Sobre la masacre Azteca y Bartolomé de las casas



Las denuncias de Bartolomé de Las Casas fueron tomadas radicalmente en serio por la Corona española, lo cual la impulsó a promulgar severas leyes en defensa de los indios y, más tarde, a abolir la encomienda, es decir, la concesión temporal de tierras a los particulares, con lo que causó graves daños a los colonos. Jean Dumont dice al respecto:

«El fenómeno de Las Casas es ejemplar puesto que supone la confirmación del carácter fundamental y sistemático de la política española de protección de los indios. Desde 1516, cuando Jiménez de Cisneros fue nombrado regente, el gobierno ibérico no se muestra en absoluto ofendido por las denuncias, a veces injustas y casi siempre desatinadas, del dominico. El padre Bartolomé no sólo no fue objeto de censura alguna, sino que los monarcas y sus ministros lo recibían con extraordinaria paciencia, lo escuchaban, mandaban que se formaran juntas para estudiar sus críticas y sus propuestas, y también para lanzar, por indicación y recomendación suya, la importante formulación de las «Leyes Nuevas». Es más: la Corona obliga al silencio a los adversarios de Las Casas y de sus ideas.» Para otorgarle mayor autoridad a su protegido, que difama a sus súbditos y funcionarios, el emperador Carlos V manda que lo ordenen obispo. Por efecto de las denuncias del dominico y de otros religiosos, en la Universidad de Salamanca se crea una escuela de juristas que elaborará el derecho internacional moderno, sobre la base fundamental de la «igualdad natural de todos los pueblos» y de la ayuda recíproca entre la gente. Se trataba de una ayuda que los indios necesitaban de especial manera; tal como hemos recordado (y a menudo se olvida) los pueblos de América Central habían caído bajo el terrible dominio de los invasores aztecas, uno de los pueblos más feroces de la historia, con una religión oscura basada en los sacrificios humanos masivos. Durante las ceremonias que todavía se celebraban cuando llegaron los conquistadores para derrotarlos, en las grandes pirámides que servían de altar se llegaron a sacrificar a los dioses aztecas hasta 80.000 jóvenes de una sola vez. Las guerras se producían por la necesidad de conseguir nuevas víctimas. Se acusa a los españoles de haber provocado una ruina demográfica que, como vimos, se debió en gran parte al choque viral. En realidad, de no haberse producido su llegada, la población habría quedado reducida al mínimo como consecuencia de la hecatombe provocada por los dominadores entre los jóvenes de los pueblos sojuzgados. La intransigencia y a veces el furor de los primeros católicos desembarcados encuentran una fácil explicación ante esta oscura idolatría en cuyos templos se derramaba sangre humana.

En los últimos años, la actriz norteamericana Jane Fonda que, desde la época de Vietnam intenta presentarse como «políticamente comprometida» defendiendo causas equivocadas, quiso sumarse al conformismo denigratorio que hizo presa de no pocos católicos. Si estos últimos lamentan (cosa increíble para quien conoce un poco lo que eran los cultos aztecas) lo que llaman «destrucción de las grandes religiones precolombinas», la Fonda fue un poco más allá al afirmar que aquellos opresores «tenían una religión y un sistema social mejores que el impuesto por los cristianos mediante la violencia». Un estudioso, también norteamericano, le contestó en uno de los principales diarios, y le recordó a la actriz (tal vez también a los católicos que lloran por el «crimen cultural» de la destrucción del sistema religioso azteca) cómo era el ritual de las continuas matanzas de las pirámides mexicanas. He aquí lo que le explicó: «Cuatro sacerdotes aferraban a la víctima y la arrojaban sobre la piedra de sacrificios. El Gran Sacerdote le clavaba entonces el cuchillo debajo del pezón izquierdo, le abría la caja torácica y después hurgaba con las manos hasta que conseguía arrancarle el corazón aún palpitante para depositarlo en una copa y ofrecérselo a los dioses.

