En la pintura, una vez más, nos vemos obligados a citar las grandes obras que aun permanecen y que nos siguen asombrando, de las cuales no siempre han quedado los nombres de sus autores, pero toda iglesia europea (cristiandad) de aquella época es testigo de lo que decimos. Sin embargo hay algunos nombres que permiten mostrar el “barbarismo” medieval
Pere Nicolau fue un pintor de estilo gótico internacional, nacido en Igualada y documentado en Valencia en 1390 y 1408. Seguidor de Lorenzo Zaragoza, su obra se caracteriza por la amable expresividad de sus estilizadas figuras.
Evangelio según san Mateo, 6: 1- 1 «Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos de ellos. De otra manera no tendréis galardón de vuestro Padre, que está en los cielos». (v. 1)
¿Qué esperarás recibir de Dios, tú que nada has dado a Dios? Lo que se hace por Dios se ofrece a Dios y El lo recibe; lo que se hace por los hombres, se convierte en aire. ¿Qué clase de sabiduría es dar las cosas a cambio de palabras vanas y despreciar el premio de Dios? Considera que aquel de quien esperas la alabanza, como sabe que tú estás obligado a hacer aquello por Dios, más bien se burlará de ti antes que alabarte. Y aquel que hace las cosas con pleno conocimiento por los hombres, manifiesta que ha obrado así por los mismos hombres. Si viene algún pensamiento vano sobre el corazón de alguno, deseando aparecer bien delante de los hombres, y el alma, que así lo comprende, lo contradice, aquél no ha hecho esto por los hombres, porque lo que ha pensado es una pasión de su propia carne, y lo que ha elegido es la sentencia de su alma
Pseudo- Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 13
La socialización premoderna suele tener por agentes naturales a la familia extensa y, dependiendo de la sociedad, a la iglesia. En la modernidad, en cambio, la familia extensa fue reemplazada por la nuclear, con un padre y una madre que en la sociedad industrial tuvieron que evolucionar a una división sexual del trabajo entre tareas domésticas y tareas productivas (en general fuera del hogar), y que desde los albores de la sociedad posindustrial y «liberalizada», pasan la mayor parte del día fuera del hogar trabajando ambos a la vez, lo que implica una presión contra la reproducción. La Iglesia, a su vez, fue reemplazada por el Estado y su centralización educativa en instituciones de enseñanza controladas de una u otra manera. Para cubrir el vacío que, como es natural, se fue formando, aparecieron los medios de comunicación masiva, con sus innegables atractivos, listos para orientar culturalmente a individuos desarraigados, carentes de lazos comunitarios
AGUSTIN LAJE, LA BATALLA CULTURAL REFLEXIONES CRÍTICAS PARA UNA NUEVA DERECHA
Te rogamos, Señor, que abogue por nosotros tu santo Evangelista Lucas, el cual llevó siempre en su cuerpo la mortificación de la Cruz por la gloria de tu nombre
San Lucas 10:1-9 Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde él había de ir Y les dijo: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. En la casa en que entréis, decid primero: `Paz a esta casa.’ Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros Permaneced en la misma casa, comed y bebed lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: `El Reino de Dios está cerca de vosotros.’
Oír Misa no es propiamente hablando una oración: es un acto de adoración, es la ofrenda de un sacrificio divino, que los asistentes, si están convenientemente dispuestos, hacen con el sacerdote. Padre Gobat
¡Oh Señor, cuánta necesidad tengo de tu gracia, de tu ayuda, para animarme a comenzar las buenas obras y ser capaz de continuarlas y terminarlas debidamente!
Nada puedo hacer sin tu gracia, sin tu ayuda. Pero con tu Gracia y favor todo lo puedo, «Sin mí nada podéis hacer», dijiste un día. (Juan 15, 5). Ojalá no olvide jamás esto tan importante
¡Oh gracia de Dios; oh, ayuda verdaderamente divina, sin la cual nada bueno se puede conseguir para la vida eterna, y sin la cual, las mismas cualidades naturales no son suficientes para llegar a la perfección!
