), Dios “lo corona de gloria” (Sal 8, 6), pero al pecar, el hombre queda “privado de la Gloria de Dios” (Rm 3, 23). A partir de entonces, Dios manifestará su Santidad revelando y dando su Nombre, para restituir al hombre “a la imagen de su Creador” (Col 3, 10).

Oración

Escuchemos la voz del Señor y entremos en su descanso

Evangelio

Aleluya, aleluya.
Inclina, Dios mío, mi corazón a tus preceptos y dame la gracia de cumplir tu voluntad.
Aleluya.

EVANGELIO
Mt 5,33-37.

Yo os digo que no juréis en absoluto.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos. «Sabéis que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Palabra del Señor.

Qajapha (Caifás)



Sucede que al ser el antiguo Israel una nación teocrática, su organización era conforme a las leyes religiosas. El sumo sacerdote era el jefe de todo el pueblo judío, reuniendo en su persona poderes religiosos y civiles. Sin embargo, en tiempos del Imperio Romano, esto no se daba sino en teoría a raíz de la potestad que detentaba el procurador imperial (quien de hecho nombraba al sumo pontífice y hasta custodiaba sus vestiduras sacerdotales, cedidas sólo en ocasiones especiales y limitadas). Con todo, al sumo sacerdote le correspondía la autoridad y responsabilidad religiosa según la clásica y pragmática costumbre romana de no inmiscuirse en los cultos de los pueblos conquistados. Pero: ¿quién elegía al Sumo Sacerdote? Aunque la elección correspondía a los miembros más encumbrados de las familias sacerdotales, no se hacía sin la anuencia de Roma. Su cargo, en principio, era vitalicio y sólo de manera excepcional podía ser depuesto, excepción que, desde la época de Herodes el Grande, se había convertido en regla. Así, desde los comienzos del reinado de Herodes I hasta el drama del Calvario (unos 65 años aproximadamente), se habían sucedido quince sumos sacerdotes distintos.

En la época del proceso de Jesús, ocupaba el cargo, Qajapha (Caifás), nombre que deriva del arameo y significa Cefas, es decir, «piedra»; Caifás, excepcionalmente, hacía doce años que estaba al frente del sacerdocio judío a raíz de su designación por el procurador Valerio Grato (18 d. C.) y de su confirmación por Pilato, siendo destituido recién en el año 36 de nuestra era, por Vitelio.

Así pues, Caifás llevaba varios años ininterrumpidos en el más alto puesto de la Sinagoga. La pregunta que se impone por lo tanto, es: ¿cómo pudo sostenerse tanto tiempo ante una situación histórica y jurídico-política tan precaria? La respuesta es sencilla: apelando al soborno, medio con el que «convencía» a los procuradores… Existía, de esta manera y por lo que varios estudiosos señalan, un acuerdo entre Pilato y Caifás (y la familia de su suegro, Anás), por el que el procurador recibía periódicamente una cuantiosa suma de dinero, evitándose así, con prebendas económicas, las sustituciones en el cargo. No por nada en el mismo año en que cayó en desgracia Pilato y fue enviado a Roma, el mismo Caifás fue depuesto…

«Santificado sea tu nombre»

«Santificado sea tu nombre»

El término “santificar” debe entenderse aquí, en primer lugar, no en su sentido causativo (solo Dios santifica, hace santo) sino sobre todo en un sentido estimativo: reconocer como santo, tratar de una manera santa. Así es como, en la adoración, esta invocación se entiende a veces como una alabanza y una acción de gracias (cf Sal 111, 9; Lc 1, 49). Pero esta petición es enseñada por Jesús como algo a desear profundamente y como proyecto en que Dios y el hombre se comprometen. Desde la primera petición a nuestro Padre, estamos sumergidos en el misterio íntimo de su Divinidad y en el drama de la salvación de nuestra humanidad. Pedirle que su Nombre sea santificado nos implica en “el benévolo designio que Él se propuso de antemano” (Ef 1, 9) para que nosotros seamos “santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1, 4)

En los momentos decisivos de su Economía, Dios revela su Nombre, pero lo revela realizando su obra. Esta obra no se realiza para nosotros y en nosotros más que si su Nombre es santificado por nosotros y en nosotros

Oración

Corazón de Jesús, acudo a Ti porque eres mi refugio, mi esperanza; el remedio de todos mis males, el alivio de mis miserias, la reparación de todas mis faltas, la seguridad de todas mis peticiones, la fuente inagotable para mí, y para todos la luz, fuerza, constancia, paz y bendición

Evangelio

San Mateo 11:25-30
En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»

Palabra del Señor

También lo indispensable


Una noche, después de completas, busqué en vano nuestra lamparita en los estantes destinados a ese fin. Era tiempo de silencio riguroso, por lo que no podía reclamarla… Supuse que alguna hermana, creyendo coger su lámpara, había cogido la nuestra, que, por cierto, yo necesitaba mucho. En vez de disgustarme por verme privada de ella, me alegré mucho, pensando que la pobreza consiste en verse una privada, no sólo de las cosas superfluas, sino también de las indispensables. Y de esa manera, en medio de las tinieblas exteriores, fué iluminada interiormente.
Historia de un Alma. Santa Teresa de Lisieux

Consejos que conducen a la Vida Eterna

Vamos pues, alma fiel. Prepárale digna morada espiritual a este gran amigo para que venga a visitarte y a hablar contigo.

Porque Él ha dicho: Quien me ama cumplirá mis mandamientos, y vendremos a él, y haremos en él nuestra morada (Juan 14, 23)

Así Yahvé cumplirá la promesa que hizo diciendo: `Si tus hijos guardan su senda, caminando fielmente en mi presencia, con todo su corazón y toda su alma no te faltará uno de los tuyos sobre el trono de Israel.’ (1 Reyes)

Hazle pues una digna habitación a Cristo en tu espíritu, y no dejes entrar a los que a Él se oponen. Niégale la entrada a lo demás

Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)

Sanedrín

Los Sumos Sacerdotes Comencemos diciendo que, el Evangelio de San Lucas, nos introduce en el Sanedrín con el siguiente marco histórico: «El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea…» y, tras aludir a Herodes, Filipo y Lisanias el evangelista termina situando la época aludiendo a las autoridades judías al decir: «bajo los Sumos Sacerdotes Anás y Caifás» (Lc 3, 1 y ss.). Veremos también en las Sagradas Escrituras cómo estos dos personajes, presentados al inicio de la vida pública de Jesús, aparecen nuevamente –citados también por Lucas– luego de la muerte de Cristo persiguiendo a los discípulos con la intención de darles el mismo fin

¡Crucifícalo!: Análisis histórico-legal de un deidicio
Javier Olivera Ravasi