Después, los cuerpos eran lanzados por las escaleras de la pirámide. Al pie, los esperaban otros sacerdotes para practicar en cada cuerpo una incisión desde la nuca a los talones y arrancarles la piel en una sola pieza. El cuerpo despellejado era cargado por un guerrero que se lo llevaba a su casa y lo partía en trozos, que después ofrecía a sus amigos, o bien éstos eran invitados a la casa para celebrarlo con la carne de la víctima. Una vez curtidas, las pieles servían de vestimentas a la casta de los sacerdotes.» Mientras que los jóvenes de ambos sexos eran sacrificados así por decenas de miles cada año, pues el principio establecía que la ofrenda de corazones humanos a los dioses debía ser ininterrumpida, los niños eran lanzados al abismo de Pantilán, las mujeres no vírgenes eran decapitadas, los hombres adultos, desollados vivos y rematados con flechas. Y así podríamos continuar con la lista de delicadezas que dan ganas de desearle a Jane Fonda (y a ciertos frailes y clericales varios que hoy en día se muestran tan virulentos contra los «fanáticos» españoles) que pasara por ellas y que después nos dijera si es verdad que «el cristianismo fue peor». Algo menos sanguinarios eran los incas, los otros invasores que habían esclavizado a los indios del sur, a lo largo de la cordillera de los Andes. Como recuerda un historiador: «Los incas practicaban sacrificios humanos para alejar un peligro, una carestía, una epidemia. Las víctimas, a veces niños, hombres o vírgenes, eran estranguladas o degolladas, en ocasiones se les arrancaba el corazón a la manera azteca.» Entre otras cosas, el régimen impuesto por los dominadores incas a los indios fue un claro precursor del «socialismo real» al estilo marxista. Obviamente, como todos los sistemas de este tipo, funcionaba tan mal que los oprimidos colaboraron con los pocos españoles que llegaron providencialmente para acabar con él. Igual que en la Europa oriental del siglo XX, en los Andes del siglo XVI estaba prohibida la propiedad privada, no existían el dinero ni el comercio, la iniciativa individual estaba prohibida, la vida privada se veía sometida a una dura reglamentación por parte del Estado.

Y, a manera de toque ideológico «moderno», adelantándose no sólo al marxismo sino también al nazismo, el matrimonio era permitido sólo si se seguían las leyes eugenésicas del Estado para evitar «contaminaciones raciales» y asegurar una «cría humana» racional. A este terrible escenario social, es preciso añadir que en la América precolombina nadie conocía el uso de la rueda (a no ser que fuera para usos religiosos), ni del hierro, ni se sabía utilizar el caballo que, al parecer, ya existía a la llegada de los españoles y vivía en algunas zonas en estado bravío, pero los indios no sabían cómo domarlo ni habían inventado los arreos. La falta de caballos significaba también la ausencia de mulas y asnos, de modo que si a ello se añade la falta de la rueda, en aquellas zonas montañosas todo el transporte, incluso el necesario para la construcción de los enormes palacios y templos de los dominadores, lo realizaban las hordas de esclavos. Sobre estas bases los juristas españoles, dentro del marco de la «igualdad natural de todos los pueblos», reconocieron a los europeos el derecho y el deber de ayudar a las personas que lo necesitasen. Y no puede decirse que los indígenas precolombinos no estuviesen necesitados de ayuda. No hay que olvidar que por primera vez en la historia, los europeos se enfrentaban a culturas muy distintas y lejanas.

A diferencia de cuanto harían los anglosajones, que se limitarían a exterminar a aquellos «extraños» que encontraron en el Nuevo Mundo, los ibéricos aceptaron el desafío cultural y religioso con una seriedad que constituye una de sus glorias.

LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA VITTORIO MESSORI

¿Cómo probamos por la naturaleza del alma que es inmortal?



Un ser es naturalmente inmortal cuando es incorruptible y puede vivir y obrar independientemente de otro. Ahora bien, el alma es incorruptible, porque es simple, indivisible; puede vivir y obrar independientemente del cuerpo, porque es un espíritu; luego es inmortal por naturaleza. Un espíritu no puede morir. Si nuestra alma debiera perecer, sería:
1º o por encerrar en sí misma principios de corrupción;
2º o por tener otra razón de existir que dar la vida al cuerpo;
3º o, finalmente, por aniquilarla Dios.

Pues bien, ninguna de estas tres hipótesis puede ser admitida.

