¿De dónde vendrá el Cristo?



Otro punto de controversia común es el del nacimiento virginal de Jesús.

Sucede que en Mateo 1: 23 se cita al respecto el pasaje de Isaías 7: 14. Ante ello se objeta que el pasaje se refiere al hijo de Isaías (cfr. Isaías 8: 3-4) y no al Mesías, además que la palabra hebrea almah se debe traducir simplemente como «doncella» y no como «virgen» siendo que «si uno quisiera especificar una auténtica virgen, usaría betulah».

Veamos. Si bien hay paralelos, resulta que el nombre del hijo de Isaías, Maher- salal- hasbaz (Isaías 8: 3), significa «el despojo se acerca», mientras que el nombre Emmanuel (Isaías 7: 14) tiene el significado más glorioso y pleno de «Dios con nosotros», Así que el hijo de Isaías no puede representar un cumplimiento cabal sino que ello es propio del Mesías y a ello apunta el hecho de que ya los rabinos de la Antigüedad reconocían varias referencias mesiánicas en el contexto del pasaje de Isaías .

Por ejemplo, Isaias 9: 6 dice que «nos ha nacido un niño» al cual «le darán estos nombres:
Admirable en sus planes, Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz». Evidentemente, ese no puede ser el hijo de Isaías. En cuanto a que si uno se hubiera querido referir a una auténtica virgen hubiera definitivamente usado la palabra betulah, tenemos que ello no es necesariamente asi pues esta palabra también puede traducirse como «doncella» y, de hecho, hay ocasiones en que se usa y claramente no significa «virgen», como por ejemplo Isaías 47: 1 donde se hace referencia a Babilonia como una «betulah» de la que luego se dice que perderá a sus hijos (cfr. Isaías 47: 9).

Análogamente, resulta que sí es factible traducir almah (la palabra en Isaías 7: 14) como «virgen» pues más de dos siglos antes de Jesús hallamos que en la Septuaginta se vierte almah como parthenos,la palabra griega para «virgen», tal como ya atestiguaba Orígenes. Y esa es la traducción más razonable pues el propio versículo comienza diciendo «el Señor mismo les dará una señal» (Isaías 7: 14), de modo que obviamente el nacimiento debe implicar una intervención especial de Dios. Y qué cumpliría ese estándar? iPues que una virgen dé a luz!

Mikha ‘ el Ben-Yah, How to Answer a Christian: A Basic Apologetics Handbook for New Hebrews, 2015.

Michael Brown, Answering Jewish Objections to Jesus, Baker Books, Grand Rapids,
2003, vol. 3, obj. 4.3.

Orígenes, Contra Celso, Lib. I, cap. 34

Por los no creyentes



Evangelio según san Mateo, 6: 10- 10 «Venga el tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo». (v. 10)

En esto se manifiesta claramente (en contra de los pelagianos) que el principio de la fe es un don de Dios, cuando ruega la santa Iglesia por los no creyentes, para que empiecen a tener fe. Como la voluntad de Dios se ha cumplido ya en los santos, cuando aún se pide que se cumpla, čqué otra cosa pedimos sino que perseveren en lo que comenzaron a ser?

San Agustín, de dono perseverantiae, 3

Gran reinicio

Gran rēsetėo

La pąndėmìa del CöbįD-1…9 viene a acelerarlo todo. Lo que algunos han llamado <gran rēsetėo> (que debería llamarse más bien <gran reformateo) no es otra cosa que el intento por parir una nueva infraestructura social, basada en nuevas formas de trabajo, una nueva articulación económica, un nuevo dominio político y una nueva hegemonía cultural, Que el mundo online no es simplemente una <superestructura cultural> resulta muy obvio si se advierte que, ahora mismo (febrero de 2021), por ejemplo, el 43% de los usuarios de Internet (de 16 a 64 años) a nivel mundial utilizan las redes sociales para trabajar. El
inmediato desplazamiento del trabajo presencial al <teletrabajo», con la llegada del uīrūs, evidencia también en qué medida puede depender la producción de las tecnologias
digitales y la conexión a Internet.

