Cruzadas



ha sido una barbarie de los cristianos medievales que intentaron imponer sus ideas a fuerza de espada.De este modo, no solo se viola la justicia sino también el buen sentido histórico. La verdad es que donde sin duda se expresó mejor el espíritu de la Cristiandad fue en el decurso de las Cruzadas

Hubo, por cierto, en el desarrollo de las mismas, acciones realmente deplorables, como parece ser inevitable en el obrar humano, pero el impulso general fue siempre noble y
ennoblecedor, un impulso que hacía al hombre sentir la nostalgia del Oriente cristiano y de la tierra de Cristo.

Para entender el porqué de las Cruzadas debemos trasladarnos con la mente al mundo oriental, o mejor, a lo que acontecía en el Imperio Bizantino. Durante mucho tiempo, las relaciones entre Bizancio y el Islam, poderosa herejía originada en el siglo VI, habían sido relativamente cordiales, hasta el punto de que los Emperadores podían participar sin dificultades en la reconstrucción del Santo Sepulcro, que estaba en manos
de los musulmanes, y enviaban trigo a la Siria islámica. Pero hacia el año 1000 la situación cambió radicalmente con la aparición de una tribu proveniente de las estepas del Ara, que
aprovecharía la decadencia en que se encontraban por aquel entonces los muelles árabes de origen persa y la disgregación de su Imperio en principados provinciales. Eran los turcos, de talante guerrero como pocos, que habían encontrado un caudillo de leyenda, el príncipe Seldjug; así fue como, con los seldjúcidas (o seléucidas), se retomó la dormida Guerra Santa musulmana,

A mediados del siglo XI entraron en la Mesopotamia y sin encontrar mayor resistencia conquistaron Bagdad. La campaña seguía adelante y Bizancio ya estaba en la mira. Durante esa ofensiva, que fue bastante prolongada, los cristianos sufrieron dos reveses particularmente dolorosos.

En 1064 se derrumbó la Armenia cristiana, el primer reino que se había convertido completamente al cristianismo en Oriente. Quizás los bizantinos no la defendieron como debieron hacerlo, posiblemente influidos por el hecho de que los armenios eran monofisitas

La otra gran desgracia acaeció en el año 1071 cuando los turcos sitiaron Mantzikert, uno de los últimos bastiones armenios todavía en poder de Bizancio. Acudió en su socorro el emperador Román Diógenes quien tras luchar heroicamente acabó siendo capturado por los turcos. La derrota de los bizantinos fue un acontecimiento sintomático, ya que demostró hasta qué punto el Imperio de Oriente se había vuelto incapaz de seguir siendo
el baluarte seguro de la Cristiandad como lo había sido hasta entonces. Solo podría relevarlo la joven Cristiandad occidental. Como bien escribe Daniel- Rops: «la Cruzada fue la respuesta a la dimisión de las fuerzas bizantinas: 1095 estaba en germen en 1071 y el derrotado Román Diógenes reclamaba a Godofredo de Bouillon.

Y así sucedió, en efecto. El nuevo emperador Miguel VII se dirigió humildemente al Papa Gregorio VII pidiéndole ayuda militar. El Papa asintió con presteza, exhortando en ese sentido a los Príncipes cristianos, pero todo fue en vano. El momento político era muy difícil y apenas si consentía un esfuerzo conjunto. Mientras tanto los turcos, viendo expedito el camino, seguían avanzando en todas las direcciones posibles.

En 1076, penetraban en Jerusalén, noticia que conmocionó a todo el mundo cristiano. Luego fueron ocupando el Asia Menor, entremezclando sus posesiones con las de los bizantinos. En 1081,el turco Solimán se proclamó Sultán, poniendo su capital en Nicea, donde antaño había sesionado el famoso Concilio. Dicho Sultanato perduraría hasta 1302. La situación era gravísima. Occidente no podía permanecer impasible Fue entonces cuando el Papa Urbano II reunió un Concilio en Clermont, Francia (1095), donde se hicieron presentes los principales prelados y nobles de la Cristiandad, y solicitó la formación de un cuerpo expedicionario contra el Islam.