1º Nuestra alma es incorruptible, es decir, que no encierra en sí ningún principio de disolución y de muerte. ¿Qué es la muerte? La muerte es la descomposición, la separación de las partes de un ser. Es así que el alma no tiene partes, pues es simple e indivisible; luego no puede descomponerse, disolverse o morir.
2º La vida del alma no depende del cuerpo, de donde se sigue que, en virtud de su propia naturaleza, nuestra alma sobrevive al cuerpo. La vida de los sentidos, única que poseen los animales, muerto el cuerpo, es incapaz de ejercer función alguna; porque esta clase de alma, que es substancia imperfecta, en cuanto substancia, muere con el cuerpo. En cambio, no acontece lo mismo con el alma del hombre. Hemos demostrado ya que es espiritual, es decir, que posee una vida, la vida de la inteligencia, que es completamente independiente de nuestros órganos corporales, en sus operaciones, y en su principio. Esta vida no cesa, pues en el momento de la muerte, en virtud de su naturaleza espiritual, nuestra alma sobrevive al cuerpo. Por lo demás, las aspiraciones de nuestra alma hacia la plena posesión de la verdad, hacia la felicidad de la vida sin fin, cuya sombra solamente tenemos aquí, no podrán existir en ella, si no fuera por naturaleza inmortal. Es lo que prueba la pregunta siguiente.
3º Ningún ser puede aniquilar el alma, excepto Dios; pero no tiene, en su naturaleza espiritual, los principios de una vida inmutable.

R. P. Hillaire, la religión demostrada LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA

A Jesucristo



Le corresponde la primacta de orden, ya que es El, el primogénito entre muchos hermanos> (Rom. 8,29) y ha sido constituido en el cielo por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación y de todo cuanto tiene nombre, no sólo en este siglo, sino también en el venideror (Eph. I,2I), a fin de que tenga la primacía sobre todas las cosas* (Col. (Col. I,I8), I,I8)

“Que si no, me muero”.



¿Acaso no sería mejor morir que verte, Dios mío, todos los días tan cruel e impunemente ofendido, y hallarme todos los días más y más en peligro de ser arrastrado por los torrentes de iniquidad que van creciendo? Mil muertes me serían mas tolerables.

¡Envíame socorro desde el Cielo o llévate mi alma! Si no tuviera la esperanza de que oirás tarde o temprano a este pobre pecador, en interés de tu gloria, como has oído a tantos otros –“Gritó este pobre, el Señor lo escuchó”–, le pediría insistentemente con un profeta: “Llévate mi alma”. Pero la confianza que tengo en tu misericordia me hace decir con otro profeta: “No, no moriré, viviré y publicaré las obras del Señor”. Hasta que pueda decir con Simeón: “Ahora ya puedes dejar que tu servidor muera en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador”.

Sal 33,7.
1 Re 19,4.
Sal 117,17

Súplica ardiente para pedir misioneros (S. Luis M. G. de Montfort)

Circuncisión y control de la sēxûålidad masculina y femenina


Como muchas prácticas culturales, las circuncisiones masculina y femenina han sido ejercidas por numerosos motivos y continuadas por la tradición, incluso cuando las razones originales habían quedado atrás. Uno de los motivos menos conocidos en el caso de la primera es el control de la sēxûålidad masculina. Desde la Antigüedad hasta nuestros días se ha aprobado este procedimiento para reducir el deseo sēxûąl y canalizar las energías del varón al servicio del grupo o comunidad.

Estos argumentos para la circuncisión masculina pueden parecernos lejanos en el tiempo, pero no lo son. A mediados del siglo XIX el mundo anglófono reintrodujo esta práctica, que había sido abandonada en la Edad Media por la mayoría de los cristianos. Su propósito era el mismo: controlar la sēxûålidad masculina, y fēmėnina A continuación citas de médicos que hasta hace relativamente poco consideraban la circuncisión como una práctica que servía para disminuir el placer del varón y aminorar así sus impulsos sęxûâles.

La circuncisión no sólo reduce la irritabilidad del pene del niño, sino también la llamada pasión de la que tantos hombres casados están extremadamente orgullosos, en detrimento de sus esposas y su vida matrimonial. Muchas violaciones juveniles podrían prevenirse. También muchas separaciones y divorcios. Y muchos matrimonios infelices podrían mejorarse si esa pasión antinatural fuera cortada a tiempo con una circuncisión. [L.W. Wuesthoff, MD. Benefits of Circumcision. Medical World, (1915) Vol.33. p.434.]

El invento del Cristianismo




El Cristianismo fue simplemente una invención del poder romano para generar una población judía mucho más dócil que sepa dar “la otra mejilla”. Los judíos comenzaron a creer en esa invención y eso explica la gran expansión del Cristianismo ya que a los mismos romanos les convenía ello y, por tanto, todas las “dificultades humanas” que presenta la vía no son más que aparentes.