En España, por mencionar tan solo un ejemplo, de 2019 a 2020 el teletrabajo creció 21 6,8 %. Así las cosas, el sistema económico demanda más datos que nunca, y toda una industria del dato es causa y consecuencia, al mismo tiempo, de esto. Nick Srnicek ha denominado a la industria del dato como modelo de <plataformas>: Las plataformas, en resumidas cuentas, son un nuevo tipo de empresa; se caracterizan por proporcionar la infraestructurabpara intermediar entre diferentes grupos usuarios, por desplegar
tendencias monopólicas impulsadas por efectos de red, por hacer uso de subvenciones cruzadas para captar diferentes grupos usuarios y por tener una arquitectura central establecida que controla las posibilidades de interacción.

*El número de teletrabajadores aumenta más de un 200% en España en 2020″%, RRHH Press (17 septiembre 2021), https://www.rrhhpress.com/tendencias/50399-el-numer
o-de-teletrabajadores-aumenta-mas-de-un-200-en-espana-en-2020.

<La incidencia del teletrabajo en España pasa del 5% al 34% durante la pąndėmìa, El País (5 mayo 2020), https://cincodias.elpais.com/cincodias/2020/05/05/economia/
1588694657_002760.html.

Srineck, Capitalismo de plataformas, P. 49.

Brian Dean, <Social Network Usage & Growth Statistics: How Many People Use Social Media in 2021?>, Backlinko (1 febrero 2021). https://backlinko.com/social-media-users.

Oración

Llenos están los cielos y la tierra de la Majestad de tu gloria

Evangelio

San Mateo 11:2-10
Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nue- va; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? Mirad, los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará tu camino por delante de ti.

Palabra del Señor

¿Hay más pruebas de la eternidad del infierno?



Sí; la razón nos provee de varias otras pruebas decisivas de la eternidad del infierno.

1º La creencia de todos los pueblos la afirma.
2º La sabiduría de Dios pide como vindicación por la violación de sus leyes.
3º La justicia divina reclama para castigar al hombre que muere culpable de una falta grave.
4º Finalmente, la soberanía de Dios la demanda para tener la última palabra en la lucha sacrílega del hombre contra su Creador y su soberano Señor.

1° La creencia de todos los pueblos la afirma. – En todos los tiempos, desde el principio del mundo hasta nuestros días, todos los pueblos han creído en la existencia de un infierno eterno. Hemos hecho notar esta creencia al hablar de la inmortalidad del alma. ¡Cosa asombrosa! El dogma del infierno eterno, que subleva todas las pasiones contra él y causa horror a la naturaleza humana, es el único que los hombres no han discutido. Basta consultar los poetas, los filósofos, los escritores de la antigüedad, y todos, sin excepción, hablan del infierno eterno. Hesíodo y Homero lo pintan a los habitantes de Grecia; Virgilio y Ovidio lo describen en la Roma idólatra. ¿Quién no recuerda los suplicios de Prometeo, de Tántaro, de Sísifo, de Ixión y de las Danaides? Sócrates, citado por Platón, habla de las almas incurables que son precipitadas al eterno Tártaro, de donde no saldrán jamás. Un pagano, gran despreciador de los dioses, el impío Lucrecio, trató de destruir esa creencia, “porque, decía él, no hay reposo y es imposible dormir tranquilo, si se este obligado a temer, después de esta vida, suplicios eternos”. Sus esfuerzos fueron inútiles. La creencia en el infierno eterno fue siempre el dogma fundamental de la religión de todos los pueblos. Celso, filósofo pagano, enemigo acérrimo del Cristianismo, lo confirma en el segundo siglo de la Iglesia. “Tienen razón los cristianos, dice él, en pensar que los malos sufrirán suplicios eternos. Por lo demás, este sentimiento les es común con todos los pueblos de la tierra”. Leyendo la historia de todas las razas: egipcios, caldeos, persas, indios, chinos, japoneses, galos, germanos, etc., vemos que todos creían en un infierno eterno, como en la existencia de Dios. Cuando Colón descubrió América, comprobó que los habitantes del Nuevo Mundo tenían la misma creencia. Un viejo jefe le amenaza con el infierno, diciéndole: “Sabe que al salir de la vida hay dos senderos, uno fulgurante de luz y otro sumido en las tinieblas; el hombre de bien toma el primero, mientras que el malvado echa a andar por el sendero tenebroso hacia el lugar de los suplicios eternos”. ¿Cuál es el origen de esta creencia de todos los pueblos? No pueden ser los sentidos, ni las preocupaciones, ni las pasiones, porque una pena eterna es una pena espantosa que aterra el espíritu y lo desuela, tortura el corazón y lo desgarra. Esta creencia no puede tener su origen sino en la razón, que reconoce la necesidad de un infierno eterno para impedir el mal o castigarlo; o bien este dogma se remonta hasta Dios mismo: forma parte de la revelación primitiva, que es la base de la religión y de la moral del género humano. Pero, tanto en un caso como en otro, esta creencia no puede ser sino la expresión de la verdad.

