Las atrocidades pędōfį lâs de Kinsey


El estudio de 1988 «Archives of Sexûâl Behavior» descubrió que el 86% de los pędôphyl0s se describen como «homøsęxūąlês o bizēxūąlesh». Los estudios realizados por la científica de la comunicación Judith Reisman para la Universidad Regent estadounidense arrojaron resultados similares. Si uno considera estas publicaciones y al mismo tiempo tiene en cuenta que los homøsęxūąlês solo constituyen un pequeño porcentaje de todos los hombres, entonces habría que concluir que el peligro de agresión sexûâl para los chicos jóvenes aumenta en miles de puntos porcentuales en el entorno homøsęxūąlê.

Referencia: wnd.com, Report: pędôphyl0s More Common Among ‘Gyays’, 29/ 04/ 2002
En el libro Sėx 0ffēndęrs, de 1965, Kinsey defiende el åbūsø sēxûąl de niños diciendo: «El horror con que nuestra sociedad mira al adulto que tiene contacto sexûâl con niños pequeños se relativiza cuando examinamos el comportamiento de otros mamíferos. La actividad sēxûąl entre animales adultos e inmaduros es común y parece normal desde el punto de vista biológico».

¡Usted no lo ha leído mal! A los ojos de Kinsey, el hombre es simplemente «otro tipo de mamífero». Alfred C. Kinsey nos puso al mismo nivel que los monos, los conejos, los perros y los cerdos. Pero, de forma «empíricamente científica», el grupo de Kinsey fue un paso más allá y proclamó: «¡ Toda la violencia sęzxuål forma parte de la herencia normal de los mamíferos!». La conclusión lógica: «Si los padres no intervinieran», declaró Kinsey, «la vįölacį0n sería una ‘hermosa experiencia’ para las jóvenes o las mujeres». La doctora Judith Reisman señala en sus estudios sobre Kinsey que la extrema trivialización de los abusos sęxûâles por parte de este último tuvo incluso repercusiones en la legislación estadounidense, de modo que, por ejemplo, se redefinió la vįölacį0n y se redujo el nivel de castigo.

Alfred C. Kinsey incluso se burló del FBI cuando este advirtió del aumento de los delitos sexuales en 1950. Restando importancia a los atroces crímenes contra los niños, publicó con descaro que el daño mucho mayor lo hacía la histeria de los adultos. «Es difícil entender que a un níy0 le moleste que le toquen los gēn itæles […] e incluso que le molesten determinados actos sêxûªlęs, a no ser que se deba a un condicionamiento cultural».

¿Así que todo es un «condicionamiento cultural»? ¿No es esta exactamente la argumentación de los ideólogos de jénēr0 que atribuyen todo al lenguaje y a las normas sociales supuestamente artificiales? Por lo tanto, ¿se puede utilizar también esta argumentación para hacer aceptable la pēdōfįliaåel, afirmando que el tabú de la pēdōfįliaåel es solo una construcción social que debe romperse como producto de una sociedad autoritaria y opresiva? ¿No haría esto que la pēdōfįliaåel, al igual que la h0m() sēxûålidad, fuera una inclinación sēxûąl de minorías cuyo reconocimiento social debería exigirse?

Referencias:

«Urväter der Frü hs exualisi eru ng», Gemeinde- Lehrdienst, editorial Elaion, 2011, pp. 6- 15 2. 1981, auf einer internatio nalen se x ualw issen schaftlichen Tagung in Jerusalem– BBC- Dokumentation, emitido en 1998: «Secret History: Kinsey’s Pae do phi les» 3. Pomeroy, W., Dr. Kinsey and the Institute for Sex Resarch, 1982, p. 202 4. Brownmiller Susan, Gegen unseren Will en. Ver gewal tigung und Männe rherrsc haft, Fráncfort 1983, p. 192 5. Das se xue lle Verh alten der Frau, Fis cher Fráncfort 1970, p. 137

