San Mateo 25:14-23 «Es también como un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: `Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado.’ Su señor le dijo: `¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.’ Llegándose también el de los dos talentos dijo: `Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado.’ Su señor le dijo: `¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.’
Sí; absolutamente hablando, Dios podría aniquilarla en virtud de su omnipotencia; pero no lo hará, porque no la ha creado inmortal por naturaleza para destruirla después. Además de esto, sus atributos divinos, su sabiduría y su justicia a ello se oponen.
El alma no existe necesariamente; Dios la ha creado libremente y, por lo tanto, podría destruirla con sólo suspender su acción conservadora, que no es más que una creación prolongada. Sin embargo, este aniquilamiento requiere nada menos que la intervención de toda la omnipotencia divina. Aniquilar y crear son dos actos que piden igual poder, y sólo Dios puede producirlos. Ahora bien, la ciencia demuestra que nada se destruye en la naturaleza; nada se pierde, todo se transforma. El cuerpo es, evidentemente, menos perfecto que el alma; y el cuerpo no se aniquila, sino que sigue existiendo en sus átomos. ¿Por qué, pues, el alma, la porción más noble de nosotros mismos, sería aniquilada?… Tenemos pleno derecho para suponer que el alma del hombre no es de peor condición que un átomo de materia. Dios es libre para no crear un ser, esto es indudable; pero una vez que lo ha creado, se debe a sí mismo el tratarlo de acuerdo con la naturaleza que le ha dado. Dios le ha dado al alma una naturaleza espiritual y una constitución inmortal; luego Él no abrogará esta disposición providencial: Dios se debe a sí mismo no contradecirse.
R. P. Hillaire, la religión demostrada LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA
«Arma cínica de una guerra psicológica», es como define Pierre Chaunu el uso que las potencias protestantes hicieron de la obra de Las Casas. Las riendas de la operación antiespañola las llevó sobre todo Inglaterra, por motivos políticos pero también religiosos, pues en aquella isla, la separación de Roma efectuada por Enrique VIII había dado lugar a una Iglesia de Estado bastante poderosa y estructurada como para ponerse al frente de las demás comunidades reformadas de Europa.
La lucha inglesa contra España fue vista así como la lucha del «Evangelio puro» contra «la superstición papista». Los Países Bajos y Flandes desempeñaron un papel importante en esta operación de «guerra psicológica», pues estaban enzarzados en una lucha contra los españoles. Fue precisamente un flamenco, Theodor De Bry, quien diseñó los grabados que acompañarían una de las tantas ediciones realizadas en tierras protestantes de la Brevísima relación: dibujos truculentos, en los que los ibéricos aparecen entregados a todo tipo de sádicas crueldades contra los pobres indígenas.
Dado que las imágenes de De Bry (que, como es lógico suponer, trabajó basándose en su imaginación) son prácticamente las únicas antiguas de la Conquista, y fueron reproducidas profusamente y continúan apareciendo incluso hoy en todos los manuales escolares, no hace falta precisar en qué medida contribuyeron a la formación de la leyenda negra. Para añadir un elemento más a los muchos que ya se han citado, es preciso observar que nunca se reflexiona sobre lo que ocurrió después del dominio español. Ya se sabe que España fue invadida por Napoleón y que, a pesar de la resistencia tenaz e invencible que constituyó el primer síntoma del fin del imperio francés, tuvo que abandonar a sí mismos los extensos territorios americanos. Al eclipsarse la estrella napoleónica, España reconquistó su gobierno pero ya era demasiado tarde para restablecer el statu quo en las tierras de ultramar. Resultaron inútiles los intentos de domar la revolución de los «criollos», es decir, de la burguesía blanca que había logrado radicarse en aquellas zonas. Esos burgueses acomodados eran los que desde siempre habían mantenido tensas relaciones con la Corona y el gobierno de la madre patria, acusados de «defender demasiado» a los indígenas y de impedir su explotación.