Ante la voz del Papa, la asamblea entera se puso de pie, y prorrumpió en un grito clamoroso: «Dieu le vult! (i Dios lo quiere!, en francés antiguo), que resonó por toda la meseta de Clermont, clamor que recogió el Pontífice para convertirlo en la divisa de la empresa. La gente comenzó a cortar retazos de los mantos y cortinas para hacer con ellos cruces de tela roja, que los voluntarios cosieron sobre el hombro derecho de cada
soldado. Cuentan que esa misma noche se llegó a acabar la tela roja en Clermont. He aquí el discurso pronunciado: «De Jerusalén y de Constantinopla llegan tristes noticias… Una raza maldita salida del reino de los persas, un pueblo bárbaro, alejado de Dios, ha invadido las tierras cristianas y las ha devastado. Estos invasores son árabes y turcos. Han avanzado por el Imperio de Constantinopla hasta el Mediterráneo, hasta el estrecho conocido por el Brazo de San Jorge (… Los turcos se han llevado cautivos a muchos cristianos; han destruido las iglesias de Dios o las han empleado para sus propios ritos. Qué más hemos de deciros?

Escuchad! Los invasores ensucian los altares, circuncidan a los cristianos y derraman la sangre de la circuncisión sobre los altares o las pilas bautismales. Guardan sus caballos en las iglesias, que ya no son consagradas al servicio de Dios. Ahora los turcos torturan a los cristianos, cubriéndolos de flechas u obligándolos a arrodillarse y a inclinar la cabeza para ver si sus guerreros pueden cortarles el cuello con un solo golpe de su espada. Qué vamos a decir de las violaciones de las mujeres? Hablar de ello es menos que permanecer calladas

Vosotros caballeros, estáis llenos de orgullo y os lanzáis contra vuestros hermanos cEs éste el modo de servir a Cristo? Digamos la verdad, aunque nos avergüence. Esta no es forma de vivir. Si queréis salvar vuestras almas tenéis que cambiar de proceder.

Marchad a la defensa de Cristo. Vosotros que estáis en la lucha constante, haced la guerra a los infieles. Vosotros que sois ladrones, convertios en soldados. Guerread por una causa
justa. Trabajad por una compensación eterna». Con gran éxito comenzaron a responder todos al grito de «Dieu le vult!». Urbano permanecía en silencio, con el rostro levantado. Por todas partes se ofan gritos y se agitaban los brazos. Luego el Papa se dirigió nuevamente a ellos pues tenía algo más que decir: «Cuando dos o tres personas se reúnen en mi nombre, Yo estoy en medio de ellos». Si Dios no hubiera estado en el espiritu de todos vosotros no habríais gritado así. Por lo tanto, os digo que Dios os ha inspirado ese grito. Y ese debe ser vuestro grito de guerra.

Cuando marchéis contra el enemigo, decid: Dios lo quiere! Y más aun, todos los que realicen el viaje deben llevar una cruz sobre su cabeza o pecho. Dejad que el rico ayude al pobre. Que no os detengan las riquezas, ni el amor a vuestros familiares
Recordad el Evangelio: «Todo aquel que por Mi causa abandone casa, hermanos, padres, esposa, hijos o tierras, recibirá cien veces más y gozará de la vida eterna». Poneos en marcha hacia el Santo Sepulcro; arrancad aquellas tierras del poder de la raza
maldita y guardadlas para vosotros… Jerusalén… Allí murió Cristo por nosotros; allí fue enterrado. Y en el sepulcro continúa realizándose el milagro anual. Pues os digo lo que bien sabéis todos los años, durante la Pasión, las lámparas se encendían sin
intervención humana en la oscura iglesia. Y ahora, solo unos cuantos han presenciado el milagro; las lámparas continúan encendiéndose milagrosamente. Esto debe servirnos de estimulo a Quién tendrá el corazón tan duro que no se conmueva con tan gran milagro? Id y no temáis, Vuestros bienes quedarán a salvo, y arrancaréis al enemigo tesoros aun mayores. No temáis morir donde Dios ha muerto por vosotros. Si alguno muere durante
el camino o en su lucha, le serán perdonadas sus culpas. No temáis la tortura, pues con ella ganaréis la corona del martirio. El camino es corto la lucha breve el nremio eterno» De aquí vino la denominación de «cruzados», o «señalados con la cruz». Porque no fue sino el signo de la cruz el que guiaria a aquellas falanges. Después de la conquista de Jerusalén, la Vera Cruz les precedería en los combates; y el canto de guerra de los cruzados sería un
himno litúrgico referido a la cruz, el Vexilla Regis prodeunt, que se entona en las Vísperas de la Pasión y en las fiestas de la Cruz, compuesto cuatro siglos atrás por Fortunato, el obispo poeta.

