Día: 13 mayo, 2020

Manípulo

Era, entre los antiguos romanos, un pañuelo destinado a secar el sudor y se llevaba en el brazo izquierdo.
El manípulo es el ornamento en forma de pañuelo o estola pequeña, que los clérigos pueden usar sujeto al antebrazo izquierdo sobre la manga del alba.
Parece que su origen está en la antigua Roma, donde los altos cargos del Estado llevaban un pañuelo como objeto de etiqueta en ciertos vestidos de gala, y lo sostenían en la mano o lo ataban al vestido. También usaban ese pañuelo al presidir los juegos públicos para lanzarlo como señal de su comienzo.
El papa Silvestre concedió su uso a los diáconos romanos para el servicio litúrgico, para portarlo en la mano derecha. Con éste, los ministros se limpiaban el sudor y enjugaban sus lágrimas durante la Misa. Con la expansión del rito de la Diócesis de Roma a otros lugares, se extendió su uso, a la par de que poco a poco, doblado sobre sí mismo, fue adquiriendo la forma de banda larga y estrecha, adornado con flecos en los dos extremos, enriquecido con hilos y bordados de oro, hasta que hacia finales del siglo XIV, ya había adquirido la forma definitiva: un estrecha banda de tela de la misma hechura que la estola y la casulla.
Al no haber referencia de él en la Instrucción General del Misal Romano expedido en 1969, cayó en desuso, aunque jamás ha sido expresamente prohibido. Por eso hay quien lo usa en la forma ordinaria.
El manípulo debe ser del color litúrgico del día, y tener en su centro una cruz, que ha de besar el que lo lleva, tanto antes de ponérselo como al momento de quitárselo. Ordinariamente también suele colocarse una cruz a cada extremo, aunque no está propiamente mandado.
El manípulo puede ser usado por el subdiácono, el diácono, el presbítero y el obispo. Si un clérigo de alguna orden menor hace de subdiácono, éste no lo utiliza.
Únicamente debe de ser usado durante la Misa y, enel caso del sacerdote, solo cuando viste la casulla. De esta forma, mientras lleva la capa pluvial en el rito de aspersión, no usa el manipulo. Asimismo, cuando hay otra celebración antes de la Misa, no se pone hasta que aquella empieza, y si una celebración sigue inmediatamente a la Misa, hay que quitárselo previamente. En el caso del obispo, se lo pone hasta después del Confiteor que, conforme al antiguo uso, era cuando se levantaba la casulla sobre los brazos.
No obstante lo anterior, también se usa el manípulo en la epístola y el Evangelio de la bendición de Ramos, en el Exultet de la Vigilia Pascual, y en la Celebración de la Pasión del Señor del Viernes Santo, aunque debe de retirarse para la adoración de la cruz del viernes santo
Al revestirse el manípulo, el clérigo dice la siguiente oración: ““Merear, Domine, portare manipulum fletus et doloris; ut cum exsultatione recipiam mercedem laboris. Amen.”, que puede traducirse como “Merezca Señor, llevar el manipulo del llanto y del dolor, para poder recibir con alegria el premio de mis trabajos. Amen.”
Con esa oración, el manípulo nos recuerda las buenas obras y que los trabajos y el dolor ofrecidos a Dios serán espléndidamente recompensados con haces de frutos y ricos dones, en recuerdo de la Pasión, el manípulo representa las ataduras con que fueron ceñidas las manos de Nuestro Señor al ser azotado Significa la soga con que fue atado Jesús a la columna; la compunción del corazón y la paciencia en los trabajos de la vida presente, con la esperanza de la futura gloria. Es signo del servicio sacerdotal.
Espiritualmente nos recuerda las buenas obras y que los trabajos y el dolor ofrecidos a Dios serán espléndidamente recompensados. La oración que el sacerdote pronuncia al ponérselo es: Merezca, Señor, llevar el manípulo del llanto y del dolor, para poder recibir con alegría el premio de mis trabajos. El manípulo significa las ataduras de las manos al ser azotado Nuestro Señor.