Porque sin tu gracia, sin tu amistad y tu ayuda, Señor, pierden gran parte de su valor las artes, las riquezas, la belleza, el valor, el talento y la elocuencia
Las cualidades naturales son regaladas por Dios a los buenos y a los malos. Pero el regalo propio de las personas elegidas por Dios, es su gracia, su amistad divina, su amor de preferencia y predilección. Y quienes llevan en su alma este sello de poseer la gracia, la amistad divina, serán recibidos en la vida eterna del cielo
Tan sublime es la gracia de la amistad con Dios que ni el don de profecía, que permite anunciar el futuro, ni el don de hacer milagros, ni el don de elevarse a la más alta contemplación en la oración, tendrían gran valor si no tenemos la gracia de Dios
Y ni siquiera la fe o la esperanza u otra virtud o cualidad te agradarían perfectamente a ti, si no tuvieramos la gracia de tu amor y de tu amistad
«Aunque yo tuviera el don de profecía, y una fe que trasladara montañas, si no tengo caridad, amor de Dios, nada soy, de nada me aprovecha (1 Corintios 13)
Compromiso con el Evangelio por lo tanto con el Señor de la vida. Todo el contenido de esta obra está penetrado de una pasión que, inspirada y encendida en la Iglesia de Jesucristo reconoce en la familia y la vida una estupenda Buena Nueva.De esta radicalidad evangélica Monseñor Sanahuja recaba las energias para luchar sin ahorrarse incomprensiones y heridas, que es el riesgo normal de quien combate esta hermosa batalla, para usar las palabras del Apóstol de las gentes («Combate la buena/bella batalla de la fe», 1 Tim. 6, 12; cft. 6, 12b y 6, 13b) en medio de la cultura de la muerte. He aquí el motivo por el cual no se busca «endulzar» la verdad, ni estar dispuesto a imposibles transacciones.
Juan Claudio Sanahuja. El desarrollo sustentable. La nueva ética internacional
La eficacia de sus satisfacciones y méritos es rigurosamente infinita y, por consiguiente, inagotable. Ello ha de producirnos una confianza ilimitada en su amor y misericordia. A pesar de nuestras flaquezas y miserias, los méritos de Cristo tienen eficacia sobreabundante para llevarnos a la cumbre de la perfección. Sus méritos son nuestros: están a nuestra disposición. El continúa en el cielo intercediendo sin cesar por nosotros: «semper vivens ad interpellandum pro nobis» (Hebr. 7,25). Nuestra debilidad y pobreza constituyen un título a las misericordias divinas. Haciendo valer nuestros derechos a los méritos satisfactorios de su Hijo, glorificamos inmensamente al Padre y le llenamos de alegría, porque con eso proclamamos que Jesús es el único mediador que a El le plugo poner en la tierra
TEOLOGÍA DE LA PERFECCIÓN CRISTIANA POR EL RVDO. P. FR. ANTONIO ROYO MARÍN, O. P
Bailando con lobos, la película norteamericana que se pone del lado de los indios, ganó siete Oscars. Hacia mediados de los años sesenta el western se dispuso a experimentar un cambio; las primeras dudas acerca de la bondad de la causa de los pioneros anglosajones provocaron una crisis del esquema «blanco bueno-piel roja malo». Desde entonces, esa crisis fue en aumento hasta conseguir la inversión del esquema: ahora, las nuevas categorías insisten en ver siempre en el indio al héroe puro y en el pionero al brutal invasor. Como es lógico, existe el peligro de que la nueva situación se convierta en una especie de nuevo conformismo del hombre occidental PC, politically correct, como se denomina a quien respeta los cánones y tabúes de la mentalidad corriente. Mientras que antes se producía la excomunión social de todo aquel que no viera un mártir de la civilización y un campeón del patriotismo «blanco» en el coronel George A. Custer, ahora merecería la misma excomunión todo aquel que hablara mal de Toro Sentado y de los sioux, que aquella mañana del 25 de junio de 1876, en Little Big Horn, acabaron con la vida de Custer y con todo el Séptimo de Caballería.
A pesar del riesgo de que aparezcan nuevos eslóganes conformistas, es imposible no acoger con satisfacción el hecho de que se descubran los pasteles de la «otra» América, la protestante, que dio (y da) tantas desdeñosas lecciones de moral a la América católica. Desde el siglo XVI las potencias nórdicas reformadas —Gran Bretaña y Holanda in primis— iniciaron en sus dominios de ultramar una guerra psicológica al inventarse la «leyenda negra» de la barbarie y la opresión practicadas por España, con la que estaban enzarzadas en la lucha por el predominio marítimo. Leyenda negra que, como ocurre puntualmente con todo lo que no está de moda en el mundo laico, es descubierta ahora con avidez por curas, frailes y católicos adultos en general, quienes, al protestar con tonos virulentos en contra de las celebraciones por el Quinto Centenario del descubrimiento ignoran que, con algunos siglos de retraso, se erigen en seguidores de una afortunada campaña de los servicios de propaganda británicos y holandeses. Pierre Chaunu, historiador de hoy, fuera de toda duda por ser calvinista, escribió: «La leyenda antihispánica en su versión norteamericana (la europea hace hincapié sobre todo en la Inquisición) ha desempeñado el saludable papel de válvula de escape. La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo XVI encubrió la matanza norteamericana de la frontera Oeste, que tuvo lugar en el siglo XIX. La América protestante logró librarse de este modo de su crimen lanzándolo de nuevo sobre la América católica.»