El grito de guerra que atronara en Clermont se propagó por toda la Cristiandad, desde Sicilia a Alemania y desde España hasta la lejana Escandinavia, con una capacidad de convocatoria que superaría incluso las previsiones del Papa, y se mantendría en el aire por lo menos durante dos siglos, «Vióse a muchos hombres-dice Michelet- asquearse súbitamente de todo lo que habían amado, y así los barones abandonaron sus castillos, los
aldeanos sus campos, para consagrar sus esfuerzos y su vida a preservar de sacrilegas profanaciones aquellos diez pies cuadrados de tierra que habían recogido, durante unas
horas, el despojo terrestre de su Dios». Y asi la Cristiandad se puso en marcha, abriéndose una página admirable de su historia.

Según Régine Pernoud, las Cruzadas representan uno de los puntos culminantes en los anales del medioevo, una aventura única en su género, llevada a cabo por voluntarios procedentes de todos los pueblos de Europa, al margen de cualquier organización
centralizada

ALFREDO SÁENZ, La Cristiandad y su cosmovisión, 228-247.

*La mayor parte de los armenios sobrevivientes se fueron a Capadocia, donde establecieron una nueva Armenia que más tarde se haría presente durante el transcurso de las Cruzadas.

DANIEL-ROPS, La Iglesia de la Catedral y de la Cruzada, Luis de Caralt, Barcelona 1956, 496.

HAROLD LAMB, Historia de las Cruzadas (2 vol), Juventud Argentina, Buenos Aires 1954; las cursivas son nuestras. El discurso de Urbano está tomado de los extractos de cuatro cronistas probablemente ellos lo oyeron en Clermont en lengua vernácula y luego lo tradujeron al latín. Para hacerse una idea gráfica de las Cruzadas, recomendamos los hermosos grabados de GUSTAVE DORÉ, en Las Cruzadas (lustraciones), Edimat, Madrid 2005, pp. 208.

RÉGINE PERNOUD, Los hombres de las Cruzadas, Swan, Madrid, 1987, 13.

Herencia



Evangelio según san Mateo, 6: 10- 10 «Venga el tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo». (v. 10)

Muy oportunamente se sigue que después de haber sido adoptados por hijos, pidamos el reino que se debe a los hijos, y así es como prosigue: «Venga a nosotros tu reino»

Glosa

La santísima Trinidad



Si examinamos detalladamente las Escrituras judías (el Antiguo Testamento) nos encontraremos con muy interesantes y variados indicios y hasta evidencias de la doctrina
de la Trinidad y la divinidad de Cristo. En primera instancia, tenemos que hay varios pasajes que sugieren respecto del ser de Dios una unidad compleja, e incluso una unidad plural.

En efecto, en los siguientes pasajes vemos que habla en plural de cosas que le corresponden específicamente a Él: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Génesis 1: 26); «Ahora pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero» (Génesis 11: 7); «: A quién voy a enviar? qquién irá por nosotros?» (Isaías 6: 8).

Tomemos solo el primer pasaje. <Podría estar Dios hablándole a los ángeles? No, porque dice Hagamos» y solo Dios es Creador, los ángeles no crean. Podría estar hablándoles a otros dioses distintos? No, porque en la cosmovisión judía solamente hay un Dios. Por tanto, la única interpretación que no da mayor conflicto frente a ese lenguaje plural es la Trinitaria, esto es: que el Padre les esté hablando a las otras dos Personas (el Hijo y
el Espíritu Santo) que permanecen en la misma esencia divina.

Lo precedente resulta aún más plausible considerando que en el primer versículo de la Biblia, que habla justamente sobre la creación, la referencia a Dios está en plural! En efecto, en Génesis 1: 1 aparece la palabra Elohim que es el plural de El o Eloah (Dios), siendo que «prácticamente todos los académicos judios reconocen que la palabra Elohim, considerada en sí misma,es un sustantivo plural».

