Argumento: Crear es sacar algo de la nada. Pero ello es imposible porque de la nada, nada sale. Por tanto, no puede haber un Ser creador. Luego, Dios no existe.
La falacia de blanco móvil Faure. Y es que, contrariamente a lo que parece atribuir Faure a los teístas cuando dice que “no se encuentra ni una sola persona dotada de razón que pueda concebir y admitir (…) que con la nada sea posible hacer alguna cosa”, no existe ningún creyente con dos dedos de frente que afirme que Dios creó las cosas con la nada, ya que con la nada no se puede hacer nada simplemente porque la nada no es. Y es justamente ahí donde radica el problema de Faure porque él, en lugar de entender la “nada” como aquello que no es, la conceptúa (erróneamente) como un “algo” realmente existente y piensa en la creación como un “formar” algo con esa “nada” (baste con recordar su analogía del matemático que luchaba con los ceros para obtener una cantidad positiva). Pero eso no es lo que postula el teísmo.
Así, por ejemplo, Santo Tomás de Aquino nos dice que “al decir que se hace algo de la nada, la preposición ‘de’ no designa una causa material, sino solamente un orden”. Por tanto, el teísmo no dice propiamente que Dios hace las cosas con la nada sino más bien desde la nada, es decir, sin partir de algo pre- existente. En otras palabras, no da el ser al no- ser (lo cual sería absurdo y contradictorio) sino simple y llanamente da el ser.
Finalmente, para acabar con este “argumento” hay que decir que, si quiere ser coherente consigo mismo, termina poniendo al ateo en graves aprietos. Y es que al postular como premisa central que “de la nada, nada sale”, frente al hecho de la existencia del universo solo le deja al ateo dos posibilidades: 1) que haya existido siempre, y 2) que haya sido creado. En caso de que tome la primera, tendrá que resolver todas las objeciones que hemos planteado a la tesis de eternidad del universo en el segundo capítulo de la parte anterior. Y en caso de que tome la segunda, dado que “de la nada, nada sale” -como él mismo habría admitido-, tendrá que descartar la posibilidad de que el universo se haya creado a sí mismo a partir de la nada y, por tanto, será necesario que acepte la existencia de un ser distinto y ontológicamente anterior al universo que le haya dado el ser. En otras palabras, el ateo ¡tendría que aceptar la existencia de Dios! Queda, pues, refutado el “argumento”.
Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Ia, 45, art. sol
Sebastián Faure, Doce Pruebas de la Inexistencia de Dios, París, 1 926, 2do argumento
La #vida es #breve.. se #vive una sola vez. Es necesario #ser #santos, no a #medias, sino totalmente, para #gloria de la #Inmaculada y la #mayor #gloria de #Dios #San #Maximiliano #Kolbe. #Mártir de #Auschwitz
NUESTRA ORACIÓN ES PÚBLICA Y COMÚN Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en los cielos», ni: «El pan mío dámelo hoy», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en la tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo. El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces -dice- los tres, al unísono, cantaban himnos y bendecían a Dios. Oraban los tres al unísono, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar. Por eso, fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos -dice la Escritura- se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos. Se dedicaban a la oración en común, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu. ¡Cuán importantes, cuántos y cuán grandes son, hermanos muy amados, los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vosotros -dice el Señor- rezad así: «Padre nuestro, que estás en los cielos.» El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa -dice el Evangelio- y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos.
Del tratado de san Cipriano, obispo y mártir, sobre el Padrenuestro (Caps. 8-9: CSEL. 3, 271-272)
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo.
Aleluya, aleluya, aleluya. Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Aleluya, aleluya, aleluya.
EVANGELIO Mt 6, 19-23.
Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
✠ Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!».
Armonía y equilibrio en los miembros del Cuerpo místico
De esto se deriva el armonioso equilibrio de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo. Con la enseñanza de la fe católica, con la exhortación a la observación de los preceptos cristianos, la Iglesia prepara el camino a su acción propiamente sacerdotal y santificadora; nos dispone a una más íntima contemplación de la vida del divino Redentor y nos conduce a un conocimiento más profundo de los misterios de la fe, para recabar de ellos el alimento sobrenatural y la fuerza para un seguro progreso en la vida perfecta, por medio de Jesucristo. No sólo por obra de sus ministros, sino también por la de cada uno de los fieles embebidos de este modo en el espíritu de Jesucristo, la Iglesia se esfuerza por compenetrar con este mismo espíritu la vida y la actividad privada, conyugal, social y aun económica y política de los hombres, para que todos los que se llaman hijos de Dios puedan conseguir más fácilmente su fin.