La hostilidad de los criollos iba dirigida sobre todo contra la Iglesia, y en particular, contra las órdenes religiosas no sólo porque velaban para que se respetaran las leyes de Madrid que tutelaban a los indios sino también porque (incluso antes de Las Casas, la primera denuncia contra los conquistadores se hizo en el año 1511 en una iglesia con techo de paja de Santo Domingo y la pronunció el padre Antonio de Montesinos) siempre habían luchado para que dicha legislación fuese mejorada continuamente. ¿Se olvida acaso que las expediciones armadas para destruir las reducciones de los jesuitas habían sido organizadas por los terratenientes españoles y portugueses, los mismos que ejercieron fuertes presiones sobre sus respectivas Cortes y gobiernos para que la Compañía de Jesús fuese eliminada definitivamente? Debido a esta oposición a la Iglesia, vista como aliada de los indígenas, la élite criolla que condujo la revolución contra la madre patria estaba profundamente contaminada por el credo masónico que dio a los movimientos de independencia un carácter de duro anticlericalismo —por no decir de anticristianismo—, que se mantuvo hasta nuestros días. Hasta el martirio de los católicos en México, por ejemplo, ocurrido en la primera mitad de nuestro siglo. Los libertadores, los jefes de la insurrección contra España fueron todos altos exponentes de las logias; por lo demás, en aquellas tierras se formó en la ideología francmasónica Giuseppe Garibaldi, destinado a convertirse en Gran Maestro de todas las masonerías.
Un análisis de las banderas y los símbolos estatales de América latina permite comprobar la abundancia de estrellas de cinco puntas, triángulos, pirámides, escuadras y todos los elementos de la simbología de los «hermanos». Resulta innegable el hecho de que en cuanto se liberaron de las autoridades españolas y de la Iglesia, los criollos invocaron los principios de hermandad universal masónica y de los «derechos del hombre» de jacobina memoria para liberarse de las leyes de tutela de los indios. Casi nadie dice la amarga verdad: pasado el primer período de la colonización ibérica, fatalmente duro por el encuentro-desencuentro de culturas tan distintas, no hubo ningún otro período tan desastroso para los autóctonos sudamericanos como el que se inicia en los albores del siglo XIX, cuando sube al poder la burguesía supuestamente «iluminada». Al contrario de lo que quiere hacer creer, la leyenda negra protestante e iluminista, la opresión sin límites y el intento de destrucción de las culturas indígenas comienzan cuando la Iglesia y la Corona abandonan la escena. Desde entonces se inicia una obra sistemática de destrucción de las lenguas locales, para sustituirlas por el castellano, idioma de los nuevos dominadores que proclamaban haber asumido el poder «en nombre del pueblo». Pero era un «pueblo» constituido sólo por la exigua clase de los terratenientes de origen europeo. A partir de entonces aparecen las medidas que nunca se habían implantado en el período colonial para impedir el mestizaje, la mezcla racial y cultural. Mientras la Iglesia aprobaba y alentaba los matrimonios mixtos, los gobiernos liberales se opusieron a ellos y, con frecuencia, los prohibieron. Se comenzó así a seguir el ejemplo poco evangélico de las colonias anglosajonas del Norte, donde también, y no por casualidad, fue la masonería la que guió la lucha por la independencia. Se creó entonces un frente común entre las logias de la América septentrional y la meridional, primero para vencer a la Corona de España y después, a la Iglesia católica. De este modo nació la dependencia —que marcará toda la historia y que continúa hasta hoy— del Sur con respecto al Norte. Resulta curioso ver cómo los progresistas que señalan las culpas de la colonización católica española denuncian, al mismo tiempo, la dependencia de Estados Unidos de la América latina; es evidente que no se dan cuenta de que su doble protesta encierra una contradicción: mientras pudieron, los reyes de España y los papas fueron los grandes defensores de la identidad religiosa, social y económica de las zonas «católicas».