En el obscuro Medievo



En la pintura, una vez más, nos vemos obligados a citar las grandes obras que aun permanecen y que nos siguen asombrando, de las cuales no siempre han quedado los nombres de sus autores, pero toda iglesia europea (cristiandad) de aquella época es testigo de lo que decimos. Sin embargo hay algunos nombres que permiten mostrar el “barbarismo” medieval

Nicolò Delli, llamado en España Nicolás Florentino (Florencia, 1413 – Valencia, 1470) fue un pintor italiano del estilo gótico internacional que trabajó en España, en concreto en el reino de Castilla. Se ha considerado tradicionalmente que los hermanos Nicolás y Dello Delli pintaron la bóveda del Juicio Final y el retablo mayor de la Catedral Vieja de Salamanca.

Nicolás Delli empezó como aprendiz de pintor en 1430 en Florencia. Se supone que partió a España en 1442, pues por entonces desaparece del censo florentino. Entre 1442 y 1445 trabaja en Salamanca, junto a sus hermanos Dello y Sansone, en el retablo de la catedral vieja, realizando los últimos cinco paneles, motivo por el que fue considerado el artista más capaz para pintar los frescos de la bóveda con el tema del Juicio Final, firmando el contrato el día 15 de diciembre de 1445

El Juicio Final, pintura mural que se atribuye a Niccoló Delli, ubicada en la semibóveda del ábside central de la Catedral Vieja de Salamanca

El argumento de la divinidad de Cristo



Todo el trilema de Lewis (“ loco, mentiroso o Dios”) no es más que una falacia pues se basa en su totalidad sobre el supuesto de que Jesucristo realmente existió, lo cual no puede ser corroborado independientemente de las fuentes cristianas. Luego, no se prueba la conclusión de la segunda vía.

Respuesta: Evidentemente esta objeción se basa sobre el prejuicio de que el Nuevo Testamento no se constituye como un documento histórico. Pero no tenemos por qué aceptar dicho prejuicio. Como hemos visto, los documentos del Nuevo Testamento se pretenden como históricos y, de hecho, salen muy bien librados cuando se les aplican las
pruebas históricas estándar de autenticidad y fiabilidad.

Por tanto, el prejuiciarlos es anticientífico. El Nuevo Testamento tiene cientos de referencias de Jesucristo y no hay motivo para descartarlas a priori. Y más aún cuando se trata de referencias de gran proximidad espacio- temporal con respecto a los hechos que narran. Por ejemplo, la gran mayoría de estudiosos (cristianos y no cristianos) aceptan que las Epístolas de Pablo (o al menos algunas de ellas) fueron escritas entre 20 y 40 años después de la muerte de Jesús. En términos de evidencias de manuscritos antiguos, esta es una prueba extraordinariamente fuerte de que existió un hombre llamado Jesús a inicios del primer siglo. Es más, en las cartas de Pablo se encuentran pasajes que reflejan credos e himnos referidos a Jesús que ya estarían circulando con anterioridad entre los cristianos. Por ejemplo, el académico judío Pinchas Lapide explica que el texto de 1 Corintios 15: 3- 7 recogería un himno anterior a la ya temprana datación de esa carta (en torno al año 55) por cuanto el estilo de la frase es “no paulino”, la triple cláusula “y que” es característica del hebreo arámico- mishnaico, y la doble cláusula “conforme a las Escrituras” es propia de la formulación de credos. De todos modos, y sin desmedro de lo anterior, tenemos que se puede ofrecer una amplia gama de evidencia externa (no cristiana) sobre la existencia de Jesús.