De esta suerte, la acción privada y el esfuerzo ascético dirigido a la purificación del alma estimulan las energías de los fieles y los disponen a participar con mejores disposiciones en el augusto sacrificio del altar, a recibir los sacramentos con mayor fruto y a celebrar los sagrados ritos de manera que salgan de ellos más animados y formados para la oración y cristiana abnegación, a corresponder activamente a las inspiraciones y a las invitaciones de la gracia, y a imitar cada día más las virtudes del Redentor, no sólo para su propio provecho, sino también para el de todo el cuerpo de la Iglesia, en el cual todo el bien que se hace proviene de la virtud de la Cabeza y redunda en beneficio de los miembros.
CARTA ENCÍCLICA MEDIATOR DEI DEL SUMO PONTÍFICE PÍO XII SOBRE LA SAGRADA LITURGIA
Lauren Jeska nació en 1974. Supuestamente se sometió a una castración en el año 2000, cursó estudios de GēNėR0 y se convirtió en un exitoso corredor de maratón y de montaña, en la división femenina. En junio de 2015, el organismo rector UK Athletics informó a Jeska de que «ella» tendría que someterse a un análisis de sangre para demostrar que sus niveles hormonales estaban dentro del rango femenino normal, ya que no había documentación para la castración de Jeska en el año 2000. A Jeska le pareció irritante este requisito, y en marzo de 2016 atacó con un cuchillo a Ralph Knibbs, un exjugador profesional de rugby, porque temía que el organismo rector le quitara sus récords y títulos. En septiembre de 2016, se declaró culpable de intento de asesinato. En marzo de 2017, Jeska fue condenado a 18 años de prisión. Referencia: daily star.co.uk, Running champ tried to stab UK athletics chief to death at major sports arena, 22/ 09/ 2016
Evangelio según san Mateo, 5: 14- 16 «Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad que está puesta sobre un monte no se puede esconder. Ni encienden una antorcha y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. A este modo ha de brillar vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre, que está en los cielos». (vv. 14- 16)
Esta ciudad es la iglesia de los santos, de la que se dice: «Cosas admirables se han dicho de ti, ciudad de Dios» ( Sal 86,3 ). Sus ciudadanos son todos los fieles, de quienes el Apóstol dice a los Efesios: «Vosotros sois los conciudadanos de los santos» ( Ef 2,19). Esta ciudad, pues, está colocada sobre el monte, de quien dice Daniel: «La piedra arrancada sin esfuerzo de manos, se convirtió en un gran monte» ( Dn 2,34)
Pseudo- Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10
Objeciones y respuestas Objeción 1: Es absolutamente errado decir que el Nuevo Testamento pasa la prueba bibliográfica pues los manuscritos de los que disponemos están llenos de errores y variantes textuales incorporadas por los escribas a lo largo de varios siglos por cuanto, voluntaria o involuntariamente, al tener que hacer “copias de copias” de los textos, introducían sus propios errores y reproducían los cometidos anteriormente. De hecho, son tantas las variantes entre manuscritos que resulta prácticamente imposible saber lo que en realidad decían los documentos originales. Luego, no se prueba la conclusión de la primera vía.
Respuesta: Esta es la objeción que ha popularizado notablemente el crítico textual Bart Ehrman en su libro Misquoting Jesus. Según Ehrman, es prácticamente imposible reconstruir el texto del Nuevo Testamento por cuanto “solo tenemos copias plagadas de errores” que serían diferentes de los originales “en miles de formas” al punto que “hay más variantes entre los manuscritos que cantidad de palabras en el Nuevo Testamento”. ¿Y cómo se habrían introducido todos estos errores? Pues durante el proceso de copiado. Al respecto, Ehrman -tomando como referencia uno de los Evangelios- nos dice: “La primera persona que copió el Evangelio de Marcos sin duda cometió errores.
