Estos elementos manifiestan el carácter ideológico de estas políticas educativas, ya que no atienden a la solución que la ciencia y la medicina puedan proveer. El objetivo es imponer una visión totalitaria de la realidad sin importarle el bienestar personal de la persona que se considera LGBT. Es decir, la ideología de género usa de la mentira como su arma más letal. Y a la mentira se la combate con la verdad, en este caso, la verdad científica, médica y filosófica.
Pablo Muñoz Iturrieta Atrapado en el cuerpo equivocado La idęolögīa de gėnērø frente a la ciencia y la filosofía
Pedir una prueba científica (directamente material) de la existencia del espíritu (lo esencialmente inmaterial) es simple y llanamente absurdo. Y más absurdo aún concluir a partir de allí que el espíritu no existe. Para ilustrarlo con una analogía imaginemos que viene alguien y nos reta a que le mostremos un cuadrado en voltios. Nosotros le contestamos que ello no es posible, que un cuadrado se puede medir en términos de centímetros o metros (cm2, m2) pero no en voltios (que es una medida de la electricidad). “Luego, dado que no me puedes mostrar un cuadrado en voltios, los cuadrados no existen”, concluye él. Pero es evidente que está equivocado. ¿Cuál fue el problema? ¿Acaso nuestra respuesta? ¡No! Es obvio que el problema fue la forma de la pregunta de nuestro interlocutor. Fue él quien cometió un error de rango epistemológico
Dante A. Urbina ¿CUÁL ES LA RELIGIÓN VERDADERA?: Demostración racional de en cuál Dios se ha revelado
Resulta todavía más claro que este es el enfoque que estamos utilizando porque, para derivar la perfección trascendental, no excluimos la diferencia de la perfección particular sino que, considerándola realmente existente, mostramos su limitación al momento de explicar la totalidad de la perfección al compararla con otra perfección particular realmente existente en otro ser. Así, por ejemplo, tenemos que si bien una mujer es bella, una pieza musical también lo es, siendo que -justamente por causa de sus diferencias- ninguno de los dos agota de por sí toda la perfección de la belleza que de todos modos les es común. Por tanto, dado que “lo diverso no puede ser razón de lo uno”, es necesario remontarnos a una belleza trascendental que incluya en sí todos los grados y formas de belleza particular. Y es que, como bien dice Aquino: “Es necesario que, si algo que es uno, se encuentra comunitariamente en muchos, sea causado en ellos por una causa única; pues no es posible que lo que es poseído en común, le convenga a cada uno por sí mismo, dado que uno y otro (y todos) se distinguen entre sí, según lo que cada uno es” (10). Ya bien establecida nuestra posición podemos ahora criticar la de la objeción. En específico, como la misma objeción dice, se defiende una “posición nominalista de tendencia materialista” de acuerdo con la cual “únicamente existen los particulares de nuestra experiencia y los llamados ´universales´ no son más que meros ´nombres´ que inventamos para agrupar sus características comunes”. Evidentemente el gran problema de esta postura es que no solo no logra dar una solución satisfactoria al problema que pretendía resolver -el problema de los universales- sino que termina eludiéndolo. En efecto, al decir que únicamente existen los particulares y los universales son meros nombres que utilizamos para agrupar sus características comunes, el nominalismo no nos da ninguna explicación metafísica de por qué un grupo de cosas pueden ser similares o estar de acuerdo en un atributo. Decir que no existe ninguna “naturaleza humana” sino únicamente “hombres” no nos da ninguna explicación de por qué los “hombres” son “hombres”.
Y no solo eso. Al asumir un enfoque materialista en el que solo se puede aceptar la existencia diversa de lo sensible y cambiante, este tipo de nominalismo termina destruyendo la noción misma de esencia y ser y, en consecuencia, hace imposible cualquier filosofía (incluida la nominalista). Queda, pues, en pie la cuarta vía.