2º La sabiduría de Dios pide la eternidad de las penas como sanción preventiva. – Todo legislador sabio debe dar a sus leyes una sanción eficaz; y la única sanción eficaz para las leyes de Dios es la eternidad de las penas. Porque, para que surta el efecto deseado, es menester que toda sanción pueda neutralizar las seducciones del vicio, y determinar al hombre a que observe la ley divina, aun con pérdida de su fortuna y de su vida. Ahora bien, la sola esperanza de escapar un día de la justicia de Dios haría ineficaz toda sanción temporal. Todo lo que tiene término no es nada para el hombre, que se siente inmortal. Lo que constituye la eficacia de la sanción no es el infierno, es su eternidad. Lo prueba el hecho de que los malvados aceptan sin dificultad que haya castigo después de esta vida, con tal que no sea eterno. Un infierno que no es eterno es un purgatorio cualquiera. Y el pensamiento del purgatorio, ¿refrena acaso a los malvados? Ese pensamiento apenas inquieta a los justos, porque el purgatorio tiene término. Cierto alemán se avenía a pasar dos millones de años en el purgatorio por gozar el placer de una venganza. Es, pues, la eternidad lo que constituye la eficacia de la sanción. Sin la eternidad de las penas, Dios no sería más que un legislador imprudente, incapaz de hacer observar sus leyes, o de castigar a los calculadores de las mismas.

3º La justicia de Dios requiere la eternidad del infierno, como pena vindicativa para castigar el mal. – Es un principio admitido por todos, que debe existir proporción entre la culpa y la pena, entre el crimen y el castigo < Ahora bien, a no ser por la eternidad del infierno, no habría proporción entre la culpa y la pena < Y, en verdad, la gravedad de la culpa se deduce de la dignidad de la persona ofendida. El pecado, ofendiendo a una Majestad infinita, reviste, por lo mismo, una malicia infinita, merecedor de un castigo infinito. Pero como el hombre es limitado y finito en su ser, no puede ser susceptible de una pena infinita en intensidad; pero puede ser castigado con una pena infinita en duración, es decir, eterna. Es justo, por consiguiente, que sea condenado al fuego eterno, a fin de que el castigo guarde proporción con la culpa.

4º La soberanía de Dios pide la eternidad de las penas. – Si el infierno debiera tener término, cada uno de nosotros podría hablar a Dios de esta suerte: “Yo sé que Vos me podéis castigar, pero también sé, que tarde o temprano, os veréis obligado a perdonarme a aniquilarme. Me río, pues, de Vos y de vuestras leyes; me río también del infierno, al que me vais a condenar, porque sé que algún día saldré de allí”–. ¿Se concibe que una criatura pueda con razón hablar así de su Creador? Dios es el Señor del hombre, y su soberanía no puede ser impunemente despreciada. El hombre, pecando mortalmente, declara guerra a Dios: ¿quién será el vencedor? Necesariamente debe ser Dios, quien pronuncia la última palabra mediante la eternidad de las penas. Luego, la soberanía de Dios exige que el infierno sea eterno.

CONCLUSIÓN. O el infierno eterno existe, o Dios no existe; porque Dios no es Dios, si no es sabio, justo y Señor soberano. Pero como quiera que sea imposible, a menos de estar loco, negar la existencia de Dios, así también fuera menester estar loco para negar la existencia de un infierno eterno. La existencia del infierno es un dogma de la razón y un artículo de fe. Con el dogma del infierno acontece lo que con el dogma de la existencia de Dios: el impío puede negarlo con palabras, su corazón puede desear que no exista, pero su razón le obliga a admitirlo. La misma rabia con que el incrédulo niega este dogma prueba a las claras que no puede arrancarlo de su espíritu: nadie lucha contra lo que no existe; nadie se enfurece contra quimeras. Es tan difícil no creer en el infierno, que el propio Voltaire no pudo eximirse de esta creencia. A uno de sus discípulos, que se jactaba de haber dado con un argumento contra la eternidad de las penas, le contestó: “Os felicito por vuestra suerte; yo bien lejos estoy de eso”. Voltaire tembló en su lecho de muerte, agitado por el pensamiento del infierno, y la muerte de ese impío ha hecho decir: “El infierno existe”.