Entendámonos, antes de ocuparnos de semejantes temas sería preciso que nos librásemos de ciertos moralismos actuales que son irreales y que se niegan a reconocer que la historia es una señora inquietante, a menudo terrible. Desde una perspectiva realista que debería volver a imponerse, habría que condenar sin duda los errores y las atrocidades (vengan de donde vengan) pero sin maldecir como si se hubiera tratado de una cosa monstruosa el hecho en sí de la llegada de los europeos a las Américas y de su asentamiento en aquellas tierras para organizar un nuevo hábitat.
En historia resulta impracticable la edificante exhortación de «que cada uno se quede en su tierra sin invadir la ajena». No es practicable no sólo porque de ese modo se negaría todo dinamismo a las vicisitudes humanas, sino porque toda civilización es fruto de una mezcla que nunca fue pacífica. Sin ánimo de incodar a la Historia Sagrada misma (la tierra que Dios prometió a los judíos no les pertenecía, sino que se la arrancaron a la fuerza a sus anteriores habitantes), las almas bondadosas que reniegan de los malvados usurpadores de las Américas olvidan, entre otras cosas, que a su llegada, aquellos europeos se encontraron a su vez con otros usurpadores.
El imperio de los aztecas y el de los incas se había creado con violencia y se mantenía gracias a la sanguinaria opresión de los pueblos invasores que habían sometido a los nativos a la esclavitud. A menudo se finge ignorar que las increíbles victorias de un puñado de españoles contra miles de guerreros no estuvieron determinadas ni por los arcabuces ni por los escasísimos cañones (que con frecuencia resultaban inútiles en aquellos climas porque la humedad neutralizaba la pólvora) ni por los caballos (que en la selva no podían ser lanzados a la carga). Aquellos triunfos se debieron sobre todo al apoyo de los indígenas oprimidos por los incas y los aztecas. Por lo tanto, más que como usurpadores, los ibéricos fueron saludados en muchos lugares como liberadores. Y esperemos ahora a que los historiadores iluminados nos expliquen cómo es posible que en más de tres siglos de dominio hispánico no se produjesen revueltas contra los nuevos dominadores, a pesar de su número reducido y a pesar de que por este hecho estaban expuestos al peligro de ser eliminados de la faz del nuevo continente al mínimo movimiento.
La imagen de la invasión de América del Sur desaparece de inmediato en contacto con las cifras: en los cincuenta años que van de 1509 a 1559, es decir, en el período de la conquista desde Florida al estrecho de Magallanes, los españoles que llegaron a las Indias Occidentales fueron poco más de quinientos (¡sí, sí, quinientos!) por año. En total, 27.787 personas en ese medio siglo. Volviendo a la mezcla de pueblos con los que es preciso hacer las cuentas de un modo realista, no debemos olvidar, por ejemplo, que los colonizadores de América del Norte provenían de una isla que a nosotros nos resulta natural definir como anglosajona. En realidad, era de los britanos, sometidos primero por los romanos y luego por los bárbaros germanos —precisamente los anglos y los sajones— que exterminaron a buena parte de los indígenas y a la otra la hicieron huir hacia las costas de Galia donde, después de expulsar a su vez a los habitantes originarios, crearon la que se denominó Bretaña. Por lo demás, ninguna de las grandes civilizaciones (ni la egipcia, ni la romana, ni la griega, sin olvidar nunca la judía) se creó sin las correspondientes invasiones y las consiguientes expulsiones de los primeros habitantes.
Por lo tanto, al juzgar la conquista europea de las Américas será preciso que nos cuidemos de la utopía moralista a la que le gustaría una historia llena de reverencias, de buenas maneras, y de «faltaba más, usted primero». Aclarado este punto, es preciso que digamos también que hay conquistas y conquistas (y en películas como la muy premiada Bailando con lobos se empieza a entender) y que la católica fue ampliamente preferible a la protestante. Como escribió Jean Dumont, otro historiador contemporáneo: «Si, por desgracia, España (y Portugal) se hubiera pasado a la Reforma, se hubiera vuelto puritana y hubiera aplicado los mismos principios que América del Norte («lo dice la Biblia, el indio es un ser inferior, un hijo de Satanás»), un inmenso genocidio habría eliminado de América del Sur a todos los pueblos indígenas. Hoy en día, al visitar las pocas «reservas» de México a Tierra del Fuego, los turistas harían fotos a los supervivientes, testigos de la matanza racial, llevada a cabo además sobre la base de motivaciones «bíblicas».» Efectivamente, las cifras cantan: mientras que los pieles rojas que sobreviven en América del Norte son unos cuantos miles, en la América ex española y ex portuguesa, la mayoría de la población o bien es de origen indio o es fruto de la mezcla de precolombinos con europeos y (sobre todo en Brasil) con africanos.