San Mateo 18:23-35 «Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: `Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.’ Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó ir y le perdonó la deuda. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: `Paga lo que debes.’ Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: `Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.’ Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: `Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’ Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.»
En otra parte, prueba Santo Tomás que Cristo es Cabeza de la Iglesia por razón de su dignidad, de su gobierno y de su causalidad. Y la razón formal de ser nuestra Cabeza es la plenitud de su gracia habitual, connotando la gracia de unión. De manera que, según Santo Tomás, es esencialmente la misma la gracia personal por la cual el alma de Cristo es santificada y aquella por la cual justifica a los otros en cuanto Cabeza de la Iglesia; no hay entre ellas más que una diferencia de razón.
De veritate q.29 a.4.
*Lo dice expresamente Santo Tomás: «Et ideo eadem est secundum essentiam gratia personal ¡s qua anima Christi est iustificata et gratia eius secundum quam est caput Eccíesjae justifican;; alios: differt tamen secundum rationcm» (111,8,5).
Estos delirios de “comunismo sexûâl” incluían marchas de la desnudez, “ligas de amor libre”, proyectos de instalación de cabinas públicas para tener relaciones sexûãles, entre otras ideas cuyo trasfondo era el más sórdido materialismo que reducía la experiencia del amor a una necesidad fisiológica más que, como tal, el Estado debía atender y planificar.
Tan así era, que el célebre periódico soviético Pravda publicó en su edición del 7 de mayo de 1925 un artículo que, entre otras cosas, decía: “Los estudiantes desconfían de las jóvenes comunistas que se niegan a acostarse con ellos. Las consideran como pequeño-burguesas retrasadas que no han sabido liberarse de los prejuicios de la antigua sociedad. Existe una opinión según la cual no sólo la abstinencia, sino también la maternidad, proceden de una ideología burguesa”. La “mujer liberada” soviética no era, pues, otra cosa que el conducto a través del cual el hombre satisfacía sus necesidades materiales.
Y cuando aquélla no se prestaba a tal cosa, su negativa era leída, como no podía ser de otra manera, en términos de “lucha de clases”. En una carta publicada en la misma edición de Pravda, una mujer soviética escribía: “Otro comunista, marido de mi amiga, me propuso que me acostara con él una sola noche, so pretexto de que su mujer, indispuesta, no podía satisfacerle de momento. Cuando me negué, me trató de burguesa estúpida, incapaz de elevarme a la altura de la mentalidad comunista”
Nicolás Márquez y Agustín Laje. El Libro Negro de la Nūëva Izquīērda: Ideolœgįa de génęrº o subversión cultural
¿Cuándo vendrá este diluvio de fuego de puro amor?
¿Cuándo vendrá este diluvio de fuego de puro amor, que Tú debes enviar sobre toda la tierra, de manera tan dulce y vehemente, que todas las naciones –los turcos, los idólatras, los mismos judíos– se abrasarán en él y se convertirán?
“Ninguna cosa escapa a su ardor»
Que este fuego divino, que Jesucristo vino a traer a la tierra, se encienda, antes de que Tú enciendas el de tu cólera, que reducirá toda la tierra a cenizas. “Envía tu Espíritu y serán creadas las cosas, y renovarás la faz de la tierra”
Envía este Espíritu, que es todo fuego, sobre la tierra para crear en ella Sacerdotes totalmente de fuego, por ministerio de los cuales sea renovada la faz de la tierra y tu Iglesia reformada
Sal 18,7. Sal 103,30
Súplica ardiente para pedir misioneros (S. Luis M. G. de Montfort)
Evangelio según san Mateo, 6: 5- 6 «Y cuando oráis, no seréis como los hipócritas que aman el orar en pie en la sinagoga, y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres. En verdad os digo, recibieron su galardón. Mas tú cuando orares, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre, en secreto: Y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará». (vv. 5- 6)
¿Qué abandono es ése, de divagar y dejarse llevar de pensamientos ineptos y profanos cuando habláis a Dios, como si existiese algún pensamiento que mereciera más vuestra atención que considerar que es con Dios con quien hablas? ¿Cómo deseas ser oído por el Señor, cuando tú mismo no te oyes? Esto es no precaverse del enemigo. Esto es ofender al Señor por la negligencia en la oración
En la pintura, una vez más, nos vemos obligados a citar las grandes obras que aun permanecen y que nos siguen asombrando, de las cuales no siempre han quedado los nombres de sus autores, pero toda iglesia europea (cristiandad) de aquella época es testigo de lo que decimos. Sin embargo hay algunos nombres que permiten mostrar el “barbarismo” medieval
Juan Sánchez de Castro fue un pintor español activo en Sevilla entre 1478 y 1502. De estilo gótico final o hispano-flamenco, no debe ser confundido con su homónimo Juan Sánchez de San Román, también activo en Sevilla pero de estilo distinto al suyo.
Virgen de Gracia con San Pedro y San Jerónimo, Catedral de Sevilla procedente de la iglesia de San Julián de Sevilla, donde fue descubierta en 1876 oculta tras un retablo, aunque fue trasladada posteriormente a su emplazamiento actual
Como es sabido, el Cristianismo es en cierto modo una “continuación” del Judaísmo hasta el punto que se habla en ocasiones de una “tradición judeo- cristiana”. No obstante, tanto Cristianismo como Judaísmo siguen siendo distintos y, por tanto, tiene que haber al menos un punto de divergencia entre ellos. ¿Y cuál es ese punto de divergencia? Pues una persona: Jesús de Nazareth. Los cristianos lo aceptan como el Mesías y los judíos aún lo rechazan. Es evidente, entonces, que la cuestión clave que tenemos que abordar en este capítulo es si efectivamente Jesús es el Mesías esperado por los judíos. Pues bien, al respecto nos encontramos con que hay muy buena evidencia de que Jesús es el Mesías. Una de las profecías que con más exactitud nos muestra ello es la llamada “profecía de las setenta semanas” del libro de Daniel.