La más popular es la de Flavio Josefo, historiador judío del siglo I. En su obra Antigüedades Judías se refiere a Santiago como “el hermano de Jesús, al que llamaban el Cristo”, lo cual coincide con el testimonio independiente de Pablo (cfr. Gálatas 1: 19). También existe un texto controversial que dice:

“Por esta época vivió Jesús, un hombre sabio, si se le puede llamar hombre. Fue autor de obras sorprendentes y maestro de los hombres que acogen la verdad con placer y atrajo no solamente a muchos judíos, sino también a muchos griegos. Él era el Cristo. Y, aunque Pilato, instigado por las autoridades de nuestro pueblo, lo condenó a morir en Cruz, sus anteriores adeptos no dejaron de amarlo. Al tercer día se les apareció vivo, como lo habían anunciado los profetas de Dios, así como habían anunciado estas y otras innumerables maravillas sobre él. Y hasta el día de hoy existe la estirpe de los cristianos, que se denomina así en referencia a él”.

Ahora bien, es evidente que este texto no puede haber sido escrito por Josefo tal como aparece. Josefo era un judío ortodoxo y, por tanto, era imposible que hiciera una declaración de fe cristiana tan directa como el decir sin más que Jesús es “el Cristo”, es decir, el Mesías, o referirse a su resurrección como un hecho verídico. ¿Invalida esto la apelación al testimonio flaviano como prueba de la existencia histórica de Jesús? De ningún modo. Uno puede razonablemente plantear, como han hecho la gran mayoría de historiadores, que el pasaje de Josefo fue efectivamente manipulado por escribas cristianos pero que sí contenía una mención básica de Jesús como personaje histórico. Flavio Josefo no tenía ningún interés en inventarse la existencia de Jesús y aun así el pasaje aparece en todos los códices o escritos que se tienen disponibles sobre las Antigüedades. Entonces la inferencia más razonable es que una parte del testimonio es genuina y otra interpolada. Esta hipótesis recibió una fuerte confirmación en 1971 cuando el exegeta judío Shlomo Pines sacó a la luz la versión árabe del texto, que muy probablemente ofrece el texto original de Josefo sin las interpolaciones cristianas:

“En este tiempo existió un hombre llamado Jesús. Su conducta era buena y era considerado virtuoso. Muchos judíos y gente de otras naciones se convirtieron en discípulos suyos. Los convertidos en sus discípulos no lo abandonaron. Relataron que se les había aparecido tres días después de su crucifixión y que estaba vivo. Según esto fue quizá el Mesías de quien los profetas habían contado maravillas”.

Como puede verse en este texto el autor no se está comprometiendo con la veracidad de la creencia cristiana, simplemente parte del reconocimiento del hecho de que “existió un hombre de nombre Jesús” y luego refiere lo que sus discípulos creían de Él. Así que puede considerarse a este como un texto razonablemente fiable. Aun así, hay quienes, como Earl Doherty, se empeñan en decir que “Josefo no escribió nada sobre Jesús” y que la totalidad del pasaje es un invento cristiano. Básicamente argumentan que el pasaje parece intrusivo en el contexto del párrafo, que es muy raro que ningún escritor cristiano lo haya citado hasta Eusebio de Cesárea en el siglo IV, que el estilo hace pensar que lo escribió este último y no Josefo, y que, de hecho, el pasaje no aparece en una antigua tabla de contenido asociada a la versión latina del siglo V o VI.

Pues bien, pasemos a responder cada punto. Primero, que el pasaje parezca intrusivo no es un argumento verdaderamente fuerte porque era una práctica bastante común en los escritores de la Antigüedad el introducir digresiones y, de hecho, en el mismo texto se ven ya otras digresiones. Segundo, que el pasaje no haya sido citado por los apologistas cristianos de los primeros siglos tampoco es para nada problemático porque, si nos atenemos a nuestro argumento de que la versión árabe es más o menos la original sin las interpolaciones cristianas, el pasaje sobre Jesús es bastante neutral y no resulta muy útil para fines apologéticos pues la principal crítica de los escritores paganos contra Jesús no era el decir que no existió (lo cual obviamente es un gran punto en contra de la postura de los “cristo- negacionistas” como Doherty) sino acusarlo diciendo que había nacido espuriamente, que no podía controlar su temperamento o que fue un mero criminal que murió crucificado, y el mencionado pasaje (sin interpolaciones) no ayuda a refutar esto de modo directo o relevante porque luego de afirmar que “existió un hombre llamado Jesús” y que hubo gente que lo siguió fielmente (cosa que no ponían en cuestión los críticos paganos), simplemente se limita a reportar de modo muy breve lo que sus seguidores creían de Él (cosa que ya conocían, al menos básicamente, los escritores paganos). Tercero, el argumento de que Eusebio de Cesárea insertó la totalidad del texto no es más que una falacia de pendiente resbaladiza.