J. J. ROSSEAU, sofista mil veces más peligroso que Voltaire, no se atrevió a contradecir la tradición universal, y se contentó con volver la cabeza para no ver el abismo: – No me preguntéis si los tormentos de los malvados son eternos; lo ignoro – No tuvo la audacia de negarlo. ¡Tanta autoridad y fuerza hay en esas tradiciones primitivas que Platón conoció, que Romero y Virgilio cantaron y que se encuentran en todos los pueblos del Viejo y del Nuevo Mundo; tan imposible es derribar un dogma admitido en todas partes, a despecho de las pasiones unidas desde tantos siglos para combatirlo!

R. P. Hillaire, la religión demostrada LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA

Mártires en España



El Papa beatificó como mártires por la fe a once víctimas de la guerra civil española. No hace mucho, les correspondió el turno a otras veintiséis. La serie de beatificaciones comenzó el 22 de marzo de 1986, con el decreto de aprobación del martirio de tres carmelitas de Guadalajara. Durará mucho todo esto, dado que los procesos en curso son más de cien, muchos de ellos de grupo, y se refieren en su conjunto a 1.206 víctimas de la persecución anarco-socialista-comunista de los años treinta. Ya se sabe que uno de los marcos que distinguen al mundo es el de dividir no sólo a los vivos sino también a los muertos; no todos los muertos, y mucho menos todos los mártires, son iguales; están los que deben ser venerados y recordados y los que hay que olvidar. Por desgracia, esta perspectiva tan mundana, porque está ligada al poder político y cultural vigente en cada momento, parecía haber contaminado a una parte de la institución eclesiástica. En efecto, hubo unos años en los que una especie de silencio incómodo (cuando no un distanciamiento manifiesto por parte de cierta publicidad católica) se precipitó sobre la terrible matanza de la que fueron víctimas en la España de la guerra civil más de 6.832 personas entre curas, religiosas, monjas y miles de laicos, que murieron por el solo hecho de ser creyentes.

Así, a partir de los años sesenta, y tal como escribe monseñor Justo Fernández Alonzo, director del Centro Español de Estudios Eclesiásticos, «motivos de oportunidad aconsejaron moderar el curso de los procesos de beatificación ya iniciados; sólo a partir de principios de los años ochenta volvieron a tener vía libre». Hicieron falta el valor y el amor por la verdad de Juan Pablo II para reabrir una página de la historia que muchos, incluso ciertas fuerzas poderosas de la misma Iglesia, hubieran preferido que continuase cerrada para siempre. Actualmente, el final del comunismo por autodisolución y la consiguiente relajación de la presión ejercida por una historiografía marxista tendenciosa que imponía un temor reverencial deberían favorecer una relectura objetiva del papel de la Iglesia en España, devastada primero por la guerra civil y sojuzgada después por el autoritarismo franquista. Ese régimen, apresuradamente definido como «fascista» y equiparado incluso con el nazismo, cuando en realidad estaba muy lejos del paganismo racial que distingue a este último, y de la idolatría al Estado de hegelismo casero, que aflora en el fascismo italiano, ese régimen decíamos, logró mantener a España fuera de la segunda guerra mundial a pesar de las presiones de Hitler y Mussolini, y no se distinguió por una actitud belicosa hacia el exterior. El final de Francisco Franco y de su régimen no es de ningún modo comparable al sangriento de Ceaucescu en Rumania ni a la quiebra económica y social de la Europa comunista. El rey Juan Carlos de Borbón, al que el socialista y fanático republicano Sandro Pertini consideraba como uno de los mejores jefes de Estado, fue elegido para la sucesión y preparado Milicianos republicanos posando con momias de monjas procedentes de tumbas que habían profanado en el Convento de la Concepción de Toledo. Fondo del Estudio Fotográfico Alfonso. Archivo General de la Administración. Ministerio de Culturatiene casi medio siglo, contra una Iglesia que habría favorecido a un presunto «Anticristo» de Madrid, sobre el que el historiador inglés contemporáneo Paul Johnson, de estricta tendencia demócrata-liberal, escribe: «Franco siempre estuvo decidido a mantenerse al margen de la guerra, que consideraba una terrible calamidad y, sobre todo, una guerra que para él, católico convencido, representaba la fuente de todos los males del siglo, al ser conducida por Hitler y Stalin. En septiembre de 1939, declaró la absoluta neutralidad de España y aconsejó a Mussolini que hiciera lo mismo.

