Señor, Dios nuestro, en tu admirable providencia quisiste que la Madre de tu único Hijo experimentase las angustias y los sufrimientos humanos; por la intercesión de María, consuelo de los afligidos y libertadora de los cautivos, concede a los que sufren cualquier modo de esclavitud la verdadera libertad de los hijos de Dios. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos
Evangelio

Aleluya, aleluya.
Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica, dice el Señor.
Aleluya.
EVANGELIO
Lc 8, 19-21.
Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. Entonces le avisaron: –Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte.
El les contestó: –Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra.
Palabra del Señor.
La iglesia es apostólica

Y no sólo es una cuestión de credenciales, aunque también las credenciales son importantes. Es una cuestión del don – del carisma o gracia – conferido a través de la imposición de unas manos divinamente cualificadas (1 de Timoteo 4; 14). Los clerigos así ordenados se convierten en ×administradores de los misterios de Dios× (1 de Corintios 4,1) con el poder que Dios da para llevar a cabo esa administración.
¿Existe Dios?
Argumento ontológico.
Según la famosa formulación que hizo de él San Anselmo de Canterbury, este se enuncia como sigue:
1. Nuestra idea de Dios es la de un ser tan grande que no puede pensarse nada mayor que Él.
2. Pero si ese ser existiese solo en nuestra mente, podría pensarse otro mayor que Él, a saber, un ser que exista en nuestra mente y también en la realidad.
3. Por tanto, este ser del cual no puede pensarse nada más grande no puede existir solo en nuestra mente.
4. Luego, existe también en la realidad.
Pecado mortal

Pecado mortal
Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento
PIEDRAS DEL EDIFICIO ETERNO

De los escritos de san Pío de Pietralcina, presbítero
(Edición 1994: II, 87-90, n. 8)
Mediante asiduos golpes de cincel salutífero y cuidadoso despojo, el divino Artífice busca preparar piedras para construir un edificio eterno, como nuestra madre, la santa Iglesia Católica, llena de ternura, canta en el himno del oficio de la dedicación de una iglesia. Y así es en verdad. Toda alma destinada a la gloria eterna puede ser considerada una piedra constituida para levantar un edificio eterno. Al constructor que busca erigir una edificación le conviene ante todo pulir lo mejor posible las piedras que va a utilizar en la construcción. Lo consigue con el martillo y el cincel. Del mismo modo el Padre celeste actúa con las almas elegidas que, desde toda la eternidad, con suma sabiduría y providencia, han sido destinadas para la erección de un edificio eterno. El alma, si quiere reinar con Cristo en la gloria eterna, ha de ser pulida con golpes de martillo y cincel, que el Artífice divino usa para preparar las piedras, es decir, las almas elegidas. ¿Cuáles son estos golpes de martillo y cincel? Hermana mía, las oscuridades, los miedos, las tentaciones, las tristezas del espíritu y los miedos espirituales, que tienen un cierto olor a enfermedad, y las molestias del cuerpo. Dad gracias a la infinita piedad del Padre eterno que, de esta manera, conduce vuestra alma a la salvación. ¿Por qué no gloriarse de estas circunstancias benévolas del mejor de todos los padres? Abrid el corazón al médico celeste de las almas y, llenos de confianza, entregaos a sus santísimos brazos: como a los elegidos, os conduce a seguir de cerca a Jesús en el monte Calvario. Con alegría y emoción observo cómo actúa la gracia en vosotros. No olvidéis que el Señor ha dispuesto todas las cosas que arrastran vuestras almas. No tengáis miedo a precipitaros en el mal o en la afrenta de Dios. Que os baste saber que en toda vuestra vida nunca habéis ofendido al Señor que, por el contrario, ha sido honrado más y más.
Si este benevolentísimo Esposo de vuestra alma se oculta, lo hace no porque quiera vengarse de vuestra maldad, tal como pensáis, sino porque pone a prueba todavía más vuestra fidelidad y constancia y, además, os cura de algunas enfermedades que no son consideradas tales por los ojos carnales, es decir, aquellas enfermedades y culpas de las que ni siquiera el justo está inmune. En efecto, dice la Escritura: “Siete veces cae el justo” (Pr 24, 16). Creedme que, si no os viera tan afligidos, me alegraría menos, porque entendería que el Señor os quiere dar menos piedras preciosas… Expulsad, como tentaciones, las dudas que os asaltan… Expulsad también las dudas que afectan a vuestra forma de vida, es decir, que no escucháis los llamamientos divinos y que os resistís a las dulces invitaciones del Esposo. Todas esas cosas no proceden del buen espíritu sino del malo. Se trata de diabólicas artes que intentan apartaros de la perfección o, al menos, entorpecer el camino hacia ella. ¡No abatáis el ánimo! Cuando Jesús se manifieste, dadle gracias; si se oculta, dadle gracias: todas las cosas son delicadezas de su amor. Os deseo que entreguéis el espíritu con Jesús en la cruz: “Todo está cumplido” (Jn 19, 30)
Oración
Dios todopoderoso y eterno, que concediste a san Pío, presbítero, la gracia singular de participar en la cruz de tu Hijo, y por su ministerio renovaste las maravillas de tu misericordia, concédenos, por su intercesión, que, compartiendo los sufrimientos de Cristo, lleguemos felizmente a la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo
Evangelio

Aleluya, aleluya.
Que brille vuestra luz ante los hombres, dice el Señor, para que viendo vuestras buenas obras, den gloria a su Padre, que está en los cielos.
Aleluya.
EVANGELIO
Lc 8, 16-18.
El candil se pone en el candelero para que los que entran tengan luz.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama, lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz. Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público. A ver si me escucháis bien: al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener».
Palabra del Señor
¿DIOS EXISTE?

¿Dios existe?: he ahí la que seguramente es la pregunta más profunda y trascendente de la filosofía. En efecto, la filosofía, sea desde una u otra perspectiva, se ocupa del problema del ser (ontología), la verdad (epistemología) y el bien (ética). Ahora, si Dios existe, Él se constituirá como el Ser fundamental, la Verdad absoluta y el Bien supremo. En consecuencia, su existencia o inexistencia condiciona toda nuestra comprensión del mundo. Por tanto, no resulta extraño que sea precisamente el hombre, la criatura racional, quien se pregunte sobre Dios. Y es que, independientemente de qué tipo de respuesta o actitud adopte después, en algún u otro momento y/o de algún u otro modo, el hombre siempre e inevitablemente se planteará la cuestión de Dios.
Por Dante A. Urbina
Pecado venial y mortal

El pecado mortal, que ataca en nosotros el principio vital que es la caridad, necesita una nueva iniciativa de la misericordia de Dios y una conversión del corazón que se realiza ordinariamente en el marco del sacramento de la Reconciliación: «Cuando la voluntad se dirige a una cosa de suyo contraria a la caridad por la que estamos ordenados al fin último, el pecado, por su objeto mismo, tiene causa para ser mortal sea contra el amor de Dios, como la blasfemia, el perjurio, etc, o contra el amor del prójimo, como el homicidio, el adulterio, etc
En cambio, cuando la voluntad del pecador se dirige a veces a una cosa que contiene en sí un desorden, pero que sin embargo no es contraria al amor de Dios y del prójimo, como una palabra ociosa, una risa superflua, etc, tales pecados son veniales» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q 88, a 2, c)