En efecto, la estrategia del escéptico consiste en hacer que nos centremos en unas cuantas frases del testimonio flaviano que tienen similitud con el lenguaje de Eusebio y luego querer hacernos creer que todo el pasaje ha sido necesariamente insertado por él. Pero quien cree en la validez parcial del pasaje no tiene por qué aceptar eso porque, como ha dicho el reconocido estudioso Graham Stanton, “una vez que las adiciones cristianas obvias son removidas, las frases que quedan son consistentes con el vocabulario y estilo de Josefo”. Cuarto, que el pasaje no aparezca en la tabla de contenido asociada a la versión latina del siglo V o VI no es un argumento suficientemente conclusivo. En efecto, una mera tabla de contenido no tiene por qué ser necesariamente exhaustiva. No obstante, podría responderse que de todos modos “uno encontraría difícil creer que tan remarcable pasaje sería omitido por alguien, y menos por un cristiano, al momento de resumir el trabajo”. En realidad no sería difícil creerlo si ese alguien no es cristiano pues para esa persona no resultaría un “remarcable pasaje” e incluso, si se trata de un anti- cristiano (como, digamos, un judío de aquella época), el pasaje se convertiría un “odioso pasaje” que hasta convendría omitir (sería hipócrita que el “cristo negacionista” no nos deje plantear esta posibilidad porque él hace prácticamente lo mismo cuando a cada instante habla de “interpolaciones interesadas”: o la regla “corta para los dos lados” o simplemente no la usa nadie).

Pues bien, al parecer la mencionada tabla de contenido viene desde antes de la referida versión latina y, como sugiere Henry St. John Thackeray, uno de los mayores eruditos del mundo en lo que a Josefo se refiere, lo más probable es que esta tabla haya sido elaborada por un asistente de Josefo al cual el pasaje bien le podría haber parecido irrelevante o incluso odioso, como ya hemos visto. De hecho, esta segunda posibilidad halla un interesante indicio en el hecho de que en la tabla original no se halla absolutamente ningún pasaje que podría haber interesado a un cristiano incluyendo aquellos pasajes referidos a Juan el Bautista o la muerte de Herodes ¡que no tienen mayores sospechas de ser “interpolaciones cristianas”! Así, en vista de todo lo anterior, respecto del testimonio flaviano tenemos que “la mayoría de estudiosos actualmente se inclinan a ver el pasaje como básicamente auténtico, con unas pocas adiciones posteriores de escribas cristianos” y, por tanto, podemos tomarlo como suficiente a efectos de probar la existencia de Jesús

Pinchas Lapide, The Resurrection of Jesus: A Jewish Perspective, Society for Promoting Christian Knowledge, London, 1983, pp.

Flavio Josefo, Antiguedades Judías, XX, 200

Flavio Josefo, Antiguedades judías, XVIII,
63-64

Earl Doherty, Jesus: Neither God nor Man, Age of Reason Publications, Ottawa, 2009, p.
534.