Dado ello, si no queremos plantear la existencia de muchas divinidades distintas (lo cual es un absurdo no solo bíblico sino también filosófico), tenemos que abrirnos a la posibilidad de una pluralidad dentro de la misma divinidad, que es precisamente lo que plantea la doctrina de la Trinidad.Es más, resulta que en el propio texto de Deuteronomio 6: 4, que es
el que más usan los judíos para enfatizar la unidad de Dios frente a los trinitarios (como si estos la negaran), no se utiliza la palabra vachid, que invariablemente significa unidad absoluta, sino la palabra echad, que puede significa unidad compuesta!

Muestra de ello es que esta palabra es la que se usa en Génesis 2: 24 para indicar que esposo y esposa serán «una sola carne», lo cual evidentemente es una unidad compuesta

Arnold Fruchtenbaum, «Jewishness and the Trinity», Jews for Jesus,July 1, 1981

Dalet Alan, The Great Jewish Mistery, WestBow Press, Bloomington, 2014, p. 25.

Santiguarse

#Aquel, cuando #puesto a
#prueba, hace la #señal de la
#cruz con #devoción, hace
#temblar al #infierno y se
#regocija el #cielo.
#San #JuanMaríaVianney

Oración

Ensalzad al Señor, Dios nuestro; postraos ante su monte santo: Santo es el Señor nuestro Dios

Evangelio

San Mateo 4:18-22
Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres.» Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron.

Palabra del Señor

Manzoni y España



Creo que tienen razón quienes, desde su punto de vista, desean que por decreto ministerial se elimine la novela Los novios de los programas de estudio. Me remonto a mi pequeña experiencia de estudiante alejado entonces de todo tipo de iglesias y de toda identificación religiosa, alumno de un liceo turinés que, desde hace más de un siglo, es quizá el mayor santuario del laicismo italiano intransigente. Hacía tiempo había hecho otra lectura privada de la Historia milanesa del siglo XVII, cuando tuve que estudiarla, capítulo por capítulo, durante nueve meses, en el aula desnuda del «Massimo d’Azeglio». Esas páginas funcionaron incluso con el adolescente de quinto curso del bachillerato clásico que se creía ajeno a las preocupaciones fideístas. Aunque no de inmediato y de forma explícita, todo hay que decirlo, sino con efecto retardado, depositándose tenaces en el fondo de la memoria y de la conciencia para volver a aparecer un buen día, de golpe y con una fuerza inesperada. Como para exorcizar la edición de Los novios aparecida en su colección de Clásicos, el editor Giulio Einaudi la publicó precedida por una larga introducción de Alberto Moravia, que intentó rebajar de categoría al gran libro pasándolo de la literatura al ensayo confesional, de la poesía a la propaganda devocional, diciendo que en él no podía haber verdadero arte porque no era más que un catecismo enmascarado de relato. Con mucha más dignidad, Francesco de Sanctis había dicho que la humanidad de las páginas de Manzoni no estaba cubierta por el cielo sino por las bóvedas siempre mezquinas, por más altas y solemnes que fuesen, de una catedral.

Y Benedetto Croce dijo: «Es un relato de exhortación moral de los pies a la cabeza, medido y guiado con pulso firme hacia ese único fin; sin embargo, parece espontáneo y natural, por más que los críticos se empeñen en analizarlo y discutirlo como una novela de inspiración y de factura poética, entrando así en contradicciones inextricables y tornando oscura una obra que por sí sola es muy clara.» El mismo Manzoni había dicho que era clara, al señalar que el estímulo que lo había impulsado a escribir era «la esperanza de algún bien». En su caso no se le aplicaba aquello del «arte por el arte», sino el arte al servicio de la caridad, la mayor de todas las cuales es la caridad de la verdad. Dado que, a mi parecer, mi experiencia privada de lector coincide con la de tantos otros que estaban «alejados»: sólo Dios sabe cuántos entre los que descubrieron la fe tuvieron ocasión de recitar las páginas de Los novios, de experimentar los dramas espirituales de Lodovico, que se convierte en padre Cristoforo y del Innombrable que, al final de su angustiosa noche, oye cual lejana llamada a una vida nueva, el tañido de unas campanas. Por lo tanto, es cierto, este libro es peligroso, y se comprende por qué hay gente que quiere quitárselo a los estudiantes. Con la sabiduría de su arte sumiso, a cada generación le sugiere una posibilidad de lo Eterno, le propone una ocasión inaudita, hace resplandecer la esperanza de una existencia distinta y más humana en la que encontrar la frescura de la mañana.