El «protectorado» norteamericano quedó determinado por los criollos, «los ricos colonos que quisieron deshacerse de las autoridades españolas y religiosas para poder llevar a cabo sin impedimentos sus negocios». Así dice Franco Cardini a propósito de los norteamericanos cuya ayuda, a menudo oculta, solicitaron los «hermanos» en lucha contra la Corona y la Iglesia: «Baste recordar los desmanes que acompañaron la hegemonización de la zona panameña y la guerra de Cuba a finales del siglo XIX; baste recordar el constante apoyo norteamericano al gobierno laico mexicano que desde hace décadas mantiene una Constitución que, con su contexto más que anticlerical, anticatólico, humilla y ofende los sentimientos de la mayoría del pueblo mexicano, y cuando se perfilaba la posibilidad de que algo cambiara, EE. UU. apoyó a bandidos como Venustiano Carranza. Y no movieron un solo dedo durante la sanguinaria persecución anticatólica de los años veinte.»
Ya se sabe que hoy en día el gobierno norteamericano favorece y financia el proselitismo de sectas protestantes que tiene el efecto de apartar al pueblo de sus tradiciones de casi medio milenio, lo cual constituye una grave violación de la cultura. Los esfuerzos «racistas» realizados después de la salida de España quedaron plasmados simbólicamente en el arte; mientras que antes las dos culturas se habían entrelazado maravillosamente, dando vida a las obras maestras del barroco mestizo, con la llegada al poder de los iluministas volvieron a separarse. La extraordinaria arquitectura de las ciudades coloniales y de las misiones fue sustituida por la arquitectura de imitación europea de las nuevas ciudades burguesas, en las que ya no había sitio para los pobres indios.
Le corresponde, finalmente, el influjo vital sobre todos los miembros de la Iglesia, ya que de su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia» (Io. I,I6)
San Pablo recogió en un texto sublime estas tres funciones de Cristo como Cabeza de la Iglesia cuando escribe a los Colosenses (1,I8-20): El es la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia; El es el principio, el primogénito de los muertos, para que tenga la primacta sobre todas las cosas (ORDEN), y plugo al Padre que en El habitase toda la plenitud (PERFECCIÓN) y por El reconciliar consigo, pacificando por la sangre de su cruz todas las cosas, asi las de la tierra como las del cielos (influjo)
TEOLOGÍA DE LA PERFECCIÓN CRISTIANA POR EL RVDO. P. FR. ANTONIO ROYO MARÍN, O. P
Existe un “decreto” de la época, de la ciudad de Vladimir (hubo otro similar en Saratov), que proponía una “socialización de las mujeres”, y que ilustra la mentalidad que el sociąlīsmo había generado:
“A partir de los dieciocho años de edad, toda muchacha queda declarada de propiedad estatal. Toda muchacha que alcance la edad de dieciocho años y que no se haya casado está obligada, so pena de denuncias y severos castigos, a inscribirse en una oficina de ‘amor libre’. Una vez inscrita, la muchacha tiene derecho a elegir a su esposo entre diecinueve y cincuenta años. Los hombres también tienen derecho a elegir una muchacha que haya llegado a la edad de dieciocho años, suponiendo que dispongan de pruebas que confirmen su pertenencia al proletariado. Para quienes los deseen, la elección de marido o mujer puede efectuarse una vez al mes. En interés del Estado, los hombre entre diecinueve y cincuenta años tienen derecho a elegir mujeres inscritas en la oficina, sin siquiera necesitar el asentimiento de estas últimas. Los hijos que sean fruto de este tipo de cohabitación se convertirá en propiedad de la república”.
Stern, Mijail. Stern, August. La vida sexûâl en la Unión Soviética. España, Bruguera, 1980, pp. 4243.