Ahora, ¿cómo fue copiado Marcos después de ello? Bien, el original habría sido copiado, pero luego la copia habría sido copiada. Y el problema es que cuando alguien copió la copia, no solo copia las palabras originales, copia también los errores que cometió el primer escriba e introduce sus propios errores. ¿Qué sucede, entonces, cuando alguien viene y copia esa segunda copia? Que la persona replica los errores de sus dos predecesores, e introduce los suyos propios. Y las copias fueron hechas semana tras semana, año tras año, década tras década”. Frente a ello uno podría tender a pensar que la argumentación de Ehrman destruye totalmente la idea de que el Nuevo Testamento pasa la prueba bibliográfica. Sin embargo, aquí le vamos a “voltear el juego” y mostrar, por medio de la refutación a la tesis de Ehrman, que la fiabilidad del Nuevo Testamento en términos de la prueba bibliográfica queda reforzada antes que desacreditada. Pues bien, comencemos preguntándonos: ¿en base a qué es posible que Ehrman se haga tanto problema respecto de las “innumerables” variantes textuales entre los manuscritos del Nuevo Testamento? Simple: ¡porque tenemos muchísimos manuscritos disponibles del Nuevo Testamento, más que de cualquier otra obra de la Antigüedad! ¿Y eso es algo malo? ¡Al contrario: es algo muy bueno! ¿O qué prefiere el señor Ehrman?, ¿que el Nuevo Testamento esté en una situación similar a la de La Guerra de los Judíos de Flavio Josefo que solo tiene 9 copias que datan recién a partir del siglo V o como la de los Anales de Tácito de los que se tienen solo dos copias que datan de la Edad Media? Estas dos obras son fuentes clave para todo historiador acerca de los acontecimientos del siglo I (es decir, la misma época a que refieren los escritos del Nuevo Testamento), ¡pero no vemos a Ehrman haciendo escándalo alguno al respecto o escribiendo un libro entero para desacreditar estos documentos! Por supuesto, habrá pocas variantes textuales entre los manuscritos de los Anales de Tácito, pero no en razón de que los escribas hayan sido muy exactos sino simple y llanamente porque tenemos ¡solo dos copias! Así, las variantes textuales entre los manuscritos del Nuevo Testamento son nada más que el absolutamente razonable precio a pagar por tener una gran cantidad de copias disponibles.
Y es que la única forma en que se podrían tener muchísimas copias sin variantes textuales sería ¡que ya se hubiere inventado antes el sistema de las copias fotostáticas! Si Ehrman, contra toda racionalidad e ignorando que estamos tratando historia antigua, quiere exigir tal tipo de absurdo como condición para confiar en los escritos neotestamentarios… se lo dejamos a él (y a sus prejuicios). Ahora bien, habíamos dicho que las variantes textuales eran un costo a pagar por la enorme cantidad de manuscritos. Pero dicho costo no es para nada un absoluto o algo irremediable. ¿Por qué? ¡Porque gracias a que disponemos de tantos manuscritos podemos aplicar con más y mejores elementos de juicio los criterios historiográficos y reconstruir más fiablemente el texto original! En efecto, como correctamente dice el experto Daniel Wallace, “tenemos el 110% del texto, no el 90%”. O sea: nuestro problema no es que nos falte texto para reconstruir el original sino que nos sobra. Por tanto, la cuestión clave aquí es “saber separar la paja del trigo” identificando qué variantes corresponderían a los originales y cuáles serían interpolaciones.
Y es precisamente aquí donde cabe señalar el grandísimo error que está en la base de toda la tesis de Ehrman: que, con tal de dar fuerza retórica a su planteamiento, “mete en el mismo saco” todo tipo de variantes como si fueran errores o interpolaciones. En efecto, él puede hacer ocasionalmente anotaciones más o menos pertinentes o mesuradas, pero en general, para dar la idea de que el Nuevo Testamento es incierto en grado sumo, echa mano de frases del tipo “hay más variantes entre los manuscritos que cantidad de palabras en el Nuevo Testamento”. Pero no nos dejemos estafar por Ehrman y más bien apliquemos los distingo a los que tan sabiamente sabían apelar los filósofos escolásticos. Y es que no todas las variantes son iguales sino que las hay de distinto tipo: 1) errores ortográficos; 2) orden de palabras inconsecuente; 3) variantes significativas (semánticas) pero no viables; 4) variantes significativas y viables. Pues bien, ¿de qué tipo deberían ser la gran mayoría de variantes para que sea cierta la tesis de Ehrman de que el texto original del Nuevo Testamento es prácticamente irrecuperable? Del tipo 4, por supuesto. Pero, como ya habíamos visto, en el análisis comparativo de Bruce Metzger, el conjunto de variantes de este tipo (o sea, que alteran de modo directo el sentido del texto) ¡no pasa del 1%! Y, en caso se piense que Metzger es demasiado “conservador” a este respecto, tenemos que “incluso los críticos textuales más liberales garantizan que al menos el 95% del texto del Nuevo Testamento no está en cuestión”
En efecto, la gran mayoría de las variantes que se encuentran entre los manuscritos del Nuevo Testamento corresponden a los tres primeros tipos (es decir, no son viables o no afectan el sentido del texto) al punto que los expertos Köstenberger y Kruger nos dicen que son “relativamente aburridas”. ¿Y cómo llegamos a determinar esto? Pues gracias a lo que ya mencionamos: la gran cantidad de manuscritos. Con su ejemplo de la “copia de la copia de la copia” Ehrman puede hacernos pensar que el proceso de transmisión textual del Nuevo Testamento es básicamente lineal. Pero no, no es lineal, sino geométrico. Es decir, no es simplemente que un escriba hace una copia que transfiere exclusivamente a otro el cual a su vez transfiere la suya exclusivamente a otro y así sucesivamente, sino que en general un mismo escriba hace varias copias del mismo texto y las envías a diferentes lugares donde otros escribas harán a su vez varias copias de la primera y también las enviarán a varios otros lugares y así sucesivamente.
