Día: 1 mayo, 2020

Las reliquias de Cristo, la mesa sobre la cual se celebró la pascua

Para la Iglesia Católica nuestra fe debe estar centrada en la persona de Jesucristo, hay que advertir que ninguno de los objetos relacionados con El, han sido considerados como 100% auténticos por las autoridades eclesiásticas; aunque algunos gocen de gran popularidad o respaldo histórico, arqueológico y científico. Estas “reliquias de Cristo” tienen como finalidad ser un instrumento para que el creyente medite en los aspectos importantes de su vida en la tierra. Aquí describimos los más sobresalientes:

En Roma en la basílica mayor de San Juan de Letrán, se observa un trozo de la mesa en la que el Señor celebró con los apóstoles la fiesta de la pascua el Jueves Santo: la Última Cena

En el siglo XIV, la esposa del rey de Francia, Roberto de Anjou, la confió a los frailes franciscanos, quienes reconstruyeron allí el Cenáculo tal y como se encuentra, pero el 2 de junio de 1551 los musulmanes se apropiaron del lugar, echaron fuera a los franciscanos e instalaron en la planta baja una mezquita, sobre el lugar en el que, según dicen, estuvo la tumba del rey David.

La mesa de la Última Cena, en la cual el amabilísimo Jesús celebró la pascua e instituyó el adorable Sacramento del altar, se conserva y venera en la misma basílica de San Juan de la Cruz.

En la basílica de San Juan de Letrán, catedral de la diócesis de Roma, Madre y Cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del mundo, se encuentra un importante fragmento de la mesa del triclinium sobre la que se colocaron al centro los elementos de la cena de Pascua, la última Cena en que Jesús instituyó la sagrada Eucaristía con su cuerpo en el pan y su sangre en el vino

Esta reliquia está colocada en el retablo de la capilla del Santísimo Sacramento, de la basílica, enmarcada en madera y embellecida con un sobre relieve, también de oro, que muestra la representación iconográfica de la Última Cena del Señor.

En las visiones y revelaciones que el Señor le obsequió, la vidente y beata Ana Catalina Emmerick pudo ver el orden en el que se colocaron los discípulos en torno a la mesa: “A la derecha de Jesús estaban Juan, Santiago el Mayor y Santiago el Menor; al extremo de la mesa, Bartolomé; y a la vuelta, Tomás y Judas Iscariote. A la izquierda de Jesús estaban Pedro, Andrés y Tadeo; al extremo de la izquierda, Simón, y a la vuelta, Mateo y Felipe”.

En esta mesa, y a través de sus apóstoles, Jesús nos dejó su testamento: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que, como yo los he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros. En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros” (Jn 13, 34-35).

San José Obrero, la dignidad santa del trabajador


San José de Nazareth, de María, de Jesús, de la Iglesia, de todos los trabajadores porque es uno más entre ellos, entre nosotros.

De esos hombres íntegros y dignos que se rebelan mansamente contra toda corrupción. Hombres para los que el trabajo es el único modo veraz de lograr el sustento, de crecer en humanidad, de edificar derechos, de que haya inclusión, de que la vida se expanda porque se la cuida con esmero y afecto.

Hombre de un silencio que aturde a los poderosos y que abriga a los desamparados.

Un hombre que desdeña protagonismos, un hombre que no busca reconocimientos ni honras porque se sabe cumplido y pleno cuando hace lo que debe hacer, y ese deber es el servicio y el cuidado de su mujer y de su hijo.

Padre con mayúsculas y con todas las letras: el Hijo de Dios creció en humanidad y Gracia bajo el amparo afectuoso de su sombra bondadosa de árbol frutal. A tal punto que ese Hijo -tan suyo como el que más- lo llamaba Abbá, y quizás con los años, los amables y entrañables gestos serviciales de ese carpintero judío le sirvieron para enseñarnos el rostro y el carácter del Dios de la Vida.

Un hombre tan pequeño y a la vez inmenso, del que el mismo Dios aprendió su oficio, y que llamaba al Mesías con todo derecho y absoluta veracidad con el mejor de los apelativos: hijito.

Muchos hombres y muchas mujeres son así, tan silenciosos pero tan imprescindibles. Son los que siempre están firmes, sin doblegarse jamás, y que hacen que esta vida, a veces tan cruel y despiadada valga la pena y tenga sabor, porque son sal y son luz que se refleja en sus manos encallecidas del esfuerzo diario y en su mirada serena de justicia, justicia que repudia la dádiva humillante, justicia que no se resigna a la explotación, mujeres y hombres trabajadores incansables por las vidas que se les han confiado, y que a menudo alegremente se van a otros campos, a la tierra sin mal, porque han hecho lo que debían, ni más ni menos, héroes de la honestidad, heroínas que mantienen a raya la voracidad del hambre y la violencia.

San José obrero es expresión del trabajo que trasciende, reflejo puro de un Dios que jamás deja de querernos y re-crearnos, que aún con temores y dudas no vacila en sumergirse en el río bravo de la historia porque hay que llevar a los que amamos a buen puerto.

Un muy feliz día a todos los que trabajan, y un deseo fértil de esperanza para los golpeados por el desempleo. Todo puede y vá a cambiar.

El primer mandamiento y el agnosticismo

El agnosticismo reviste varias formas. En ciertos casos, el agnóstico se resiste a negar a Dios; al contrario, postula la existencia de un ser trascendente que no podría revelarse y del que nadie podría decir nada. En otros casos, el agnóstico no se pronuncia sobre la existencia de Dios, manifestando que es imposible probarla e incluso afirmarla o negarla

El agnosticismo puede contener a veces una cierta búsqueda de Dios, pero puede igualmente representar un indiferentismo, una huida ante la cuestión última de la existencia, y una pereza de la conciencia moral. El agnosticismo equivale con mucha frecuencia a un ateísmo práctico

Oración

¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado. ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo! Aleluya.

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
El que come mi carne
y bebe mi sangre —dice el Señor—
habita en mí y yo en él.
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Jn 6, 52-59.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí:
    «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
    «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Palabra del Señor.