Para brindar una verdadera muerte digna a una persona se le deben brindar los siguientes cuidados, que bajo ninguna circunstancia se le pueden negar:
Asistencia espiritual: es decir, preocuparse por la salvación de la persona; brindarle la oportunidad de recibir los sacramentos, la reconciliación con Dios y con los hermanos.
Acompañamiento afectivo: aquí juega un papel muy importante la familia del enfermo, la cual debe mostrarse cercana y brindarle amor, compañía y cariño a su familiar que padece.
Asistencia médica: al paciente, siempre, bajo cualquier circunstancia en la que se encuentre (así sea en estado “vegetativo”) debe brindársele los cuidados básicos: alimentación, hidratación y oxigenación, éstos sólo se podrían suspender cuando se demuestre la muerte cerebral del paciente; de lo contrario, si se le suspende, estaríamos ante una eutanasia pasiva, pues éstos son medios básicos y necesarísimos (no extraordinarios) para el mantenimiento de cualquier vida humana. También se le debe brindar medicamentos para su dolor, si así lo requiere.
A manera de conclusión sobre el tema de la eutanasia citamos las palabras del Papa Juan Pablo II, en la Encíclica Evangelium Vitae, que expresa claramente la posición de la Iglesia frente a dicha práctica: “la eutanasia es una grave violación de la ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de la persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio” (n. 65).
Las primeras reunión
A consecuencia de la multitud, del testimonio de los ministros (o policía secreta) y de la interpelación de Nicodemo, los fariseos, espantados de los progresos que hacía la predicación de Cristo, provocaron una primera reunión del Sanedrín. El apóstol San Juan (Jn 9,22) refiere el envío de los ministros para apoderarse de Él, añadiendo a propósito de la curación del ciego de nacimiento que sus padres temían a los judíos; porque los judíos habían decretado ya que si alguno confesaba que Jesús era el Cristo, fuese arrojado de la Sinagoga. Es decir, ya había sido lanzado un decreto de excomunión
La sinagoga distinguía tres grados de excomunión o de anatema: la separación (zzídduí); la execmción (che rem); la muerte (schammata). El primer grado o separación condenaba, al que se le imponía, a viví aislado durante treinta días: podía ñecuentar el templo, pero en un sitio aparte. Tampoco estaba reservado exclusivamente al Sanedrín, podía ser formulado en toda ciudad por los sacerdotes encargados de residir allí como jueces. El segundo grado o execmción, tenía consigo una separación completa de la sociedad judaica; aquel al que se le imponía era excluido del templo y entregado al demonio y solo el sanedrín, residente en Jerusalén, podía pronunciar este anatema. Lo pronunció en efecto, en esta primera reunión, contra todo el que osada confesar que Jesucristo era el Mesías. El tercer grado o la muerte, era el más formidable de los tres; se reservaba ordinañamente pam los falsos profetas. Este anatema entregaba, a aquel sobre quien caía, a la muerte del alma, y era lo más ñecuente, a la del cuerpo. El sanedrín entero pronunciaba solemnemente y en medio de las más honibles maldiciones la sentencia; si por alguna razón atenuante no se entregaba al excomulgado al último suplicio (la lapidación), siempre, después de su muerte, se chocaba una piedra sobre su sepulcro, para signiñcar que había merecido ser apedreado, a esto se sumaba el hecho de que nadie podía acompañar el cuel:po del difunto, o llevar luto por él
Abraham, David y Cristo
Abraham fue el primero que mereció el testimonio de la fe «porque creyó a Dios y le fue imputado por justicia» ( Rom 4,3 ). Así también debió ser indicado como fundador del linaje de Cristo, porque mereció primero la promesa de la institución de la Iglesia por estas palabras: «Y en ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra» ( Gén 22,18 ). Y a David se le concedió a su vez que Jesús fuese llamado hijo suyo, reservándosele esta prerrogativa: que desde él se empezase a contar la generación del Señor
San Ambrosio, in Lucam, 3,3
Padre “nuestro”
Padre “nuestro” se refiere a Dios. Este adjetivo, por nuestra parte, no expresa una posesión, sino una relación totalmente nueva con Dios
Cuando decimos Padre “nuestro”, reconocemos ante todo que todas sus promesas de amor anunciadas por los profetas se han cumplido en la nueva y eterna Alianza en Cristo: hemos llegado a ser “su Pueblo” y Él es desde ahora en adelante “nuestro Dios”. Esta relación nueva es una pertenencia mutua dada gratuitamente: por amor y fidelidad (cf Os 2, 21-22; 6, 1-6) tenemos que responder a la gracia y a la verdad que nos han sido dadas en Jesucristo (cf Jn 1, 17)
Como la Oración del Señor es la de su Pueblo en los “últimos tiempos”, ese “nuestro” expresa también la certeza de nuestra esperanza en la última promesa de Dios: en la nueva Jerusalén dirá al vencedor: “Yo seré su Dios y él será mi hijo” (Ap 21, 7)
JOB ERA FIGURA DE CRISTO
Job, en cuanto nos es dado a entender, hermanos muy amados, era figura de Cristo. Tratemos de penetrar en la verdad mediante la comparación entre ambos. Job fue declarado justo por Dios. Cristo es la misma justicia, de cuya fuente beben todos los bienaventurados; de él, en efecto, se ha dicho: Los iluminará un sol de justicia. Job fue llamado veraz. Pero la única verdad auténtica es el Señor, el cual dice en el Evangelio: Yo soy el camino y la verdad.
