Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia descuida o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio a Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros
Salve, Rey nuestro, obediente al Padre; fuiste llevado a la crucifixión, como manso cordero a la matanza. EVANGELIO Mt 26, 14-25.
El Hijo del hombre se va, como está escrito; pero, ¡ay del que va a entregarlo!
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?». Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?». Él contestó: «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”». Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar». Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «¿Soy yo acaso, Señor?». Él respondió: «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?». Él respondió: «Tú lo has dicho».
La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero. El primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las criaturas por Él y a causa de Él (cf Dt 6, 4-5).
Salve, Rey nuestro, obediente al Padre; fuiste llevado a la crucifixión, como manso cordero a la matanza.
EVANGELIO Jn 13, 21-33. 36-38.
Uno de vosotros me va a entregar… No cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces.
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar». Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía. Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?». Le contestó Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado». Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche. Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”». Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde». Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti». Jesús le contestó: «¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».
El Calvario de Cabricán es una iglesia pequeña, colocada en alto, que hace de fachada al cementerio del lugar. Una gran explanada se extiende a sus pies. El lunes pasado, miles de personas la llenaban por todas partes y se amontonaban incluso por las gradas que conducen al pequeño oratorio.
Frente a él se colocó el altar donde se celebraría la santa misa. Ante el altar, en un ataúd cubierto con la bandera del municipio de Cabricán, yacía el cuerpo del padre Peter Mettenleiter. Había muerto el día anterior, después de una larga enfermedad. Presidí sus exequias, acompañado de numerosos sacerdotes de la Arquidiócesis de Los Altos, de las personas que estuvieron cerca del padre en sus últimos años y de esa inmensa, silenciosa y agradecida multitud de personas de Cabricán, pero también de muchos otros lugares de Quetzaltenango y Guatemala, que querían unirse a la acción de gracias, a la celebración de la fe, por el padre Pedro, como todos lo conocían.
¿Quién fue Peter Mettenleiter? Un sacerdote alemán que llegó a Guatemala en el año de 1975, a los 45 años de edad, como misionero de su iglesia de origen. El obispo de Quetzaltenango en aquella época, Luis Manresa, le asignó como sede de trabajo la Parroquia de Santiago Apóstol que, todavía hoy, abarca los municipios de Cabricán y Huitán. Como a muchos extranjeros, le impactaron dos cosas: la enorme pobreza de la gente, que carece de los bienes imprescindibles para una vida digna y la inmensa riqueza de esa misma gente —en este caso el pueblo mam—, en calidad humana, en lealtad hacia quienes los tratan con respeto, en generosidad solidaria y en fe cristiana. Creyó, como muchos, que esta riqueza espiritual era natural y se mantenía por sí sola y orientó su ministerio sacerdotal a aliviar la pobreza generalizada.
Creó una fundación en Alemania para captar fondos, con los que construyó y financió escuelas para la educación de los niños, pues sabía que la educación formal es el medio imprescindible para salir de la pobreza y estableció clínicas para fomentar la salud. Ante el drama de las migraciones de la gente de tierra fría a la costa para trabajos temporales, muchas veces inhumanos y degradantes, compró tierras en Ixcán. Allí surgió la aldea de Zunil, con gente proveniente de este municipio quetzalteco. Después del conflicto compró tierras para los desplazados internos en algunos lugares de la planicie costera guatemalteca. Dos o tres aldeas de desplazados son fundación de Pedro Mettenleiter. Cuando creyó que su misión en Guatemala había concluido, regresó a Alemania, pero ya no se halló en su tierra y volvió. Ejerció de párroco en otros lugares fuera de Cabricán. Pero al final, ya jubilado, se estableció en este pueblo y preparó allí su sepultura.
Peter Mettenleiter, movido por la caridad ejercida en nombre de Dios, se empeñó en promover la dignidad humana a través de proyectos de desarrollo. Miles le están agradecidos. Pero quienes carecen de bienes materiales buscan también la vida eterna que solo Cristo da, a través del Evangelio, de la fe y de los sacramentos
El primer mandamiento se refiere también a los pecados contra la esperanza, que son la desesperación y la presunción:
Por la desesperación, el hombre deja de esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia —porque el Señor es fiel a sus promesas— y a su misericordia
Hay dos clases de presunción. O bien el hombre presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia o de la misericordia divinas (esperando obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito).