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Diferencia económica

Existen también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el Evangelio:

«La igual dignidad de las personas exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e internacional» (GS 29).

Fraude social

La participación de todos en la promoción del bien común implica, como todo deber ético, una conversión, renovada sin cesar, de los miembros de la sociedad. El fraude y otros subterfugios mediante los cuales algunos escapan a la obligación de la ley y a las prescripciones del deber social deben ser firmemente condenados por incompatibles con las exigencias de la justicia. Es preciso ocuparse del desarrollo de instituciones que mejoran las condiciones de la vida humana (cf GS 30)

Corresponde a los que ejercen la autoridad reafirmar los valores que engendran confianza en los miembros del grupo y los estimulan a ponerse al servicio de sus semejantes. La participación comienza por la educación y la cultura “Podemos pensar, con razón, que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar” (GS 31).

Autoridad

Toda comunidad humana necesita una autoridad que la rija (cf León XIII, Carta enc. Diuturnum illud; Carta enc. Inmortale Dei). Esta tiene su fundamento en la naturaleza humana. Es necesaria para la unidad de la sociedad. Su misión consiste en asegurar en cuanto sea posible el bien común de la sociedad

¿Dios existe?

Argumento moral. Según la exposición que hace de él el famoso apologista cristiano William Lane Craig, este se enuncia más o menos como sigue:
1. Si Dios no existe, los valores y deberes morales objetivos no existen.
2. Los valores y deberes morales objetivos existen.
3. Luego, Dios existe

Correcto e Incorrecto

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Son muchos los que engañan a sus esposas, sustraen material de oficina, falsean la declaración de la renta e incluso procurarán la destrucción de su hijo no nacido. ¿considerarán realmente estas personas que hacen algo malo?
Entiendo que la respuesta es si. De alguna manera saben que aquello está mal, resulta innegable que bastante gente dice mentiras y, además, de todo habitual; pero incluso, los más engreídos embusteros no quieren que los demás les mientan a ellos. Hay muchos que cometen adulterio pero Incluso el marido más infiel no desea ser traicionado por su mujer, los que evaden impuestos no quieren ser timados por otros, ni a ningún abortista le agrada que alguien emplee la instrumental médico para herirle a él en en algún órgano vital. así pues incluso aquellos que actúan contra los preceptos morales más básicos atestiguan la existencia de estos al quejarse por su incumplimiento cuando su no observancia les afecta a ellos esa conducta pone de relieve a pesar de todo su profundo sentido de la justicia puede que ellos no se comporten justamente pero quieren que los demás actúen justamente con ellos

Dios existe?

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La apuesta de Pascal
 
(especialista en probabilidades al lanzar una moneda explica los resultados)
 
Existe o no existe Dios
 
“Evaluemos lo que representa ganar o perder a quien lanza la moneda para ver si Dios existe. Calculemos ambas posibilidades. Si ganas la apuesta, lo ganas todo; si pierdes, no pierdes nada. No lo dudo entonces: apuesto que Dios existe”

Ambición, poder y ciudadanía


Higinio Marín


Nadie se extrañará de apreciar ambición en los políticos. De hecho, lo extraño sería que no la tuvieran, hasta el punto de que nos preguntaríamos si se puede ser político sin ambición. En su forma más común, la ambición es el deseo de conseguir el poder y conservarlo, y no es probable que muchos políticos carezcan de ese deseo y seguramente tampoco sería recomendable. 

 

Por eso, aunque los políticos se empeñan en disimular su ambición, los demás hacemos bien en no llevarnos a engaño. Lo cierto es que no desear el poder no puede ser un requisito para conseguirlo, porque, entre otras cosas, es difícil que los hombres podamos hacer realmente bien algo sin la pasión de desear hacerlo. Ciertamente, es posible que quien carezca de ambición esté a salvo de los peligros del poder, pero seguramente tampoco estará particularmente inclinado a las renuncias que puede requerir. 

 

Además, el deseo intenso de poder decidir o gobernar puede ser una señal para uno mismo y para los demás de una vocación política. Si la ambición se tomara por falta de idoneidad para el poder, Churchill, cuyo inmenso talento político era tan grande como su ambición, no habría sido primer ministro en aquellas circunstancias tan cruciales para su país y para Europa. 