Respuesta: Básicamente esta es la objeción que presenta Joseph Atwill en su libro El Mesías del César: La Conspiración Romana para Inventar a Jesús. De acuerdo con Atwill el Cristianismo fue un invento de la monarquía de los flavianos para crear una población judía más dócil y manipulable luego de la experiencia de las revueltas judías en torno al 70 d.C.

Para lograr ello se valieron del historiador judío Flavio Josefo a quien hicieron escribir lo que hoy conocemos como el Nuevo Testamento, lo cual (supuestamente) podría demostrarse atendiendo a los paralelismos entre los Evangelios y las obras de Josefo. Por tanto, no existió Jesús ni los cuatro evangelistas ni tampoco el apóstol Pablo sino que todo fue producto de una “guerra psicológica” llevada a cabo por el poder romano. Pues bien, es absolutamente fácil demostrar que esta teoría es un total sinsentido. Ningún historiador serio está dispuesto a postular algo tan absurdo como que Pablo nunca existió o que no habían cristianos antes de la revuelta judía del 70 d.C. De hecho, sabemos que esto último es claramente falso por el testimonio del historiador romano Tácito que registra en su Anales que el emperador Nerón culpó a un grupo llamado “cristianos” del incendio de
Roma el cual sucedió hacia el 64 d.C., es decir, antes de la revuelta judía. Y no solo eso. Incluso en el caso extremo de que se plantee una hipótesis ad hoc tan descabellada como el decir que Tácito también era parte de la pretendida conspiración y que escribió eso posteriormente para crear un “antecedente”, Atwill tendría que justificar cómo sería posible que los romanos constituyeran comunidades cristianas en lugares como Éfeso y Tesalónica que existían desde antes de la revuelta judía. ¿Utilizaron acaso una máquina del tiempo? Si quiere Atwill puede creer en esa tontería, pero tendrá que hacerlo solo.

Asimismo, hemos visto que, de acuerdo con Atwill, Flavio Josefo habría sido el verdadero autor de los Evangelios. Ahí comete una evidente falacia de argumento por escenario. En efecto, él asume desde ya su teoría de que Flavio Josefo es el autor de los Evangelios y luego se pone a buscar todos los paralelismos posibles para probarlo. Pero ello es bastante arbitrario porque con ese tipo de “método” se podría atribuir la autoría de los Evangelios ¡casi a cualquier judío que haya escrito algo en el siglo I! Además, si Josefo hubiera sido el autor de los Evangelios ¿por qué habría escrito cuatro? ¿Acaso no bastaba con uno para “fabricar” los hechos? La hipótesis de Atwill resulta, pues, extraordinariamente implausible. Aun así, Atwill insiste en el error y llega al extremo de plantear que el apóstol Juan fue un mito. Pero eso es simplemente absurdo. Papías, alrededor del 120 d.C., nos dice que él conoció a Juan personalmente y que murió en Éfeso. A su vez, Ireneo nos dice que él conoció a Policarpo quien a su vez había conocido personalmente a Juan. Por tanto, si Atwill quiere sostener exitosamente su teoría tiene que eliminar no solo toda la evidencia del siglo I sino también ¡toda la evidencia del siglo II! Pero es la evidencia la que decide qué teorías se descartan y no las teorías las que deciden qué evidencias se descartan, le guste a Atwill o no (y al parecer no le gusta). Finalmente, las alegaciones de que Jesús nunca existió y que el Cristianismo no sería más que una combinación de doctrinas paganas ya han sido respondidas suficientemente en un capítulo anterior.

Pretender explicar el Cristianismo sin Jesús es simplemente irrazonable. Pero el nivel de irrazonabilidad de la tesis de Atwill es tal que incluso teóricos extremistas que también niegan la existencia de Jesús lo han criticado con mucha dureza. Ahí tenemos, por ejemplo, a Richard Carrier quien, luego de examinar su obra, lo sentencia del modo siguiente: “Le di una oportunidad justa. Pero Atwill nunca tiene ni un solo ejemplo defendible, raramente sabe de lo que está hablando, comete un montón de errores, inventa disparates, nunca admite un error, y es generalmente en mi experiencia un frustrante fanático delirante”. Si el mismo Carrier, que es un crítico encarnizado del Cristianismo, dice eso, a nosotros no nos queda mucho por decir. Las tesis de Atwill no merecen ni siquiera el menor examen pero ha sido necesario hacerlo por cuanto los medios “informativos” le han dado demasiada cabida. Y es que de la “noticia” no importa que sea verdad sino solo que venda. No obstante, más allá de noticias sensacionalistas y ventas, el Cristianismo sigue incólume como verdad.

