Convertíos –dice el Señor–, porque está cerca el reino de los cielos.
EVANGELIO Lc 9, 22-25.
El que pierda su vida por mi causa la salvará.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Entonces decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?».
Oh Dios, nuestra fuerza y nuestra esperanza, que has arrancado de la espada de Herodes a tu Hijo Unigénito nuestro Redentor, por intercesión de la beatísima siempre Virgen María, su Madre, y de san José, concédenos, liberados de la mano de los enemigos, servirte con justicia y santidad de vida. Por nuestro Señor Jesucristo
No endurezcáis hoy vuestro corazón; escuchad la voz del Señor.
EVANGELIO Mt 6, 1-6.16-18.
Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».
Los propósitos de las personas creyentes, se apoyan en el poder y la bondad de Dios, más que en la propia prudencia y en el propio saber, y si quieren triunfar confían en Dios todo cuanto emprenden. «Lo que nos da el éxito es la bendición de Dios. Nuestros afanes añaden muy poca cosa», dice el Libro de los Proverbios. «Que el Señor haga prósperas las obras que emprendamos» (Salmo 89)
Cuando Jonás anunció al Rey de Nínive que su ciudad sería destruida después de cuarenta días, el monarca se quitó las vestiduras reales, puso ceniza en su cabeza, se cubrió con su saco, y ordenó a todo el pueblo que implorara la misericordia divina. Con humildad y penitencia consiguió la revocación de la terrible sentencia, y la ciudad fue perdonada. Si este rey pagano obtuvo así el perdón de una ciudad entera, ¿cuánto más no conseguirá Jesucristo que tanto se humilla en la Santa Misa donde abandonó el trono de Su Gloria, se reviste con las pobres apariencias del pan y del vino, e implora la misericordia de Dios?
Padre mío, considerar cuánto me he humillado para obtener vuestra compasión. Los pecadores se han levantado contra vos llenos de orgullo, yo me humillo en presencia vuestra. Ellos os han irritado con sus ofensas yo quiero desarmaros con la fuerza de humildad. Ellos han merecido vuestro justo castigo, que mis ruegos os aplaquen. Por amor hacia mi, apiadaos de ellos y nos lo cantiguéis según merecen sus iniquidades. No los entregueís en manos de Satanás, pues me pertenecen, y habiéndolos rescatado al precio de mi Sangre, no permitáis que perezcan. Oh Padre Santísimo!, imploro sobre todo vuestra misericordia a favor de los pecadores aquí presentes. Por ellos ofrezco en este momento mis sufrimientos, y vida. En virtud de esta sangre y de esta muerte, preservadlos de la muerte eterna
Explicación de la Santa Misa (R Padre Martin de Cochem)
Nosotros debemos prepararnos para sufrir grandes pruebas dentro de poco, tales que demandarán de nosotros una disposición a perder la vida, y una total dedicación a Cristo y por Cristo… Con vuestras oraciones y las mías es posible mitigar esa tribulación, pero ya no es posible apartarla, porque solo así la Iglesia puede ser efectivamente renovada. ¿Cuánto tiempo llevará la renovación de la Iglesia surgida de la sangre? Ese tiempo, demasiado, no será de otra manera. Nosotros debemos ser fuertes y estar preparados, y confiar en Cristo y en su Madre, y ser muy, muy asiduos en el rezo del Rosario Juan Pablo II en Fulda (Alemania) en 1981
“Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro” (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3). En el infierno ya no hay posibilidad de perdón, y al Cielo no entra nada manchado; por tanto, debe haber un lugar intermedio, de purificación, donde se perdonen pecados. Este es el purgatorio.
Toda alegría y toda pena, todo acontecimiento y toda necesidad pueden ser motivo de oración de gracias, la cual, participando de la de Cristo, debe llenar la vida entera: “En todo dad gracias” (1 Ts 5, 18).
Aleluya, aleluya. El que me ama cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada, dice el Señor. Aleluya.
EVANGELIO Mc 8, 14-21.
Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes.
Lectura del santo Evangelio según San Marcos.
En aquel tiempo, a los discípulos se les olvidó llevar pan, y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les recomendó: Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes. Ellos comentaban: Lo dice porque no tenemos pan. Dándose cuenta, les dijo Jesús: ¿Por qué comentáis que no tenéis pan ? ¿No acabáis de entender? ¿Tan torpes sois? ¿Para qué os sirven los ojos si no veis, y los oídos si no oís ? A ver, ¿cuántos cestos de sobras recogisteis cuando repartí cinco panes entre cinco mil? ¿Os acordáis? Ellos contestaron: Doce ¿Y cuántas canastas de sobras recogisteis cuando repartí siete entre cuatro mil? Le respondieron: Siete. El les dijo: ¿Y no acabáis de entender?