Evangelio según san Mateo, 6: 5- 6 «Y cuando oráis, no seréis como los hipócritas que aman el orar en pie en la sinagoga, y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres. En verdad os digo, recibieron su galardón. Mas tú cuando orares, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre, en secreto: Y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará». (vv. 5- 6)
Por nuestros aposentos deben entenderse nuestros corazones, de quienes se dice en el Salmo: «Lo que decís en vuestros corazones, lloradlo en vuestros aposentos» ( Sal 4,5 ). La puerta es el sentido de la carne. Fuera están todas las cosas temporales que penetran por medio de los sentidos del cuerpo a nuestro pensamiento, y muchas veces una multitud de vanas teorías distraen a los que oran
En la pintura, una vez más, nos vemos obligados a citar las grandes obras que aun permanecen y que nos siguen asombrando, de las cuales no siempre han quedado los nombres de sus autores, pero toda iglesia europea (cristiandad) de aquella época es testigo de lo que decimos. Sin embargo hay algunos nombres que permiten mostrar el “barbarismo” medieval
Gherardo Starnina (Florencia, segunda mitad del siglo XIV-inicios del siglo XV) fue un pintor italiano, identificado con el Maestro del Bambino Vispo.
Retablo de fray Bonifacio Ferrer, Valencia, Museo de Bellas Artes.
El reino especial de Dios Padre duró hasta el diluvio y terminó con un diluvio de agua. El reino de Jesucristo terminó con un diluvio de sangre. Pero tu reino, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa actualmente, y terminará con un diluvio de fuego, de amor y de justicia
1 Jn 5,8; Manuscrito Renty 3177, escrito por María de Coutances (Biblioteca Mazarine) pág. 185; Tratado de la Verdadera Devoción, de San Luis M. de Montfort, Nº 47
Aunque este detalle es menos conocido, la circuncisión femenina también se reintrodujo en el mundo anglófono del siglo XIX con fines similares, (disminuir el libido) pero su práctica cesó a inicios del siglo XX, con excepción de Estados Unidos, donde se mantuvo hasta la década de los 50. La circuncisión masculina se mantiene hasta nuestros días en los países anglófonos, mientras que la femenina, incluso en formas menos agresivas que la masculina, está prohibida por ley.
El mundo occidental continúa defendiendo la práctica por razones religiosas o médicas, pero el argumento de controlar la sexualidad masculina pervive actualmente en el mundo musulmán, como Dr. Aldeeb Abu-Sahlieh menciona en su obra (p. 232-234).
Teniendo además en cuenta que hay muchas culturas donde la circuncisión femenina no es practicada pero sí la masculina, no es posible afirmar que la femenina es moral o ideológicamente más problemática. Una vez más, animo a que tanto la circuncisión masculina como la femenina se traten en el mismo contexto y ambas sean igualmente condenables cuando se realizan sobre personas menores de edad incapaces de dar su consentimiento y sin necesidad médica
Como es sabido, el Cristianismo es en cierto modo una “continuación” del Judaísmo hasta el punto que se habla en ocasiones de una “tradición judeo- cristiana”. No obstante, tanto Cristianismo como Judaísmo siguen siendo distintos y, por tanto, tiene que haber al menos un punto de divergencia entre ellos. ¿Y cuál es ese punto de divergencia? Pues una persona: Jesús de Nazareth. Los cristianos lo aceptan como el Mesías y los judíos aún lo rechazan. Es evidente, entonces, que la cuestión clave que tenemos que abordar en este capítulo es si efectivamente Jesús es el Mesías esperado por los judíos. Pues bien, al respecto nos encontramos con que hay muy buena evidencia de que Jesús es el Mesías. Una de las profecías que con más exactitud nos muestra ello es la llamada “profecía de las setenta semanas” del libro de Daniel.
“Setenta semanas han de pasar sobre tu pueblo y tu ciudad santa para poner fin a la rebelión y al pecado, para obtener el perdón por la maldad y establecer la justicia para siempre, para que se cumplan la visión y la profecía y se consagre el Santísimo. Debes saber y entender esto: Desde la salida de la palabra para restaurar y edificar Jerusalén hasta la llegada del Mesías, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos de angustia. Y después de sesenta y dos semanas le quitarán la vida al Mesías, pero no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir, destruirá la ciudad y el templo; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. Después con la multitud de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado caiga sobre el desolador” (Daniel 9: 24- 27).