“Setenta semanas han de pasar sobre tu pueblo y tu ciudad santa para poner fin a la rebelión y al pecado, para obtener el perdón por la maldad y establecer la justicia para siempre, para que se cumplan la visión y la profecía y se consagre el Santísimo. Debes saber y entender esto: Desde la salida de la palabra para restaurar y edificar Jerusalén hasta la llegada del Mesías, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos de angustia. Y después de sesenta y dos semanas le quitarán la vida al Mesías, pero no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir, destruirá la ciudad y el templo; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la multitud de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado caiga sobre el desolador” (Daniel 9: 24- 27).
Pues bien, para interpretar correctamente este pasaje debemos establecer primero el significado que tiene allí la palabra “semana”. Sucede que, a diferencia de nuestros días en que “semana” solamente se usa para nombrar un lapso de siete días, en la época de Moisés y los profetas esta se utilizaba también para nombrar un lapso de siete años. Así, por ejemplo, tenemos que después de que Jacob fue engañado cuando se le dio por mujer a Lea en lugar de a Raquel, Labán le propuso que trabajara otra “semana” para darle también a Raquel, diciendo: “Cumple la semana de esta, y se te dará también la otra, por el servicio que hicieres conmigo otros siete años” (Génesis 29: 27). Asimismo, en el propio libro de Daniel, cuando justo en el capítulo siguiente habla de “semanas”, se aclara que se trata de semanas de días: “No comí alimentos exquisitos, ni entró carne ni vino en mi boca, ni me unté con ungüento, hasta que se cumplieron tres semanas de días” (Daniel 10: 3). No habría necesidad de hacer tal aclaración si ya en lo precedente estaba hablando también de semanas de días. Por tanto, es claro que la profecía de Daniel se refiere a semanas de años.
Objeción
En primera instancia, tenemos que hay quienes argumentan que la fecha de inicio debería ponerse en el 538 a.C. con el decreto del rey Ciro. Sin embargo, este decreto se refiere únicamente a la restauración del Templo (cfr. 2 Crónicas 36: 23) y no al restablecimiento de la ciudad de Jerusalén, como es que requiere la profecía, y, por tanto, no es una opción viable. En cambio, el decreto real de Artajerjes en el 457 a.C. no solo habilitó la reconstrucción del Templo sino también el restablecimiento del sistema político y jurídico de Jerusalén. A su vez, hay quienes objetan la forma de conteo de las semanas. Por ejemplo, McComiskey argumenta que dado que aparece una puntuación disyuntiva (atnaj) en el texto masorético de Daniel entre las palabras “siete semanas” y “sesenta y dos semanas”, se debe entender que el Mesías vendría después de siete semanas luego de “la salida de la palabra para restaurar y edificar Jerusalén” y no de sesenta y nueve, de modo que no podría ser Jesús.
No obstante, basar un argumento en ello es como construir sobre la arena (o incluso sobre el aire) por el simple hecho de que tal tipo de puntuación ¡no existía en el original de los manuscritos hebreos! Más bien esas marcas “fueron agregadas por escribas judíos conocidos como masoretas muchos siglos después de la época de la crucifixión de Jesús”. Ergo, no hay nada de inspiración divina en tales puntuaciones como para tomarlas como vinculantes. Además, si revisamos las traducciones antiguas previas a la imposición de la puntuación masorética encontramos que: “En la Septuaginta, el Teodosio, el Símaco y la Peshitta las 7 y 62 semanas son tratadas como un solo período, al final del cual viene el ungido”. Y, por si eso fuera poco, hay que decir que el atnaj “no siempre indica un total acento disyuntivo, sino que también puede tener otras funciones (por ejemplo, dar énfasis y clarificación)”.
No obstante, podrá objetar alguno: “¿ Pero por qué entonces el texto no dice simplemente ´ sesenta y nueve semanas?”. Ante esto hay una respuesta perfectamente plausible: porque se quiere enfatizar el período de reconstrucción de Jerusalén, que bien podría ser de “siete semanas” (en cambio, si separamos las oraciones, tendríamos que las “sesenta y dos semanas”, es decir, 434 años, aplicarían a la reconstrucción de Jerusalén, lo cual es ilógico)
Charles Rollin, Ancient History: History of the Persians, Religious Tract Society, London, 1842, R 74.
Thomas McComiskey, «The seventy weeks of Daniel against the background of Ancient Near Eastern literature», Westminster Theological Journal, vol. 47 no 1 1985, 1 Pp. 18-45.
J. Paul Tanner, «Is Daniel’s seventy-weeks prophecy Messianic? Part 2», Bibliotheca Sacra, vol. 166,2009, p.325
Roger Beckwith, » Daniel 9 and the date of Messiah ‘s coming in Essene, Hellenistic, Pharisaic, Zealot and Early Christian computation», Revue de Qumran, vol. 10, n’ 4, 1981, p. 522.
Arthur Ferch, «The book of Daniel and the Maccabean thesis’, Theology Papers and Journal Articles, Paper 6, 1983, p. 129.