Parafraseando el capítulo décimo: «Es una de las facultades singulares e incomunicables de la religión cristiana el poder guiar y consolar a quienquiera que, en cualquier coyuntura, en cualquier término acuda a ella… Es un camino tan recorrido, que, sea cual sea el laberinto, el precipicio desde donde el hombre llegue a él, una vez que por él da un paso, puede a partir de entonces caminar con seguridad y buena gana, y llegar gratamente a un grato fin.» Esta «facultad singular», este «camino tan recorrido» son puestos ante quien lee y hacen del libro uno de los instrumentos de evangelización más eficaces, de manera que, dejando de lado injustas des-mitificaciones artísticas, no parece que les falte razón a los De Sanctis, los Croce, los Moravia, temerosos de propagandas cristianas. A propósito de razones o falta de ellas, no la tuvo Manzoni al ofrecer una imagen sin luces de la Italia «española», imagen que condiciona para siempre el juicio del lector. Ya sabemos cómo las fuerzas más poderosas y activas del mundo moderno se unieron para crear la leyenda negra de una España patria de la tiranía, del fanatismo, de la codicia, de la ignorancia política, de la jactancia arrogante y estéril. Para los protestantes, sobre todo para los anglicanos, fue cuestión de vida o muerte mantener con una guerrilla psicológica la guerra contra el Gran Proyecto de los Habsburgo de España: una Europa unida por una cultura latina y católica. La difamación sistemática de la colonización española acompañó muchos de los tenaces intentos ingleses por apropiarse del imperio sudamericano. Para los iluministas, los libertins del siglo XVIII y más tarde, para todos los «progresistas» y todas las masonerías de los siglos XIX y XX, España fue la tierra aborrecida del catolicismo como religión de Estado, de la Inquisición, de los monjes y los místicos. Para los comunistas, España significaba la derrota de los años treinta.

El judaísmo tampoco olvidó nunca no sólo la antigua expulsión sino las leyes que, hasta tiempos recientes, impidieron que regresasen al otro lado de los Pirineos. Queda el hecho de que una campaña tenaz y secular se ha encargado de proyectar la luz más negativa posible sobre este pueblo que, allá donde llegó, dejó siempre a su paso tierras católicas. Incluso en Asia, donde los españoles consiguieron lo que nadie había conseguido antes, fuera católico o protestante: la conversión al cristianismo, duradera y en masa, de toda una región, la de las Filipinas, con la excepción de Mindanao, que siguió siendo musulmana. Son cosas que cierta cultura no puede perdonar. Volveremos sobre el tema hacia el final de este libro. Los lectores ignoran a menudo que al hablar de España y de los españoles, Manzoni se dejó llevar por un cierto iluminismo (del que se desvinculó del todo sólo en su última obra, la implacable e inacabada arenga contra la Revolución francesa) que lo indujo a cargar las tintas en exceso.