Job era rico. Pero, ¿quién hay más rico que el Señor? Todos los ricos son siervos suyos, a él pertenece todo el orbe y toda la naturaleza, como afirma el salmo: Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes. El diablo tentó tres veces a Job. De manera semejante, como nos explican los Evangelios, intentó por tres veces tentar al Señor. Job perdió sus bienes. También el Señor, por amor a nosotros, se privó de sus bienes celestiales y se hizo pobre, para enriquecernos a nosotros. El diablo, enfurecido, mató a los hijos de Job. Con parecido furor, el pueblo farisaico mató a los profetas, hijos del Señor. Job se vio manchado por la lepra. También el Señor, al asumir carne humana, se vio manchado por la sordidez de los pecados de todo el género humano.
La mujer de Job quería inducirlo al pecado. También la sinagoga quería inducir al Señor a seguir las tradiciones corrompidas de los ancianos. Job fue insultado por sus amigos. También el Señor fue insultado por sus sacerdotes, los que debían darle culto. Job estaba sentado en un estercolero lleno de gusanos. También el Señor habitó en un verdadero estercolero, esto es, en el cieno de este mundo y en medio de hombres agitados como gusanos por multitud de crímenes y pasiones.
Job recobró la salud y la fortuna. También el Señor, al resucitar, otorgó a los que creen en él no sólo la salud, sino la inmortalidad, y recobró el dominio de toda la naturaleza, como él mismo atestigua cuando dice: Todo me lo ha entregado mi Padre. Job engendró nuevos hijos en sustitución de los anteriores. También el Señor engendró a los santos apóstoles como hijos suyos, después de los profetas. Job, lleno de felicidad, descansó por fin en paz. Y el Señor permanece bendito para siempre, antes del tiempo y en el tiempo, y por los siglos de los siglos
De los tratados de san Zenón de Verona, obispo
(Tratado 15, 2: PL 11, 441-443)
Oración
Después de despojaros de toda impureza y de todo resto de maldad, recibid con docilidad la palabra de Dios que ha sido sembrada en vosotros. Que tiene poder para salvar vuestras almas
Evangelio
Aleluya, aleluya.
Que la palabra de Cristo habite en ustedes abundantemente. Háganlo todo dando gracias a Dios Padre por medio de Cristo.
Aleluya.
EVANGELIO
Mc 11, 27-33.
¿Con qué autoridad haces esto?
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén, y, mientras paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores, y le preguntaron:
–¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad? Jesús les replicó: –Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contestadme. Se pusieron a deliberar: –Si decimos que es de Dios, dirá: «¿Y por qué no le habéis creído?» Pero como digamos que es de los hombres… (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta.) Y respondieron a Jesús: –No sabemos.
Jesús les replicó: –Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.