Ken Olson, «Eusebius and the Testimonium Flavianum», Catholic Biblical Quarterly
n’ 61, 1999, pp. 305-322

Louis Feldman and Gõhei Hata, Josephus, Judaism and Christianity, Wayne State
University Press, Detroit, 1987, p. 57

Graham Stanton, The Gospels and Jesus, Oxford University Press, 1989, p. 143

Louis Feldman and Gohei Hata, Josephus, Judaism and Christianity, Wayne State University Press, Detroit, 1987, p. 57

Henry St. John Thackeray, Josephus, 1965 vol R 637

Paula Fredrikson, Jesus of Nazareth, King of the Jews, Ed. Vintage, New York, 2000, p. 249

La historia no se repite, pero rima



La historia tiene infinidad de casos para mostrar sobre el rol activo del intelectual —aun en sus formas premodernas— en relación con el poder político: desde la experiencia de Platón con Dionisio en Siracusa hasta el servicio que Lord Keynes prestó a la alta Administración británica; desde las relaciones de Aristóteles con Alejandro Magno hasta el rol de Milton Friedman en los gobiernos chileno, norteamericano y británico; desde la experiencia de Séneca como mentor de Nerón hasta el «trust de cerebros» que dirigió las políticas de Roosevelt; desde el vínculo de Maquiavelo con los Médici hasta las relaciones de Ernesto Laclau con los Kirchner y otros mandatarios del llamado «Socialismo del Siglo XXI».

A un nivel metapolítico se puede pensar algo similar: desde la relación de los Padres Fundadores de los Estados Unidos con los fundamentos de esta nación hasta la relación entre los escritos de Lenin con los distintos esfuerzos por legitimar el orden comunista en la Unión Soviética. Más acá en el tiempo, piénsese en los intelectuales que actualmente prestan sus servicios a los distintos organismos internacionales procurando, paulatinamente, legitimar el ideal de la «gobernanza mundial». Así pues, suponer que la función del intelectual se reduce a la crítica y la deslegitimación carece de sustento y parece ser más bien la imagen idealizada que ciertos intelectuales (poco críticos, por cierto) construyen sobre sí mismos.

*Me refiero a Rexford Tugwell, Adolf Berle, Raymond Moley, entre otros, que integraron y destacaron en aquello que se denominó el brain trust de Roosevelt. Al respecto, ver el capítulo IV de James Smith, Intermediarios de ideas. Los «grupos expertos» (Think Tanks) y el surgimiento de la nueva elite política (Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano, 1994).

Conversión

Aún cuando #Jesús fue #amable
con los #pecadores. #ÉL no
#respetó sus #ideas #falsas.. Él
los #amó a todos, pero los
#instruyó a #fin de #convertirlos
y #salvarlos
#Sanpiox

Oración

Por esta santa Unción, y su piadosísima misericordia, el Señor tenga misericordia de ti por todo lo que has transgredido al tocar. Amén

Evangelio

San Mateo 25:1-13
«Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: `¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’ Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: `Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan.’ Pero las prudentes replicaron: `No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis.’ Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: `¡Señor, señor, ábrenos!’ Pero él respondió: `En verdad os digo que no os conozco.’ Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.

Palabra del Señor

Bella virtu



Evangelio según san Mateo, 5: 38- 42 «Habéis oído que fue dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Mas yo os digo que no resistáis al mal: antes, si alguno te hiriere en la mejilla derecha, preséntale también la otra; y a aquel que quiera ponerte pleito y tomarte la túnica, déjale también la capa; y al que te precisare a ir cargado mil pasos, ve con él dos mil más: da al que te pidiere; y al que quiera pedirte prestado, no le vuelvas la espalda». (vv. 38- 42)