 

Sin embargo, es cierto que los problemas surgen cuando la ambición se convierte en una pasión intensa y dominante, sobre todo si podemos suponer que el político hará cualquier cosa por conseguir el poder y no perderlo. En tal caso, la ambición al mismo tiempo que será una fuerza poderosa que impulsará a quien la tiene, le convertirá en un esclavo del poder que ambiciona.  

 

Ser esclavo del poder que se tiene o se desea es una situación paradójica porque vuelve temeroso y servil al poderoso, que son dos características más propias de quien no tiene poder. Y es que la ambición vuelve a quien la tiene vulnerable al poder, más incluso que a quien puede padecer sus abusos. Pero, además, el poseído por la ambición se vuelve peligroso para los demás, pues abusará del poder siempre que le sea posible para conservarlo o conseguirlo, y porque no dudará –siempre que pueda- en procurar que los demás sean también serviles y temerosos, ampliando así su poder. 

 

Los que elegimos a nuestros políticos lo hacemos en la suposición de que efectivamente ambicionan el poder, pero con la esperanza de que no se dejen dominar y mantengan el suficiente dominio sobre sí mismos para evitar la indecencia. Pero si no somos ingenuos, nos daremos cuenta de que es realmente difícil lo que esperamos de ellos: que deseen el poder con la energía para afrontar sus dificultades, pero con el límite de no abusar de él para conservarlo. Ciertamente, la democracia nos da medios para procurarlo. La exposición pública de los cargos y su gestión mediante la existencia de una oposición política crítica y de una prensa independiente, la celebración de elecciones y la existencia de una legislación custodiada judicialmente, son una defensa contra esos abusos y cualquier otros. 

Pero nada de lo anterior nos descarga de la necesidad de discriminar personalmente. Así que la cuestión es, una vez admitido que necesitamos su deseo de mandar, cómo moderar y encauzar la ambición de nuestros políticos. La historia de la política puede venir en nuestra ayuda: en Roma se llamaba ambicioso al que merodeaba alrededor de quienes le tenían que votar para conseguir lo que pretendía. De hecho, ambición significaba dar vueltas alrededor de algo, y de ahí derivó a los que se dirigían a los demás persiguiendo un empeño. Obviamente, no los frecuentaban para disgustarlos o anunciarles contrariedades. 

 

En efecto, solo puede resistirse a un político que promete abundancias quien tenga, a su vez, un sentido firme de lo mejor para todos, incluidas las renuncias y esfuerzos que las coyunturas históricas pueden implicar. Por consiguiente, podemos medir la ambición de nuestros políticos observando con detalle el peso que en nuestros votos tienen nuestros intereses particulares, sobre todo si se trata de beneficios en detrimento de otros muchos, incluidos los que vendrán después de nosotros en próximas generaciones. 

 

Así pues, los ambiciosos medran entre quienes se dejan regalar, y depravan a sus políticos las sociedades que esperan de ellos dádivas, beneficios y prestaciones. La voraz ambición de ellos se alimenta de nuestro inmoderado apetito de ventajas y facilidades. En realidad, esa es la dinámica de nuestros actuales sistemas democráticos, y en especial del nuestro, del español: ciudadanías crónicamente insatisfechas y clases políticas dadivosas, los primeros esperando recibir sin límite, y los segundos concediéndolo para lograr su ambición de mandar. Y a eso, llenándosenos la boca de autoridad moral, le llamamos sociedad del bienestar. 

 

Sus partidarios pueden permanecer tranquilos pues no hay ninguna esperanza de que se haga mayoritaria la disposición a asumir las privaciones necesarias para, por ejemplo, no hipotecar a la generación siguiente. Nuestro problema de fondo no es la ambición de los políticos, sino lo que les hace medrar: el inmoderado apetito de unas ciudadanías que esperan de la política no ya una justicia solidaria sino la abundancia ilimitada. Para revertir esa dinámica que terminará por conducir a nuestras sociedades a situaciones insostenibles, haría falta que predominara un sentido general de la moderación y de una reflexiva e informada responsabilidad, lo que en las actuales circunstancias es sencillamente inimaginable entre nosotros. 

 

Solo una ciudadanía responsable, mínimamente reflexiva y al menos medianamente informada sobre las circunstancias y pormenores de la situación de nuestros países, podría ponerse a salvo de las promesas irresponsables de quienes deberían, más bien, moderar nuestras expectativas. Y solo ese sentido de la ciudadanía en los votantes podría abrir el hueco y la demanda de políticos que aspiren a conseguir el poder diciendo la verdad, discriminando lo necesario de lo deseable y proponiendo soluciones sostenibles