En música, aun hoy podemos deleitarnos con los himnos en canto llano y gregoriano–que hoy apasionan a varios músicos modernos– que siguen siendo un testimonio perenne de la música compuesta para mayor gloria de Dios. Pero no solo se cantaba a Dios o sobre Dios; en aquella época la música se daba tanto en el ámbito profano como en el religioso siendo incluso un vehículo para la transmisión de la cultura (solo el Cantar del Mío Cid es testimonio de ello). La música era como el río en el cual navegaban los conocimientos populares. Era en ella donde los trovadores narraban los sucesos acaecidos con gracia y armonía. Se creaban notas, melodías y hasta instrumentos propios (hoy todavía se usa el arpa, las flautas, el laúd, el órgano, la viola de rueda y de gamba, la cornamusa, etc.); ni qué decir de los eximios compositores medievales a los que hoy podemos oír gracias a sus partituras
Johannes Ciconia, también conocido como Iohannes Ciconia, (Lieja, c. 1370 – Padua, entre el 10 de junio y el 12 de julio de 1412), fue un compositor y teórico de la música franco-flamenco de finales de la Edad Media que trabajó la mayor parte de su vida en Italia
https://youtu.be/fMta3udIhLQ
Tanto para la cabeza como para el cuerpo
Evangelio según san Mateo, 5: 27- 28 «Oísteis que se dijo a los antiguos: No adulterarás. Y yo os digo que todo aquel que pusiese los ojos en una mujer para codiciarla, ya cometió adulterio en su corazón con ella». (vv. 27- 28)
Si quieres con frecuencia fijar los ojos en las caras hermosas, serás atrapado por completo, aunque acaso puedas contenerte por dos o tres veces, porque esto no está fuera de la humana naturaleza. Pero el que una vez enciende la llama en su corazón (después de vista una mujer), aun cuando no vea sus formas, retiene en sí el recuerdo de las acciones torpes, de cuya representación muchas veces pasa a la obra. Pero si alguna, adornándose demasiado, atrae los ojos de los hombres hacia sí, aun cuando no haga pecar a ninguno, ella padecerá el fuego eterno, porque forma el veneno, aun cuando no encuentre ninguno que lo beba. Lo que dice a los hombres, esto mismo dice a las mujeres, lo que se dice a la cabeza, también se dice al cuerpo
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 17,2

Sacerdote
…puso #Dios en la #tierra
a los #sacerdotes,
para #vivir como #ángeles
y ser #luz y #maestros de #virtud
para #todos los #demás
#Santo #AlfonsoMaríadeLigorio

Oración
Tú, Señor, ten piedad de nosotros. Demos gracias a Dios
Evangelio
San Lucas 10:1-9
Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde él había de ir Y les dijo: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. En la casa en que entréis, decid primero: `Paz a esta casa.’ Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros Permaneced en la misma casa, comed y bebed lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: `El Reino de Dios está cerca de vosotros.’
Palabra del Señor

Ladrones que nos arrastran a la culpa
Evangelio según san Mateo, 5: 27- 28 «Oísteis que se dijo a los antiguos: No adulterarás. Y yo os digo que todo aquel que pusiese los ojos en una mujer para codiciarla, ya cometió adulterio en su corazón con ella». (vv. 27- 28)
Todo aquel que mira exteriormente de una manera incauta, generalmente incurre en la delectación de pecado, y obligado por los deseos, empieza a querer lo que antes no quiso. Es muy grande la fuerza con que la carne obliga a caer, y, una vez obligada por medio de los ojos, se forma el deseo en el corazón, que apenas puede ya extinguirse con la ayuda de una gran batalla. Debemos, pues, vigilarnos, porque no debe verse aquello que no es lícito desear. Para que la inteligencia pueda conservarse libre de todo mal pensamiento, deben apartarse los ojos de toda mirada lasciva, porque son como los ladrones que nos arrastran a la culpa
San Gregorio, Moralia, 21, 2

Oración
Yo te amo, Señor; Tú eres mi fortaleza
Evangelio
San Lucas 12:1-8
En esto, habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse unos a otros, se puso a decir primeramente a sus discípulos: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse. Porque cuanto dijisteis en la oscuridad será oído a la luz, y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas será proclamado desde los terrados. «Os digo a vosotros, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Os mostraré a quién debéis temer: temed a Aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar a la gehenna; sí, os repito: temed a ése. «¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno de ellos está olvidado ante Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados.No temáis; valéis más que muchos pajarillos. «Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios.
Palabra del Señor

La intención de la Ilustración
¿Ahora somos libres?
¿Continuamos siendo esclavos?
¿O ahora sí vivimos en esclavitud?
El Estado docente es el producto más llamativo de la Ilustración constructivista. Habiendo diagnosticado que los peligros para la libertad tenían como origen a la Iglesia y la tradición, muchos ilustrados plantearon una alianza con una maquinaria de poder que no simplemente terminaría aplastando estos arcaicos estorbos, sino que pronto tomaría su lugar. El Estado docente se llena entonces de sacerdotes laicos, listos para impartir la nueva doctrina que emana de la Razón, y que da vida a lo que Condorcet denominó, por primera vez, «religión política», cuando reparaba en la Revolución Francesa. «Robespierre es un cura, y nunca dejará de serlo»,211 acusó Condorcet. ¿Hay acaso revolución más iluminista que la francesa?
Es como si el vacío que dejara una religión y una tradición pulverizadas simplemente se abriera a la ocupación de una maquinaria todavía más poderosa, no para aniquilar la dimensión cultural y espiritual en sí, sino para vaciarla y volverla a llenar, pero con sus propios contenidos. Es como si el delicado y tambaleante equilibrio de la antigua divisoria entre el poder espiritual y el poder temporal, hecho añicos en la modernidad, no supusiera la desaparición de aquel, sino su control por parte de este. Los hombres pueden pensar que piensan por sí mismos, según la esperanza de Kant, pero no harán más que repetir los nuevos dogmas impartidos por los mismos que en sus manos tienen los controles de la política.
El Estado ha allanado el camino para avanzar sobre el espíritu de los hombres, y nadie se atreve verdaderamente a disputarle semejante poder. Después de todo, tal como dice Allan Bloom, «la secularización es el maravilloso mecanismo por el que la religión se convierte en no religión»
Condorcet. Cinq Mémoires…, opus cit., pp. 85, 86, 93. Citado en Todorov, El espíritu de la Ilustración, p. 61.
Bloom, El cierre de la mente moderna, p. 219

Sugestión, la complacencia y el consentimiento
Evangelio según san Mateo, 5: 27- 28 «Oísteis que se dijo a los antiguos: No adulterarás. Y yo os digo que todo aquel que pusiese los ojos en una mujer para codiciarla, ya cometió adulterio en su corazón con ella». (vv. 27- 28)
Tres circunstancias concurren para que se cometa un pecado: la sugestión, la complacencia y el consentimiento. La sugestión se verifica por medio de la memoria, esto es, por los sentidos del cuerpo, en cuyo goce, si alguno se deleita, ha incurrido en delectación ilícita, que debe refrenar. Si ha habido consentimiento, entonces hay pecado completo. La complacencia, sin embargo, antes del consentimiento, o es nula o muy leve. Consentir con ella es pecado cuando es ilícita; pero si se lleva a la práctica, parece que entonces se sacia y se apaga la concupiscencia. Después, cuando la sugestión se repite, la complacencia es mayor, más no lo es tanto como aquella que viene a constituir un hábito, que difícilmente se puede vencer
San Agustín, de sermone Domini, 1, 12