El 23 de octubre de 1940, cuando se reunió con Hitler en Hendaya, lo recibió con frialdad, por no decir con desprecio. Hablaron hasta las dos de la madrugada y no se pusieron de acuerdo en nada.» Sean cuales fueren las conclusiones a las que lleguen sobre el franquismo los historiadores del futuro, desde siempre está claro que los procesos canónicos bloqueados por Roma y reiniciados ahora por un Papa que «no se amolda al mundo», van más allá de toda consideración política. Lo que conduce a incluir a esas víctimas en la lista de mártires, que luego se propondrán para la veneración y la imitación de los creyentes, es un motivo exclusivamente religioso; lo que se debe valorar no son unas motivaciones políticas, sino si la matanza se realizó por odio a la fe y si fue aceptada pacientemente por amor a Cristo y por fidelidad a él, tal vez con el explícito perdón de los asesinos. Lo que es cierto es que en la España republicana la matanza de católicos (y sólo de católicos, porque las iglesias y pastores protestantes no fueron tocados) no tuvo por finalidad castigar a hombres específicos y sus presuntas culpas. Constituyó un intento de hacer desaparecer a la Iglesia misma. Como escribe el historiador de izquierdas Hugh Thomas: «Nunca en la historia de Europa y quizá en la del mundo, se había visto un odio tan encarnizado hacia la religión y sus hombres.» Y, para citar a otro estudioso fuera de sospecha y, además, testigo directo, como Salvador de Madariaga (antifranquista convencido, partidario del gobierno republicano y exiliado después de la derrota): «Nadie que tenga buena fe y buena información puede negar los horrores de aquella persecución: durante años, bastó únicamente el hecho de ser católico para merecer la pena de muerte, infligida a menudo en las formas más atroces.» Hubo casos como el del párroco de Navalmoral, sometido al mismo suplicio que Jesús, comenzando por la flagelación y la corona de espinas hasta llegar a la crucifixión, en el que el martirizado también se comportó como Cristo, bendiciendo y perdonando a los milicianos anarquistas y comunistas que lo atormentaban. Hubo casos de religiosos a los que encerraron en la plaza de toros y les cortaron las orejas como en las corridas. Hubo casos de cientos de curas y monjas a los que quemaron vivos. A una mujer «culpable» de ser madre de dos jesuitas la ahogaron haciéndole tragar un crucifijo. En un momento dado, en el frente llegó a faltar la gasolina, utilizada con profusión para quemar no sólo a los hombres, sino las obras de arte y las antiguas bibliotecas de la Iglesia, un desastre cultural provocado por un odio ciego hacia la fe. Pero no era la primera vez que se producían hechos similares; lo mismo ocurrió con el vandalismo francés jacobino y con el del Risorgimento italiano. Los partidos y movimientos republicanos (anarquistas, comunistas, pero en su mayoría socialistas que se distinguirían más tarde en la guerra como feroces demagogos) que subieron al poder en 1931 favorecieron de inmediato el clima de odio religioso que, en sólo diez días de la insurrección de Asturias de 1934, dio como resultado la matanza de 12 sacerdotes, 7 seminaristas, 18 religiosos y el incendio de 58 iglesias. A partir de julio de 1936, la matanza se generalizó: se dio muerte en las formas más atroces a 4.184 sacerdotes diocesanos (incluyendo seminaristas), 2.365 frailes, 283 monjas, 11 obispos, un total de 6.832 víctimas «clericales».