Por ejemplo, unos estudios minuciosos e insospechables demostraron que el vicario de suministros por cuenta del virrey español en la carestía de 1629, que en la novela aparece como un bribón y un cobarde, fue en realidad Lodovico Melzi, un joven y culto milanés, hombre estudioso y enérgico, que se prodigó al máximo para asegurar que la ciudad tuviese pan. En las escenas de tumultos de San Martino, el capitán de Justicia aparece descrito con un aire caricaturesco, o algo peor; en realidad se trataba también de un milanés, un tal Giambattista Visconti, magistrado temido y apreciado por su valor, su rigor y su equidad y, entre otras cosas, por escritor y poeta. Debemos a Fausto Nicolini, el gran historiador, amigo y discípulo favorito de Croce (y por lo tanto, en estos temas, nada sospechoso de parcialidad) unos estudios decisivos sobre Milán, Nápoles y, en general, toda la Italia bajo el dominio español. Es preciso analizar el juicio global de una época sobre la cual se ciernen nuestros prejuicios, de los que es culpable Manzoni. Así escribe Nicolini, seguidor de Croce y devoto exclusivamente de la «religión de la libertad»: «No fue ignorante una dominación extranjera como la española que, a pesar de las insidias internas y externas de todo tipo, supo consolidarse y durar dos siglos. No fue débil una dominación extranjera que, al arrancar de sus provincias itálicas la mala hierba de la anarquía feudal, logró salvaguardar nuestra Península del inminente peligro turco y, al mismo tiempo, mantener intacta la unidad religiosa sin la cual esa política le habría resultado mucho más difícil en otro momento. Fue mucho menos tiránica de lo que comúnmente se cree una dominación extranjera habitualmente respetuosa de las instituciones políticas y administrativas locales y rígida impartidora de justicia. Fue curiosamente explotadora una dominación extranjera a la cual, a pesar de las personales gestas rufianescas de ciertos virreyes y gobernadores, y una vez hechas las cuentas, las provincias italianas le costaban más de lo que le rendían. En cierto sentido, me atrevo a decir que fue incluso benéfica esta dominación extranjera que, a pesar de su culpa fundamental de ser, precisamente, extranjera, consiguió cierta gratitud de los italianos aunque no fuera más que por estos dos motivos: por haberle evitado a gran parte de Italia, en el momento en que era incapaz de una vida autónoma, el mal mayor de pasar a ser provincia francesa, o directamente franco-otomana, y al proclamarse la independencia de las Sicilias reconquistadas, por haber dado a toda Italia el primer y más fuerte impulso para liberarse de cualquier otro extranjero.» Así escribía Nicolihi a mediados de los años treinta. Desde entonces otros estudios, evidentemente desconocidos por la vulgata de muchos libros de texto, las confirmaron.

Por lo tanto, parece que queda claro que sin los dos siglos de presencia española que fueron del XVI al XVII, Sicilia se habría vuelto musulmana y Cerdeña y parte del sur italiano la habrían seguido. En cuanto a la Italia del norte, casi sin lugar a dudas habría quedado devastada por las guerras de religión entre católicos y reformados que estallaron en otras partes de Europa. El Piamonte, y puede incluso que la Liguria, habrían quedado anexionados al reino de Francia. Sorprende que ese patriota que fue Manzoni, aun a riesgo de ser excomulgado, miembro del primer Senado de la Italia unida, no haya comprendido este papel histórico de un gran país, condenado obstinadamente con la expresión convertida en canónica, el desgobierno español.

LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA VITTORIO MESSORI

El triste «pienso y luego existo»



Por desgracia el pensamiento occidental, con el desarrollo del racionalismo moderno, se ha ido alejando de esta enseñanza. El filósofo que ha formulado el principio <Cogito Ergo Sum>: <Pienso, luego existo, ha marcado también la moderna concepción del hombre con el carácter dualista que la distingue.

Es propio del racionalismo contraponer de modo radical en el hombre el espíritu al cuerpo y el cuerpo al espíritu. En cambio, el hombre es persona en la unidad de cuerpo y espíritu. El cuerpo nunca puede reducirse a pura materia: es un cuerpo ‘espiritualizado’, así como el
espíritu está tan profundamente unido al cuerpo que se puede definir como un espíritu <corporeizados

La fuente más rica Para el conocimiento del cuerpo es el Verbo hecho carne. Cristo revela el hombre al hombre. Esta afirmación del Concilio Vaticano II es, en cierto sentido, la respuesta, esperada desde hacía mucho tiempo, que la Iglesia ha dado al racionalismo moderno>. [..]

Juan Claudio Sanahuja. El dēsarr0ll∅ sūstęntable. La nueva ética internacional

Oración

“Señor no me extraño ni me escandalizo de no saber cumplir tu sublime Sermón de la Montaña; sé que mi corazón es fundamentalmente malo. Pero Tú puedes hacer que lo cumpla en la medida de tu agrado, que es la voluntad del Padre, dándome el Espíritu que necesito para ello: tu Santo Espíritu, que conquistaste con tus infinitos méritos” (Lucas 11, 13 y nota)

—escribía un alma humilde—

A los 24 años, San Andrew Kim Taegon se convirtió en el primer sacerdote de Corea y, un año después, en su primer mártir

Ahhh, pero no es un problema de género



Me refiero en realidad a «todas las formas de trabajo forzado» en ambos casos, pues hasta 2014 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) mantenía excepciones que permitían el trabajo forzado masculino en determinadas circunstancias, mientras que el femenino estaba prohibido por completo desde 1930.

Si se lo están preguntando, los países que han ratificado el Protocolo de 2014 son Níger y Noruega.

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