Palabra del Señor
Eutanasia
Se entiende por eutanasia “la intervención intencionalmente programada para interrumpir de manera directa y primaria una vida, cuando esta se encuentra en condiciones particulares de sufrimiento o de incurabilidad o de proximidad a la muerte.”[5]
Hay que decir que los promotores de la eutanasia tienen una concepción de la persona humana desprovista de carácter trascendente, al mismo tiempo que ven la vida como un bien secundario respecto a la libertad. Por ello vemos como tales personas empiezan por argumentar tal práctica valiéndose de casos extremos, como pacientes terminales, para poco a poco ir llegando a la permisividad total. Es así como en Holanda, por ejemplo, “la eutanasia se legalizó inicialmente para pacientes con cáncer terminal, luego las cortes se volvieron más flexibles y ahora se permite la eutanasia a personas deprimidas sin ninguna enfermedad terminal o incluso para recién nacidos con alguna malformación.”[6]
Esta práctica, tan difundida hoy, se vende bajo el rótulo de “muerte digna” como si el sufrimiento, el dolor o la enfermedad hiciesen de la persona que lo padece alguien indigno. Ésta, es producto de una sociedad materialista, donde la dignidad de la persona se mide en términos de su productividad y de su capacidad de disfrute, de experimentar placer. La sociedad quiere liberarse de todas aquellas personas que le representan una carga, que le demandan cuidados pero que no le aportan en términos económicos. Para el estado es más fácil y menos costoso brindar la posibilidad de la eutanasia a pacientes con enfermedades terminales que invertir en cuidados paliativos. Detrás de esta mentalidad hay, sin duda, muchos intereses económicos. Y es que una sociedad que aprueba el aborto y ataca la familia, y en la que, por tanto, no se renueva su población, no hay mano de obra joven que sostenga las pensiones de los más ancianos y enfermos, ni familias que los cuiden, por tanto, hay que buscar una “solución” al problema; y lo mejor, hay que venderlo bajo el rótulo de “derecho”, de esta manera la persona terminará pidiendo su propia muerte. Esta es la trampa de la cultura de la muerte, que es toda una red, en la que una cosa lleva a la otra.
La eutanasia es moralmente ilícita bajo toda circunstancia, ya que se debe reconocer y respetar la vida de la persona desde su concepción hasta su muerte natural. El Papa Juan Pablo II, en un discurso pronunciado ante los obispos de Estados Unidos, el 5 de octubre 1979, afirmó que “la eutanasia o la muerte por piedad… es un grave mal moral…; tal muerte es incompatible con el respeto a la dignidad humana y la veneración a la vida”.
Abraham engendró a Isaac. E Isaac engendró a Jacob. Y Jacob engendró a Judas y a sus hermanos.
El evangelista San Mateo manifiesta haberse propuesto narrar la generación de Jesucristo según la carne y empieza por su genealogía. San Lucas, presentándonos más bien a Cristo como sacerdote en la expiación de los pecados, no relata su generación desde el principio de su Evangelio, sino desde el bautismo de Cristo, donde Juan da testimonio de El, diciendo: «He aquí el que quita los pecados del mundo». Además, en la genealogía de San Mateo se da a conocer que Cristo Nuestro Señor tomó sobre sí nuestros pecados, pero en la genealogía de San Lucas se da a conocer la abolición de nuestros pecados por El. De ahí que San Mateo trace la genealogía descendiendo desde Adán a Cristo, y San Lucas ascendiendo desde Cristo a Adán. Mas al describir San Mateo en orden descendente la generación humana de Cristo, empieza desde Abraham
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,1
Dirigirnos al Padre
Este don gratuito de la adopción exige por nuestra parte una conversión continua y una vida nueva. Orar a nuestro Padre debe desarrollar en nosotros dos disposiciones fundamentales:
El deseo y la voluntad de asemejarnos a él. Creados a su imagen, la semejanza se nos ha dado por gracia y tenemos que responder a ella «Es necesario acordarnos, cuando llamemos a Dios “Padre nuestro”, de que debemos comportarnos como hijos de Dios» (San Cipriano de Cartago, De Dominica oratione, 11) «No podéis llamar Padre vuestro al Dios de toda bondad si mantenéis un corazón cruel e inhumano; porque en este caso ya no tenéis en vosotros la señal de la bondad del Padre celestial» (San Juan Crisóstomo, De angusta porta et in Oratione dominicam, 3) «Es necesario contemplar continuamente la belleza del Padre e impregnar de ella nuestra alma» (San Gregorio de Nisa, Homiliae in Orationem dominicam, 2)
Un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser como niños (cf Mt 18, 3); porque es a “los pequeños” a los que el Padre se revela (cf Mt 11, 25): «Es una mirada a Dios y sólo a Él, un gran fuego de amor. El alma se hunde y se abisma allí en la santa dilección y habla con Dios como con su propio Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad en verdad entrañable» (San Juan Casiano, Conlatio 9, 18) «Padre nuestro: este nombre suscita en nosotros todo a la vez, el amor, el gusto en la oración y también la esperanza de obtener lo que vamos a pedir ¿Qué puede Él, en efecto, negar a la oración de sus hijos, cuando ya previamente les ha permitido ser sus hijos?» (San Agustín, De sermone Domini in monte, 2, 4, 16)