Pues bien, para interpretar correctamente este pasaje debemos establecer primero el significado que tiene allí la palabra “semana”. Sucede que, a diferencia de nuestros días en que “semana” solamente se usa para nombrar un lapso de siete días, en la época de Moisés y los profetas esta se utilizaba también para nombrar un lapso de siete años. Así, por ejemplo, tenemos que después de que Jacob fue engañado cuando se le dio por mujer a Lea en lugar de a Raquel, Labán le propuso que trabajara otra “semana” para darle también a Raquel, diciendo: “Cumple la semana de esta, y se te dará también la otra, por el servicio que hicieres conmigo otros siete años” (Génesis 29: 27). Asimismo, en el propio libro de Daniel, cuando justo en el capítulo siguiente habla de “semanas”, se aclara que se trata de semanas de días: “No comí alimentos exquisitos, ni entró carne ni vino en mi boca, ni me unté con ungüento, hasta que se cumplieron tres semanas de días” (Daniel 10: 3). No habría necesidad de hacer tal aclaración si ya en lo precedente estaba hablando también de semanas de días. Por tanto, es claro que la profecía de Daniel se refiere a semanas de años.
Establecido esto, nos encontramos con que en este importantísimo pasaje Dios le está revelando al profeta que el pueblo judío pasaría por tres períodos. El primero sería de siete semanas, o sea, 49 años, durante el cual se volverían a edificar la plaza y el muro en tiempos de angustia. El segundo período sería de sesenta y dos semanas, o sea, 434 años que sumado con el primer período nos da 483 años. Luego de eso llegará el tercer período, en el que vendría el Mesías y se le quitaría la vida, siendo destruidos luego el Templo y la ciudad de Jerusalén. ¿Pero desde cuándo se comienzan a contar los 483 años? De acuerdo con la profecía de Daniel, “desde la salida de la palabra para restaurar y edificar Jerusalén”. Ahora bien, si revisamos el Antiguo Testamento (cfr. Esdras 7: 11- 26) encontramos que esto se dio con el decreto del rey Artajerjes en torno al 457 a.C. (1).
Si a partir de allí sumamos los 483 años, teniendo presente que no existe el “año 0”, llegamos al año 27 d.C., es decir, ¡al inicio del ministerio público de Jesús! En efecto, Jesús “era como de treinta años cuando inició su ministerio” (Lucas 3: 23) y todo apunta a que su nacimiento fue en torno al 3 a.C. (las fechas más probables discutidas por los historiadores apuntan allí o un año más o un año menos). Esto es bastante impresionante pues la profecía nos dice que “después” de ese período “le quitarán la vida al Mesías ungido” y así fue: Jesús fue crucificado luego de tres años de iniciado su ministerio. Por supuesto, dado que todos estos son cálculos sobre historia antigua siempre puede haber cierto margen de inexactitud implicado. A su vez, hay quienes toman como fecha de inicio del conteo al año 445 a.C. en que Artajerjes faculta a Nehemías para hacer efectiva la reedificación de Jerusalén (cfr. Nehemías 2: 1- 8) llegando, luego de sumar lo respectivo, al año 38 d.C. Pero lo más importante que hay que considerar es que durante la época hacia la que apunta la profecía (en torno al año 30) no surgió nadie que reclamara ser el Mesías y al mismo tiempo tuviera la dimensión espiritual e influencia histórica de Jesús. Además, la profecía indica que la venida y muerte del Mesías debía suceder antes que el Segundo Templo fuera destruido, lo cual ocurrió en el 70 d.C. Por tanto, si Jesús no es el Mesías ya nadie puede serlo. En consecuencia, quienes acepten la validez de las Escrituras hebreas, tienen que reconocer que Jesús es el Mesías. De hecho, hasta los mismos ateos y escépticos deberían reflexionar sobre esto ya que estas Escrituras existen desde antes de Jesús.
Libro de Daniel Génesis Libro de Esdras Evangelio según san Lucas Nehemías