¿DIOS EXISTE?: El libro que todo creyente deberá (y todo ateo temerá) leer. Dante A. Urbina
“Por consiguiente, la música sagrada debe tener en grado eminente las cualidades propias de la liturgia, conviene a saber: la santidad y la bondad de las formas, de donde nace espontáneo otro carácter suyo: la universalidad. Debe ser santa y, por lo tanto, excluir todo lo profano, y no sólo en sí misma, sino en el modo con que la interpreten los mismos cantantes. Debe tener arte verdadero, porque no es posible de otro modo que tenga sobre el ánimo de quien la oye aquella virtud que se propone la Iglesia al admitir en su liturgia el arte de los sonidos. Mas a la vez debe ser universal, en el sentido de que, aun concediéndose a toda nación que admita en sus composiciones religiosas aquellas formas particulares que constituyen el carácter específico de su propia música, éste debe estar de tal modo subordinado a los caracteres generales de la música sagrada, que ningún fiel procedente de otra nación experimente al oírla una impresión que no sea buena […] Hállanse en grado sumo estas cualidades en el canto gregoriano […] Por estos motivos, […] una composición religiosa será más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo cuanto diste más de este modelo soberano. Así pues, el antiguo canto gregoriano tradicional deberá restablecerse ampliamente en las solemnidades del culto; teniéndose por bien sabido que ninguna función religiosa perderá nada de su solemnidad aunque no se cante en ella otra música que la gregoriana”
San Pío X: El Papa Sarto, un papa santo. F.A. Forbes
Perdona las culpas de tu pueblo, Señor, y que tu amor y bondad nos libren del poder del pecado, al que nos ha sometido nuestra debilidad. Por Jesucristo nuestro Señor
Tus palabras, Señor, son espíritu y vida; tú tienes palabras de vida eterna.
EVANGELIO Jn 10, 31-42.
Intentaron detenerlo, pero se les escabulló de las manos.
✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús. El les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?». Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios». Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre». Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad». Y muchos creyeron en él allí.
Jesucristo es la Cabeza de un Cuerpo místico que es su Iglesia. Consta expresamente en la divina revelación: «A El sujetó todas las cosas bajo sus pies y le puso por Cabeza de todas las cosas en la Iglesia que es su cuerpo» (Eph. 1,22-23; cf. 1 Cor. i2ss.). La prueba de razón la da Santo Tomás en un magnífico artículo que responde a la pregunta: «Si a Cristo, en cuanto hombre, le corresponde ser Cabeza de la Iglesia»
Al pasar a demostrarlo, establece el Doctor Angélico una analogía con el orden natural. En la cabeza humana, dice, podemos considerar tres cosas: el orden, la perfección y el influjo sobre el cuerpo. El orden, porque la cabeza es la primera parte del hombre empezando por la superior. La perfección, porque en ella se contienen todos los sentidos externos e internos, mientras que en los demás miembros sólo se encuentra el tacto. El influjo, finalmente, sobre todo el cuerpo, porque la fuerza y el movimiento de los demás miembros y el gobierno de sus actos procede de la cabeza por la virtud sensitiva y motora que en ella domina. Ahora bien: todas estas excelencias pertenecen a Cristo espiritualmente; luego le corresponde ser Cabeza de la Iglesia. Porque:
Le corresponde la primacía de orden, ya que es El el «primogénito entre muchos hermanos» (Rom. 8,29) y ha sido constituido en el cielo «por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación y de todo cuanto tiene nombre, no sólo en este siglo, sino también en el venidero» (Eph. 1,21), a fin de que «tenga la primacía sobre todas las cosas» (Col. 1,18). b) Le corresponde también la perfección sobre todos los demás, ya que se encuentra en El la plenitud de todas las gracias, según aquello de San Juan (1,14): «Le hemos visto lleno de gracia y verdad».
Le corresponde, finalmente, el influjo vital sobre todos los miembros de la Iglesia, ya que «de su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia» (lo. 1,16). San Pablo recogió en un texto sublime estas tres funciones de Cristo como Cabeza de la Iglesia cuando escribe a los Colosenses (1,18-20): «El es la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia; El es el principio, el primogénito de los muertos, para que tenga la primacía sobre todas las cosas (ORDEN), y plugo al Padre que en El habitase toda la plenitud (PERFECCIÓN) y por El reconciliar consigo, pacificando por la sangre de su cruz todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo» (INFLUJO).
TEOLOGÍA DE LA PERFECCIÓN CRISTIANA POR EL RVDO. P. FR. ANTONIO ROYO MARÍN, O. P
Sin llegar a los excesos de la franca y formal desobediencia, que es el pecado diametralmente opuesto a la obediencia, ¡cuántos modos y maneras ha de falsificar o deformar esta virtud, tan contraria al instinto de natural rebeldía propio del espíritu humano! He aquí algunas de sus principales manifestaciones:
Obediencia seudomística: desobedece al superior bajo el pretexto de obedecer al Espíritu Santo. ¡Pura ilusión!