Como el interés de la Iglesia naciente era “evangelizar al mundo” se buscó difundir masivamente los documentos neotestamentarios siendo que prontamente se hicieron numerosas traducciones al latín (10 000 copias) y a varios otros idiomas como el sirio, armenio, copto, etc. Es así como llegamos a los alrededor de 24 000 manuscritos siendo que la multiplicidad de idiomas antes que ser un inconveniente permite en muchas ocasiones dilucidar mejor el sentido e incluso literalidad de los originales. Y aquí podemos evidenciar otro error de Ehrman. Él subtitula tendenciosamente su libro Misquoting Jesus con la frase “La Historia de Quién Cambió la Biblia y Por qué” como dando a entender que el proceso de transmisión textual del Nuevo Testamento fue controlado y/ o direccionado por intereses ideológicos o de otro tipo. Pero el punto es que es altamente improbable que ello pudiera ser determinante ya que, como hemos visto, el proceso de transmisión no fue lineal (como si, por ejemplo, todo hubiera sido controlado por una sola familia y sus descendientes) ni circunscrito a una sola geografía o cultura sino que fue geométrico abarcando varios lugares, idiomas y culturas. O sea, en ese contexto, resultaba dificilísimo que una sola autoridad central pretendiera controlar todo el proceso de transmisión manipulando el texto según sus directivas.
De este modo, si hubiera alguna manipulación clara e intencionada, los historiógrafos la podrían descubrir fácilmente contrastando con otras versiones del texto escritas más tempranamente, en otros lugares o en otros idiomas. Y eso sin mencionar que también se tienen numerosas fuentes adicionales para contrastar los textos bíblicos como los catecismos o las citas de los Padres de la Iglesia. Así, es ese tipo de ejercicio el que, aplicando el sentido común y las técnicas científicas, ha permitido reconstruir tan fiablemente el Nuevo Testamento
Bart Ehrman, Misquoting Jesus: The Story Behind Who Changed the Bible and Why, Ed Harper, San Francisco, 2007, pp. 7, 90
Barth Ehrman, «La Biblia cita mal a Jesús?», debate contra James White, Sheraton Airport Hotel (Florida), 21 de enero del 2009 1 discurso de apertura
Paul Barnett, Is the New Testament History? Ed. Vine Books, Ann Arbor, 1986, p. 45
Norman Geisler and William Nix, A General Introduction to the Bible, Ed. Moody Press, Chicago, 1986, p. 405
Daniel Wallace, The majority text and the original text: Are they identical?», Bibliotheca Sacra, vol. 148, 1991,p.169
Bruce Metzger, Chapters in the History of New Testament Textual Criticism, Ed. Eerd- mans, Grand Rapids, 1963, pp. 144-151.
Greg Boyd, «How do you respond to Bart Ehrman’s book, Misquoting Jesus?», ReKnew, January 8, 2008
Andreas Köstenberger and Michael Kruger The Heresy of Orthodoxy, Ed. Crossway, Whea- ton, 2010, p. 226
es un cantar de gesta anónimo que relata hazañas heroicas inspiradas libremente en los últimos años de la vida del caballero castellano Rodrigo Díaz de Vivar el Campeador. La versión conservada fue compuesta, según la mayoría de la crítica actual, alrededor del año 1200