Joseph Atwill, Caesar’s Messiah: The Roman Conspiracy to Invent Jesus, Ulysses Press, Berkeley, 2005

Tácito, Anales, XV, 44

Richard Carrier, «Atwill’ s cranked-up Jesus», Free Thought Blogs, October 9, 2013

La gran familia


Comunismo, masonería y sociedad fabiana


https://nuestraespana.com/columna-de-la-reconquista-comunismo-masoneria-y-fabianismo-todos-familia/amp/

En el obscuro Medievo



En la pintura, una vez más, nos vemos obligados a citar las grandes obras que aun permanecen y que nos siguen asombrando, de las cuales no siempre han quedado los nombres de sus autores, pero toda iglesia europea (cristiandad) de aquella época es testigo de lo que decimos. Sin embargo hay algunos nombres que permiten mostrar el “barbarismo” medieval

Pere Serra o Pedro Serra fue un pintor de la Corona de Aragón de estilo italo-gótico, que estuvo activo en Cataluña entre 1357 y 1406.

Detail of the retablo of All Saints, Monastery of Sant Cugat

Opinión pública = opinión de unos cuantosLamentablemente los ideologos

Opinión pública = opinión de unos cuantos
Lamentablemente los ideologos


Si la opinión mayoritaria tiene semejante fuerza sobre el individuo, entonces aquellos medios que producen y reproducen esas opiniones son los depositarios en última instancia de semejante poder. En otras palabras, la opinión publicada, como opinión no ya del público general sino de aquellos que tienen el poder para publicar su opinión, dispone en la sociedad moderna de las condiciones técnicas para tomar las riendas de la opinión pública y en muchos casos sustituirla sin que se note. Cuando eso ocurre, pueden escenificarse mayorías que no son tales, invisibilizarse grupos que de repente desaparecen, celebrarse ciertas expresiones y ridiculizarse otras tantas. Los medios de masas no son muy distintos a los cómplices de Asch, en cuanto a la fuerza que su opinión conscientemente direccionada produce en los sujetos que no están avisados sobre la verdadera naturaleza del juego en cuestión.

Y en virtud del miedo al aislamiento social existen situaciones en las que los hombres entienden que sus opiniones particulares, cuando van contra lo que perciben como opinión mayoritaria, pueden generarles una serie de costos sociales que prefieren evitar. Entonces deciden callar (cuando no directamente cambiar su opinión), contribuyendo con su silencio a la sensación general de una opinión prácticamente aplastante en un sentido determinado a priori. Tal efecto fue bautizado como «espiral del silencio», por constituir un proceso en el que las voces que no se perciben como mayoritarias se van progresivamente autocensurando, y fue estudiado en particular por Elisabeth Noelle-Neumann en los años setenta con resultados sorprendentes. Decía Noelle-Neumann al respecto que

«el orden vigente es mantenido, por una parte, por el miedo individual al aislamiento y la necesidad de aceptación; por la otra, por la exigencia pública, que tiene el peso de la sentencia de un tribunal, de que nos amoldemos a las opiniones y a los comportamientos establecidos».

El hecho es que ese tribunal muchas veces está comprado de antemano por los medios de comunicación masiva (y estos, ¿comprados por quién?), y que las opiniones establecidas a las que el sujeto debe ajustarse para no ser condenado no son muchas veces tan espontáneas como apetecería pensar, sino más bien manufacturadas por tecnologías comunicacionales que llevan el sello del magnífico poder cultural de las sociedades modernas.

Elisabeth Noelle-Neumann, La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social (Madrid: Paidós, 2010), p. 89.

Vanagloria



Evangelio según san Mateo, 6: 5- 6 «Y cuando oráis, no seréis como los hipócritas que aman el orar en pie en la sinagoga, y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres. En verdad os digo, recibieron su galardón. Mas tú cuando orares, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre, en secreto: Y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará». (vv. 5- 6)

Esto instruye simplemente el entendimiento del que lo escucha para que huya de la vanagloria en la oración

San Jerónimo