David y la oración del rey



David es, por excelencia, el rey “según el corazón de Dios”, el pastor que ruega por su pueblo y en su nombre, aquel cuya sumisión a la voluntad de Dios, cuya alabanza y arrepentimiento serán modelo de la oración del pueblo. Ungido de Dios, su oración es adhesión fiel a la promesa divina (cf 2 S 7, 18-29), confianza cordial y gozosa en aquel que es el único Rey y Señor. En los Salmos, David, inspirado por el Espíritu Santo, es el primer profeta de la oración judía y cristiana. La oración de Cristo, verdadero Mesías e hijo de David, revelará y llevará a su plenitud el sentido de esta oración

Estatua del Rey David, en la capilla Borghese de la basílica de Santa Maria Maggiore en Roma

Oración

Qué dulce al paladar tu promesa, Señor.
Más que miel en la boca

Evangelio



San Lucas 1:46-56
Y dijo María: «Alaba mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abrahán y de su linaje por los siglos.» María se quedó con ella unos tres meses, y luego se volvió a su casa

Palabra de Dios

Mi salvación, tu salvación


Cualquier trabajo, puede tener valor redentor para otra persona. Según San Pablo, la respuesta es afirmativa. Porque nosotros somos colaboradores de Dios (1 Corintios 3,9). Dios quiso que nosotros cooperamos en su obra redentora. San Pablo continuaba diciendo: Y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia (Colosenses 1, 24). Dios quiso que trabajáramos no solo por nuestra propia salvación (Filipenses 2, 12), sino también que llevaramos los unos las cargas de los otros (Gálatas 6,2) al igual que compartimos el sacrificio redentor de Cristo. Podemos y debemos interceder los unos por los otros para la remisión de los pecados de los demás. Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no lleva a la muerte, que pida y Dios le dará la vida. Esto para quienes cometen un pecado que no lleva a la muerte (1 Juan 5, 16)
La fe es razonable (Scott Hahn)

Prudencia en las acciones

No hay que fijarse sin más de las palabras que se oyen ni de los consejos que se reciben. Todo debe pensarse ante Dios con prudencia y con calma. Lastima que tan frecuentemente pensemos y hablemos del prójimo más bien lo malo que lo bueno. Es señal de nuestra gran fragilidad
Pero las personas que tienen madurez espiritual no creen sin más todo lo que les cuentan, porque conocen que la naturaleza humana es muy inclinada a pensar y hablar mal de los demás, y muy pecadora en sus palabras

Imitación de Cristo (Tomás de Kempis)

David y la oración del rey



La oración del pueblo de Dios se desarrolla a la sombra de la morada de Dios, el Arca de la Alianza y más tarde el Templo. Los guías del pueblo —pastores y profetas— son los primeros que le enseñan a orar. El niño Samuel aprendió de su madre Ana cómo “estar ante el Señor” (cf 1 S 1, 9-18) y del sacerdote Elí cómo escuchar su Palabra: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (cf 1 S 3, 9-10). Más tarde, también él conocerá el precio y el peso de la intercesión: “Por mi parte, lejos de mí pecar contra el Señor dejando de suplicar por vosotros y de enseñaros el camino bueno y recto” (1 S 12, 23)


Oración

Alégrate y goza, hija de Jerusalén: mira a tu Rey que viene. No temas, Sión, tu salvación está cerca

Evangelio



En aquellos días, se puso en camino María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a gritos: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor

Palabra del Señor

Gracias Moisés



De esta intimidad con el Dios fiel, lento a la ira y rico en amor (cf Ex 34, 6), Moisés ha sacado la fuerza y la tenacidad de su intercesión. No pide por él, sino por el pueblo que Dios ha reunido. Moisés intercede ya durante el combate con los amalecitas (cf Ex 17, 8-13) o para obtener la curación de María (cf Nm 12, 13-14). Pero es sobre todo después de la apostasía del pueblo cuando “se mantiene en la brecha” ante Dios (Sal 106, 23) para salvar al pueblo (cf Ex 32, 1-34, 9). Los argumentos de su oración (la intercesión es también un combate misterioso) inspirarán la audacia de los grandes orantes tanto del pueblo judío como de la Iglesia. Dios es amor, por tanto es justo y fiel; no puede contradecirse, debe acordarse de sus acciones maravillosas, su gloria está en juego, no puede abandonar al pueblo que lleva su Nombre

Oración

Alégrese el cielo, goce la tierra, romped a cantar, montañas, porque el señor, nuestro Dios, va a venir