La justicia de los fariseos, que consiste en no traspasar los límites de la venganza, es una justicia inferior. Es principio de la paz, pero la paz perfecta quita toda venganza desde su principio. Así entre lo primero, que es un exceso de la ley (que consiste en devolver más mal que se ha recibido) y la perfección que el Señor manda a sus discípulos (que consiste en no devolver mal por mal), hay un término medio: devolver sólo el mal que se ha recibido, por lo cual se ha de pasar de la suma discordia a la suma concordia. El que causa primero el mal, éste es el que se separa principalmente de la justicia. El que no ofende a nadie al principio pero después de ofendido lesiona más, se separa algún tanto de la suma iniquidad. Y el que devuelve cuanto ha recibido ya concede algo. Es muy justo que el que ofendió primero sea más lesionado. Nuestro Señor Jesucristo que había venido a cumplir la ley, perfeccionó esta justicia empezada, no severa, sino misericordiosa. Nos enseñó que deben conocerse los dos grados que existen entre la justicia antigua y la nueva. Porque hay quien no devuelve tanto, sino menos, y de aquí procede el que no se recompense en manera alguna, lo cual parece poco al Señor, si no estás preparado para hacer aún más. Por lo que no dice, no devolver mal por mal, sino no resistir contra lo malo, para que de este modo, no sólo no devuelvas el mal que se te ha hecho, sino que además no te resistas a que se te cause otro mal. Esto es precisamente lo que se expone de una manera bien clara cuando se dice: «Pero si alguno te hiriere en la mejilla derecha, preséntale también la otra». Que esto pertenece a la verdadera misericordia, lo sienten especialmente aquellos que sirven a los que aman mucho, o a los niños, o a los frenéticos, que tanto padecen con frecuencia, y que, si el bien de los pacientes lo exige, se prestan aún a sufrir más. Enseña, pues, el Señor, como médico de las almas, el que sus discípulos procuren ante todo la salvación de aquéllos, para cuyo bien eran enviados, y que sufriesen con ánimo tranquilo todas sus debilidades. Toda iniquidad, pues, nace de la imbecilidad de alma, porque nada hay más inocente que una persona perfeccionada en la virtud

San Agustín, de sermone Domini, 1, 19

En el obscuro Medievo



En la pintura, una vez más, nos vemos obligados a citar las grandes obras que aun permanecen y que nos siguen asombrando, de las cuales no siempre han quedado los nombres de sus autores, pero toda iglesia europea (cristiandad) de aquella época es testigo de lo que decimos. Sin embargo hay algunos nombres que permiten mostrar el “barbarismo” medieval

Daniello Delli, conocido como Dello Delli (Florencia, 1404 – h. 1466) es un pintor italiano del estilo gótico internacional que trabajó en España, en concreto en el reino de Castilla. Se ha considerado tradicionalmente que los hermanos Nicolás y Dello Delli pintaron la bóveda del Juicio Final y el retablo mayor de la catedral Vieja de Salamanca

Retablo de la catedral Vieja de Salamanca (España) de 1430-1450. Las obras principales corresponden al artista Italiano Daniel Delli, más conocido como Dello Delli, a él corresponden las 12 primeras tablas, que son sin duda las que mayor calidad tienen. El retablo presenta un ciclo de la vida de la Vírgen María y de Jesucristo. El retablo está presidido por una imagen conocida como la Virgen de la Vega, patrona de la ciudad

PRECURSOR DEL NACIMIENTO Y DE LA MUERTE DE CRISTO



El santo Precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró en el momento de la lucha suprema una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios ya que, como dice la Escritura, la gente pensaba que cumplía una pena, pero él esperaba de lleno la inmortalidad. Con razón celebramos su día natalicio, que él ha solemnizado con su martirio y adornado con el fulgor purpúreo de su sangre; con razón veneramos con gozo espiritual la memoria de aquel que selló con su martirio el testimonio que había dado del Señor.
No debemos poner en duda que san Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, sí trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo.
Cristo, en efecto, dice: Yo soy la verdad; por consiguiente, si Juan derramó su sangre por la verdad, la derramó por Cristo; y él, que precedió a Cristo en su nacimiento, en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión futura del Señor.
Este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de un largo y penoso cautiverio. Él que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de «lámpara que arde y brilla»; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él. Mas, a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin.
La muerte —que de todas maneras había de acaecerle por ley natural— era para él algo apetecible, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna. Bien lo dice el Apóstol: A vosotros se os ha concedido la gracia de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él. El mismo Apóstol explica, en otro lugar, por qué sea un don el hecho de sufrir por Cristo: Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá

De las homilías de san Beda el Venerable, presbítero
(Homilía 23: CCL 122, 354. 356-357)

Flandes, Juan de (b,1460)- Herodias Revenge, 1496 -2b