La biblia en la misa

San Juan
1:29 Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

El Cristo Histórico

Así como de la filosofía recibe sus conclusiones la historia, así la crítica de la historia. Pues el crítico, siguiendo los datos que le ofrece el historiador, divide los documentos en dos partes: lo que queda después de la triple partición, ya dicha, lo refieren a la historia real; lo demás, a la historia de la fe o interna. Distinguen con cuidado estas dos historias, y adviértase bien cómo oponen la historia de la fe a la historia real en cuanto real. De donde se sigue que, como ya dijimos, hay dos Cristos: uno, el real, y otro, el que nunca existió de verdad y que sólo pertenece a la fe; el uno, que vivió en determinado lugar y época, y el otro, que sólo se encuentra en las piadosas especulaciones de la fe. Tal, por ejemplo, es el Cristo que presenta el evangelio de San Juan, libro que no es, en todo su contenido, sino una mera especulación.
No termina con esto el dominio de la filosofía sobre la historia. Divididos, según indicamos, los documentos en dos partes, de nuevo interviene el filósofo con su dogma de la inmanencia vital, y hace saber que cuanto se contiene en la historia de la Iglesia se ha de explicar por la emanación vital. Y como la causa o condición de cualquier emanación vital se ha de colocar en cierta necesidad o indigencia, se deduce que el hecho se ha de concebir después de la necesidad y que, históricamente, es aquél posterior a ésta.
¿Qué hace, en ese caso, el historiador? Examinando de nuevo los documentos, ya los que se hallan en los Sagrados Libros, ya los sacados de dondequiera, teje con ellos un catálogo de las singulares necesidades que, perteneciendo ora al dogma, ora al culto sagrado, o bien a otras cosas, se verificaron sucesivamente en la Iglesia. Una vez terminado el catálogo, lo entrega al crítico. Y éste pone mano en los documentos destinados a la historia de la fe, y los distribuye de edad en edad, de forma que cada uno responda al catálogo, guiado siempre por aquel principio de que la necesidad precede al hecho y el hecho a la narración. Puede alguna vez acaecer que ciertas partes de la Biblia, como las epístolas, sean el mismo hecho creado por la necesidad. Sea de esto lo que quiera, hay una regla fija, y es que la fecha de un documento cualquiera se ha de determinar solamente según la fecha en que cada necesidad surgió en la Iglesia.
Hay que distinguir, además, entre el comienzo de cualquier hecho y su desarrollo; pues lo que puede nacer en un día no se desenvuelve sino con el transcurso del tiempo. Por eso debe el crítico dividir los documentos, ya distribuidos, según hemos dicho, por edades, en dos partes — separando los que pertenecen al origen de la cosa y los que pertenecen a su desarrollo —, y luego de nuevo volverá a ordenarlos según los diversos tiempos.
CARTA ENCÍCLICA PASCENDI DEL SUMO PONTÍFICEPÍO X SOBRE LAS DOCTRINAS DE LOS MODERNISTAS

Las reliquias de Cristo

Para la Iglesia Católica nuestra fe debe estar centrada en la persona de Jesucristo, hay que advertir que ninguno de los objetos relacionados con El, han sido considerados como 100% auténticos por las autoridades eclesiásticas; aunque algunos gocen de gran popularidad o respaldo histórico, arqueológico y científico. Estas “reliquias de Cristo” tienen como finalidad ser un instrumento para que el creyente medite en los aspectos importantes de su vida en la tierra. Aquí describimos los más sobresalientes:

El “Santo Grial” o también llamado “Santo Cáliz”, fue la copa utilizada por el Divino Maestro en la Ultima Cena. Dice la tradición que San Pedro había llevado el preciosos vaso de Jerusalén a Roma, entregándole la custodia a la familia de su discípulo San Marcos. Los pontífices la habían utilizado para celebrar la Eucaristía hasta el siglo III, cuando San Lorenzo, diácono encargado de los bienes de la iglesia, se vio obligado a distribuirlos entre los pobres para evitar que cayeran en las manos del codicioso emperador Valeriano. El santo diácono sólo guardó el cáliz, enviándolo a su ciudad natal de Huesca, en España, con una carta suya escrita poco antes de su martirio.

En Huesca estuvo hasta el año 713, cuando el obispo y los cristianos de los Pirineos huyeron de la invasión de los moros, entonces el “Santo Grial” peregrinó por varios lugares hasta llegar al monasterio de San Juan de la Peña, en Zaragoza; de donde fue trasladado a Valencia en el año 1424, por el rey don Alfonso “el magnánimo”, quien lo colocó en una capilla donde se venera hasta la fecha.

El “Santo Cáliz” original es un vaso de ágata de unos 17 centímetros de alto, le fueron añadidos una base de oro y piedras preciosas, y dos asas al estilo de los cálices de la Edad Media. Esta es una de las “reliquias de Cristo” que posee mayor y más constante tradición histórica. (El ágata es una variedad de sílice de granos cristalinos muy pequeños)

Sábado

El día del sábado

El tercer mandamiento del Decálogo proclama la santidad del sábado: “El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor” (Ex 31, 15) 2169 La Escritura hace a este propósito memoria de la creación: “Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado y lo hizo sagrado” (Ex 20, 11)

La Escritura ve también en el día del Señor un memorial de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto: “Acuérdate de que fuiste esclavo en el país de Egipto y de que el Señor tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso el Señor tu Dios te ha mandado guardar el día del sábado” (Dt 5, 15)

Dios confió a Israel el sábado para que lo guardara como signo de la alianza inquebrantable (cf Ex 31, 16). El sábado es para el Señor, santamente reservado a la alabanza de Dios, de su obra de creación y de sus acciones salvíficas en favor de Israel.

Oración

Oh Dios, que a la Madre de tu Hijo la hiciste también Madre nuestra, concédenos que, perseverando en la penitencia y la plegaria por la salvación del mundo, podamos promover cada día con mayor eficacia el reino de Cristo. Por nuestro Señor Jesucristo

Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.
Permaneced en mí, y yo en vosotros – dice el Señor–;
el que permanece en mí da fruto abundante.
Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO
Jn 15, 1-8.

El que permanece en mi y yo en él, ése da fruto abundante.

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
    «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

Palabra del Señor.