Se cuentan por decenas de miles los laicos asesinados por el solo hecho de llevar una medalla religiosa con la imagen de un santo. En ciertas diócesis como la de Barbastro, en Aragón, en un solo año fue eliminado el 88 % del clero diocesano. La casa de las salesianas de Madrid fue asaltada e incendiada y las religiosas fueron violadas y apaleadas después de ser acusadas de darles caramelos envenenados a los niños. Los cuerpos de las monjas de clausura fueron exhumados y expuestos en público como escarnio. Se llegó al extremo de recuperar barbaries cartaginesas como la de atar a una persona viva a un cadáver y dejarla al sol, hasta que ambos se pudrieran. En las plazas se fusilaba incluso a las estatuas de los santos y las hostias consagradas eran utilizadas de forma obscena. Sin embargo, durante décadas, incluso un cierto sector católico consideró que en la tragedia española quien debía ser perdonada y olvidarlo todo era la Iglesia y no los anarquistas, los socialistas y los comunistas. Se rechazaba con un cierto disgusto la idea del martirio de esos inocentes, hasta el punto de bloquear los procedimientos. Sin embargo, aunque en este mundo la verdad parezca débil, a la larga resulta invencible. Y las liturgias de beatificación y canonización como las que proliferan en San Pedro comienzan a hacer que surja plenamente.

Milicianos republicanos posando con momias de monjas procedentes de tumbas que habían profanado en el Convento de la Concepción de Toledo. Fondo del Estudio Fotográfico Alfonso. Archivo General de la Administración. Ministerio de Cultura

Monja asesinada, libros e imágenes religiosas quemadas

La mujer y el comunismo



las golpizas contra las mujeres fueron también algo corriente en la Rusia comunista. La eliminación del capitalismo y las “condiciones materiales de existencia” no eliminaron la dominación violenta del hombre sobre la mujer, como esperaban los comunistas con sus ilusorias teorías de una supuesta edad de oro del matriarcado.

De hecho, las golpizas en la URSS se vincularon directamente con el sexo marital, y de esos tiempos data aquel triste refrán ruso que reza que “el único que no pega a su mujer es aquel que no la quiere”. Incluso se llegó a utilizar una expresión para denominar la relación sexual que en su origen había sido una golpiza: trajnut. De nuevo, los doctores Stern nos permiten ilustrar todo esto con un hecho concreto: “En Moscú, un tornero llamado Merzliskov pegaba regularmente a su mujer Nedejda. Pegar es poco, la molía a golpes metódicamente, primero puñetazos y patadas, y después con ayuda de un destornillador o un martillo. Cuando la mujer se desmayaba, el marido la sumergía en un baño de agua fría y volvía a empezar. La mujer falleció durante una de estas sesiones”

Stern, Mijail. Stern, August. Ob. Cit., p. 250.

Como la gracia perfecciona a la naturaleza y la gloria perfecciona a la gracia



es muy cierto que Jesucristo es todavía en el cielo Hijo de María, en la misma forma y grado que lo fué en la tierra, y, por consiguiente, que le viene conservando aquella Sumisión y obediencia propia del más perfecto de todos los hijos con respecto de la más buena de todas las madres.

Guardémonos, sin embargo, de ver en esta dependencia algún rebajamiento o imperfección en Jesucristo, porque María, siendo infinitamente inferior a su Hijo, que es Dios, no le manda como una madre terrena puede mandar a su hijo. que está por debajo de ella, sino que María, como está toda transformada en Dios, por la gracia y la gloria que transforma en El a todos los santos, ni pide, ni quiere, ni hace nada que sea contrario a la eterna e inmutable voluntad de Dios

Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen libro de Luis María Grignion de Montfort

Cruzada de los Niños



El hecho tuvo su origen en la convocatoria de un pastorcito, Esteban de Cloyes, quien aseguró que el Señor se le había aparecido y le había dado la orden de liberar el Santo Sepulcro. Lo que los caballeros se habían mostrado incapaces de realizar lo harían ellos, los niños, con sus manos inocentes. Como en los días de Pedro el Ermitaño, miles
de adolescentes se enrolaron en las filas de Esteban y tomaron la Cruz. A pesar de la prohibición del rey de Francia, los jóvenes cruzados atravesaron dicho país y Ilegaron a Marsella, donde se embarcaron en siete galeras, dos de ellas naufragaron y otras dos Llegaron a Argelia, donde los adolescentes fueron vendidos como esclavos. También en Alemania se organizó poco después una Cruzada semejante, pero los que la integraban acabaron dispersándose, agotados y hambrientos, por los caminos de Italia. «Estos niños nos avergüenzan-exclamó Inocencio I, cuando se enteró de tales sucesos; nosotros dormimos, pero ellos parten…», Hubo de todo y para todos los gustos, pero siempre el fin era el mismo: recuperar los Santos Lugares que habían sido arrebatados por los moros

Que no te la cuenten 1: La falsificación de la historia. Javier P. Olivera Ravasi